Carrilche
argot histórico de la comunidad queer en la Argentina
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El carrilche es un argot LGBT de la Argentina, principalmente asociado a la comunidad travesti-trans, que surgió nutrido tanto de la jerga carcelaria como del habla popular urbana y el lunfardo durante el primer peronismo, en las décadas de 1940 y 1950, a partir del contacto de las llamadas maricas o locas —categoría previa a la consolidación de identidades como gay, travesti o trans, y que englobaba tanto a hombres homosexuales afeminados como a personas que serían posteriormente conceptualizadas dentro de esas categorías— con otros presos, notablemente en la Cárcel de Devoto, y que funcionó como un código compartido de defensa frente a la policía, otros reclusos y a los riesgos asociados a la prostitución.[1][2][3] En el propio argot, la palabra carrilche designa a una marica, y la jerga en su conjunto ha sido descrita como un «idioma maricón».[2][3] Desde una perspectiva sociolingüística, el carrilche en su forma original puede ser entendido como un antilenguaje.[1] El carrilche está estrechamente ligado al concepto de la llamada «lengua» o «habla de las locas»,[4] un campo más amplio que describe una práctica local de enunciación mediante la cual maricas, personas travesti-trans y algunas mujeres desvían la lengua dominante, marcada por el exceso, la desobediencia lingüística y la reapropiación de la injuria.[5][6]

Aunque algunas palabras del carrilche se extendieron fuera de la comunidad y se popularizaron en el uso general, como la conocida chongo, el carrilche se encuentra actualmente en retroceso dentro de la comunidad travesti-trans, y la difusión de ciertas voces implicó también la pérdida de su valor estratégico original.[2][3] El carrilche original experimentó profundas transformaciones, influido también por variaciones regionales, de modo que el hablado en Buenos Aires difería del de provincias como Santiago del Estero, Córdoba y Santa Fe, y hacia la década de 1990 era ya marcadamente distinto del utilizado en los años 1940.[3][7] Los cambios en la realidad social y política de la comunidad travesti-trans, como el inicio de la derogación de los edictos policiales en la década de 1990 y la sanción de la Ley de Identidad de Género en 2012, propiciaron que el carrilche dejara de cumplir principalmente una función de protección frente a la policía y otros riesgos para transformarse en una jerga de uso predominantemente social.[3][7] Dado su uso cada vez más reducido dentro de la propia comunidad trans, diversas iniciativas han procurado recuperar el carrilche como patrimonio de pertenencia, memoria y experiencia compartida, entre ellas la publicación de El Teje en la década de 2000, el primer periódico travesti de la Argentina, cuyo título remite a una palabra del carrilche y que difundió las valiosas crónicas de Solís sobre el argot original.[2][1] Asimismo, el pionero Archivo de la Memoria Trans ha recopilado y organizado información sobre el carrilche, aunque con el propósito explícito de preservar su carácter clandestino e íntimo dentro de la comunidad, razón por la cual ese acervo no se divulga al público general.[8][9]
Historia
Contexto y origen

El carrilche surgió en la década de 1940 en Buenos Aires como un argot utilizado por las maricas para comunicarse entre sí mediante un código compartido; dentro del propio argot, la palabra carrilche designa a una marica, y la jerga en su conjunto ha sido descrita como un «idioma maricón».[2][3] Antes de que se popularizara el uso del término travesti en los años 1970, y varias décadas antes de la difusión del concepto de transgénero, las identidades que posteriormente serían comprendidas dentro de esas categorías se inscribían en la Argentina en el abanico más amplio de las llamadas maricas, que también incluía a quienes más tarde se definirían como gais.[10][11] Varios estudios acerca de la «sociabilidad homosexual masculina» señalan que antes de la difusión del modelo del Norte global del varón gay en los años 1980, concebido como relaciones igualitarias entre personas con expresiones de género similares, en la Argentina —al igual que en otros países latinoamericanos— predominó un modelo jerárquico, basado en la diferenciación de roles sexuales entre quienes asumían el rol pasivo (las maricas o locas; homosexuales afeminados) y quienes ocupaban el rol activo (los chongos; varón de expresión masculina, no necesariamente identificado como homosexual).[12][13] A partir de la década de 1980 comenzó a producirse una brecha entre las identidades homosexuales que devinieron en la categoría gay, las cuales se definieron como exclusivamente homoeróticas y tendieron a rechazar lo femenino, representado en la figura de la loca.[10] Según Santiago Joaquín Insausti, las identidades gais, travestis y trans son construcciones culturales recientes en la Argentina, señalando que: «Hasta la década de 1970, las maricas en Argentina, las bichas en Brasil y las jotas en México eran personas que, a pesar de haber sido en su mayoría asignadas al género masculino al nacer y de vivir cotidianamente como hombres, sentían atracción por otros hombres, hacían un uso permanente del afeminamiento y se "montaban de mujer" regularmente en contextos lúdicos y festivos, alternando para referirse a ellas el género gramatical femenino y el masculino, de manera aleatoria».[11] Por ello, la figura de la marica es común tanto a la historia de las identidades travesti como gay en la Argentina, sin que ello implique una subordinación de una a la otra.[11]

Desde la posguerra y a lo largo del primer gobierno de Juan Domingo Perón, la homosexualidad masculina en Buenos Aires fue crecientemente construida por el Estado, la policía y la prensa como un problema de orden moral y social, bajo la categoría de los «amorales», figura que condensaba temores en torno a la sexualidad, la juventud y la estabilidad del ideal familiar.[14] En su libro Cuerpos desobedientes (2004), que recopiló testimonios de travestis mayores de setenta años, la antropóloga Josefina Fernández señaló que: «A juicio de ellas, el primer período del gobierno peronista es el que más claramente inició la persecución de gays y travestis, ejercieran o no la prostitución callejera. Las maneras de caminar, el vestido y la apariencia en general serán motivo de una condena de la que hasta entonces estaban excluidas».[15] En ese mismo período persistía un entramado de sociabilidad homosexual urbana que se organizaban en torno del yire (término local para el cruising), donde maricas y locas desplegaban estrategias corporales y gestuales —como el afeminamiento y el «loquear»— orientadas al reconocimiento mutuo y al contacto con los chongos, prácticas que implicaban una exposición permanente al riesgo de detención en un contexto de criminalización.[11] Desde comienzos del siglo XX, la zona de la ciudad conocida como «el Bajo», próxima al Río de la Plata, ocupaba un lugar privilegiado en el yire, especialmente en el área del antiguo Paseo de Julio, luego Avenida Alem, un sector asociado a la prostitución, frecuentado por marineros y atravesado por bares de sociabilidad masculina.[14] Aunque asentada sobre prácticas represivas y discursos higienistas previos, hacia mediados de la década de 1940 la persecución de «amorales» se intensificó y comenzó a articularse de manera más explícita como una política represiva, hasta culminar, entre fines de 1954 y comienzos de 1955, en las grandes razzias antihomosexuales, concebidas como la coronación policial de una campaña impulsada desde el Ministerio del Interior, en el marco de debates más amplios sobre la ley de profilaxis, la prostitución y la moral pública.[14] La represión se expresó tanto en los arrestos masivos y el traslado de detenidos a dependencias policiales y a la cárcel de Devoto como en una puesta en escena pública del castigo en la prensa sensacionalista, que exhibía a los homosexuales detenidos.[14]

Es en este contexto de intensificación de la represión durante el primer peronismo que surgió el carrilche.[1] Los testimonios de Malva Solís (1919–2015), considerada «la travesti más anciana» de la Argentina,[16][17] han sido claves para la reconstrucción, recopilación y comprensión del carrilche original,[1][4] y fue considerada su última hablante viva en la variante de la década de 1940.[3] Según escribió Solís: «Es indudable que el lenguaje carrilche se nutrió de gran manera de la jerga carcelaria, motivado por el hecho de que a partir del año 1947 las maricas se convirtieron en huéspedes asiduas de la cárcel de Devoto, en calidad de contraventoras de índole sexual. Esta circunstancia poco favorable fue el punto de partida para que las mariquitas idearan y pusieran en práctica una novedosa manera de expresarse. Y la modalidad lingüística tuvo gran acogida entre el carrilchaje local convirtiéndose en una asignatura casi obligada para todo maricón».[18] La activista Marlene Wayar describió al carrilche como: «Un lenguaje inspirado por el lunfardo que las maricas manejaban en aquel Buenos Aires por su relación con los chongos de barrios populares y de ambiente carcelario, al reconocer que necesitaban uno que ni la policía ni los chongos supieran».[2] La socialización del carrilche entre las travestis se produjo, al menos, por dos vías principales. Una de ellas fue la experiencia compartida en el ámbito carcelario, donde las travestis convivían con personas involucradas en distintos delitos y se integraban a dinámicas propias de la vida en prisión, lo que implicó la adopción de un léxico común para referirse de forma encubierta a la policía (cobani, yuta, taquero), percibida como un adversario compartido.[1] Otro mecanismo de transmisión fue el entramado social interno de la propia comunidad travesti, conocido como «el ambiente», que funcionó como un espacio central de sociabilidad y circulación del argot.[1] En una crónica, Solís rescata el papel de dos maricas llamadas Florián y Orquídea, las hermanas «Arvejas»:
Estos dos hermanos transformistas animaban con sus bailes y canciones picarescas las galas nocturnas de los piringundines de la vieja Recova de Leandro N. Alem. Y fueron estos dos maricones, precisamente, los inventores de palabras y de frases que bien sirvieron para expresar ideas o para alertar a las mariquitas desprevenidas que deambulaban por el bajo en busca del candidato. Fue la Recova desde Retiro hasta la calle Corrientes el lugar elegido por los vivillos y sopla-nucas para dejarse levantar por los putos que pagaban muy bien la encamada.[18]

Contrariamente a lo que ocurría en la vida pública, la cárcel funcionó como un espacio relativamente más permisivo para las maricas: según los testimonios de Solís, en el pabellón de homosexuales de la cárcel de Devoto las detenidas, maquilladas exageradamente y con vestidos confeccionados a partir de telas de colchones, organizaban cada noche espectáculos en los que se «montaban» para personificar a divas de la canción y del teatro de revistas, turnándose para cantar y actuar ante las quejas de otros internos por el ruido, mientras que las mismas fuerzas de seguridad que las reprimían en la vía pública toleraban e incluso fomentaban estas expresiones de feminidad, asignándoles tareas socialmente consideradas femeninas.[11] Durante el peronismo, por ejemplo, las detenidas que lo solicitaban podían ser trasladadas como voluntarias a la repartición policial de Leyes Especiales, ubicada frente al actual Hospital Ramos Mejía, donde realizaban labores de limpieza, cocina y lavado de patrulleros a cambio de un mejor trato y alimentación.[11] En este contexto, la cárcel se convirtió también en un espacio central de sociabilización, ya que las maricas eran hacinadas en un pabellón exclusivo y, para muchas, la primera detención supuso el primer contacto con otras maricas y el aprendizaje colectivo de los códigos de la impostación femenina —maquillaje, vestuario, gestualidad, movimiento y baile—, así como la toma de conciencia de pertenecer a una comunidad con un destino compartido, en cuyo marco comenzaron a tejerse las primeras redes de solidaridad, entre ellas el temprano nucleamiento Maricas Unidas Argentinas (MUA; cofundada por Solís), que se organizaba para brindar ayuda y llevar alimentos y pertrechos a las detenidas.[11]

El «mariconeo» implicaba un uso específico de la lengua que funcionaba como práctica expresiva y relacional, caracterizada por un habla amanerada, insolente y lúdica, así como por la apropiación de un vocabulario propio.[11] En entrevistas orales y textos autobiográficos, este uso se manifiesta de manera particularmente clara en la alternancia estratégica de los géneros gramaticales, que desafía la concordancia morfosintáctica normativa del español: dentro de un mismo enunciado o párrafo, una persona puede ser referida sucesivamente en femenino y en masculino, sin que ello suponga inestabilidad identitaria, sino más bien una operación discursiva consciente.[11] Del mismo modo, las categorías marica y maricón circulaban con valores equivalentes y se empleaban de manera intercambiable.[11] El uso del femenino adquiría una función expresiva específica en contextos de burla, disputa o ironía entre pares, donde operaba como recurso retórico.[11] En conjunto, el «habla de las locas» puede entenderse como un código lingüístico compartido que delimitaba una comunidad de habla, basado en una intervención jocosa y estratégica sobre las marcas de género del léxico habitual, habilitadas o suspendidas según el contexto, y cuya legitimidad se afirmaba especialmente en espacios de sociabilidad festiva.[11]
En los años cuarenta, las carrilches organizaban fiestas clandestinas en las quintas alejadas de la policía, pagaban la entrada por anticipado y cada quien tenía derecho a llevar al dorilche o a un sopla-nuca. (...) A través de las décadas de 1940 y 1950, estas fiestas carrilchonas fueron observadas y practicadas como un rito que se cumplió de acuerdo al tiempo que se vivió. (...) La organizadora (casi siempre una carrilche) procuraba que el espacio físico estuviera apartado del vecindario común. De esa manera evitábamos que algún vecino ortiba tomara el teléfono y alertara a la sidilcra... —Malva Solís, 2009.[19] |
Analizando lingüísticamente las crónicas de Solís sobre el carrilche, puede observarse que la relexicalización constituye el procedimiento central mediante el cual se construye este argot, en tanto los signos se reorientan funcionalmente hacia nuevos significados ajustados a una realidad específica marcada por la persecución policial (en carrilche: sidilcra) y la estigmatización social.[1] Palabras carrilche como doda («cuidado») y fush (huir) eran términos clave para advertir sobre el peligro, cristalizados en fórmulas como cuma doda la sidilcre («maricón, cuidado con la policía») y cuma fush («maricón, huyamos»).[1] En los relatos de Solís, esa realidad aparece atravesada no solo por la violencia institucional, sino también por espacios de sociabilidad propios como bares, tugurios, fiestas clandestinas y carnavales, en los que las travestis desplegaban prácticas de exhibición, humor y complicidad.[1] En este marco, el argot travesti tiende a nombrar roles, vínculos y actividades ligados a dichos espacios mediante procesos de relexicalización y sobrelexicalización que privilegian la originalidad expresiva, el juego lingüístico, la protección mutua y, en muchos casos, el secreto.[1] Las innovaciones léxicas se concentran en las denominaciones de las fuerzas de seguridad, las formas de interpelación entre pares —incluida la resignificación de términos peyorativos en el uso común— y la nominación de distintos roles sociales, lo que evidencia una tensión constante con la sociedad dominante y una afirmación defensiva de la identidad colectiva.[1] Así, dentro de este antilenguaje se reproducen actores y jerarquías similares a los de la sociedad mayoritaria, pero reconfigurados y renombrados desde una lógica propia; términos como chongo, palangana, zapatona, marica, toto o carrilche no solo designan sujetos y posiciones, sino que inscriben relaciones de deseo, pertenencia y diferencia.[1] A ello se suman recursos morfológicos como la sufijación (carrilchona, palanguenaje) y la composición (soplanuca).[1] En conjunto, estos usos lingüísticos configuran un sistema complejo y opaco para quienes no comparten el código, cuya función principal es, simultáneamente, encubrir la identidad frente al exterior y consolidarla hacia el interior del grupo.[1] El carrilche forma palabras mediante un procedimiento que combina metátesis y alteración fonológica; en este proceso, las últimas letras de una palabra se modifican mediante la adición de -il y, posteriormente, la última sílaba se desplaza al inicio del término, lo que da lugar a formas de difícil desciframiento y aplicables potencialmente a todo el léxico.[1] Así, preso deriva en silpre, macho en chilma, y aparecen términos construidos mediante mecanismos similares, como dorilche, derivado de marido por inversión parcial de sonidos, o yivie, a partir de viejo.[1]
Transformación, declive y recuperación
La persona que habla carrilche tiene una historia de vida mucho más fuerte que una persona que no lo habla. Era un método de defensa que algunas pocas podemos seguir manteniendo. Fue una forma de pertenecer, la llave para poder ser del grupo. Saber carrilche era poder estar en la conversación, ser parte de. En aquellos tiempos, se vivía con bastante soledad y vos eras parte de un grupo, te hacía pertenecer a algo, a una familia: nos entendíamos y hablábamos el mismo idioma |
Con el paso del tiempo, el carrilche original fue transformándose: se expandió, se modificó, algunas voces cayeron en desuso y otras se incorporaron, y además presentó variaciones regionales, por ejemplo, las diferencias entre el hablado en el del Río de la Plata y el de provincias como Santiago del Estero, Córdoba y Santa Fe.[3][7] Según Wayar: «aquel paralenguaje fue enriqueciéndose con el tiempo y la creatividad de las maricas y además del lunfardo se nutrió con el portugués traído por el umbandismo desde Brasil».[3] Para los años 1990, el carrilche que se usaba entre las travestis de Buenos Aires era muy alejado del original hablado en los años 1940.[3][7] Con los cambios legales y sociales de fines del siglo XX, como la derogación de los edictos policiales en la ciudad de Buenos Aires, el carrilche fue perdiendo progresivamente su función protectora en el espacio público y quedó circunscripto al ámbito social.[3][7] Para entonces, las únicas personas que seguían hablando carrilche eran aquellas vinculadas al mundo del espectáculo, donde pasó a utilizarse con fines comunicativos internos.[3] Daniel Busato, director de la compañía de teatro Kumas de Sitges, recordó que el carrilche pasó a usarse en los camerinos, para otros miembros del equipo como strippers o iluminadores no entendieran lo que hablaban.[3] Algunas vedettes de la revista porteña entraron en contacto con el argot a través de sus amistades que las peinaban o maquillaban en el teatro, quienes en ocasiones les enseñaban los términos.[3] Un caso conocido es el de Moria Casán, cuyo audio con la expresión «mucho chongo» fue un fenómeno viral en los años 2010 y contribuyó a su incorporación al habla popular.[3]
Si bien algunos términos se difundieron por fuera de la comunidad y ampliaron su circulación, como el popular chongo, el carrilche se encuentra actualmente en retroceso dentro del propio colectivo travesti-trans, y la popularización de ciertas voces implicó también la pérdida de su valor estratégico original.[2][3] En este contexto, el carrilche conserva un fuerte valor simbólico como marca de pertenencia, memoria y experiencia compartida, y ha habido varias iniciativas contemporáneas para recuperarlo.[1][8] Wayar recuperó el argot como directora de El Teje, el primer periódico travesti de América Latina, publicado con el apoyo del Centro Cultural Ricardo Rojas a partir de noviembre de 2007 y del que se editaron siete números, dentro de los cuales se encuentran las crónicas de Solís que recuperan la jerga de los años 1940.[2][1] El término carrilche teje ha sido descrito como el más polisémico de todo el argot, una palabra que representa el secreto entre iguales y permite ocultar aquello que se busca comunicar a otra travesti sin que un tercero pueda descifrar con precisión el contenido del mensaje.[1] Según la propia Wayar: «puede ser la peluca —arréglate el teje— puede ser la droga —este cliente quiere comprar teje— pueden ser los genitales —marica acomodate el teje— puede ser el HIV —protegete este chongo tiene el teje—. Puede ser verbo, una charla —vamos a tejer— o planificar, urdir, —después tejemos bien».[2] También explicó la decisión de utilizar un término del carrilche como título de la publicación: «Intentamos mantener la frescura de la oralidad y el ingenio, siempre puesto en la creación de nuevos términos, y también discutir significados y sentidos. Entendemos el campo del lenguaje como un terreno prioritario de lucha constante».[2]
El pionero Archivo de la Memoria Trans (AMT), iniciativa creada por la activista María Belén Correa que conserva más de 25.000 ítems sobre la historia de la comunidad trans argentina,[20] ha recopilado información del carrilche, tanto de Solís como de entrevistas a activistas mayores.[8] Aunque existe una lista de términos y expresiones del carrilche original de los años 1940 elaborada por Solís y publicada por El Teje en 2009, no se han difundido otros glosarios del carrilche contemporáneo; si bien el AMT ha desarrollado glosarios y terminologías internas, ha adoptado la política de preservar el carácter clandestino del argot, al que define como información «parcialmente compartida» que no formará parte del acervo de acceso público.[8][9] Entrevistada en 2020, Magalí Muñiz, miembro del AMT, explicó: «el carrilche es un dialecto (o un idioma, como lo quieras llamar) que es muy íntimo y se conoce poco, y no lo queremos dar tanto a conocer. Es top secret».[21] En 2022, las traductoras al español del libro brasileño Y si yo fuera puta de Amara Moira, relataron que evaluaron recurrir al carrilche para la traducción de los pasajes escritos en pajubá o bajubá (el argot LGBT brasileño), pero que, tras consultar a la comunidad travesti-trans argentina, desistieron al recibir la respuesta de que se trata de un argot clandestino que no se desea popularizar.[8][22] En julio de 2023, se llevó a cabo el festival «Carrilche: un lenguaje maricón», en homenaje al argot, en el Centro de Expresiones Contemporáneas de Rosario.[23][24]
Glosario del carrilche original
En una reseña histórica del carrilche publicada en la quinta edición del periódico travesti El Teje (2009), Malva Solís incluyó una lista detallada de palabras y expresiones del carrilche en su forma original de los años 1940.[18] Según la propia Solís, «incluyo primeramente las palabras, y luego de las barras los términos carcelarios que de alguna manera se me ocurre que pueden corresponder a cada una de esas palabras».[18] Dicha lista se reproduce a continuación.[18]
- Am o Gluglu: Succionar // Tirar la goma, hacer el pete, chupar.
- Afe o feto: Persona poco agradecida // Mono, fule, drácula, fulero.
- Biciuti: Señala al vicioso // Fiestero.
- Carrilche: Chilpo, mariola, cuma, marica // Peineta, toto, marcha atrás, puto, cangrejo, mino, comipini, comilón, tragasable.
- Cadulcri: Peluca // Quincho, toldo.
- Cocoroca: Indicativo de mando o categoría. Fue usado por los maricones para señalar al comisario // Taquero, verdugo, toldo.
- Chongo: Hombre, vocablo popularizado por las maricas // Quía, chabón, coso, choma.
- Chochalcri: Muchacho // Guacho, martineta, pendejo, pichón, pibe.
- Cahuín: Adepto al amor con putos. También se le decía “garrote”.
- Chuminoso: Señalaba al poco amigo a higienizarse los genitales.
- Chinpunay: Golpiza propinada al otro en una pelea.
- Datut: Señalaba al chongo activo y pasivo // Panqueque, grúa, vuelta y vuelta.
- Doda: Cuidado, cautela // De queruza, isa, atenti, ojo, ponerse en guardia.
- Dorilche: Marido, palabra usada sólo por los maricones // Dorima, cochero.
- Desotamanga: Dar algo bajo cuerda. Palabra usada por todos en Devoto.
- De putas a canutas: Se decía así cuando un maricón hablaba más de la cuenta.
- Estancia: Señalaba a Devoto. Vocablo popularizado por las maricas.
- Farabute: Charlatán, mentiroso. Palabra usada por todos en Devoto.
- Fufu: Acto sexual // Carchar, culear, mojar, enterrar, pistolear, coger, ir de sepultura, sacar oro, echar un taco y otros adjetivos más.
- Fush: Huir // Tomársela, dar mancada, disparar, tomarse el buque, rajar.
- Guica: Agua. Palabra usada sólo por las marico ñas.
- Himpasú: Comida // Lastre, maranfio.
- Logi: Gil, señala al tonto // Gil a la gurda (N. del E.: en cantidad), gilada, expresiones carcelarias que señalan a individuos de poco valor humano dichas de modo despectivo.
- Leonera: Lugar transitorio para detenidos antes de ser distribuidos a los cuadros.
- Lurpia: Bocón, chismoso. Se decía así de quien propiciaba la discordia.
- Luz: Dinero, palabra usada en todo Devoto.
- Musa: Silencio // Chamullar de queruza, no levantar la perdiz. De uso masivo.
- Palangana: Se decía así con referencia a la gente de ambiente.
- Paqui: Indicaba a todo aquel que no agarraba uno. Sinónimo de torpeza.
- Rachi: Observar // Campanear, relojear, pispear, de rabo al costado.
- Rajelpri: Mujer // Mina, naemi, jermu, doña, percanta, concha, muñeca.
- Raja de piano: Se decía así de la persona flatulente. De uso masivo.
- Rip: Robo, y todos los derivados que vienen de ahí como ripear.
- Sodalcri: Pene. Sabemos que comúnmente se les llama pija, sogan, pedazo, colgada, tripa, nene, chorizo, pelado, longaniza, Braulio y otros nombres.
- Solcri: Dinero // Luz, guita, biyuya, mango, guitarra, rupia.
- Solech: Culo //Pan dulce, retaguardia, botaguizo, orto, trasero, ancas, hoyo.
- Soplanuca: Adepto al culo del puto // Bufa, busardo, comechancho, bufarrón.
- Soplón: Delator, entregador // Ortiba, buchón, alcaucil, batilana, alcahuete.
- Siome: Falso // Fulero, berreta, se decía así de algo que no tenía valor.
- Silpre: Preso // Engayolado, sopre, encanutado, enjaulado.
- Silfa: Cigarrillo // Faso, pucho, pitillo, chimenea.
- Silca: Casa // Bulo, bulín, cotorro, sapie.
- Taret: Retardado // Mogo, ido, quedado, anormal.
- Tolo: Referido al tonto, palabra usada por todos en Devoto.
- Tetera: Baño, biorse, ñoba, confesionario, expresiones de uso masivo.
- Ticues: Señalaba a un sujeto, palabra usada con preferencia por las mariquitas.
- Yuga: Referido a la llave de la puerta. Dicho así por todos en Devoto.
- Yivie: Viejo // Jaevie, veterano.
- Zapatona: Lesbiana // Torta, tres huevos, marimacho, marichonga.
- Frases
- Carrilche ticues es detut (El chongo da para todo)
- Cuma doda la sidilcre (Maricón cuidado con la policía)
- Chilpo doda con el rip (Marica cuidate del robo)
- Cuma fush (Puto disparemos, en alusión a la presencia policial)
- Chilpo doda que ticues es chuminoso (Marica el chongo es un sucio)
- Mariola rachi, el lurpia les pasó el santo (Maricón ese chismoso nos deschavó que somos putos)
Véase también
- Amigo de Dorothy — expresión histórica del argot gay en Estados Unidos utilizada para identificar discretamente a otros hombres homosexuales.
- Gayle — argot utilizado por hombres homosexuales hablantes de inglés y afrikáans en Sudáfrica.
- IsiNgqumo — argot utilizado por hombres homosexuales hablantes de lenguas bantúes en Sudáfrica y Zimbabue.
- Lóxoro — argot utilizado por mujeres transgénero y hombres homosexuales en Perú.
- Lubunca — argot secreto utilizado por trabajadoras sexuales y la comunidad LGBT en Turquía.
- Polari — argot histórico de los hombres homosexuales en el Reino Unido.
- Swardspeak — argot derivado del taglish utilizado por la comunidad LGBT en Filipinas.