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Marco Emilio Escauro

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Marco Emilio Escauro (en latín: Marcus Aemilius Scaurus; 163/162[1] – 90/88 a. C.)[2] fue un eminente estadista y militar de la República romana, que ejerció como cónsul en el año 115 a. C., censor en 109 a. C. y ostentó la dignidad de princeps senatus durante gran parte de su carrera. Su censura dejó una huella duradera en la infraestructura de Italia mediante la construcción del puente Milvio y la vía Emilia Escaura, calzada estratégica que facilitaba la conexión entre Roma y la Galia. Durante décadas, Escauro se consolidó como uno de los baluartes más influyentes de la facción aristocrática. En estrecha alianza con las estirpes más nobles de la Urbe, lideró la oposición contra los movimientos reformistas y demagogos encabezados por Lucio Apuleyo Saturnino. En la convulsa década de los 90 a. C., desempeñó un papel determinante en el conflicto del Senado contra el orden ecuestre por la hegemonía en los tribunales y el control de las provincias. Asimismo, destacó como el principal mentor y colaborador de Marco Livio Druso durante su trascendental tribunado en el año 91 a. C.

Datos rápidos Cónsul de la República romana, Junto con ...
Marco Emilio Escauro

Cónsul de la República romana
115 a. C.-115 a. C.
Junto con Marco Cecilio Metelo
Predecesor Quinto Fabio Máximo Eburno
Cayo Licinio Geta
Sucesor Manio Acilio Balbo
Cayo Porcio Catón

Información personal
Nacimiento 163/162 a. C.
Roma
Fallecimiento 90/88 a. C.
Roma
Religión Politeísta
Familia
Padres Marco Emilio Escauro
Cónyuge 1) Desconocida
2) Cecilia Metela Dalmática
Hijos del primer matrimonio
1) Marco Emilio Escauro
del segundo matrimonio
2) Marco Emilio Escauro
3) Emilia Escaura
Información profesional
Ocupación Escritor, historiador, político, militar y cónsul Ver y modificar los datos en Wikidata
Partido político Optimates Ver y modificar los datos en Wikidata
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Biografía

Orígenes

Marco Emilio procedía de la ancestral estirpe patricia de los Emilios. No obstante, la rama de los Escauros (Scaurus, término cuya etimología alude a una malformación en los pies o a ser «patizambo»)[3] apenas goza de menciones en las fuentes hasta las postrimerías del siglo II a. C. En la historiografía, solo destaca un tal Lucio Emilio Escauro, quien ejerció el mando de un contingente de la flota romana durante la contienda contra Antíoco el Grande.[4] Diversas investigaciones sugieren que este individuo podría ser el abuelo de Marco,[5] cuyo praenomen consta debidamente registrado en los Fastos consulares.[6] Pese a la alcurnia de su apellido, el padre del futuro princeps senatus, llamado también Marco,[6] hubo de enfrentarse a una coyuntura económica paupérrima que le compelió a dedicarse al comercio de carbón.[7] Tras su fallecimiento, legó a su hijo un patrimonio exiguo, cifrado en apenas treinta y cinco mil sestercios y seis esclavos.[8] Según el testimonio de Cicerón, la memoria de las gestas de sus antecesores «casi se había desvanecido», por lo que Marco Emilio se vio en la necesidad de «restaurarla mediante su propia virtud».[9]

Inicio de su carrera

Durante su juventud, Marco Emilio sopesó la posibilidad de dedicarse al oficio de cambista, aunque finalmente se decantó por la cursus honorum. Inició su formación en la elocuencia y no tardó en granjearse notoriedad como orador.[10] Cumplió ulteriormente con sus obligaciones castrenses: primero en Hispania —posiblemente durante la guerra numantina—,[11] donde su valor fue recompensado con un casco ornamentado, y después en Cerdeña, bajo las órdenes de Lucio Aurelio Orestes.[12] En este mismo periodo, coincidió en la isla con Cayo Sempronio Graco, quien ejercía allí como cuestor.[13]

En el año 123 a. C., Marco Emilio fue cooptado como miembro del colegio de los augures.[14] Su primera magistratura fue la edilidad, que desempeñó probablemente en 122 a. C.[15] En calidad de edil curul, Escauro priorizó la administración de justicia sobre la fastuosidad de los juegos públicos.[16] Durante la crisis que enfrentó a Cayo Graco con el Senado, se alineó de forma inequívoca con la facción aristocrática; los testimonios de la época refieren que «mediante conversaciones privadas instigaba a Opimio contra Graco».[17] Su pretura se sitúa cronológicamente en el año 119 a. C., si se toma como referencia el momento en que Escauro postuló por primera vez su candidatura al consulado.[18] No obstante, el autor de la obra De viris illustribus sostiene que Marco Emilio, investido con la autoridad de pretor, fue enviado a Numidia para combatir al rey Jugurta.[16] Esta afirmación resulta problemática para la historiografía, puesto que el antecesor de este monarca, Micipsa, no falleció hasta el año 118 a. C., lo que genera una inconsistencia en el relato tradicional.[19]

Escauro aspiró al consulado para el año 116 a. C., pero perdió las elecciones frente a Quinto Fabio Máximo Eburno, miembro de una influyente familia aristocrática. Según Cicerón, «no se esperaba tal desenlace; es más, incluso después de ocurrido, nadie alcanzaba a comprender por qué sucedió».[20] Al año siguiente, Marco Emilio presentó de nuevo su candidatura y resultó vencedor. Su rival derrotado, Publio Rutilio Rufo, acusó a Escauro de soborno electoral, pero este logró la absolución e interpuso una contraacusación idéntica con el mismo resultado.[21] Durante el segundo proceso, Marco Emilio sostuvo que las siglas «A. F. P. R.» en los libros de cuentas del acusado significaban «actuado bajo la fe de P. Rutilio» (actum fide P. Rutili), a lo que Rutilio replicó que correspondían a «hecho antes, registrado después» (ante factum, post relatum); por su parte, el abogado defensor, recurriendo al humor, propuso su propia versión: «Emilio lo hizo, Rutilio lo paga» (Aemilius fecit, plectitur Rutilius).[22]

Consulado

En el transcurso de su consulado, Escauro impulsó la ratificación de sendas leyes de notable calado social y jurídico. La primera concernía al orden de votación de los libertos en los comicios, si bien su contenido concreto permanece en la penumbra documental,[1] mientras que la segunda se enmarcaba en la legislación suntuaria.[23][24] Es plausible que esta última coincidiese con la citada por Aulo Gelio, que no pretendía tasar el montante pecuniario de los banquetes, sino más bien restringir la sofisticación y selección de los manjares servidos.[25] El temperamento de Marco Emilio, descrito por las fuentes como «brusco e irascible»,[21] afloró con vehemencia ese mismo año durante un altercado con el pretor Publio Decio. Al omitir este último el protocolario saludo de ponerse en pie ante el paso del cónsul, Escauro reaccionó con una violencia inusitada: le desgarró las vestiduras, destruyó su silla curul y dictó una prohibición expresa para que ningún ciudadano acudiera a dicho pretor en demanda de justicia.[26]

Escauro condujo con éxito las campañas contra las tribus de los ligures y los cárnicos, gesta que le valió la concesión de un triunfo.[27] En sus memorias, él mismo ensalzó la férrea disciplina que logró imponer entre sus legiones, ilustrándola con una anécdota célebre: «Un manzano colmado de frutos que, al trazarse la planta del campamento, había quedado dentro del recinto, permanecía intacto al día siguiente, cuando el ejército reemprendió la marcha».[28]

Durante el año de su consulado, su rival Rutilio actuaba en concierto con la estirpe más influyente de la época, la de los Cecilios Metelos. Un miembro de este linaje, Marco Cecilio Metelo, compartió la magistratura suprema con Marco Emilio; al parecer, esta poderosa facción aristocrática no demoró en atraer a Escauro a sus filas, tras «vislumbrar en él a un hombre predestinado a la grandeza».[29] Poco después, el censor Lucio Cecilio Metelo Dalmático inscribió el nombre de Marco Emilio a la cabeza del álbum senatorial. Desde aquel instante, Escauro, investido con la dignidad honorífica de princeps senatus y consolidado en su alianza con los Cecilios, los Servilios y los Aurelios, se erigió en una de las figuras más determinantes de la República. Con el transcurso de los años, terminaría por convertirse en el baluarte más destacado de la facción de los Metelos.[30]

Guerra de Jugurta

Cuando el monarca númida Jugurta emprendió una ofensiva contra su hermano Aderbal con el fin de arrogarse el poder absoluto, Escauro abogó por la adopción de medidas drásticas contra quien consideraba un perturbador de la paz, aunque su postura resultó minoritaria en el Senado.[31] En el año 112 a. C., nombrado embajador en Numidia, Escauro conminó a Jugurta a levantar el sitio de Cirta, plaza donde se refugiaba Aderbal. La misión resultó infructuosa y Salustio insinúa al narrar este episodio que Marco Emilio habría sucumbido ante un soborno del rey.[32] El fracaso diplomático precipitó la caída de la ciudad, la posterior masacre de los itálicos allí residentes y la inminente declaración de guerra de Roma contra Numidia.[33] Al año siguiente, cuando el cónsul Lucio Calpurnio Bestia invadió el territorio númida al frente de sus legiones, Escauro figuró entre sus legados. En esta coyuntura, Salustio asevera de forma explícita que Marco Emilio aceptó dádivas de Jugurta a cambio de suscribir una tregua en condiciones sumamente onerosas para los intereses de la República, dado que buena parte del mando romano había sido ya subvertida por el ingente patrimonio del monarca.[34]

El tribuno de la plebe Cayo Memio, capitalizando la indignación popular que suscitaron estos acontecimientos, interpuso acusaciones de cohecho contra Bestia, Escauro y otros legados. Con el firme propósito de recabar testimonios que precipitaran la condena de los implicados, Memio comisionó a uno de los pretores para trasladar a Jugurta a Roma;[35] no obstante, el monarca númida logró subvertir la justicia mediante el soborno de otro tribuno. Merced a estas maniobras, Escauro salvaguardó su posición y, tras la constitución de una comisión especial de investigación, consiguió de forma audaz ser investido como uno de sus integrantes.[35][36] Pese a lo comprometido de su situación, Escauro ejerció, «no sin riesgo para su persona»,[37] la defensa en el proceso contra Bestia,[38] quien, a pesar de sus esfuerzos, fue sentenciado al exilio.[39] De aquel litigio ha trascendido una mordaz agudeza proferida por Memio que ilustra la animadversión que despertaba el princeps senatus:

Encontrándose Escauro en el tribunal como defensor de Bestia —él, a quien se profesaba un odio profundo por haberse apropiado de la fortuna de Frigión Pompeyo a falta de testamento—, el acusador Cayo Memio, al advertir el paso de un cortejo fúnebre, exclamó: «Repara, Escauro, en que conducen a un difunto; ¿no hallarás en él algún botín que reclamar?».
Cicerón. De Oratore, II, 283.[38]

Un amplio sector de la crítica moderna sostiene que Salustio, fuente principal sobre la guerra de Jugurta, pudo haber distorsionado deliberadamente los acontecimientos con el fin de retratar a la élite senatorial como un estamento sumido en una corrupción sistémica. Bajo esta óptica, la política de moderación auspiciada por Escauro hacia Numidia no respondería a la venalidad, sino a una evaluación pragmática de la coyuntura internacional. En aquel periodo, la República estaba seriamente comprometida debido a reveses militares en diversas provincias, lo que desaconsejaba la apertura de un nuevo frente en África. De este modo, la reticencia de Escauro a emprender una campaña que difícilmente resultaría rápida o exitosa se fundamentaba en la prudencia estratégica: Jugurta, a pesar de sus crímenes, conservaba la condición de antiguo aliado de Roma, y el princeps senatus habría priorizado la estabilidad de las fronteras imperiales frente a la incertidumbre de una guerra de desgaste.[40]

Censura

En el año 109 a. C., Escauro accedió a la censura, magistratura desde la cual impulsó obras de gran envergadura estratégica. Bajo su mandato se acometió la construcción de la vía que recorre el litoral ligur, la via Aemilia Scauri, calzada que vertebraba la comunicación entre Pisa y Génova e integraba la vía Postumia con la red viaria de Roma.[41] Asimismo, se le atribuye la erección del puente Milvio sobre el Tíber,[42][43][44] enclave monumental donde la vía Flaminia salvaba el cauce del río en las inmediaciones de la Urbe. No obstante, el ejercicio de su cargo se vio truncado por el deceso de su colega de magistratura, Marco Livio Druso. Pese a que Marco Emilio pretendió retener la dignidad censoria hasta agotar el preceptivo periodo de dieciocho meses, hubo de claudicar y presentar la dimisión ante la enconada resistencia de los tribunos de la plebe.[45][6][46]

El conflicto con Saturnino

La siguiente referencia documental sobre Escauro se sitúa en el año 104 a. C., en un contexto de grave crisis de subsistencia. Ante el alarmante encarecimiento del grano en Roma, el Senado resolvió encomendar a Marco Emilio la supervisión del suministro de cereal de la ciudad. Con este movimiento, la facción senatorial pretendía, muy probablemente, granjearse el favor de la plebe y apuntalar la popularidad de Escauro.[47] Sin embargo, la medida tuvo consecuencias políticas imprevistas, ya que el joven cuestor que hasta entonces detentaba dicha responsabilidad, Lucio Apuleyo Saturnino, se sintió profundamente agraviado por el desplazamiento. Este desaire lo transmutó en un adversario acérrimo de la aristocracia senatorial y, de manera personal, de Marco Emilio.[48][49] Apenas un año después, Saturnino obtuvo el tribunado de la plebe y forjó una alianza estratégica con Cayo Mario, antagonista de la facción de los Metelos, quien por entonces encadenaba sucesivos consulados al amparo de la amenaza germánica. En este escenario, Mario instrumentalizó al combativo tribuno como una eficaz herramienta de hostigamiento contra la nobilitas.[50][51]

En esta coyuntura, Escauro se erigió en uno de los baluartes de la aristocracia en su enconada pugna contra Saturnino. No obstante, su oposición no fue ciega y votó invariablemente a favor de la prórroga del mando de Mario, consciente de que el genio militar de este resultaba imprescindible para salvaguardar las fronteras frente a la amenaza germánica.[52] Su compromiso con la facción senatorial se manifestó también en el ámbito judicial, ya que, cuando Quinto Servilio Cepión fue encausado por su estrepitosa derrota en la batalla de Arausio —al amparo de una de las leyes promovidas por Lucio Apuleyo—, Marco Emilio acudió en auxilio del acusado. Durante los disturbios consecuencia de este proceso en el año 103 a. C., la integridad física de Escauro se vio comprometida al resultar herido en la cabeza por el impacto de una piedra.[53] Hacia el año 100 a. C., Saturnino accedió por segunda vez al tribunado e impulsó una ambiciosa ley agraria que estipulaba el reparto de tierras provinciales entre los veteranos de Mario. Para garantizar la vigencia de la norma, se impuso a los senadores la obligatoriedad de prestar un juramento de fidelidad a la misma; todos los miembros de la cámara acataron la orden, con la señera excepción de Quinto Cecilio Metelo Numídico. La historiografía, sin embargo, guarda silencio sobre la postura específica que adoptó Escauro en este crítico episodio.[54]

Poco después, la fractura entre la nobilitas y Saturnino se tornó irreversible. Este último fue incriminado como instigador del asesinato de Cayo Memio; no obstante, una corriente historiográfica postula la hipótesis de que fue el propio Escauro quien envió a los sicarios armados con garrotes contra Memio. Tal maniobra habría tenido un doble propósito: liquidar a un antiguo adversario y obtener el pretexto idóneo para aniquilar políticamente a Saturnino.[55][56] Ante la gravedad de los hechos, el Senado proscribió a los partidarios de este como «rebeldes» y promulgó un decreto de emergencia para su represión, resolución a la cual Mario, pese a sus vínculos, se vio compelido a someterse. Cuando los cónsules convocaron a la ciudadanía a las armas, Escauro acudió a la movilización debidamente pertrechado, aun cuando su avanzada edad le dificultaba notablemente la marcha.[57][58] Décadas más tarde, Valerio Máximo retrató este suceso con un marcado énfasis retórico y evidentes distorsiones.[36] En sus Hechos y dichos memorables, afirma que Marco Emilio fue el primero en conminar a Mario a defender la República por la fuerza y que exigió de inmediato su armadura. Al ceñirse el equipo, estuvo a punto de sucumbir ante el peso; sin embargo, logró mantenerse firme ante las puertas del Senado con una lanza en mano, donde habría resistido el embate de los amotinados hasta caer herido de muerte por una piedra. Según este relato, la posterior ejecución de Saturnino y sus aliados habría sido un acto de vindicación por el fallecimiento de Escauro.[59] No obstante, esta crónica heroica carece de veracidad histórica, pues el propio Valerio Máximo, en otro pasaje de su obra, consigna la intervención de Marco Emilio en el proceso judicial contra Norbano acontecido cinco años después de estos disturbios.[60]

Últimos años

La documentación referente a la última década de vida de Escauro, al igual que la historiografía general de este periodo republicano, ha llegado hasta nuestros días de forma fragmentaria. En el año 95 a. C., Marco Emilio compareció como testigo principal[61] en el litigio promovido por un joven Publio Sulpicio contra Cayo Norbano. Se incriminaba a este último por haber menospreciado el veto tribunicio y haber instigado la violencia durante el juicio contra Cepión, acaecido ocho años antes. Escauro, quien todavía guardaba el agravio de la pedrada recibida en aquel proceso, «se empleó con especial denuedo en la ruina» de Norbano.[60] Pese a ello, la defensa fue asumida por Marco Antonio, uno de los oradores más insignes de la época, quien logró desacreditar el testimonio de Marco Emilio[62] y obtener la absolución del encausado.[63]

Hacia el año 96 a. C., se sitúa la embajada de Escauro a Oriente, cuya finalidad primordial, según la historiografía contemporánea, consistía en salvaguardar la integridad de Capadocia y Paflagonia frente a las pretensiones expansionistas de los monarcas del Ponto y Bitinia. Es plausible que, en el transcurso de su legación, Marco Emilio auditara el estado de la provincia de Asia; movido por la inquietud que le infundía el destino de tales dominios ante la inminencia de un conflicto a gran escala, propició el nombramiento de Quinto Mucio Escévola, figura de probidad incuestionable, como gobernador de dicha demarcación.[64]Sin embargo, este esfuerzo por la rectitud administrativa tuvo un desenlace aciago: el legado de Escévola, Publio Rutilio Rufo, terminó siendo procesado por extorsión ante un tribunal del orden ecuestre y sentenciado al exilio.

En el año 92 a. C., el propio Escauro se vio inmerso en un proceso judicial bajo la grave acusación de haber aceptado sobornos de Mitrídates. El principal impulsor de la denuncia fue Quinto Servilio Cepión, quien se había coaligado con el orden ecuestre en su abierta confrontación contra la autoridad del Senado. Ante esta ofensiva, Marco Emilio reaccionó con una contraacusación, maniobra que logró paralizar el litigio, lo que logró que nunca llegase a sustanciarse ante los tribunales.[65] Pese a este respiro judicial, la amenaza sobre la integridad de Escauro distaba de haber desaparecido. Probablemente impelido por la necesidad de salvaguardar su posición,[66] Marco Emilio se erigió en el asesor de cabecera de Marco Livio Druso,[67] hijo de su antiguo colega en la censura y sobrino de Publio Rutilio, quien durante su tribunado en 91 a. C. emprendió un ambicioso programa de reformas. La historiografía incluso plantea la hipótesis de que Escauro, en connivencia con Lucio Licinio Craso, fuera el auténtico arquitecto de los proyectos de ley de Druso.[68] Sin embargo, este último intento de reforma legislativa colisionó con una resistencia enconada, que culminó con el asesinato de Marco Livio.[69]

Como corolario de esta inestabilidad política, estalló la rebelión de los itálicos, conflicto conocido como la guerra Social. En el año 90 a. C., Escauro hubo de enfrentarse a un nuevo proceso judicial, instigado en esta ocasión por Quinto Vario, bajo el cargo de haber incitado a los aliados a levantarse en armas contra Roma. El autor de la obra De viris illustribus recoge el sucinto pero eficaz alegato pronunciado por el acusado durante el litigio: «Vario de Sucrón asevera que Emilio Escauro incitó a los aliados a las armas; Escauro lo niega. ¿A quién de los dos juzgáis acreedor de mayor confianza?».[70] Mediante este argumento, Marco Emilio apelaba al sentimiento nacionalista de los jueces, subrayando la condición de «extranjero» de su acusador, procedente de Hispania, frente a su propia alcurnia patricia. Tras esta intervención, Escauro obtuvo la absolución definitiva.[71][72]

Marco Emilio falleció poco tiempo después de este último triunfo judicial. Aunque la historiografía no ha podido fijar con exactitud la fecha de su deceso, se tiene constancia de que su segunda esposa, Cecilia Metela Dalmática, figuraba ya como viuda en el año 88[73] o incluso en 89 a. C.,[74] fecha en la que contrajo nupcias con Sila.

Actividades literarias

Escauro se distinguió como uno de los precursores de la literatura autobiográfica en Roma al redactar sus propias memorias. La obra, estructurada en tres libros,[8] fue dedicada al abogado Lucio Fufidio. Según el testimonio de Cicerón, este escrito resultaba «sumamente útil para la lectura», si bien el propio orador lamentaba que, hacia el año 46 a. C., el texto hubiera caído prácticamente en el olvido.[75] Pese a ello, las memorias de Escauro fueron consultadas y citadas por autores de la talla de Frontino y Valerio Máximo, y es altamente probable que diversos pasajes de la obra De viris illustribus hallen su génesis en ellas.[2]

En su faceta como orador, Marco Emilio atesoraba una vasta experiencia, aun cuando, en palabras de la crítica clásica, «no alcanzó la máxima gloria oratoria».[76] Cicerón lo adscribe a la antigua escuela romana y sostiene que, a pesar de carecer de un don innato para la elocuencia, Escauro compensaba tal limitación en sus discursos políticos mediante una «verdadera solemnidad y una suerte de dignidad natural».[77] En definitiva, sus intervenciones destacaban más por el sentido común y la autoridad del orador que por el refinamiento técnico de su lenguaje.[78] Debido a este estilo, caracterizado por la sobriedad y un tono imperioso, su técnica resultaba poco eficaz para los litigios judiciales.[75] De su extenso legado retórico apenas han trascendido dos breves fragmentos preservados por el gramático Carisio, pertenecientes a sus discursos Contra M. Brutum de pecuniis repetundis y Contra Q. Caepionem actione II.[2]

Familia

La identidad de la primera esposa de Escauro permanece en el anonimato; de esta unión nació un hijo homónimo que protagonizó un trágico episodio durante la contienda contra los cimbrios, puesto que en 101 a. C., tras mostrar una conducta pusilánime en el campo de batalla, el joven se quitó la vida después de que su padre, en un acto de rigor republicano, renegara formalmente de él.[79][80][81] Posteriormente, Escauro contrajo segundas nupcias con la hija de Lucio Cecilio Metelo Dalmático; de este matrimonio nacieron dos hijos, un varón, quien alcanzaría la pretura en el año 56 a. C., y una hija, Emilia, cuya trayectoria matrimonial refleja la notable relevancia política de su linaje, porque fue unida primero a Manio Acilio Glabrión y, después, a Cneo Pompeyo Magno como su segunda cónyuge. Tras el fallecimiento de Escauro, su viuda se unió en matrimonio con Lucio Cornelio Sila, lo que consolidó así el vínculo entre los restos de la facción de los Metelos y el futuro dictador.

Valoraciones de su personalidad y actividad

En la historiografía antigua conviven valoraciones polares sobre las cualidades personales de Escauro y sus méritos ante la República. Marco Tulio Cicerón profesaba una admiración profunda hacia su figura, calificándolo como un «hombre de acreditada severidad de principios, sabiduría y previsión»[82] y como el «primero entre los ciudadanos».[48] Para el orador de Arpino, la integridad y la honestidad constituyeron el cimiento de su dilatado éxito político.[83] Según este testimonio, Escauro confrontó a «todos los rebeldes, desde Cayo Graco hasta Quinto Vario», sin que su ánimo flaqueara un solo instante ante el peligro.[84]

Simultáneamente, en la obra de Salustio, Escauro es retratado como un individuo «ávido de poder, magistraturas y riquezas, pero que sabía encubrir astutamente sus vicios».[85] Si bien esta semblanza puede atribuirse a la filiación de Salustio a una facción política antagónica,[86] su influencia en la historiografía posterior ha sido vasta. En esta línea, Theodor Mommsen sostiene que el verdadero talento de Escauro estribaba en su capacidad para mostrarse «tan complaciente y venal como cualquier senador respetable», pero con la destreza suficiente para «escabullirse hábilmente cuando el asunto se tornaba arriesgado». Según el historiador alemán, Marco Emilio sabía instrumentalizar su imponente y venerable apariencia para «representar ante el público el papel de un nuevo Fabricio»,[87] el legendario modelo de austeridad romana. Aunque en otros cronistas de periodos tardíos resuenan juicios similares,[88][89] la crítica contemporánea ha cuestionado esta visión. Se plantea que la supuesta perversidad y corrupción sistémica de la élite romana de finales del siglo II a. C. —y de Escauro en particular— podría ser, en gran medida, una construcción literaria de Salustio destinada a justificar sus propias tesis políticas.[40]

En la literatura de ficción

Marco Emilio aparece como personaje en las novelas de Colleen McCullough El primer hombre de Roma y La corona de hierba, así como en las obra de Mily Yezersky Los hermanos Graco y Mario y Sila.

Referencias

Bibliografía

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