La aldea perdida
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La aldea perdida o La aldea perdida: novela-poema de costumbres campesinas es una novela del escritor español Armando Palacio Valdés, publicada en 1903.[1]
La obra narra la vida de un grupo de personajes en el pueblo asturiano de Entralgo, situado en el concejo de Laviana, pueblo natal del autor. El modo de vida bucólico y tradicional se ve perturbado con la Revolución Industrial y la llegada de mineros, quienes destruyen el paisaje y pervierten la sociedad. Constituye uno de los alegatos anti industrialistas más explícitos de la literatura española.[2]
| La aldea perdida | ||
|---|---|---|
| de Armando Palacio Valdés | ||
|
Estatua de Demetria, personaje de la novela, en la tumba de Palacio Valdés, en el cementerio municipal de La Carriona | ||
| Género | Modernismo, novela local y costumbrismo | |
| Tema(s) | Costumbres campesinas e industrialización | |
| Edición original en Castellano | ||
| Publicado en | 1903 | |
| País | España | |
Su estilo destaca por el uso de paralelismos con la mitología grecorromana, tales como la identificación de la Arcadia con el mundo rural preindustrial.
Es una de las obras más personales de su autor, el cual se retrata a sí mismo en ella como un niño testigo de los hechos, lo cual da al libro un cierto carácter autobiográfico y explica en parte su aire nostálgico.

Argumento
Similar a las obras griegas, el libro inicia con una Invocación en la que el autor le pide a la musa que le ayude a escribir sobre su tierra natal, profanada por la minería, y sobre el mundo de su infancia.
«¡Sí, yo también nací y viví en Arcadia! También supe lo que era caminar en la santa inocencia del corazón entre arboledas umbrías, bañarme en los arroyos cristalinos, hollar con mis pies una alfombra siempre verde. […]
La Arcadia ya no existe. Huyó la dicha y la inocencia de aquel valle. ¡Tan lejano! ¡Tan escondido rinconcito mío! Y, sin embargo, te vieron algunos hombres sedientos de riqueza. […]
¡Y aún no ha cantado a los héroes de mi infancia! ¡Aún no te ha cantado, magnánimo Nolo! ¡Ni a ti, intrépido Celso! ¡Ni a ti, ingenioso Quino! […]
Y vosotras, sagradas musas, vosotras, a quienes rendí toda la vida culto fervoroso y desinteresado, asistidme una vez más».
La novela muestra varias historias entrelazadas sobre distintos personajes del pueblo.
Al inicio la trama se centra en las rivalidades entre los jóvenes de distintos pueblos aledaños (Riomontán, Fresnedo, Villoria, Lorío, Canzana, etc.), los cuales se juntan en las romerías para luchar entre sí con garrotes. En estas batallas destaca Nolo, mozo valiente y hábil en la lucha que al principio rechaza ayudar a los de su aldea tras haber sido ofendido por ellos, pero que finalmente se les une para vengar una agresión a su primo Jacinto.
Alternativa a la trama de los jóvenes encontramos la de los hombres ricos de la localidad. Existe una división entre ellos sobre la llegada de la Industria: el joven abogado Antero actúa como adalid del progreso y defiende la extracción de las riquezas minerales del pueblo. Mientras tanto, don Félix, propietario local y antiguo militar, y su primo don César, hombre culto y experto en la Grecia clásica, defienden el modo de vida tradicional y advierten de la corrupción de la sociedad a causa de la industria.
Otro de los hilos principales de la trama se centra en Demetria, joven hermosa y querida en el pueblo que está enamorada de Nolo. A mediados de la novela se revela que es en realidad hija de una mujer rica de Oviedo y no de los campesinos que la criaron. Demetria es llevada con su madre al ambiente cortesano y urbano de la capital, donde sufre terriblemente al extrañar su pueblo; finalmente es rescatada por Nolo.
Además de la historia de amor de Nolo y Demetria está la de Jacinto y Flora. El primero intenta cortejar sin éxito repetidas veces a la segunda, pero finalmente es correspondido.
La trama de Flora también involucra, al igual que la de Demetria, descubrir un origen oculto. En su caso, resulta ser hija ilegítima en secreto de don Félix. Tras la muerte de la otra hija del militar, este finalmente reconoce a Flora.
Mientras todo esto ocurre, la industria irrumpe en el valle: bellos terrenos son expropiados para la construcción de un ferrocarril; densos humos negros contaminan el aire y el pueblo se ve inundado de mineros, borrachos, violentos y armados con pistolas y navajas. Entre ellos destacan Plutón —que recibió su nombre ctónico por haber nacido en una mina— y Joayana. Ambos acosan, respectivamente, a Demetria y a Flora, agreden a los vecinos y siembran el terror en el pueblo. Plutón llega incluso a apuñalar a un tabernero por burlarse de él y, más tarde, rapta a Demetria, a quien lleva a una mina con la intención de violarla; sin embargo, ella consigue escapar.
El libro concluye con la doble boda de Nolo y Demetria, por un lado, y de Jacinto y Flora, por el otro. Sin embargo, en el último momento los mineros irrumpen para sembrar el caos y se enfrentan violentamente a los campesinos; estos, que también se han hecho con navajas y pistolas, responden, y la escena degenera en una violencia de un carácter mucho más brutal que el de las inocentes romerías del comienzo. Joayana dispara y mata a Jacinto, mientras que Plutón apuñala a Demetria, causándole igualmente la muerte.
La obra se cierra con don César, que, ante esta escena, acusa directamente a los partidarios de la Industria:
«Decís que ahora comienza la civilización... Pues bien, yo os digo..., ¡oídlo bien!..., ¡yo os digo que ahora comienza la barbarie!...».
Personajes
Nolo: Un joven campesino de carácter noble con una gran habilidad a la hora de luchar con el garrote en las peleas que se daban entre jóvenes de distintos pueblos durante las romerías. Se le puede identificar con Aquiles en la mitología griega.[3]
Demetria: Joven campesina, gentil y bella, que encarna simbólicamente a la diosa Deméter y, como tal, a la vida agrícola y rural. A lo largo de la novela entabla una relación romántica con Nolo y es pretendida por el minero Plutón.
Flora: Amiga de Demetria de Demetria de carácter despreocupado un juguetón, guarda un misterioso vínculo con el Capitán
Jacinto: El primo de Nolo, está enamorado de Flora, pero esta suele desdeñar sus intentos de cortejo.
Don Félix: Llamado el Capitán fue un antiguo militar que decidió retirarse a una vida contemplativa en la aldea. Se trata de un rico terrateniente, así como un hidalgo y uno de los principales defensores del medio agrícola frente a los mineros y a la industrialización. Es muy querido y respetado por la gente del pueblo.
Don Cesar: Descrito como el hombre más docto había dado jamás el valle de Laviana es primo de don Félix y otro propietario local. Destaca por su gran fijación con el mundo helénico, lo cual le llega a ganar burlas. Es firmemente contrario a la industrialización.
Plutón: Uno de los mineros que llegan al pueblo. Recibe su nombre, el del dios del Infamando, de haber nacido en una mina. Es un personaje extremadamente malvado y violento que representa todo lo malo relativo a la industrialización.
Estilo
La obra es una oda a las costumbres campesinas de la Asturias rural decimonónica. En ella se hace énfasis en las tradiciones y fiestas locales, lo que confiere al libro un marcado carácter costumbrista; sin embargo, se rechazan algunos rasgos propios de este movimiento, como el empleo sistemático de un habla regional.
Su estilo se aleja del realismo presente en otras novelas de Palacio Valdés, al incorporar distintos rasgos formales que remiten al modernismo y al irrealismo. Entre ellos destacan el uso de una prosa de carácter poético y de inspiración homérica, el distanciamiento de la personalidad narrativa, el tono elástico de la prosa, el decadentismo, el ruralismo primitivo y el dualismo entre naturaleza y progreso.[4]
Asimismo, están presentes diversos elementos de la novela local, subgénero sistematizado por José María de Pereda, tales como la visión maniquea del mundo, la idealización de la naturaleza o el interés por las costumbres campesinas. [3]
A pesar de su ambientación la novela está escrita en un castellano literario y no hay alusiones directas a la lengua asturiana del valle de Nalón, sin embargo, la prosa está salpicada de asturianismos en el léxico, la fraseología, las construcciones gramaticales o la onomástica.[5]
Elementos a destacar
Paralelismos con la mitología
Una de las características más destacadas del estilo de la novela es la constante presencia de elementos procedentes del mundo grecolatino. A lo largo de la obra se suceden alusiones explícitas y situaciones que remiten de manera directa a la mitología clásica. A continuación, se comentan algunos ejemplos significativos.
La obra se inicia con una invocación a las musas, a la manera de la Ilíada. Asimismo, los nombres de los personajes aparecen adornados con epítetos propios de los héroes homéricos («el magnánimo Nolo», «el ingenioso Quino»), y varios capítulos llevan títulos que remiten a obras clásicas («La cólera de Nolo», «Ninfas y sátiros», «Trabajos y días»). Del mismo modo, algunos episodios —como las peleas entre los jóvenes del pueblo durante las romerías— se describen como si fueran batallas del Ciclo troyano.
La Asturias rural se equipará con la Arcadia de la poesía griega: una tierra bucólica y aparentemente paradisíaca, habitada por pastores que viven en completa felicidad. No en vano, la novela se abre con la expresión latina Et in Arcadia ego, cita procedente de las Églogas de Virgilio, que da también título a dos célebres pinturas de Nicolas Poussin y Guercino, en las que unos campesinos descubren una calavera. Esta frase, que puede traducirse como «Incluso yo estoy en Arcadia», alude a la presencia inevitable de la muerte incluso en los lugares más idílicos y funciona como un presagio del desenlace trágico de la novela.


Otro de los paralelismos mitológicos más evidentes se encuentra en los personajes de Demetria y Plutón. El nombre de Demetria evoca a Deméter, diosa griega de la agricultura y la fertilidad, mientras que Plutón era el dios romano del inframundo y de la riqueza subterránea, estrechamente vinculado a la minería. El episodio en el que Plutón rapta a Demetria y la conduce a una mina remite claramente al mito del rapto de Perséfone, hija de Demetér por parte de Hades, equivalente griego de Plutón.
De este modo, ambos personajes funcionan simultáneamente como recreaciones de motivos mitológicos y como símbolos enfrentados: Demetria representa el mundo rural tradicional, ligado a la tierra y sus ciclos, mientras que Plutón encarna la industrialización y la violencia asociada a la explotación minera.[1]
En el capítulo IX, el personaje de don César hace una alusión directa a este simbolismo:
«Es la gloriosa Demetria, la diosa de la agricultura, la diosa que alimenta, como la llama Homero...; ésa que vosotros los latinistas llamáis Ceres —añadió con cierta inflexión desdeñosa—. Demetria ha muerto y se prepara el advenimiento de un nuevo reinado: el reinado de Plutón. Saludémosle con respeto, ya que no con amor...»
Anti industrialismo
La obra presenta una dicotomía marcadamente maniquea entre la sociedad agraria y la industrial. La vida del campesino aparece idealizada, representada como pura y colmada de placeres sencillos; incluso los episodios de violencia que se producen en este ámbito conservan un tono casi inocente. Esta visión contrasta de manera radical con la representación de los mineros, mostrados como arquetipos de los vicios asociados a la sociedad industrial: desprecian a los aldeanos, son borrachos, violentos y, a diferencia de los campesinos —que cuando se enfrentan recurren a garrotes—, emplean navajas y pistolas.
Las minas y el ferrocarril no solo degradan el paisaje, sino que funcionan como metáfora de una corrupción más profunda: los mineros bastardean la cohesión social y destruyen un modo de vida tradicional y milenario, que acaba siendo profanado y sustituido por una plutocracia basada en la codicia y la explotación.
Esta visión tan negativa de la industrialización se inscribe en la corriente anti-industrialista de fin de siglo, extendida en numerosos países europeos a finales del siglo XIX y comienzos del XX, que denunciaba los efectos deshumanizadores del progreso técnico y la pérdida de los valores comunitarios tradicionales.[2]
Adaptación
La novela fue adaptada al cine en 1948 con la película Las aguas bajan negras. La cinta fue dirigida por José Luis Sáenz de Heredia y muestra una cierta influencia del neorrealismo italiano.

La película introduce notables diferencias con respecto al texto original: el mensaje anti-industrial se atenúa de forma considerable al igual que la caracterización maniqueamente negativa de los mineros. Asimismo, se reduce la presencia de elementos bucólicos y se elimina el desenlace trágico; en su lugar, se ofrece un final feliz en el que la industrialización minera se presenta como el camino lógico hacia el progreso, en abierta contradicción con la tesis de la novela.
Estos cambios pueden entenderse a la luz del contexto histórico en que se produjo la adaptación, realizada bajo el auspicio del Estado franquista, en una etapa en la que las políticas oficiales promovían activamente el desarrollo industrial.[2]