Respuestas a la migración internacional
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Las respuestas a la migración internacional abarcan el conjunto de procesos, políticas y transformaciones sociales que resultan del desplazamiento de poblaciones de un territorio nacional a otro. La migración puede ser voluntaria —impulsada por la búsqueda de mejores condiciones de vida, oportunidades económicas o la reunificación familiar— o forzada —por persecución, conflicto armado, esclavitud o deportación—. Las respuestas que genera dependen de la asimetría de poder entre los grupos en contacto —militar, económica, tecnológica y demográfica—, del papel del Estado en organizar, facilitar o restringir la movilidad, y de la agencia tanto de las poblaciones migrantes como de las sociedades en las que se asientan. El espectro abarca desde la aculturación individual en contextos de migración pacífica hasta la destrucción de sociedades enteras por colonialismo de poblamiento, pasando por la esclavitud, los sistemas de trabajo forzado, la asimilación forzosa y las múltiples formas de mezcla e integración. Estas respuestas han sido objeto de estudio por parte de disciplinas diversas, entre ellas la psicología intercultural, la sociología de la migración y la ciencia política.[1][2]
Los principales marcos teóricos incluyen el modelo bidimensional de aculturación de John W. Berry, la teoría de la asimilación segmentada de Alejandro Portes y Min Zhou, el modelo interactivo de aculturación de Richard Bourhis, los análisis del «Estado migratorio colonial» de Fiona Adamson y Hélène Thiollet, y el concepto de transculturación de Fernando Ortiz. Investigaciones sobre colonialismo de poblamiento, colonialismo interno y regímenes de ciudadanía complementan estos marcos al situar los procesos de aculturación dentro de las estructuras de poder que los condicionan.[3][4][5]
El psicólogo canadiense John W. Berry propuso en 1997 un modelo bidimensional que clasifica las estrategias de aculturación de los individuos migrantes a partir de dos preguntas: si desean mantener su identidad cultural de origen y si desean establecer relaciones con la sociedad receptora. La combinación de ambas dimensiones produce cuatro estrategias: asimilación, integración, separación y marginación.[1]
En la asimilación, el individuo adopta las normas culturales de la sociedad dominante y abandona su cultura de origen. En la separación, mantiene su cultura y evita el contacto con la sociedad receptora, proceso que a menudo se manifiesta en la formación de enclaves étnicos. La integración supone la adopción de elementos de la cultura dominante al tiempo que se conserva la cultura de origen, lo que equivale al biculturalismo. La marginación describe la situación en que el individuo rechaza tanto su cultura de origen como la de la sociedad receptora.[1][6]
Investigaciones posteriores han señalado que la estrategia de integración se asocia de manera consistente con mejores resultados de adaptación psicológica y sociocultural en comparación con las otras tres estrategias.[1] La categoría de marginación ha sido cuestionada empíricamente: varios estudios con análisis de perfiles latentes no han logrado identificarla como un grupo diferenciado en las muestras estudiadas.[6] Corpas Nogales sintetizó la literatura sobre estos procesos de incorporación sociocultural, señalando que la asimilación y el multiculturalismo representan los dos polos de un continuo, en cuyo centro se sitúan las diferentes formas de integración.[7]
Un aspecto central del modelo es que las estrategias de aculturación no dependen exclusivamente del individuo migrante, sino también de las orientaciones de la sociedad receptora. Berry distingue entre sociedades que promueven el multiculturalismo (facilitando la integración), las que exigen la asimilación, las que imponen la segregación y las que producen exclusión.[1] Un metaanálisis publicado en 2025 por Kunst y colaboradores confirmó que la aculturación no afecta solo a los migrantes, sino también a los miembros del grupo mayoritario, cuyas actitudes, identidades y prácticas culturales se transforman en respuesta a la diversidad creciente de sus sociedades.[8]
Modelo interactivo de aculturación
El psicólogo social Richard Bourhis y sus colaboradores ampliaron el modelo de Berry al formular un modelo interactivo que incorpora las orientaciones de aculturación de la sociedad receptora. Bourhis distinguió cinco orientaciones del grupo mayoritario: integracionismo, asimilacionismo, segregacionismo, exclusionismo e individualismo, y argumentó que los resultados del proceso de aculturación dependen de la interacción entre las estrategias del migrante y las orientaciones de la sociedad de acogida.[9]
Cuando las orientaciones del migrante y de la sociedad receptora son congruentes (por ejemplo, ambos favorecen la integración), los resultados tienden a ser armoniosos; cuando son incongruentes (por ejemplo, el migrante busca la integración, pero la sociedad impone la asimilación o la exclusión), surgen tensiones y conflictos que pueden desembocar en la marginación.[9]
Asimilación segmentada
La teoría de la asimilación segmentada, formulada por los sociólogos Alejandro Portes y Min Zhou en 1993, argumenta que los inmigrantes y sus descendientes no se incorporan a un único segmento homogéneo de la sociedad receptora, sino que siguen trayectorias divergentes condicionadas por la raza, la clase social, el estatus legal y el segmento de la sociedad con el que entran en contacto.[3]
Portes y Zhou identificaron tres patrones principales en la segunda generación de inmigrantes en Estados Unidos tras la reforma migratoria de 1965: la asimilación ascendente hacia la clase media convencional (el patrón clásico de Ellis Island), la asimilación descendente hacia la infraclase urbana (atrapada en la pobreza y en una cultura adversarial) y la aculturación selectiva (movilidad económica con preservación de la comunidad étnica).[3][10]
Según esta teoría, tres obstáculos principales condicionan la trayectoria de la segunda generación: el racismo persistente (dado que la mayoría de los inmigrantes posteriores a 1965 no son blancos), la desindustrialización y la bifurcación del mercado laboral entre empleos profesionales bien remunerados y trabajos manuales precarios, y la proliferación de pandillas y el narcotráfico como alternativa a la permanencia en el sistema educativo.[3] Estos obstáculos interactúan con el capital humano y el modo de incorporación de cada grupo, produciendo resultados marcadamente diferentes entre las distintas comunidades migrantes.[10]
Tipología de la migración en la era contemporánea
Stephen Castles, Hein de Haas y Mark Miller distinguieron en The Age of Migration tres modelos principales de política migratoria en las democracias receptoras de la posguerra: el modelo de trabajador invitado (Gastarbeiter), característico de Alemania y Austria, que desalienta el asentamiento permanente y restringe los derechos de los migrantes laborales; el modelo asimilacionista, característico de Francia y el Reino Unido, que condiciona el asentamiento permanente y el acceso a derechos políticos a la adopción de la cultura de la sociedad receptora; y el modelo multicultural, característico de Canadá y Australia, que acepta la permanencia de comunidades culturalmente diferenciadas dentro de un marco institucional común.[2]
Castles y sus colaboradores argumentaron que estas diferencias en la política migratoria no modifican el resultado final del proceso migratorio —los trabajadores temporales se asientan de manera permanente y reagrupan a sus familias independientemente de la política estatal—, sino que determinan el grado de marginación de las poblaciones migrantes. Asimismo, distinguieron entre la migración de trabajadores coloniales hacia las antiguas metrópolis (como los argelinos en Francia o los caribeños y sudasiáticos en el Reino Unido) y la migración de asentamiento permanente hacia los países clásicos de inmigración (Estados Unidos, Canadá, Australia), señalando que los legados coloniales configuran las relaciones entre las sociedades receptoras y las poblaciones migrantes de maneras cualitativamente diferentes a las de la migración económica voluntaria.[2]
Transculturación
El antropólogo cubano Fernando Ortiz propuso en 1940 el concepto de transculturación como alternativa al de aculturación, argumentando que el contacto cultural no produce una asimilación unidireccional de la cultura subordinada hacia la dominante, sino un proceso multidireccional del que emerge una realidad cultural nueva e independiente. Ortiz identificó dos componentes en este proceso: la «desculturación» (el desarraigo respecto de las culturas precedentes) y la «neoculturación» (la emergencia de formas culturales originales a partir del contacto). [11]
El concepto fue formulado a partir del estudio de la historia de Cuba, donde la confluencia de poblaciones indígenas, africanas esclavizadas y europeas colonizadoras produjo una cultura que no es reductible a ninguna de las tres tradiciones originales. La transculturación se distingue de la aculturación en que presupone un proceso activo y recíproco, no una mera absorción pasiva de una cultura por otra.[11]
Colonialismo de poblamiento y construcción racial
El antropólogo Patrick Wolfe argumentó que en el colonialismo de poblamiento las categorías raciales se inventan para justificar la apropiación de la tierra, y que la lógica de eliminación del indígena —que abarca desde la violencia hasta la asimilación forzosa— constituye el principio organizador de las sociedades coloniales de poblamiento y no un acontecimiento puntual y superado. Wolfe señaló que la raza es una construcción social producida por el encuentro colonial, no anterior a él, y que diferentes regímenes raciales codifican las relaciones desiguales a través de las cuales los europeos han coaccionado a las poblaciones afectadas.[5][12]
La socióloga Evelyn Nakano Glenn amplió el marco de Wolfe al proponer el colonialismo de poblamiento como estructura analítica para el estudio comparado de la formación racial y de género en Estados Unidos. Glenn argumentó que las relaciones de género y de raza en las sociedades de poblamiento no pueden comprenderse sin atender a las dinámicas de apropiación territorial y eliminación del indígena que les dieron origen.[13]
Lorenzo Veracini ofreció una síntesis teórica del colonialismo de poblamiento como forma política diferenciada tanto del colonialismo de explotación como de la migración ordinaria. Para Veracini, el colono se distingue del migrante en que no busca incorporarse a la sociedad existente, sino reemplazarla; la sociedad de poblamiento se define por esta voluntad de soberanía sobre un territorio percibido como vacío o vaciable.[14]
Migración indoaria y sistema de castas
La evidencia genómica ha documentado que entre aproximadamente 1500 y 500 a. C. se produjo una migración a gran escala de poblaciones pastorales de habla indoeuropea procedentes de la estepa póntico-cáspica hacia el subcontinente indio, donde se mezclaron con las poblaciones existentes del sur de Asia. David Reich y sus colaboradores demostraron en 2009 que la mayoría de los grupos indios actuales descienden de una mezcla de dos poblaciones ancestrales genéticamente divergentes —una emparentada con los europeos y los asiáticos centrales y otra exclusiva del sur de Asia— y que el grado de ascendencia de cada componente se correlaciona con la posición en la jerarquía de castas.[15]
Vagheesh Narasimhan y un equipo internacional de investigadores confirmaron en 2019, mediante el análisis de ADN antiguo, que la migración desde la estepa se intensificó durante la Edad del Bronce y que los migrantes de ascendencia esteparia se integraron de manera desigual en las poblaciones locales, contribuyendo en mayor proporción a los grupos que ocuparían las posiciones superiores del sistema de 'varna'.[16]
El caso indio constituye el ejemplo más duradero de una migración que produjo una jerarquía social correlacionada con la ascendencia y que se mantuvo durante más de tres milenios mediante la práctica de la endogamia. A diferencia del mestizaje latinoamericano, donde la mezcla biológica difuminó progresivamente las fronteras entre los grupos, el sistema de castas preservó las diferencias de ascendencia dentro de la mezcla mediante restricciones matrimoniales que Reich y sus colaboradores describieron como un colapso casi total del flujo genético entre grupos a partir de aproximadamente 1500 a. C.[15]
Estado migratorio colonial y poscolonial
En 2025, las politólogas Fiona Adamson y Hélène Thiollet introdujeron el concepto de Estado migratorio colonial para analizar las raíces históricas de los regímenes contemporáneos de gestión migratoria. Mediante un análisis comparado de tres modalidades de colonialismo —el colonialismo de poblamiento en Argelia francesa, el colonialismo de protectorado en el Egipto británico y el colonialismo corporativo de ARAMCO en Arabia Saudita— mostraron que la gestión de la movilidad humana en estos tres espacios coloniales operaba según lógicas jerárquicas similares de extracción económica y diferenciación jurídico-política.[4]
En el caso argelino, la administración colonial francesa trasladó aproximadamente a un millón de colonos europeos (los pieds-noirs) que ejercieron un dominio total sobre la población musulmana local, excluida de la ciudadanía plena mediante el Code de l'indigénat. En Egipto, el control británico no implicó un asentamiento masivo, sino una migración de élites administrativas y capitalistas que reorganizaron la economía en torno a la exportación de algodón. En Arabia Saudita, la empresa estadounidense ARAMCO estableció un sistema de trabajo importado altamente estratificado que hibridó el sistema otomano preexistente del millet con la segregación corporativa estadounidense, sentando las bases del sistema de kafala que pervive en los Estados del Golfo Pérsico.[4]
Adamson y Gerasimos Tsourapas propusieron en 2020 una tipología de regímenes estatales de gestión migratoria en el Sur Global que distingue entre modelos nacionalizador, desarrollista y neoliberal, argumentando que las trayectorias de formación estatal fuera de Europa y América del Norte producen formas de gestión migratoria que no se ajustan al modelo del «Estado migratorio liberal» formulado por James Hollifield para las democracias industriales del Norte.[17] Sadiq y Tsourapas extendieron este análisis al formular el concepto de «Estado migratorio poscolonial», mostrando que los legados coloniales condicionan las políticas migratorias de los Estados sucesores de maneras que el marco liberal no captura.[18]
En un número especial del Journal of Ethnic and Migration Studies publicado en 2024, Adamson, Chung y Hollifield propusieron una agenda de investigación que historice, descolonice y desagregue el concepto de Estado migratorio, argumentando que la migración ha sido constitutiva de la formación estatal desde la época imperial y no un fenómeno posterior a la Segunda Guerra Mundial, como presupone el marco de Hollifield.[19] Adamson profundizó en esta línea al estudiar las trayectorias entrelazadas de Francia y Argelia como «Estados migratorios imbricados», mostrando que la relación migratoria colonial no terminó con la independencia argelina en 1962, sino que se invirtió: la migración argelina hacia Francia aumentó tras la descolonización.[20]
Colonialismo interno
El sociólogo mexicano Pablo González Casanova formuló en 1965 el concepto de colonialismo interno al analizar la relación entre las regiones indígenas y los centros de poder en México y América Latina, argumentando que las estructuras coloniales de explotación pervivían dentro de los Estados poscoloniales.[21]
Una década después, el sociólogo Michael Hechter desarrolló el concepto de manera independiente para analizar la relación entre el centro político inglés y las periferias célticas (Gales, Escocia, Irlanda) dentro del propio Reino Unido. Hechter argumentó que las dinámicas de explotación económica y subordinación cultural características del colonialismo de ultramar podían reproducirse dentro de las fronteras de un mismo Estado, generando una división cultural del trabajo entre centro y periferia.[22]
El historiador Eugen Weber documentó un caso distinto de asimilación interna en Francia: la transformación de las poblaciones rurales francófonas, occitanófonas, bretonófonas y vascoparlantes en ciudadanos franceses homogéneos mediante la escuela obligatoria, el servicio militar y la construcción de carreteras durante la Tercera República Francesa. Weber demostró que la identidad nacional francesa no era un dato previo, sino el producto de un proceso deliberado de homogeneización cultural impulsado desde París.[23]
Regímenes de ciudadanía y diversidad
Los regímenes de ciudadanía de los Estados receptores condicionan de manera determinante las trayectorias de incorporación de los migrantes. Rogers Brubaker comparó los modelos francés y alemán, mostrando que Francia definía la pertenencia nacional en términos cívico-territoriales (ius soli), lo que facilitaba la asimilación jurídica de los inmigrantes, mientras que Alemania la definía en términos étnico-culturales (ius sanguinis), excluyendo durante décadas a los residentes de origen turco nacidos en el país.[24]
Koopmans y colaboradores ampliaron este análisis comparando los regímenes de ciudadanía de varios países europeos y su efecto sobre la participación política y las reivindicaciones culturales de los inmigrantes, argumentando que el acceso a la ciudadanía y el reconocimiento de los derechos culturales interactúan de maneras que no pueden reducirse a un eje único de «apertura» o «cierre».[25]
Sesgo historiográfico y supremacía civilizatoria
Edward Said argumentó en Orientalismo (1978) que la producción de conocimiento occidental sobre las sociedades no europeas —en particular las del mundo árabe e islámico— no es un ejercicio neutro de descripción, sino un aparato discursivo al servicio del poder imperial, que construye al «Oriente» como alteridad inferior para justificar su dominio.[26]
La politóloga franco-tunecina Sophie Bessis profundizó en esta línea al argumentar que la civilización occidental se distingue de otros etnocentrismos por haber producido un aparato teórico —filosófico, moral y científico— para legitimar su hegemonía, presentando los valores occidentales no como una opción entre varias, sino como el destino universal del progreso humano. Bessis señaló que la jerarquía de razas ha sido sustituida por la jerarquía del desarrollo: el paradigma del desarrollismo constituye la nueva encarnación de la supremacía.[27]
Reclutamiento europeo transatlántico
Las colonias de poblamiento del siglo xix no restringieron el reclutamiento de colonos a los nacionales de la metrópoli, sino que compitieron activamente por atraer inmigrantes europeos de cualquier nacionalidad. El historiador James Belich denominó «revolución colona» (settler revolution) al proceso explosivo de colonización que entre 1780 y 1930 multiplicó por dieciséis la población angloparlante del mundo, impulsado por una transformación ideológica que convirtió la emigración —antes un acto de desesperación— en un acto de esperanza y ascenso social.[28] En las colonias británicas de asentamiento —Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica—, alemanes, escandinavos, irlandeses y otros europeos fueron incorporados como colonos de pleno derecho, independientemente de su origen nacional, siempre que fueran clasificados como blancos.[28]
Argentina constituyó el segundo destino de la migración transatlántica tras Estados Unidos, con aproximadamente seis millones de inmigrantes europeos entre 1870 y 1930. La Constitución argentina de 1853 alentó explícitamente la inmigración europea como instrumento de modernización, y la Ley de Inmigración y Colonización de 1876 ofreció tierras públicas y subsidios de pasaje a los inmigrantes, la mayoría de ellos italianos y españoles, pero también franceses, alemanes, polacos, judíos y árabes.[29] A diferencia de Estados Unidos, que introdujo cuotas nacionales en la década de 1920, Argentina permaneció abierta a la inmigración masiva europea hasta la década de 1930.[29] Sánchez-Alonso señaló que la élite terrateniente argentina se beneficiaba de la abundancia de mano de obra barata y que los propios inmigrantes —al carecer de derecho al voto por ser extranjeros— no podían traducir sus intereses en restricciones legislativas.[29] En una perspectiva comparada, trece millones de europeos emigraron a América Latina en el mismo periodo, atraídos por la posibilidad de ascenso social que la región ofrecía incluso a inmigrantes procedentes de las zonas económicamente más atrasadas del sur y el este de Europa.[30]
Estas políticas de reclutamiento transatlántico operaron simultáneamente como instrumentos de colonialismo de poblamiento: en Argentina, la inmigración europea fue inseparable de la Conquista del Desierto que desposeyó a los pueblos indígenas de sus territorios.[29][28]
Movilidad privilegiada entre países desarrollados
La migración entre países de renta alta constituye un caso cualitativamente diferente del resto de los flujos migratorios internacionales. La politóloga Ayelet Shachar describió la «competición por el talento» (race for talent) como una carrera entre los Estados más ricos —Estados Unidos, Canadá, Australia, Reino Unido y los países de la Unión Europea— por atraer a los migrantes más cualificados mediante programas selectivos de visados, puntos y residencia acelerada, en una lógica de competición interjurisdiccional que los marcos convencionales de política migratoria no habían contemplado.[31]
El sociólogo Adrian Favell acuñó el término «Eurostars» para designar a los profesionales europeos que ejercen el derecho de libre circulación dentro de la Unión Europea. Su investigación etnográfica en Ámsterdam, Londres y Bruselas mostró que, a pesar de la eliminación formal de las barreras legales, menos del dos por ciento de los ciudadanos europeos occidentales residían fuera de su país de origen, y que las identidades nacionales, los mercados inmobiliarios y las redes sociales locales seguían funcionando como obstáculos a la movilidad incluso para los migrantes más privilegiados.[32]
Sarah Kunz señaló que la distinción lingüística entre «expatriado» y «migrante» codifica una jerarquía racial y de clase: los migrantes privilegiados por ciudadanía, clase o raza han sido históricamente excluidos de la investigación sobre migración y tratados como cosmopolitas adaptables, mientras que el término «migrante» se reserva para los desplazados del Sur global. Kunz argumentó que la categoría de «expatriado» tiene raíces coloniales y que la blancura, la masculinidad y la ciudadanía de un país rico funcionan como recursos transferibles que confieren privilegios en el mercado laboral globalizado.[33]