Durante la ocupación haitiana de Santo Domingo, la isla carecía casi por completo de instituciones educativas. En ese contexto, en 1842, Gaspar Hernández Morales se convirtió en uno de los pocos maestros activos. Abrió una clase diaria de filosofía en una casa detrás de la Iglesia de San Carlos. Entre sus alumnos estuvieron Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez, Juan Isidro Pérez y Pedro Alejandro Pina. Más tarde, al ser trasladado a la Catedral, siguió enseñando en un cuarto anexo a la sacristía de la Iglesia Regina Angelorum, donde cada mañana se reunía con esos jóvenes en encuentros que, más que lecciones, parecían una verdadera «junta revolucionaria».
El 30 de abril de 1843, celebró un Te Deum en la Capilla de la Misericordia para conmemorar el triunfo de la Reforma haitiana. Durante la ceremonia, pronunció una homilía frente al canónigoTomás de Portes e Infante —vicario general de la arquidiócesis de Santo Domingo—, al general Pablo Alí —comandante de Armas de Santo Domingo— y al Comité Popular de la ciudad. En ella denunció los abusos cometidos bajo el gobierno de Jean-Pierre Boyer y expresó su esperanza en un mejor futuro. Pero esa esperanza duró poco. Con la llegada al poder de Charles Rivière-Hérard —el hombre fuerte que desplazó a Boyer—, fue expulsado de la isla en agosto de 1843, junto al franciscano navarro fray Pedro Pamiés, acusado de agitar al pueblo con sus sermones. Ambos partieron rumbo a la isla de Curazao.
Estatua del padre Gaspar Hernández en Ciudad Trujillo del escultor Luis Soto.
Ambos sacerdotes defendían una visión en la cual España, vista como protectora del clero y la tradición religiosa dominicana, frente a los gobiernos haitianos que perseguían la fe católica y favorecían a misioneros protestantesmetodistas. Esta persecución religiosa se considera una de las causas fundamentales de la búsqueda de independencia dominicana.[2]
Desde Curazao, el 22 de agosto de 1843, escribió al gobernador de Puerto Rico para pedir el regreso de Santo Domingo al Reino de España y le afirmó su identidad con claridad: «En cualquier parte soy español». Luego, en marzo de 1844, escribió a un amigo: «Te felicito a ti y a todos los dominicanos por haber sacudido el yugo de la dominación de los muñeses cocolos, abrigando la esperanza de que como Uds. no han sido nunca ingratos con su madre patria, pronto aclamarán a ella».
En 1851 fue elegido representante por la provincia de Santiago y llegó a ocupar la vicepresidencia y posteriormente la presidencia del Consejo Conservador, desde donde promovió activamente la educación pública. En octubre de 1852, fue nombrado profesor de matemáticas, agrimensura y cosmografía en el Colegio Nacional San Buenaventura. Al mismo tiempo, servía como párroco de las Iglesias de Santa Bárbara y Azua. El 6 de marzo de 1852, el arzobispo de Santo Domingo, Tomás de Portes, lo nombró canónigo de honor del cabildo de la Catedral, pero luego fue suspendido a divinis por conducta irregular.
Cuando el general Pedro Santana asumió la presidencia de la República Dominicana por segunda vez, en marzo de 1853 dictó un decreto que expulsó de nuevo del país a Gaspar Hernández, junto a los sacerdotes Elías Rodríguez Ortíz y Santiago Díaz de Peña. Exiliado en Curazao, publicó una obra llamada Derecho y prerrogativa del Papa y de la Iglesia, o sea una breve impugnación de los cuatro artículos de la Asamblea del clero galicano de 1682. En este texto, el sacerdote expone con claridad sus pensamientos monárquicas y su escepticismo hacia los gobiernos republicanos de Hispanoamérica, afirmando con severidad que «prometen mucho y nada cumplen; al contrario, destruyen libertades y derechos sociales. Estos defectos son notorios».
De Curazao, se trasladó a la ciudad de Santiago de Cuba, y durante tres años fue huésped del arzobispo catalán Antonio María Claret, trabajando en aquella Catedral y algunas parroquias de la arquidiócesis, enseñando filosofía en el Colegio Seminario San Basilio Magno (1854-1856), y ocupando el puesto de canónigo honorario del cabildo santiaguero, a pesar de serlo de jure únicamente en la Catedral de Santo Domingo.
Procedente de Santiago de Cuba y tras una breve escala en La Habana, llegó a Santo Domingo el vapor Habanero el 24 de enero de 1857. Amparado en el decreto del Consejo de Secretarios de Estado, firmado por el presidente dominicano Manuel de Regla Mota el 11 de agosto de 1856, el viajero pudo regresar, gracias a la anulación de la orden de expulsión y la autorización para el retorno de los exiliados bajo el gobierno de Pedro Santana.
Llegó a Curazao el 12 de junio de 1858 y se hospedó con el vicario apostólico de Curazao, Martín Niewindt. Sin embargo, al poco tiempo enfermó y a pesar de recibir asistencia médica, su salud no resistió. Falleció el 21 de julio de 1858, a los 60 años, y fue enterrado en la parroquia Santa Ana de Willemstad.[1]