Testamento de san Francisco
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El testamento de san Francisco es un texto espiritual dictado por Francisco de Asís poco antes de su muerte, a comienzos del otoño de 1226.[1] Constituye un documento fundamental para la reconstrucción de su experiencia religiosa y de su propuesta cristiana, así como una referencia clave para la identidad de la Orden de los Hermanos Menores [1]. Según el propio Francisco, el Testamento no debe considerarse una nueva regla, sino una memoria, amonestación y exhortación, destinada a ayudar a los frailes a observar más fielmente la Regla de san Francisco y a vivir conforme al modelo del Evangelio.[2]
El Testamento fue dictado en los últimos meses de vida de Francisco de Asís, cuando ya no ejercía funciones de gobierno dentro de la fraternidad franciscana. [2] El texto se dirige tanto a los frailes de su generación como a los de las generaciones futuras, con el fin de preservar el espíritu originario del movimiento franciscano .[1] El documento adopta la forma de un legado espiritual personal, más que de un texto normativo en sentido jurídico, y fue concebido para acompañar permanentemente a la Regla. [3]
El Testamento
Francisco inicia el Testamento recordando su conversión como una obra directa de la gracia divina- [1] Describe su encuentro con los leprosos como el momento decisivo de transformación interior, mediante el cual lo que antes le resultaba amargo se transformó en dulzura espiritual y corporal. Esta experiencia lo condujo a «salir del siglo» y a emprender una vida fundada exclusivamente en los valores del Evangelio. [1]
El Testamento expresa una adhesión absoluta a la Iglesia católica y a los sacerdotes que viven según la forma de la Iglesia romana .[4] Francisco afirma venerar a los sacerdotes como a sus señores, incluso cuando son pobres o moralmente indignos, debido a su función sacramental. [5] La centralidad de la Eucaristía ocupa un lugar fundamental: Francisco declara que no ve corporalmente al Hijo de Dios en este mundo sino en su santísimo cuerpo y sangre. [5] Esta fe eucarística fundamenta el respeto hacia los sacerdotes y hacia las palabras sagradas, que deben ser conservadas en lugares dignos. [6]
Francisco recuerda que la llegada de los primeros hermanos fue un don de Dios y que nadie le indicó inicialmente cómo debía estructurar la fraternidad. [7] Afirma que fue el Altísimo quien le reveló que debía vivir «según la forma del santo Evangelio». [7] La vida franciscana se caracteriza por la pobreza radical, la itinerancia, el trabajo manual y la condición de «extranjeros y peregrinos» en el mundo. [8] El trabajo es presentado como un medio de subsistencia y de testimonio, no como una forma de beneficio económico. [8] Cuando el fruto del trabajo no es suficiente, los frailes deben recurrir a la limosna, definida como la «mesa del Señor»- [9]
El Testamento insiste en la obediencia al ministro general y a los guardianes, así como en la observancia de la oración litúrgica conforme a la Regla.[10] Francisco manifiesta una fuerte preocupación por posibles desviaciones litúrgicas o doctrinales y establece procedimientos estrictos para los frailes que no se mantengan dentro de la fe católica.[11] Los frailes considerados «no católicos» deben ser entregados a las autoridades de la fraternidad y, finalmente, al cardenal protector de la Orden, sin que los hermanos ejerzan funciones judiciales por sí mismos.[11]
Francisco aclara explícitamente que el Testamento no es otra regla, sino una memoria, amonestación y exhortación destinada a favorecer una observancia más fiel de la Regla prometida al Señor [2]. Ordena que no se añadan glosas ni interpretaciones y que el Testamento se lea siempre junto a la Regla en los capítulos de la fraternidad .[12]
El Pequeño Testamento
El Pequeño Testamento de San Francisco de Asís, también conocido como el "Testamento de Siena", fue dictado por el santo a Fray Benito en la primavera de 1226, cuando ya se encontraba gravemente enfermo, con hemorragias y dolores intensos. En este texto, Francisco transmite a sus hermanos tres exhortaciones fundamentales: el amor fraterno, la observancia de la santa pobreza y la fidelidad y sumisión a los prelados y clérigos de la Iglesia católica. El amor fraterno implica acoger a los hermanos como dones de Dios, corregirlos con caridad y perdonar sus faltas; la observancia de la pobreza requiere desprenderse de los bienes propios, acompañar a los pobres y amar a los excluidos; y la obediencia y minoridad destacan la fidelidad a la Iglesia incluso en tiempos de crisis moral, aceptando a sus miembros con humildad y sin juzgar sus pecados. Este breve testamento refleja los valores esenciales de la vocación franciscana y constituye un resumen de la vida y enseñanzas de San Francisco en los últimos meses de su existencia.[13]