Los manás fueron preparados en la época de la colonia, por las monjas españolas que tenían el conocimiento de las hábiles cocineras moras.[1]
Las monjas españolas enseñaron sus conocimientos de repostería a las novicias criollas, a las sirvientas indígenas, a las esclavas negras provenientes de África, y a las niñas y señoritas que eran enviadas por sus familias acaudaladas a los conventos, para ser educadas y alejadas de los problemas. Durante el Virreinato de Perú existieron numerosos e importantes conventos en donde se desarrolló una repostería fina.
Fueron importantes el convento de la Encarnación, el convento de Jesús, María y José, el convento de la Concepción, de la Trinidad, de los Descalzos, de Santa Clara, del Carmen, del Prado, y el monasterio de monjas de Santa Catalina en Arequipa, que fue el más importante y que tenía una pequeña ciudadela en su interior.
De los conventos coloniales también salieron dulces como: suspiro de limeña, voladores, mazapán, bola de oro, ponderaciones, alfajores, rosquetes, bienmesabe, huevo chimbo, buñuelos, picarones, frejoles colados, cabello de ángel, guargüeros, entre muchos otros.