Esclavitud en Haití
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La esclavitud en Haití (francés: L'Esclavage en Haïti; criollo haitiano: Esklavaj an Ayiti) fue el sistema de esclavitud mediante el cual cientos de miles de personas, en su gran mayoría de origen africano, fueron sometidas a servidumbre forzosa en el territorio que hoy ocupa Haití, primero bajo dominio español y después bajo la colonia francesa de Saint-Domingue, desde finales del siglo xv hasta la abolición decretada durante la Revolución haitiana en 1804.[1] Durante casi tres siglos, la colonia francesa de Saint-Domingue —en la parte occidental de la isla de La Española— fue una de las sociedades esclavistas más brutales y lucrativas del mundo: hacia 1789 medio millón de personas de origen africano eran explotadas en plantaciones de azúcar, café e índigo en beneficio de la metrópoli, lo que convirtió a la colonia en el principal productor mundial de ambos cultivos y en el motor de la economía francesa.[2][3] A lo largo de toda la historia de la trata, se estima que entre 790.000 y 860.000 africanos fueron transportados por la fuerza a Saint-Domingue, según los datos de la Trans-Atlantic Slave Trade Database; de ellos, aproximadamente un millón perecieron a causa de las condiciones de la esclavitud a lo largo de la existencia de la colonia.[4][5] Estas cifras no incluyen a quienes murieron antes de llegar a la isla: según las estimaciones de David Eltis y David Richardson, de los 12,5 millones de africanos embarcados en el conjunto de la trata transatlántica, alrededor del 15 % —casi dos millones de personas— fallecieron durante la travesía atlántica a causa de enfermedades, desnutrición y abusos a bordo; a esta cifra se suman los que perecieron en los puertos de embarque africanos y durante las marchas forzadas desde el interior del continente.[6] En el caso específico de Saint-Domingue, las condiciones de «aclimatación» eran particularmente letales: hasta el 50 % de los africanos recién llegados morían durante su primer año en la isla, principalmente por la fiebre amarilla.[1] La Revolución haitiana (1791-1804), la única rebelión de esclavos exitosa de la historia, puso fin a la esclavitud colonial y dio origen a la primera república negra independiente del mundo, pero sus consecuencias —la deuda impuesta por Francia, el aislamiento diplomático, las sucesivas intervenciones extranjeras y la destrucción del tejido institucional— han marcado al país hasta la actualidad.[7]
Los orígenes de la esclavitud en la isla se remontan a las prácticas esclavistas precolombinas y a la conquista española de 1492. Los colonizadores sometieron a los indígenas taínos a trabajo forzoso hasta que las enfermedades y la explotación diezmaron a la población nativa. Para reemplazar la mermada mano de obra, se comenzó a importar africanos esclavizados de forma masiva durante el siglo xvi. A principios del siglo xvii, la parte occidental de La Española era ya una sociedad esclavista en la que la mayoría de la población se encontraba sometida a servidumbre.[8]
Las duras condiciones de la esclavitud, el influjo de los ideales de la Revolución francesa y la enorme desproporción numérica entre personas esclavizadas y población libre confluyeron para hacer de Haití el escenario de una rebelión de esclavos que desembocó en la Revolución haitiana. Si bien la revolución abolió formalmente la esclavitud, varios de los gobernantes que la sucedieron reimplantaron el trabajo forzoso, convencidos de que sin la economía de plantación el país no podría sostenerse.
El trabajo no remunerado sigue siendo una práctica extendida en Haití. Se estima que hasta medio millón de niños trabajan como sirvientes domésticos no remunerados denominados restavek, quienes son sometidos habitualmente a abusos físicos y sexuales. Asimismo, la trata de personas, incluida la trata de niños y la trata con fines de explotación sexual, constituyen problemas de gran magnitud en Haití, que afectan de manera particular a las personas que migran hacia la República Dominicana. Todos estos problemas se han visto agravados por los sucesivos desastres naturales y la persistente inestabilidad política del país.
Pese a haber sido el primer país del mundo en abolir la esclavitud mediante una revolución, Haití no ha logrado erradicarla por completo. La relatora especial de las Naciones Unidas sobre las formas contemporáneas de esclavitud calificó el sistema restavek —por el cual cientos de miles de niños son cedidos como sirvientes domésticos no remunerados— como «una forma moderna de esclavitud»,[9] y la Organización Internacional del Trabajo ha descrito la práctica como «esclavitud en una tierra libre».[10] El sociólogo Kevin Bales, referencia académica en el estudio de la esclavitud contemporánea, ha incluido a Haití entre los países con mayor prevalencia de esclavitud moderna en el mundo.[11] A estas formas de esclavitud se suman prácticas generalizadas de trabajo forzoso —como la corvea reimplantada en distintos momentos de la historia— y la explotación económica sistemática de la mano de obra haitiana por parte de empresas extranjeras, que, según académicos e instituciones internacionales, hunden sus raíces en los tres siglos de esclavitud colonial y en el sistema de extracción que la sucedió.[12]
Haití presenta la segunda tasa más alta de incidencia de esclavitud en el mundo, solo por detrás de Mauritania. La Oficina de Monitoreo y Combate al Tráfico de Personas del Departamento de Estado de los Estados Unidos ha situado al país en la «lista de vigilancia de nivel 2» desde 2017.[13]
La Española bajo dominio español (1492-1625)
Los taínos que habitaban la isla —a la que los europeos darían el nombre de La Española— recibieron con hospitalidad a Cristóbal Colón y su tripulación cuando estos desembarcaron en octubre de 1492.[14] En la era precolombina otras tribus caribeñas atacaban la isla para secuestrar personas y someterlas a esclavitud.[15] Los colonizadores españoles no tardaron en institucionalizar la esclavitud en la isla, convirtiéndola en un negocio de gran envergadura.[16]

Con el paso del tiempo, los españoles establecieron plantaciones de caña de azúcar y otros cultivos que dependían por completo de la mano de obra esclava.[17] Además, los nativos fueron obligados a trabajar en la extracción de oro y cobre, lo que cobró un alto precio en vidas y en la salud de la población.[18]
Ante esta brutalidad, algunos nativos se rebelaron y se refugiaron en las montañas más inaccesibles de la isla, donde formaron comunidades ocultas conocidas como «cimarrones».[19][20] Los españoles respondieron a la resistencia nativa con duras represalias, como la destrucción de cosechas para matar de hambre a los indígenas.[19] En 1495, los españoles enviaron 500 nativos capturados a España como esclavos, pero 200 no sobrevivieron al viaje y los restantes murieron poco después.[21]
Se desconoce cuántas personas taínas habitaban la isla antes de la llegada de Colón —las estimaciones varían desde varios miles hasta ocho millones—, pero el trabajo forzoso, la esclavitud y, en particular, las enfermedades introducidas involuntariamente por los europeos, frente a las cuales los nativos carecían de defensas, provocaron la muerte de gran parte de la población.[22] Entre 1492 y 1494, un tercio de la población nativa de la isla había perecido, y para 1514 había muerto el 92 % de la población indígena.[17][23]
El misionero español Bartolomé de las Casas denunció la esclavización de los nativos y la brutalidad de los conquistadores.[24] La campaña de Las Casas condujo al fin oficial de la esclavización de los taínos en 1542; sin embargo, fue reemplazada por la trata de esclavos africanos.[24]
La rapidez con la que murieron los nativos dejó un vacío de mano de obra que se cubrió con la importación de personas africanas.[23] La mano de obra africana se consideraba idónea, ya que los siglos de contacto previo entre africanos y europeos les habían conferido inmunidad frente a las mismas enfermedades.[25]
Algunos esclavos recién llegados de África y de islas vecinas lograron escapar y unirse a las comunidades cimarronas en las montañas.[26] En 1519, africanos y nativos americanos unieron fuerzas e iniciaron una rebelión de esclavos que se prolongó durante varios años, hasta que fue aplastada por los españoles en la década de 1530.[27]
La práctica de la esclavitud en las colonias españolas de América alcanzó tal magnitud que, a finales del siglo xvi, las importaciones de esclavos africanos superaban en número a la inmigración española al Nuevo Mundo.[28]
De la Española española a la colonia francesa
El paso de la esclavitud bajo dominio español a la esclavitud bajo dominio francés no fue un hecho repentino, sino el resultado de un largo proceso de penetración colonial. Entre 1605 y 1606, el gobernador español Antonio de Osorio ejecutó las llamadas Devastaciones de Osorio, despoblando por la fuerza la franja norte y occidental de La Española para acabar con el contrabando con potencias rivales. La medida resultó contraproducente: las tierras abandonadas fueron ocupadas gradualmente por bucaneros y filibusteros franceses e ingleses, que se establecieron primero en la isla de la Tortuga hacia 1625 y luego en la costa occidental de La Española.[29] En sus inicios, estos colonos informales vivían de la caza de ganado cimarrón, la piratería y el comercio de cueros; la esclavitud tenía una presencia marginal entre ellos. La transformación se produjo a partir de 1665, cuando Bertrand d'Ogeron, nombrado gobernador por Luis XIV, impulsó la conversión de estas comunidades de aventureros en colonos agrícolas sedentarios, fomentando el cultivo de tabaco y luego de caña de azúcar, e incentivando la inmigración de familias francesas desde Martinica y Guadalupe.[29]
La formalización llegó con el Tratado de Rijswijk de 1697, por el cual España cedió oficialmente el tercio occidental de la isla a Francia. A partir de ese momento, la nueva colonia de Saint-Domingue experimentó una transformación radical: la esclavitud pasó de ser un fenómeno limitado y disperso bajo el dominio español a convertirse en un sistema de explotación intensiva a escala industrial. Si en 1681 la colonia contaba con unos 2000 esclavos, a finales del siglo xviii las importaciones anuales superaban los 30.000 africanos, y la población esclavizada rondaba el medio millón.[2] Esta escalada convirtió a Saint-Domingue en la colonia más lucrativa del mundo —y en una de las más brutales—.
Saint-Domingue (1625-1789)

España cedió el control de la parte occidental de la isla de La Española a Francia mediante el Tratado de Rijswijk en 1697; Francia denominó a su nueva posesión colonial Saint-Domingue.[25] La colonia, basada en la exportación de cultivos comerciales, especialmente la caña de azúcar, se convirtió en la más rica del mundo.[30][3] Conocida como la «Perla de las Antillas», llegó a ser el primer productor mundial tanto de café como de azúcar.
La riqueza de Saint-Domingue no beneficiaba únicamente a los plantadores coloniales: las ganancias de la industria azucarera irrigaban la economía metropolitana francesa y la de otras potencias europeas. Puertos como Nantes —que organizó cerca de 1800 expediciones negreras—, Burdeos y Le Havre se desarrollaron en gran medida gracias al comercio con las plantaciones caribeñas.[31] Hacia finales del siglo xviii, los productos que Francia extraía de Saint-Domingue representaban aproximadamente el 30 % de su comercio exterior, y el azúcar de la colonia dominaba el 40 % del mercado atlántico.[29] Inversores de la nobleza y la burguesía francesa, así como financieros holandeses e ingleses vinculados al comercio triangular, canalizaban capital hacia las plantaciones, convirtiendo a Saint-Domingue en un engranaje central del capitalismo atlántico temprano.[29] Ciudades de las colonias templadas de América del Norte, como las de Nueva Inglaterra, también prosperaron al abastecer de alimentos, madera y productos manufacturados a las islas azucareras a cambio de melaza y ron, integrándose así en la red económica que sostenía la esclavitud caribeña.[29]
Saint-Domingue fue, además, uno de los principales destinos del comercio atlántico de esclavos. De los 1.381.000 africanos embarcados en buques franceses a lo largo de toda la trata, unos 773.000 fueron trasladados a Saint-Domingue, mientras que cifras menores se dirigieron a Martinica (217.000) y Guadalupe (73.000).[32] El puerto de Cap-Français (actual Cabo Haitiano) recibió por sí solo a unos 406.000 africanos, lo que lo convertía en uno de los puntos de desembarco más importantes del Atlántico, junto con Río de Janeiro, Kingston y Bridgetown.[33] La isla funcionaba también como nodo de redistribución: una vez desembarcados, los cautivos eran vendidos y trasladados hacia el interior de la colonia o reexportados a otras posesiones caribeñas, en un sofisticado mercado intracolonial de personas esclavizadas.[33]
Los franceses, al igual que los españoles, importaron esclavos de África. En 1681 había solo 2000 esclavos en Saint-Domingue; en 1789, el número ascendía a casi medio millón.[2]
Mientras los franceses controlaron Saint-Domingue, mantuvieron un sistema de castas que abarcaba tanto a personas blancas como a personas libres de color. Este sistema de castas determinaba los roles sociales y establecía una rígida jerarquía. La clase más alta, conocida como grands blancs (grandes blancos o nobles blancos), estaba compuesta por ricos nobles, incluida la familia real, y residía principalmente en Francia. Estos individuos concentraban la mayor parte del poder y controlaban gran parte de las propiedades de Saint-Domingue. Aunque su grupo era muy reducido y exclusivo, ejercían un poder considerable. La mayoría de los grands blancs vivía de forma absentista, administrando sus asuntos desde Francia, mientras que los puestos administrativos de la colonia estaban monopolizados por funcionarios nacidos en la metrópoli. Esta división entre blancos nacidos en Francia (métropolitains) y blancos nacidos en la colonia (créoles) generaba tensiones constantes: los plantadores criollos resentían la tutela burocrática de París y, en particular, el sistema del exclusif —que les obligaba a vender toda su producción a Francia y a comprar todos sus suministros a comerciantes franceses a precios desfavorables—, y aspiraban a una mayor autonomía comercial y política, similar a la que los colonos norteamericanos habían buscado frente a Inglaterra.[29] El gobierno borbónico, consciente del peligro que representaba la unión de los diferentes sectores de la población colonial, explotaba deliberadamente estas rivalidades para mantener su control: enfrentaba a los grands blancs contra los petits blancs, a los blancos contra los gens de couleur libres y a todos ellos contra la masa de personas esclavizadas.[2]
Por debajo de los grands blancs se encontraban los petits blancs (pequeños blancos o blancos plebeyos) y los gens de couleur libres (personas libres de color). Estas clases habitaban Saint-Domingue y detentaban un considerable poder político local y el control de la milicia. Los petits blancs compartían el mismo nivel social que los gens de couleur libres.
La clase de los gens de couleur libres estaba compuesta por affranchis (exesclavos), personas negras libres y personas de ascendencia mixta, y controlaban una parte significativa de la riqueza y la tierra de manera similar a los petits blancs; gozaban de ciudadanía plena e igualdad civil con los demás súbditos franceses.[34] La raza estaba inicialmente ligada a la cultura y la clase social, y algunos colonos «blancos» tenían ancestros no blancos.[35] Aunque los criollos de color y los affranchis ejercían un poder considerable, con el tiempo fueron objeto de racismo y segregación debido a la introducción de políticas divisionistas por parte del gobierno real, ya que el régimen borbónico temía el poder unificado de los colonos.
Los miembros de la clase de los petits blancs comenzaron a distanciarse de los gens de couleur libres y a denigrarlos. La influencia del gobierno borbónico despertó en los petits blancs la envidia por el poder económico de los gens de couleur libres. Como ocurría en otras islas del Caribe, la mayoría de la población de Saint-Domingue eran personas de color, que superaban ampliamente en número a la población blanca.[36]
Clasificación racial y esclavitud de personas mestizas
La sociedad de Saint-Domingue desarrolló uno de los sistemas de clasificación racial más elaborados del mundo atlántico. El jurista colonial Moreau de Saint-Méry, en su obra Description (1797), teorizó una taxonomía que dividía la ascendencia racial en 128 partes de «sangre» blanca o negra, generando decenas de categorías intermedias: mulâtre (mitad blanca, mitad negra), quarteron (un cuarto negro), métis u octavón (un octavo negro), griffe (tres cuartos negro), sacatra, marabou y muchas otras.[37] Aunque esta escala de 128 puntos nunca se aplicó en toda su complejidad, los documentos notariales de la época identificaban habitualmente a las personas según dos o tres generaciones de ascendencia, y la clasificación racial tenía consecuencias directas sobre los derechos civiles y políticos de cada individuo.[37]
A diferencia de la llamada «regla de una gota» (one-drop rule) que imperaría posteriormente en los Estados Unidos —donde cualquier grado de ascendencia africana convertía a una persona en «negra» sin matices—, el sistema colonial francés reconocía gradaciones de mestizaje y permitía, al menos en teoría, cierto grado de movilidad racial a través de la riqueza y la cultura. En los primeros censos de la colonia no se distinguía entre «blancos» y «mulatos», sino únicamente entre personas libres y esclavizadas. Sin embargo, a partir de la década de 1760, las autoridades coloniales endurecieron progresivamente las leyes raciales, prohibiendo a las personas de color —por ricas o educadas que fueran— ejercer ciertas profesiones, portar determinadas prendas de vestir o sentarse junto a los blancos en los teatros y las iglesias.[29]
La condición jurídica de los hijos de uniones entre hombres blancos y mujeres esclavizadas se regía por el principio romano partus sequitur ventrem («el parto sigue al vientre»): los hijos heredaban la condición de la madre, de modo que los niños nacidos de una mujer esclava eran automáticamente esclavos, con independencia de que su padre fuera un hombre blanco libre. Esta norma, consagrada en el Code Noir, generó una situación paradójica: muchos niños mestizos, hijos biológicos de los propios plantadores, crecían como esclavos en las mismas plantaciones de sus padres.[3] La explotación sexual de las mujeres esclavizadas era sistemática y generalizada; los plantadores y otros hombres blancos mantenían relaciones de concubinato forzado con mujeres esclavas o libres de color bajo un sistema conocido como plaçage, una suerte de unión de hecho por la cual el hombre proporcionaba vivienda y, en ocasiones, la libertad o la educación de los hijos.[34]
No todas las personas de ascendencia mixta eran esclavas: los affranchis y gens de couleur libres que habían obtenido su libertad —ya fuera por manumisión, por compra de su propia libertad o por nacimiento libre— podían acumular considerable riqueza y poseer a su vez esclavos y plantaciones. Sin embargo, incluso los más acaudalados entre ellos sufrían las restricciones raciales impuestas por el régimen colonial, lo que alimentó su profundo resentimiento y los convirtió en uno de los actores clave de la Revolución haitiana.[35]

Al llegar a la plantación, los esclavos recibían un trato inicialmente más benévolo mientras se los integraba de forma gradual en el sistema de trabajo. Cada plantación contaba con un comandante negro encargado de supervisar a los demás esclavos; el plantador procuraba no favorecer a un grupo étnico africano por encima de otro. La mayoría de los esclavos que llegaban a Saint-Domingue trabajaban en los campos o talleres; los más jóvenes solían convertirse en sirvientes domésticos, y los ancianos eran empleados como vigilantes. Algunos esclavos se convertían en artesanos cualificados y recibían privilegios como mejor alimentación, la posibilidad de ir a la ciudad y la liberté des savanes (libertad de sabana), una suerte de libertad con ciertas restricciones. Los esclavos eran considerados una propiedad valiosa, y recibían atención médica cuando enfermaban.[34]
Existían numerosos tipos de plantaciones en Saint-Domingue. Algunas producían añil, algodón y café; estas eran de pequeña escala, con entre 15 y 30 esclavos, lo que creaba un entorno de trabajo más cercano. Sin embargo, las plantaciones más valiosas eran las de azúcar. La plantación azucarera promedio empleaba a 300 esclavos, y la mayor registrada tenía 1400. Estas plantaciones ocupaban solo el 14 % de la tierra cultivada de Saint-Domingue; en comparación, el café representaba el 50 %, el añil el 22 % y el algodón solo el 5 %. Debido a la diferencia de inversión entre las plantaciones azucareras y las demás, existía una enorme brecha económica entre los plantadores comunes y los «señores» del azúcar.[34]
Mientras los grands blancs poseían 800 grandes plantaciones de azúcar, los petits blancs y los gens de couleur (personas de color) poseían 11.700 plantaciones de pequeña escala, de las cuales los petits blancs tenían 5700 —3000 de añil, 2000 de café y 700 de algodón—; los affranchis y criollos de color poseían 6000 plantaciones dedicadas principalmente al café, sobre el cual ejercían un monopolio económico.[35]
Régimen de trabajo y producción
El trabajo en las plantaciones de Saint-Domingue se organizaba mediante el sistema de cuadrillas (ateliers), heredado de las plantaciones de Barbados. Los esclavos eran divididos en tres cuadrillas según su fuerza y edad: la primera, compuesta por los hombres y mujeres más fuertes, realizaba las tareas más pesadas; la segunda agrupaba a personas de menor fortaleza, incluidos adolescentes y ancianos; y la tercera se encargaba de labores ligeras como el deshierbe y la recolección. La mayoría de los esclavos de campo eran mujeres.[38]
La jornada normal de trabajo se extendía desde el amanecer hasta el anochecer, seis días a la semana, con una pausa de una hora al mediodía —un total de al menos 12 horas diarias de trabajo extenuante bajo el calor tropical—.[39] Sin embargo, durante la roulaison —la temporada de cosecha y molienda de la caña de azúcar—, las jornadas se prolongaban hasta 18 o incluso 20 horas, en un régimen prácticamente ininterrumpido las 24 horas del día, ya que el jugo de la caña debía procesarse de inmediato para que no se echara a perder.[39] La producción de azúcar era la labor más mortífera de todas las actividades agrícolas del trópico: los esclavos cortaban la caña con machetes, la transportaban a los molinos de rodillos —donde las amputaciones de brazos y manos eran frecuentes—, alimentaban los hornos que calentaban las calderas de evaporación y manejaban el jugo hirviente para cristalizarlo en azúcar. Cada etapa del proceso era peligrosa, agotadora y exigía conocimientos técnicos específicos.[38]
Las plantaciones de café, ubicadas en las regiones montañosas del interior, imponían condiciones menos letales que las de azúcar, pero el trabajo seguía siendo duro: los esclavos debían cultivar, recolectar y secar los granos en terrenos escarpados y de difícil acceso. Las plantaciones de índigo presentaban un peligro adicional, ya que el proceso de extracción del tinte requería la maceración de las plantas en grandes cubas de agua que producían emanaciones tóxicas, lo que deterioraba gravemente la salud de los trabajadores. La producción de algodón completaba el cuadro agrícola de la colonia, aunque con plantaciones más pequeñas y condiciones algo menos extremas.[29]
Mecanismos de control sobre la población esclavizada
La pregunta de cómo una minoría blanca de apenas 40.000-45.000 personas logró dominar a una población esclavizada de casi medio millón se responde por la confluencia de múltiples mecanismos de control, tanto violentos como estructurales.
El pilar fundamental era la estrategia de «dividir para reinar». Los esclavos procedían de cientos de grupos étnicos africanos diferentes, cuyos idiomas eran con frecuencia mutuamente incomprensibles; obligados a comunicarse en criollo francés, carecían de una lengua y una identidad común que facilitara la organización colectiva. Además, aproximadamente dos tercios de la población esclavizada había nacido en África y desconocía el terreno y las redes sociales de la isla, lo que dificultaba la planificación de revueltas y fugas.[29] Los plantadores se aseguraban deliberadamente de no concentrar a personas del mismo grupo étnico en una misma plantación. Más que otorgar estatus formal a un grupo étnico sobre otro, los colonos construyeron una jerarquía interna basada en el lugar de nacimiento: los esclavos créoles —nacidos en la colonia— ocupaban posiciones relativamente privilegiadas como sirvientes domésticos, artesanos, comandantes o cocheros, mientras que los bossales —recién llegados de África— eran destinados a las tareas más duras del campo.[3] Esta división fracturaba la solidaridad potencial entre ambos grupos, ya que los créoles hablaban criollo, conocían las costumbres coloniales y poseían redes familiares, mientras que los bossales, desorientados y sin dominio de la lengua, dependían de los primeros para orientarse. Los plantadores también manejaban estereotipos étnicos: los kongos, que constituían el grupo más numeroso (hasta el 40-50 % de las importaciones en la década de 1780), eran considerados «sumisos» y preferidos para labores domésticas; los ibo tenían fama de suicidarse antes que someterse; los aradas (fon) eran vistos como «belicosos»; los mondongues eran rechazados por la falsa creencia de que eran caníbales. En la práctica, los europeos rara vez identificaban correctamente las etnias africanas, pues clasificaban a los cautivos según su puerto de embarque o la lengua que hablaban, no según su verdadera procedencia.[29]
Un segundo mecanismo era la existencia de los gens de couleur libres como clase intermedia o «amortiguadora». Los libertos y criollos de color, que hacia 1789 sumaban entre 28.000 y 32.000 personas, poseían aproximadamente un tercio de las plantaciones y un cuarto de los esclavos de la colonia.[3] Al tener un interés económico directo en la perpetuación del sistema esclavista, los gens de couleur libres constituían una barrera entre los blancos y la masa de esclavizados. Además, eran ellos quienes formaban el grueso de la milicia colonial, la fuerza armada encargada de mantener el orden y reprimir cualquier conato de rebeldía.[29]
A estos factores se sumaba un aparato represivo que incluía la maréchaussée (policía rural), especialmente creada para capturar a los esclavos fugitivos; los cazarrecompensas y los perros de presa ya mencionados; y un sistema de castigos ejemplarizantes —azotes, mutilaciones, ejecuciones públicas— que funcionaba como instrumento de terror disuasorio.[40] El propio sistema de supervisión interna de las plantaciones, con «comandantes» esclavizados que vigilaban al resto de los trabajadores en nombre del amo, fracturaba la solidaridad entre los propios esclavos.[34] Por último, el marco legal del Code Noir regulaba cada aspecto de la vida de las personas esclavizadas, desde la alimentación hasta los castigos, confiriendo una apariencia de orden jurídico a un sistema fundamentado en la violencia.[41]
A pesar de todos estos mecanismos, el control nunca fue absoluto. El cimarronaje, el envenenamiento, los incendios y, finalmente, la Revolución haitiana demostraron que ningún sistema de opresión, por sofisticado que fuera, podía sofocar permanentemente la resistencia de medio millón de personas.
Criollo, vodú y lenguajes secretos de la resistencia
Paradójicamente, la misma diversidad lingüística que los plantadores explotaban para dividir a la población esclavizada acabó generando una herramienta de cohesión y resistencia: el criollo haitiano. Este idioma surgió de la necesidad de comunicación entre personas procedentes de cientos de grupos étnicos africanos diferentes —hablantes de fon, yoruba, ewe, kikongo y muchas otras lenguas— que debían entenderse entre sí y con sus amos franceses. El criollo haitiano fusionó una base léxica mayoritariamente francesa con estructuras gramaticales, fonología y vocabulario de las lenguas del África occidental y central, creando un idioma nuevo que los colonos blancos, hablantes del francés metropolitano, comprendían solo de forma parcial.[8]
El vudú haitiano constituyó el principal vehículo clandestino de comunicación y organización entre la población esclavizada. Pese a la prohibición de las religiones africanas establecida en el Code Noir de 1685, las ceremonias de vodú se celebraban en secreto, generalmente de noche, y fusionaban tradiciones religiosas de los fon, yoruba y kongos con elementos del catolicismo para disimular su verdadero carácter.[37] Los plantadores, que subestimaban estas reuniones considerándolas meras diversiones inofensivas, no percibían que funcionaban como asambleas donde se compartían noticias entre plantaciones, se forjaban vínculos de solidaridad entre personas de diferentes orígenes étnicos y se planificaban actos de resistencia.[3]
Dentro de los rituales de vodú se empleaba el langaj, un vocabulario ritual cargado de términos procedentes del fon, el yoruba, el ewe y el kikongo que resultaba completamente incomprensible para los europeos.[1] El tambor desempeñaba un papel central: más allá de su función en las ceremonias, los patrones rítmicos podían transmitir mensajes entre plantaciones distantes, funcionando como un sistema de comunicación que los colonos no podían descifrar. Las canciones entonadas durante las ceremonias y el trabajo en los campos contenían a menudo dobles sentidos, proverbios codificados y alusiones a la resistencia que pasaban inadvertidos para los amos.
El ejemplo más célebre de esta convergencia entre vodú, criollo y resistencia fue la ceremonia de Bois Caïman del 14 de agosto de 1791, presidida por el sacerdote vodú Dutty Boukman y la mambo Cécile Fatiman. En aquella reunión nocturna, esclavos procedentes de plantaciones de todo el norte de la colonia se congregaron en secreto, realizaron un ritual que unificó tradiciones del Dahomey y de los taínos, y juraron sublevarse contra sus opresores. La insurrección estalló pocos días después, iniciando la Revolución haitiana.[42] El vodú y el criollo no solo habían permitido comunicarse a medio millón de personas de orígenes diversos, sino que les habían proporcionado una identidad cultural compartida y un marco simbólico capaz de transformar la indignación individual en acción colectiva.

Algunos plantadores azucareros, empeñados en obtener altos rendimientos, sometían a sus esclavos a un trabajo extremadamente duro. Los costos de establecer una plantación de caña de azúcar eran muy elevados, lo que a menudo causaba un profundo endeudamiento del propietario.[34] Muchos esclavos de las plantaciones azucareras morían en pocos años; resultaba más barato importar nuevos esclavos que mejorar las condiciones de trabajo.[40] La tasa de mortalidad de los esclavos en las plantaciones azucareras de Saint-Domingue era la más alta del hemisferio occidental; los esclavos que trabajaban en las plantaciones de azúcar llegaron a tener una tasa de mortalidad anual de entre el 6 y el 10 %, lo que obligaba a los plantadores a importar nuevos esclavos con frecuencia. [43][34]
A lo largo de los cien años de existencia de la colonia, aproximadamente un millón de esclavos sucumbieron a las condiciones de la esclavitud.[5] Algunos esclavos de etnias africanas que creían en la metempsicosis —la migración del alma tras la muerte— se suicidaban poco después de llegar a la isla, convencidos de que al morir podrían regresar a su territorio de origen y recuperar el rango, la riqueza, los familiares y los amigos que habían perdido.[44][45] Algunas mujeres esclavizadas embarazadas que vivían en condiciones precarias en las plantaciones de azúcar no sobrevivían lo suficiente o no tenían embarazos lo bastante saludables como para dar a luz bebés vivos, y cuando lo hacían, los niños solían morir a edad temprana por desnutrición.[40] En algunas plantaciones, la alimentación era insuficiente, y se esperaba que los esclavos cultivaran y prepararan su propia comida además de sus jornadas laborales de 12 horas.[46]
Reproducción y ausencia de «cría de esclavos»
A diferencia de lo que ocurriría posteriormente en el sur de los Estados Unidos —donde, tras la prohibición de la importación de esclavos en 1808, los plantadores fomentaron deliberadamente la reproducción de las personas esclavizadas como estrategia económica—, en Saint-Domingue nunca se desarrolló un sistema de «cría de esclavos» (slave breeding). La razón era estrictamente económica: las condiciones de trabajo eran tan brutales y la tasa de mortalidad tan elevada —entre el 5 y el 6 % anual, frente a una tasa de natalidad de apenas el 3 %— que la población esclavizada presentaba un crecimiento natural negativo permanente y era incapaz de reproducirse a sí misma.[43] Cerca de la mitad de los niños esclavizados morían en algunas plantaciones, y hasta el 50 % de los africanos recién llegados fallecían en su primer año a causa de la fiebre amarilla y otras enfermedades.[1]
Para los plantadores, resultaba más rentable explotar a los esclavos hasta la muerte y reemplazarlos con nuevas importaciones de África que invertir en mejorar las condiciones de vida para permitir la reproducción natural.[1] Esta lógica de «usar y desechar» explica la necesidad de importaciones constantes y masivas: hacia la década de 1780 se introducían más de 30.000 africanos al año, y en todo momento la mayoría de la población esclavizada —aproximadamente dos tercios— había nacido en África, no en la colonia, lo que refleja el fracaso de la reproducción natural como fuente de mano de obra.[32] El embarazo era a menudo visto como un inconveniente productivo por los amos, ya que las mujeres embarazadas y lactantes rendían menos en los campos. La elevada mortalidad y los desequilibrios demográficos generaron además formas de organización familiar inusuales, como la poliandria —una mujer unida a varios hombres simultáneamente—, documentada entre la población esclavizada de Saint-Domingue.[3]

En 1685, el rey francés Luis XIV promulgó el Code Noir, una regulación sobre el trato de los esclavos.[41] Aunque el Code Noir fue establecido para proteger los derechos de los esclavos y a pesar de la presencia de una policía rural, debido al terreno escarpado de Saint-Domingue y al aislamiento de diversas plantaciones, algunos esclavos sufrían abusos. Se registraron casos extremos en los que los esclavos eran azotados, quemados, enterrados vivos, inmovilizados y expuestos a enjambres de insectos, mutilados, violados y sufrían la amputación de miembros.[40] En algunas plantaciones, los esclavos sorprendidos comiendo la caña de azúcar eran obligados a llevar bozales de hojalata en los campos.[47]

Alrededor de 48.000 esclavos de Saint-Domingue lograron escapar de sus plantaciones; los esclavistas contrataban cazarrecompensas para capturar a estos cimarrones.[47] Los que no fueron capturados y reesclavizados establecieron comunidades alejadas de las zonas pobladas.[41] Los cimarrones organizaban incursiones llamadas mawonag contra las plantaciones,[48] robando los suministros que sus comunidades necesitaban para sobrevivir, como alimentos, herramientas y armas.[49] Un cimarrón célebre, François Mackandal, escapó a las montañas a mediados del siglo xviii y planeó ataques contra los propietarios de plantaciones.[45] Mackandal fue capturado y quemado en la hoguera en 1758, pero su leyenda perduró e inspiró la rebelión entre los esclavos —y sembró el miedo entre los esclavistas—.[42]
Los africanos esclavizados que huían a zonas montañosas remotas recibían el nombre de marron (francés) o mawon (criollo haitiano), que significa «esclavo fugitivo». Los cimarrones formaron comunidades estrechamente unidas que practicaban la agricultura de subsistencia y la caza. Se sabía que regresaban a las plantaciones para liberar a familiares y amigos. En algunas ocasiones, se unieron a los asentamientos taínos que habían escapado de los españoles en el siglo xvii. A finales del siglo xvii y principios del xviii, un gran número de cimarrones vivía en las montañas de Bahoruco. En 1702, una expedición francesa contra ellos mató a tres cimarrones y capturó a 11, pero más de 30 evadieron la captura y se retiraron más adentro de los bosques montañosos. Se llevaron a cabo más expediciones con éxito limitado, aunque lograron capturar a uno de sus líderes, Michel, en 1719. En expediciones posteriores, en 1728 y 1733, las fuerzas francesas capturaron 46 y 32 cimarrones, respectivamente. Sin importar cuántos destacamentos se enviaran contra estos cimarrones, continuaron atrayendo a esclavos fugitivos. Expediciones en 1740, 1742, 1746, 1757 y 1761 obtuvieron éxitos menores contra estos cimarrones, pero fracasaron en destruir sus refugios.[50]
En 1776-1777, una expedición conjunta franco-española se adentró en las regiones fronterizas de las montañas de Bahoruco con la intención de destruir los asentamientos cimarrones. Sin embargo, los cimarrones habían sido alertados de su llegada y habían abandonado sus aldeas y cuevas, retirándose más adentro de los bosques montañosos donde no podían ser encontrados. El destacamento regresó finalmente sin éxito, habiendo perdido muchos soldados por enfermedad y deserción. En los años siguientes, los cimarrones atacaron varios asentamientos, incluido Fond-Parisien, en busca de alimentos, armas, pólvora y mujeres. Fue en una de estas excursiones cuando uno de los líderes cimarrones, Kebinda, nacido en libertad en las montañas, fue capturado. Murió posteriormente en cautiverio.[51]
En 1782, de Saint-Larry decidió ofrecer condiciones de paz a uno de los líderes cimarrones, Santiago, concediéndoles la libertad a cambio de que persiguieran a todos los futuros fugitivos y los devolvieran a sus amos. Finalmente, a finales de 1785, se alcanzó un acuerdo, y los más de 100 cimarrones bajo el mando de Santiago dejaron de realizar incursiones en territorio colonial francés.[52]
Además de la fuga, los esclavos resistían envenenando a los amos de esclavos, a sus familias, a su ganado y a otros esclavos —esta práctica era lo bastante común y temida como para que, en diciembre de 1746, el rey francés prohibiera específicamente el envenenamiento—.[45] El incendio provocado era otra forma de resistencia esclava.[45]
Para combatir a los cimarrones y sofocar las revueltas, las autoridades coloniales recurrieron al uso de perros de presa adiestrados para rastrear y atacar a personas esclavizadas. En 1803, durante la fase final de la Revolución haitiana, el general francés Donatien de Rochambeau importó de Cuba un centenar de dogos cubanos —una raza extinta de mastín criada específicamente para la caza de esclavos fugitivos— y los empleó no solo para perseguir a los rebeldes, sino también para ejecutar públicamente a prisioneros negros en espectáculos destinados a aterrorizar a la población.[53] Este episodio, uno de los más notorios de la guerra, provocó una amplia condena incluso entre los contemporáneos.[53] Con anterioridad, los británicos habían intentado adquirir estos mismos perros durante su ocupación parcial de Saint-Domingue (1793-1798) para perseguir a los insurgentes en las montañas.[53] La brutalidad de los perros de presa se convirtió en un símbolo de los métodos extremos empleados para sostener el sistema esclavista y contribuyó a alimentar el sentimiento abolicionista en Europa.[54]
En 1791, los criollos de Saint-Domingue iniciaron la Revolución francesa en la colonia; los revolucionarios republicanos instigaron una rebelión de esclavos dirigida a derrocar al régimen borbónico. Su objetivo principal era establecer el control republicano de Saint-Domingue e imponer la igualdad social y política para los criollos de la colonia. Sin embargo, estos republicanos pronto perdieron el control de la rebelión esclava.
Buena parte de los esclavos que empuñaron las armas durante la Revolución haitiana habían sido guerreros en África, capturados en conflictos bélicos y vendidos como esclavos por grupos étnicos rivales.[55] Antes del inicio de la Revolución francesa en 1789, había ocho veces más esclavos en la colonia que blancos y personas libres de color combinados.[56] En 1789, los franceses importaban 30.000 esclavos al año y había medio millón de esclavos solo en la parte francesa de la isla, frente a unos 40.000-45.000 blancos y 32.000 personas libres de color.[57][35]
Período revolucionario (1789-1804)

La Revolución francesa de 1789 ofreció una oportunidad a la clase media de Saint-Domingue para organizar una revuelta, seguida poco después por la instigación de una rebelión general de esclavos.[58] En 1790, Vincent Ogé encabezó un levantamiento. Sin embargo, este fracasó y las autoridades francesas lo encarcelaron y finalmente lo ejecutaron públicamente quebrándole la espalda y decapitándolo. Tras esto, el sacerdote vudú Dutty Boukman se reunió con otros líderes religiosos esclavizados y planificó una insurrección. La insurrección comenzó el 21 de agosto de 1791. Boukman, junto con los demás esclavos, capturó la mayor parte de Plaine-du-Nord, torturó y asesinó a los esclavistas y a sus familias, y destruyó las plantaciones en las que habían sido obligados a trabajar. Tras la muerte de Boukman —capturado y decapitado por los franceses, que exhibieron su cabeza en una plaza de Cap-Français para atemorizar a la población—, el mando militar de la rebelión pasó a Jean-François Papillon y Georges Biassou, dos esclavos que organizaron los contingentes rebeldes en un ejército capaz de resistir a las tropas coloniales. Muchos de los combatientes eran veteranos de guerras africanas que aplicaron en Haití las tácticas militares aprendidas en sus países de origen.[3] De las filas de Biassou surgió Toussaint Louverture, un antiguo esclavo alfabetizado que se convertiría en el líder más brillante de la revolución y en uno de los estrategas militares más notables de su época. A finales del año, los esclavos controlaban dos tercios de la isla, mientras que la mayoría de los esclavistas habían muerto o intentaban huir.[59]
Dos comisarios civiles, Sonthonax y Polverel, fueron enviados a la colonia para implementar el decreto del 4 de abril de 1792, que otorgaba a las personas libres de color y a los negros libres los mismos derechos que a los blancos. Su objetivo era también mantener la esclavitud y combatir a los esclavos sublevados. Ante la imposibilidad de sofocar la revuelta, y enfrentados a los españoles y los ingleses, se vieron obligados —con tal de no perder Saint-Domingue para Francia— a conceder la libertad primero a los esclavos que aceptaran combatir a su lado y después a la totalidad de la población esclavizada de la colonia.[60]
En febrero de 1794, cuando el gobierno francés abolió la esclavitud en todo su imperio, todos los esclavos de Saint-Domingue ya habían sido liberados.
Aunque la esclavitud fue suprimida, Louverture, convencido de la necesidad de la economía de plantación, obligó a los trabajadores a regresar a las plantaciones empleando la fuerza militar.[61]
En 1801, la revuelta había triunfado y Toussaint Louverture, tras hacerse con el control de la rebelión y eliminar toda oposición en la isla, se proclamó Gobernador General vitalicio de Saint-Domingue.[62]
Con la intención de restablecer la esclavitud, Napoleón Bonaparte envió a su cuñado, Charles Leclerc, a reconquistar Haití, al frente de una flota de 86 barcos y 22.000 soldados.[63] Los haitianos resistieron a los soldados, pero los franceses eran más numerosos y estaban mejor posicionados, hasta que la temporada de lluvias trajo consigo la fiebre amarilla.[64] A medida que morían soldados y oficiales franceses, los soldados haitianos negros que se habían aliado con los franceses comenzaron a desertar hacia el otro bando.[65]
Jean-Jacques Dessalines

En 1802, Louverture fue arrestado y deportado a Francia, donde murió posteriormente en prisión, dejando el liderazgo militar a Jean-Jacques Dessalines. En 1804, los franceses fueron derrotados.[48] Francia renunció oficialmente al control de Haití, convirtiéndolo en el segundo país independiente de las Américas (después de los Estados Unidos) y en la primera revuelta de esclavos exitosa del mundo.[58] Dessalines fue el líder del país, primero como Gobernador General vitalicio y luego como Emperador de Haití.
Tras la revolución, los antiguos esclavos se negaron rotundamente a regresar a las plantaciones. Dessalines, sin embargo, recurrió como Louverture a la fuerza militar para retenerlos, convencido de que era la única forma de sostener la economía.[66] La mayoría de los exesclavos consideraban el gobierno de Dessalines como una continuación de la misma opresión que habían conocido durante la esclavitud de iure. [66] Dessalines fue asesinado por una turba de sus propios oficiales en 1806.[67]
Henri Christophe

El sucesor de Dessalines fue el rey Henri Christophe, otro general de la revolución.[67] Christophe, temiendo otra invasión francesa, continuó la labor de Dessalines de fortificar el país.[68][69] Para la construcción de una ciudadela, la Ciudadela Laferrière, se estima que Christophe obligó a cientos de miles de personas a trabajar en ella, causando la muerte de unas 20.000.[69]
Al igual que sus predecesores Louverture y Dessalines, Christophe utilizó la fuerza militar para obligar a los antiguos esclavos a permanecer en las plantaciones.[70] Los trabajadores de las plantaciones bajo Louverture y Christophe no carecían de remuneración: recibían una cuarta parte de lo que producían,[71] y pagaban el resto a los propietarios de las plantaciones y al gobierno. Bajo el gobierno de Christophe, también era posible para las personas negras arrendar sus propias tierras o trabajar en el gobierno, y los trabajadores agrícolas de las plantaciones podían presentar quejas ante la administración real sobre las condiciones de trabajo.[72] Estos exesclavos probablemente tenían a veces la opción de elegir en qué plantación trabajar, pero no podían elegir no trabajar, ni podían abandonar legalmente una plantación a la que estaban «vinculados».[73] Muchos exesclavos probablemente se vieron obligados a trabajar en las mismas plantaciones donde habían sido esclavos.[74]
La firme resistencia de la población a trabajar en las plantaciones —fueran estas propiedad de blancos o no— hacía demasiado difícil perpetuar el sistema, a pesar de su rentabilidad.[75] Christophe y otros dirigentes promulgaron políticas que permitieron dividir y vender las tierras estatales a los ciudadanos, y el sistema de plantación cedió en gran medida ante uno en el que los haitianos poseían y cultivaban parcelas más pequeñas.[75]
Jean-Pierre Boyer

En 1817, un barco haitiano capturó un barco negrero español con destino a Cuba que había entrado en aguas haitianas y, actuando según órdenes permanentes del gobierno, lo llevó a tierra.[76] Los 171 africanos cautivos fueron liberados e incorporados con júbilo a la sociedad haitiana, y el presidente Jean-Pierre Boyer les sirvió como padrino.[76] El capitán del barco, y posteriormente funcionarios cubanos, protestaron ante Boyer alegando que su comercio era legal, pero Boyer sostuvo que la constitución de 1816 establecía que no podía haber esclavos en territorio haitiano y que no podía ofrecerse compensación alguna por su valor.[76] También bajo los gobiernos anteriores de Christophe y Alexandre Pétion se habían capturado barcos negreros y liberado a sus cautivos, y los esclavos que lograban tomar el control de los barcos y llegar a Haití recibían asilo.[76] Los traficantes de esclavos aprendieron rápidamente a evitar las aguas haitianas.[76]
En 1825, Francia envió una armada a Haití y amenazó con bloquear el país e impedir el comercio a menos que Boyer aceptara pagar 150.000.000 de francos como indemnización por la pérdida de «propiedades» —principalmente esclavos—.[77] A cambio, Francia reconocería a Haití como nación independiente, algo que hasta entonces se había negado a hacer.[7] Boyer aceptó sin consultar a la nación, lo que provocó una indignación generalizada en Haití.[7] El monto fue reducido a 90.000.000 de francos en 1838, equivalente a 19.000 millones de dólares estadounidenses de 2015.[78] Haití cargó con esta deuda hasta 1947[58] y se vio obligado a prescindir del gasto en programas humanitarios como el saneamiento.[79] En 1838, se estimaba que el 30 % del presupuesto anual del país se destinaba a la deuda,[80] y en 1900 la cifra había ascendido al 80 %.[79][81] Haití solicitó préstamos a Alemania, Estados Unidos y la propia Francia para reunir este dinero, incrementando así aún más su carga de deuda[79] y la influencia de estos países en la economía haitiana.[82]
Bajo la presión de producir dinero para pagar la deuda, en 1826 Boyer promulgó un nuevo conjunto de leyes denominado Code Rural (Código Rural) que restringía la autonomía de los trabajadores agrícolas, los obligaba a trabajar y les prohibía desplazarse sin permiso.[83] También reinstauró el sistema de corvea, por el cual la policía y las autoridades gubernamentales podían obligar a los residentes a trabajar temporalmente sin remuneración en la construcción de caminos.[83] Estas leyes fueron recibidas con una resistencia generalizada y resultaron difíciles de hacer cumplir, ya que el acceso de los trabajadores a la tierra les proporcionaba autonomía y podían ocultarse de las autoridades.[84]
Estados Unidos aprobó leyes para mantener a los comerciantes haitianos fuera de su territorio, ya que los esclavistas no querían que sus esclavos se contagiaran de ideas sobre la revuelta al contacto con los haitianos.[85] Sin embargo, ambos países continuaron comerciando, y Haití adquiría las armas que necesitaba,[85] aunque a precios desfavorables. El embargo estadounidense sobre Haití duró 60 años, pero Lincoln lo declaró innecesario una vez que la institución de la esclavitud en Estados Unidos comenzó a abolirse.[86] Lincoln animó a los esclavos recién liberados a emigrar allí para alcanzar una libertad que no consideraba posible en Estados Unidos.[86]
Más allá del embargo oficial, comerciantes estadounidenses habían mantenido vínculos económicos con la industria esclavista de Saint-Domingue desde la época colonial. Las colonias de Nueva Inglaterra suministraban alimentos, madera y otros productos a las plantaciones caribeñas a cambio de melaza, que se destilaba en ron en destilerías de Massachusetts y Rhode Island como parte del comercio triangular.[29] Tras la independencia haitiana, las relaciones económicas continuaron bajo nuevas formas: instituciones financieras estadounidenses, en particular el National City Bank de Nueva York (actual Citibank), adquirieron un papel preponderante en las finanzas haitianas, controlando el Banco Nacional de Haití a partir de 1910 y contribuyendo a crear las condiciones que desembocaron en la ocupación militar de 1915.[87][88]
Trabajo forzoso durante la ocupación estadounidense
En julio de 1915, tras la inestabilidad política y el asesinato a manos de una turba del presidente haitiano Vilbrun Guillaume Sam, el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos invadió Haití.[87] Antes de la ocupación, los campesinos habían protagonizado levantamientos para resistir los intentos de inversores estadounidenses de apropiarse de sus tierras y reconvertir el modelo agrícola de la zona de subsistencia a un sistema tipo plantación —la idea de volver a cualquier forma de sistema de plantación enfrentó una feroz resistencia—.[89] Los haitianos temían que los inversores estadounidenses intentaran reconvertir la economía en una basada en plantaciones, ya que las empresas estadounidenses habían estado acumulando tierras y desalojando a los campesinos rurales de sus tierras familiares.[89] La motivación de la ocupación estadounidense de Haití fue en parte proteger las inversiones[90] y evitar que los países europeos adquirieran demasiado poder en la zona.[88] Una de las justificaciones declaradas para la ocupación había sido poner fin a la práctica de esclavizar niños como sirvientes domésticos en Haití; sin embargo, Estados Unidos a su vez reinstauró la práctica del trabajo forzoso bajo el sistema de corvea.[91]
Como había ocurrido bajo los regímenes de Dessalines y Christophe, el trabajo forzoso fue empleado nuevamente en un programa de obras públicas, esta vez por orden del almirante estadounidense William Banks Caperton.[92] En 1916, los ocupantes estadounidenses utilizaron el sistema de corvea[93] permitido por el Código Rural haitiano de 1864 hasta 1918.[92] Dado que los combatientes de la resistencia haitiana, o cacos, se ocultaban en zonas remotas y montañosas y libraban una guerra de guerrillas contra los marines, el ejército necesitaba que se construyeran caminos para encontrarlos y combatirlos.[94] Para construir los caminos, los trabajadores eran sacados a la fuerza de sus hogares, atados con cuerdas formando cadenas de presos y, en ocasiones, golpeados y maltratados,[95] o incluso asesinados si se resistían.[91] Se prometía a los campesinos que recibirían un pago por su trabajo y alimentos, y que trabajarían cerca de sus hogares, pero a veces los alimentos y salarios prometidos eran míseros o simplemente inexistentes.[93] La corvea era sumamente impopular; los haitianos creían ampliamente que los blancos habían regresado a Haití para obligarlos a volver a la esclavitud.[92] La brutalidad del sistema de trabajo forzoso fortaleció a los Cacos; muchos haitianos escaparon a las montañas para unirse a ellos, y muchos más les brindaron ayuda y apoyo.[96] Los informes sobre los abusos llevaron al comandante de los marines a ordenar el fin de la práctica en 1918; sin embargo, continuó ilegalmente en el norte hasta que fue descubierta —nadie fue castigado por la infracción—.[97] Sin la corveta disponible, Estados Unidos recurrió al trabajo penitenciario, arrestando a hombres en ocasiones con este fin cuando no había suficientes trabajadores en las prisiones.[98] La ocupación duró hasta 1934.[99]
Conexiones con otras islas del Caribe
La esclavitud en Saint-Domingue no existió en un vacío, sino que formó parte de una red caribeña más amplia. La isla mantenía intercambios comerciales de personas esclavizadas con las colonias españolas vecinas —Cuba y Puerto Rico— y con las posesiones británicas de Jamaica y otras islas menores.[33] Cuba, en particular, suministraba los perros de presa utilizados para perseguir a los cimarrones,[53] mientras que los traficantes de esclavos movían cautivos entre las diferentes islas en función de la demanda de cada mercado.[33]
El colapso de la industria azucarera de Saint-Domingue tras la Revolución haitiana transformó profundamente la economía esclavista de toda la región.[76] Miles de plantadores blancos huyeron con sus esclavos a Cuba, Luisiana, Jamaica y Puerto Rico, llevando consigo la experiencia técnica y el capital necesarios para expandir las plantaciones en sus nuevos destinos.[100] En Cuba, los refugiados de Saint-Domingue fundaron plantaciones de café en el oriente de la isla y contribuyeron a la aceleración de la producción azucarera: en los treinta años siguientes a la revolución, aproximadamente 325.000 africanos fueron llevados a Cuba como esclavos —cuatro veces más que en las tres décadas anteriores—, y las exportaciones cubanas de azúcar pasaron de 15.000 a 40.000 toneladas métricas anuales.[100]
Al mismo tiempo, la revolución haitiana sembró el temor entre las élites esclavistas de todo el hemisferio.[100] En 1795 estallaron revueltas de esclavos en Cuba, Jamaica, Puerto Rico, Granada y Venezuela, inspiradas en parte por el ejemplo haitiano.[101] La conspiración de José Antonio Aponte en Cuba (1812) y la revuelta de esclavos de Luisiana de 1811 —la mayor en la historia de los Estados Unidos— fueron directamente influidas por migrantes y noticias procedentes de Saint-Domingue.[100] El «fantasma de Haití» —el temor a que se repitiera una revolución de esclavos— condicionó las políticas coloniales de España, Gran Bretaña y Francia durante décadas: fue uno de los factores que mantuvieron a Cuba y Puerto Rico bajo dominio español hasta 1898, mucho después de que el resto de la América hispana hubiera alcanzado la independencia.[100] La abolición de la esclavitud no llegó a Puerto Rico hasta 1873 ni a Cuba hasta 1886.[101]
El legado de la esclavitud en el Haití contemporáneo
La comunidad académica y los organismos internacionales coinciden ampliamente en que la pobreza estructural y la inestabilidad crónica de Haití no pueden comprenderse sin atender a las consecuencias acumuladas de la esclavitud colonial y de las políticas que la sucedieron. El Foro Permanente sobre los Afrodescendientes de las Naciones Unidas declaró en 2025 que «las arraigadas crisis de derechos humanos en la República de Haití están enraizadas en los legados de la esclavitud, el colonialismo, los pagos de deuda, las amenazas militares y las intervenciones».[102]
Los historiadores identifican una cadena causal que enlaza directamente la esclavitud con el presente. Tras la independencia de 1804, Haití fue sometido a un aislamiento diplomático y comercial por parte de las potencias esclavistas, que temían el contagio revolucionario. La indemnización impuesta por Francia en 1825 —cuyo pago, entre capital, intereses y préstamos a bancos franceses, se prolongó hasta mediados del siglo xx— desvió hacia la antigua metrópoli los recursos que el joven Estado habría necesitado para construir infraestructura, escuelas y hospitales.[7] El control de las finanzas haitianas por el National City Bank de Nueva York desembocó en la ocupación militar estadounidense (1915-1934), que reinstauró el trabajo forzoso y consolidó un modelo económico extractivo.[88]
A lo largo de los siglos xx y xxi, esta herencia se ha manifestado en indicadores persistentes: Haití es hoy el país más pobre del hemisferio occidental, con cerca de dos tercios de la población viviendo por debajo del umbral de pobreza.[12] Las sucesivas dictaduras, los golpes de Estado, los desastres naturales y, desde la década de 2020, el colapso de las instituciones estatales ante la violencia de las bandas armadas han profundizado una crisis cuyas raíces, según un número creciente de académicos y organizaciones internacionales, se hunden en los tres siglos de esclavitud y en el sistema de explotación que la sucedió.[12] En abril de 2025, coincidiendo con el bicentenario de la imposición de la indemnidad, el presidente francés Emmanuel Macron anunció la creación de una comisión conjunta franco-haitiana de historiadores para examinar el impacto de la deuda de 1825, respondiendo a los crecientes reclamos de justicia reparatoria.[102] Una investigación del The New York Times publicada en 2022, basada en el rastreo de cada pago realizado por Haití a lo largo de 64 años, calculó que el país desembolsó unos 560 millones de dólares actuales en concepto de indemnización y préstamos, y que el coste de oportunidad acumulado para la economía haitiana a lo largo de dos siglos asciende a entre 21.000 y 115.000 millones de dólares.[103]
Investigadores y organizaciones de derechos laborales han señalado que la explotación de la mano de obra haitiana no terminó con la abolición formal de la esclavitud, sino que se ha prolongado bajo nuevas formas. Desde la década de 1980, las instituciones financieras internacionales y los Estados Unidos promovieron políticas de ajuste estructural que desmantelaron la agricultura de subsistencia haitiana y fomentaron la expansión de una industria textil de exportación basada en salarios de miseria.[104] La industria textil —dominada por empresas extranjeras de Estados Unidos, Canadá y Corea del Sur— representa cerca del 90 % de las exportaciones haitianas, pero ofrece salarios que no cubren las necesidades básicas de los trabajadores: en 2009, según cables diplomáticos filtrados por WikiLeaks, el gobierno de los Estados Unidos presionó junto con las corporaciones textiles para que Haití no elevara el salario mínimo por encima de 31 centavos de dólar la hora, muy por debajo de los 12,50 dólares diarios que se estimaban necesarios para la subsistencia.[104] Un informe de 2013 del programa Better Work Haiti (OIT/CFI) constató que las 24 fábricas textiles monitorizadas incumplían las normas de seguridad laboral y todas violaban la legislación sobre salario mínimo.[104] Los defensores de los derechos laborales haitianos han trazado un paralelismo explícito entre esta dinámica y el modelo colonial: una economía diseñada para exportar riqueza hacia el exterior, sostenida por una mano de obra desesperada y sin alternativas.
Diversos académicos han examinado también el papel de las organizaciones no gubernamentales (ONG) en la perpetuación de la vulnerabilidad haitiana. Haití llegó a ser conocido como la «república de las ONG»: antes del terremoto de Haití de 2010, operaban en el país unas 10.000 organizaciones internacionales que proporcionaban aproximadamente el 80 % de los servicios públicos —educación, sanidad, agua potable—, mientras que el gobierno haitiano recibió menos del 1 % de la ayuda de emergencia tras el seísmo.[105] Según el antropólogo Mark Schuller, esta canalización masiva de la ayuda a través de ONG creó un «Estado paralelo» que, al sustituir al gobierno en la prestación de servicios esenciales, debilitó progresivamente la capacidad institucional del Estado haitiano y reprodujo patrones de dependencia y control externo con ecos de la era colonial.[105] En los casos más graves, la presencia de organizaciones humanitarias se tradujo en abusos directos contra la población vulnerable: en 2018 se reveló que funcionarios de Oxfam en Haití habían explotado sexualmente a mujeres y niñas, incluidas menores, intercambiando ayuda por servicios sexuales tras el terremoto de 2010.[106] Asimismo, investigaciones de la organización Lumos documentaron que numerosos orfanatos —el 75 % de ellos sin licencia oficial— funcionaban como estructuras de trata infantil, donde los «directores» reclutaban niños de familias desesperadas para exhibirlos ante donantes internacionales y captar fondos que rara vez se destinaban al bienestar de los menores.[107] No obstante, académicos como Zanotti (2010) y el propio Schuller han señalado que la crítica no se dirige a todas las ONG por igual: algunas organizaciones comunitarias, como Partners in Health y Fonkoze, han contribuido positivamente al desarrollo de capacidades locales, lo que sugiere que el problema reside no en la ayuda humanitaria en sí, sino en un modelo estructural que ha sustituido la soberanía haitiana por la dependencia de actores externos.[105]
Época contemporánea

Aunque la esclavitud ha estado prohibida durante más de un siglo, numerosas organizaciones criminales han practicado la trata de personas y el comercio de esclavos.
La esclavitud sigue siendo una práctica extendida en Haití en la actualidad. Según el Índice Global de Esclavitud de 2014, Haití tenía unas 237.700 personas esclavizadas,[108] lo que lo convertía en el país con la segunda mayor prevalencia de esclavitud del mundo, solo por detrás de Mauritania.[109]
Haití registra más casos de trata de personas que cualquier otro país de América Central o del Sur.[110] Según el informe de 2013 del Departamento de Estado de los Estados Unidos sobre tráfico de personas, Haití es un país de origen, tránsito y destino de hombres, mujeres y niños sometidos a trabajo forzoso y esclavitud sexual.[111]
Los haitianos son objeto de trata hacia la República Dominicana vecina, así como hacia otros países como Ecuador, Bolivia, Argentina, Brasil y países de América del Norte.[112][113] Haití es también un país de tránsito para víctimas de trata con destino a Estados Unidos.[108] Tras el terremoto de Haití de 2010, la trata de personas se incrementó drásticamente.[114] Si bien la trata implica frecuentemente el traslado, en particular el tráfico ilegal de personas a través de fronteras, solo requiere «el uso de la fuerza, el fraude o la coerción para explotar a una persona con fines de lucro» y se considera una forma de esclavitud.[115]
Por esta razón, ambas cámaras del Parlamento haitiano —el Senado (cámara alta) y la Cámara de Diputados (cámara baja)— han realizado esfuerzos significativos para la eliminación de la esclavitud y la trata de personas.[116]
Niños

La trata de niños constituye una parte sustancial de la crisis de trata de personas en Haití.[112] Una de las principales formas de trata infantil y esclavitud infantil, que afecta a unos 300.000 niños haitianos, es el sistema restavek, en el cual los niños son obligados a trabajar como sirvientes domésticos.[117]
El sistema restavek representa la mayor parte de la trata de personas en Haití.[115]
Las familias envían a los niños a otros hogares, intercambiando su trabajo por crianza.[118] Los padres rurales empobrecidos esperan que sus hijos reciban educación y una vida mejor en la ciudad,[119] enviándolos a hogares más pudientes (o al menos menos pobres).[120] Cada vez con mayor frecuencia, los niños entran en la servidumbre doméstica cuando uno de sus padres fallece.[120] Intermediarios remunerados pueden actuar como reclutadores, buscando a los niños para las familias anfitrionas.[115][120][121] A diferencia de los esclavos en el sentido tradicional, los restaveks no son comprados, vendidos ni poseídos, pueden huir o regresar con sus familias y generalmente son liberados de la servidumbre al alcanzar la edad adulta; sin embargo, el sistema restavek se considera ampliamente una forma de esclavitud.[115]
Algunos restaveks reciben una alimentación y educación adecuadas, pero son una minoría.[121] Las labores de los restaveks incluyen acarrear agua y leña, hacer la compra,[121] la lavandería, la limpieza de la casa y el cuidado de niños.[120] Los restaveks trabajan largas jornadas (habitualmente de 10 a 14 horas diarias) en condiciones severas, se les niega con frecuencia la escolarización y corren un grave riesgo de desnutrición y abuso verbal, físico y sexual.[120] Las palizas son un suceso cotidiano para la mayoría de los restaveks, y la mayoría de las niñas sufren abuso sexual,[122] lo que las expone a un riesgo elevado de infección por VIH.[123] Los que son expulsados o huyen de los hogares anfitriones se convierten en niños de la calle, vulnerables a la explotación, incluida la prostitución forzada.[112] Los que regresan con sus familias pueden no ser bienvenidos por representar una carga económica adicional, o ser avergonzados y estigmatizados por haber sido restaveks.[117] El trauma del abuso y la privación de tiempo libre y experiencias infantiles normales pueden frenar el desarrollo del niño y tener efectos duraderos.[117][120]
El término restavek proviene del francés rester avec («vivir con»).[124] La práctica existe desde el fin de la revolución,[125] pero se generalizó en el siglo xx como forma de afrontar la pobreza por parte de la población rural.[126] El número de restaveks aumentó tras el terremoto de 2010, cuando muchos niños quedaron huérfanos o fueron separados de sus familias.[120] El Departamento de Estado de los Estados Unidos estimó en 2013 que entre 150.000 y 500.000 niños se encontraban en servidumbre doméstica, lo que representaba la mayor parte de la trata de personas en Haití.[111][127] Aproximadamente el 19 % de los niños haitianos de entre 5 y 17 años viven lejos de sus padres, y alrededor del 8,2 % son considerados trabajadores domésticos.[124] En una encuesta, los restaveks estaban presentes en el 5,3 % de los hogares según la propia admisión de los jefes de hogar.[128] En otro estudio, el 16 % de los niños haitianos encuestados admitieron ser restaveks.[120] Se estima que otros 3000 niños haitianos son sirvientes domésticos en la República Dominicana.[127]
Los niños también son objeto de trata fuera de Haití por organizaciones que se hacen pasar por agencias de adopción, hacia países como Estados Unidos, pero algunos son en realidad secuestrados de sus familias.[129] Esta práctica fue especialmente extendida en el caos que siguió al terremoto de 2010.[129] Si bien las mujeres migrantes eran vulnerables durante este período, la situación de los niños se vio agravada por el fenómeno de las adopciones irregulares (una faceta de la trata de personas) de supuestos «huérfanos» a través de la República Dominicana.[130] El escándalo internacional surgió cuando, el 29 de enero de 2010, diez miembros de la organización estadounidense New Life Children's Refuge fueron arrestados al intentar sacar a 33 niños haitianos del país hacia un orfanato, pero los niños no eran huérfanos.[115] Los traficantes que se hacían pasar por trabajadores de organizaciones benéficas legítimas engañaban a las familias refugiadas, convenciéndolas de que sus hijos serían llevados a un lugar seguro y cuidados.[131] En algunos casos, los traficantes dirigen «orfanatos» o «centros de acogida» para niños que resultan difíciles de distinguir de las organizaciones legítimas.[132] Los niños pueden ser introducidos clandestinamente a través de la frontera por traficantes remunerados que se hacen pasar por sus padres, y posteriormente ser obligados a trabajar en redes de mendicidad o como sirvientes.[112] La trata infantil impulsó a UNICEF a financiar la Brigade de Protection des Mineurs, una rama de la policía nacional encargada de vigilar los casos de trata infantil y de controlar las fronteras y los campos de refugiados para detectar estas actividades.[131] Los niños en campos de refugiados corren un peligro particular de ser víctimas de otros tipos de trata, incluida la explotación sexual.[132]
Esclavitud sexual
Aunque la mayoría de los casos de esclavitud moderna en Haití se deben al sistema restavek, la trata con fines de explotación sexual es un problema generalizado y acuciante.[111][127] En los últimos años, Haití se ha convertido en un destino para el turismo sexual.[114] La esclavitud sexual incluye prácticas de coerción, prostitución forzada y trata con cualquier fin sexual.[114] La mayoría de las víctimas son objeto de trata con fines de prostitución, pero otras son utilizadas para la pornografía y el exhibicionismo. Los niños tienden a ser objeto de trata dentro de sus propios países, mientras que las mujeres jóvenes pueden ser objeto de trata interna o internacional, a veces con el consentimiento de sus esposos u otros familiares.[111]
En 2007 surgieron sospechas de que las fuerzas de mantenimiento de la paz de la ONU (desplegadas en 2004 para sofocar la inestabilidad política) estaban generando una demanda creciente de trata sexual, después de que 114 soldados de la ONU fueran expulsados de Haití por recurrir a la prostitución.[133][134] En su informe anual de 2007, el Departamento de Estado de los Estados Unidos detectó un aumento de la trata sexual hacia Haití de mujeres y niñas para trabajar como prostitutas de los cascos azules.[133] Fue la primera mención en un informe de este tipo de mujeres objeto de trata hacia Haití desde la República Dominicana con fines de explotación sexual.[134]
Según informes, también se ha producido trata de mujeres desde la República Dominicana hacia Haití con fines de esclavitud sexual.[112]
Factores contribuyentes

El Informe sobre Tráfico de Personas de 2013 identificó diversos factores individuales y estructurales que contribuyen a la persistencia de la trata de personas hacia, a través y desde Haití, así como en toda América Latina y el Caribe.[111]
Los haitianos con mayor riesgo de ser víctimas de los traficantes de personas son los más pobres, especialmente los niños.[112] En Haití, el país más pobre del hemisferio occidental,[115] más de la mitad de la población vive con menos de un dólar al día y más de tres cuartas partes con menos de dos dólares al día.[79][108] La pobreza severa, combinada con la falta de servicios sociales como la educación y la atención sanitaria básica, incrementa la vulnerabilidad de los niños ante la esclavitud moderna.[79][108] Entre los factores que aumentan la probabilidad de que un niño se convierta en restavek se encuentran la enfermedad o la pérdida de uno o ambos progenitores, la falta de acceso a agua potable, la carencia de oportunidades educativas y la disponibilidad de familiares en una ciudad.[115] Además de la pobreza, factores individuales que pueden conducir a la explotación incluyen el desempleo, el analfabetismo, la escasa oferta educativa, los antecedentes de abuso físico o sexual, la falta de vivienda y la drogadicción.[111] Estos factores individuales «empujan» a las personas hacia las vías de la trata de personas y la esclavitud moderna.[111] Con frecuencia, hombres, mujeres y niños aceptan condiciones laborales semejantes a la esclavitud porque tienen pocas esperanzas de mejora y necesitan sobrevivir.[127] Algunos cruzan fronteras nacionales en busca de oportunidades, pero en su lugar se encuentran formando parte de la fuerza laboral explotada.[114] Un grupo con alto riesgo de esclavitud sexual y otros tipos de trabajo forzoso son las personas desplazadas internas, en particular mujeres y niños que viven en campos de refugiados,[135] que ofrecen poca seguridad. Se estima que el 10 % de los haitianos indocumentados, cuyos nacimientos no son registrados, corren un riesgo especialmente alto de ser esclavizados.[112]
La trata de personas a lo largo de la frontera haitiano-dominicana persiste porque tanto los países emisores como receptores tienen un enorme interés económico en mantener el flujo de migración indocumentada, lo que conduce directamente a la trata.[136] La trata es un negocio rentable[137] para los traficantes tanto en Haití como en la República Dominicana. Mientras persistan las grandes disparidades económicas y sociales —como la pobreza, la exclusión social, las crisis ambientales y la inestabilidad política— entre ambos países, el tráfico continuará.[136]
Existen también factores estructurales ajenos al individuo que explican la persistencia de la esclavitud moderna en Haití. El Informe sobre Tráfico de Personas del Departamento de Estado de los Estados Unidos ha identificado ocho factores estructurales que contribuyen a la trata de personas en América Latina y el Caribe: 1) la elevada demanda de sirvientes domésticos, trabajadores agrícolas, trabajadores sexuales y mano de obra fabril; 2) las crisis políticas, sociales o económicas, así como los desastres naturales como el terremoto de enero de 2010; 3) el persistente machismo, que tiende a generar discriminación contra las mujeres y las niñas; 4) la existencia de redes de trata establecidas con sofisticados métodos de reclutamiento; 5) la corrupción pública, especialmente la complicidad entre las fuerzas de seguridad y los agentes fronterizos con los traficantes y tratantes de personas; 6) las políticas migratorias restrictivas en algunos países de destino que han limitado las oportunidades de flujos migratorios legales; 7) el desinterés gubernamental en el problema de la trata de personas; y 8) las limitadas oportunidades económicas para las mujeres.[111] La tradición del restavek se perpetúa por la tolerancia generalizada hacia esta práctica en todo Haití.[117][120][121] Otros factores que contribuyen al sistema restavek incluyen la pobreza y la falta de acceso a anticoncepción, educación y empleo en el ámbito rural.[121] Las familias rurales pobres con muchos hijos tienen pocas oportunidades de alimentarlos y educarlos, lo que deja escasas opciones aparte de la servidumbre en la ciudad.[121]
Frontera haitiano-dominicana

Durante décadas, los haitianos han cruzado la frontera haitiano-dominicana por diversas razones, incluyendo la migración voluntaria e involuntaria, la residencia temporal y permanente en la República Dominicana, el ingreso legal e ilegal, el contrabando y la trata de personas.[136] Los haitianos se desplazan a través de la frontera en busca de oportunidades y son altamente vulnerables a la explotación.[130][136] De hecho, la República Dominicana tiene uno de los peores registros de violaciones de los derechos humanos, incluida la trata de personas, contra los trabajadores migrantes de todo el Caribe.[136] Los haitianos en la República Dominicana son ampliamente despreciados como minoría migrante debido a la proximidad de ambos países.[136] Durante el régimen dictatorial de Jean-Claude Duvalier en las décadas de 1970 y 1980, este vendía haitianos a granel para trabajar en las plantaciones azucareras de la República Dominicana.[138]
La mayoría de las personas que cruzan la frontera son mujeres y niñas. La migración de mujeres haitianas hacia la República Dominicana está intrínsecamente ligada a la «feminización de la migración», que a su vez forma parte de la «nueva inmigración haitiana», provocada por los cambios en los mercados laborales y la frágil situación de las mujeres y sus familias en Haití.[130] Las mujeres migrantes son particularmente vulnerables a la trata de personas, la violencia y el contrabando ilícito.[130] Al intentar cruzar la frontera, las mujeres haitianas corren el riesgo de ser robadas, agredidas, violadas y asesinadas a manos de contrabandistas, delincuentes y traficantes, tanto dominicanos como haitianos.[139] Ante esta amenaza de violencia, las mujeres recurren a rutas alternativas no oficiales y a la dependencia de buscones (intermediarios informales) contratados, primos y otros parientes lejanos para que las acompañen a cruzar la frontera.[139] Estos contrabandistas contratados que han prometido ayudarlas, mediante la fuerza y la coerción, las engañan para someterlas a trabajo doméstico forzado en hogares privados de Santo Domingo, capital de la República Dominicana. Los buscones también venden a mujeres y niños en la trata sexual dentro de la República Dominicana (burdeles y otros establecimientos) o hacia la esclavitud sexual como exportación.[130][139] Con frecuencia, las madres necesitan que sus hijos pequeños contribuyan al sustento familiar, lo que coloca a los niños en posiciones vulnerables y los expone a depredadores y traficantes.[130] Se desconoce el número de niños introducidos ilegalmente en la República Dominicana, pero una estimación de UNICEF situó la cifra en 2000 solo en 2009.[140] Las autoridades haitianas informan de que los niños objeto de trata fuera de Haití enfrentan tres destinos principales: el trabajo doméstico, la prostitución y la extracción de órganos.[141]
Acción gubernamental
| HAITÍ | Ratificado |
|---|---|
| Convenio sobre el trabajo forzoso | Sí[115] |
| Convención suplementaria sobre la abolición de la esclavitud | Sí[115] |
| Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos | Sí[115] |
| Convención sobre los Derechos del Niño | Sí[115] |
| Convenio sobre las peores formas de trabajo infantil | Sí[115] |
| Protocolo facultativo sobre la venta de niños | Sí[142] |
| Protocolo de la ONU contra la trata | No[143] |
| Convenio sobre las trabajadoras y los trabajadores domésticos | No[144] |
El informe de 2014 del Departamento de Estado de los Estados Unidos sobre tráfico de personas situó a Haití en la lista de vigilancia de nivel 2.[145] Esta clasificación se asigna a países cuyos gobiernos no cumplen plenamente las normas mínimas de la Ley de Protección de Víctimas de Trata, pero que realizan esfuerzos significativos para cumplirlas, y en los que el número de víctimas de formas graves de trata es muy significativo o está aumentando considerablemente.[111] Entre los esfuerzos de Haití para combatir la esclavitud moderna se incluye la ratificación de varios convenios clave, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Convención sobre los Derechos del Niño, el Convenio sobre la prohibición de las peores formas de trabajo infantil de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y el Convenio sobre la edad mínima.[108] En 2014, Haití ratificó el Protocolo facultativo sobre la venta de niños.[142] En 2000, Haití firmó el Protocolo de la ONU para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas, pero no lo ha ratificado.[143] Haití no ha ratificado el Convenio sobre las trabajadoras y los trabajadores domésticos.[144]
Medidas contra el sistema restavek
De conformidad con estos convenios internacionales, la legislación haitiana prohíbe el abuso, la violencia, la explotación y la servidumbre de niños de cualquier tipo que pueda perjudicar su seguridad, salud o moral.[108][127] Además, establece que todos los niños tienen derecho a la educación y a no ser sometidos a tratos degradantes e inhumanos.[108] Promulgado en 2003, el artículo 335 del Código Laboral haitiano prohíbe el empleo de menores de 15 años.[127] Asimismo, una ley aprobada en junio de 2003 prohibió específicamente la colocación de niños en servicio restavek.[120][127] La ley establece que un niño en servicio doméstico debe ser tratado de la misma manera que los hijos biológicos de la familia; sin embargo, no contempla sanciones penales para quienes violen sus disposiciones.[108] A pesar de la promulgación de estas leyes, la práctica del restavek persiste y se expande.[127] La inestabilidad política y la escasez de recursos obstaculizan los esfuerzos para frenar la trata infantil.[126]
Enjuiciamiento y protección
El gobierno tomó medidas para abordar legalmente el problema de la trata de mujeres y niños presentando un proyecto de ley ante el Parlamento, en respuesta a su ratificación del Protocolo de Palermo.[146] En 2014 se aprobó la ley CL/2014-0010, que tipificaba la trata como delito con penas de hasta 15 años de prisión.[145] Sin embargo, la aplicación efectiva sigue siendo elusiva.[120] Los obstáculos para combatir la trata de personas incluyen la corrupción generalizada, la falta de respuestas rápidas ante casos con indicadores de trata, la lentitud del poder judicial para resolver los casos penales y la escasa financiación de los organismos gubernamentales.[111]
Las personas desplazadas por el terremoto de 2010 corren un mayor riesgo de ser víctimas de trata sexual y trabajo forzoso.[108] Las protecciones internacionales vigentes para las personas desplazadas internas, principalmente los Principios Rectores de 1998 de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas sobre el desplazamiento interno, no se aplican a los supervivientes del terremoto que han cruzado una frontera internacional.[139] No existe protección para los desplazados externos, lo que crea importantes vacíos de protección para las personas más vulnerables a la trata —las niñas y mujeres jóvenes—, que son tratadas como infractoras migratorias en lugar de migrantes forzadas que necesitan protección.[139] No se ha creado ni concedido ningún estatus de protección temporal en la República Dominicana.[139]
Desde el terremoto de Haití de 2010, la ayuda internacional y el esfuerzo interno se han centrado en la asistencia y la recuperación, y como resultado se han destinado pocos recursos a combatir la esclavitud moderna.[108] No existen albergues gubernamentales para asistir a las víctimas de trata de personas. El gobierno remite a las víctimas a organizaciones no gubernamentales (ONG) para servicios como alimentación y atención médica.[135] La mayoría de los servicios para las víctimas son proporcionados por ONG haitianas como Foyer l'Escale, Centre d'Action pour le Développement y Organisation des Jeunes Filles en Action, que ofrecen alojamiento, servicios educativos y psicosociales a las víctimas.[108] Además, la Organización Internacional para las Migraciones ha cooperado con ONG locales y el Ministerio de Asuntos Sociales de Haití, el Instituto de Bienestar Social e Investigación y la Brigada para la Protección de Menores de la Policía Nacional de Haití, para combatir la trata de personas.[108]
Prevención
El gobierno ha realizado esfuerzos para prevenir y reducir la trata de personas. En junio de 2012, el IBESR (Institut du Bien-Être Social et de Recherches) inauguró una línea telefónica de atención sobre trata de personas y llevó a cabo una campaña para sensibilizar a la opinión pública sobre el trabajo infantil, la trata infantil y el abuso sexual infantil.[111] El gobierno habilitó una línea telefónica para denunciar casos de abuso de restaveks.[140] En diciembre de 2012, el gobierno creó una comisión nacional para la eliminación de las peores formas de trabajo infantil, que incluyó el lanzamiento de una campaña de sensibilización pública sobre el trabajo infantil y la designación de un día nacional contra el abuso del sistema restavek.[111] A principios de 2013, el gobierno creó un grupo de trabajo interministerial sobre trata de personas, presidido por el Director de Asuntos Jurídicos del Ministerio de Relaciones Exteriores, para coordinar todas las iniciativas del poder ejecutivo contra la trata.[111]
Reparaciones por la esclavitud
Las reparaciones por la esclavitud consisten en la aplicación del concepto de reparaciones a las víctimas de la esclavitud o sus descendientes. En Haití, estas no se han producido; por el contrario, Haití pagó durante más de 120 años a Francia para obtener un «reconocimiento formal» de su libertad.
Deuda de la independencia haitiana
En julio de 1825, Carlos X de Francia, durante el período de restauración de la monarquía francesa, envió una flota a Haití. La flota llevaba diplomáticos franceses que exigieron una indemnización de 150 millones de francos por las reclamaciones sobre propiedades —incluidos los esclavos haitianos— perdidas durante la Revolución haitiana, a cambio del reconocimiento diplomático; Haití aceptó la reclamación, conocida hoy como la controversia de la indemnización haitiana.[147] El pago fue posteriormente reducido a 90 millones de francos en 1838, equivalentes a más de 34.000 millones de dólares estadounidenses de 2024.[148]
El presidente Jean-Pierre Boyer aceptó un tratado por el cual Francia reconocía formalmente la independencia de la nación a cambio de un pago de 150 millones de francos.[149] Por una orden del 17 de abril de 1826, el rey de Francia renunció a sus derechos de soberanía y reconoció formalmente la independencia de Haití.[150][151][152] Los pagos forzosos a Francia obstaculizaron el crecimiento económico de Haití durante siglos, y debido a la magnitud de la suma exigida, Haití se vio obligado a solicitar cuantiosos préstamos a bancos occidentales a tipos de interés extremadamente altos para saldar la deuda. Aunque el monto fue reducido a 90 millones en 1838, en 1900 el 80 % del gasto gubernamental de Haití se destinaba al pago de la deuda, y el país no terminó de pagarla hasta 1947.[153][154][155] Según informó The New York Times, los pagos costaron a Haití gran parte de su potencial de desarrollo, sustrayendo entre 21.000 y 115.000 millones de dólares de crecimiento al país (entre una y ocho veces su economía total) a lo largo de dos siglos, según cálculos realizados por 15 economistas destacados.[156][157]
Reparaciones por la esclavitud en Haití
En 2004, el gobierno haitiano exigió que Francia devolviera a Haití los millones de dólares (decenas de miles de millones en valor actual) pagados entre 1825 y 1947 como compensación por la pérdida de propiedades de los esclavistas y terratenientes franceses a raíz de la liberación de los esclavos.