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Grecia helenística

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La Grecia helenística se refiere al período histórico de la Antigua Grecia durante el Período helenístico, es decir, el posterior a la Grecia clásica y comprendido entre la muerte de Alejandro Magno en el 323 a. C. y la anexión de los territorios centrales de la Liga Aquea a manos de la República Romana.[1] Este período culminó en la batalla de Corinto en el 146 a. C., una aplastante victoria romana en el Peloponeso que llevó a la destrucción de Corinto y marcó el inicio del período de la Grecia romana. El final definitivo de la Grecia helenística se produjo con la batalla de Accio en el 31 a. C., cuando Octaviano derrotó a la reina ptolemaica Cleopatra VII y a Marco Antonio, capturando Alejandría, el último gran centro de la Grecia helenística, el año siguiente.[2]

Mapa de la Grecia helenística en el año 200 a. C., con el Reino de Macedonia (en naranja) bajo el dominio de Filipo V ( r. 221–179  a. C.), estados dependientes macedonios (amarillo oscuro), el Imperio seléucida (amarillo brillante), protectorados romanos (verde oscuro), el Reino de Pérgamo (verde claro), estados independientes (púrpura claro) y posesiones del Imperio ptolemaico (púrpura violeta)

El llamado período helenístico comenzó con las guerras de los Diádocos, conflictos armados entre los antiguos generales de Alejandro Magno para repartirse su imperio en Europa, Asia y el norte de África. En tales guerras, que se prolongaron hasta el 275 a. C., tuvo lugar la caída de las dinastías argéada y antipátrida de Macedonia en favor de la dinastía antigónida. La era estuvo marcada asimismo por sucesivas guerras entre el reino de Macedonia, el de Epiro, la Liga Etolia, la Liga Aquea, Esparta, Rodas, el reino de Pérgamo y los imperios seléucida y ptolemaico.

Durante el reinado de Filipo V de Macedonia (221-179 a. C.), los macedonios no solo perdieron la guerra cretense (205-200 a. C.) ante una alianza liderada por Rodas, sino que su antigua alianza con Aníbal de Cartago también los involucró en la primera y segunda guerra macedónica contra la antigua Roma. La aparente debilidad de Macedonia tras estos conflictos impulsó a Antíoco III el Grande del Imperio seléucida a invadir la Grecia continental, pero sus derrotas a manos de los romanos en las Termópilas en 191 a. C. y en Magnesia en 190 a. C. consolidaron la posición de Roma como la principal potencia militar de la región. Aproximadamente dos décadas después de conquistar Macedonia en 168 a. C. y Epiro en 167 a. C., los romanos llegarían a controlar Grecia entera.

Durante el período helenístico, la importancia de la Grecia misma dentro del mundo de habla griega decayó drásticamente. Alejandría (en Egipto) y Antioquía (al sur de Anatolia), capitales de los reinos ptolemaico y seléucida, respectivamente, se convirtieron en los grandes centros de cultura helenística. Ciudades como Pérgamo y Éfeso, en Anatolia, Rodas (en el dodecaneso) o Seleucia (en Mesopotamia) fueron también importantes, y la creciente urbanización del Mediterráneo oriental fue característica de la época.

Macedonia y otros reinos helenísticos

Moneda que representa a Casandro, primer líder post-argéada de la Grecia helenística y fundador de Tesalónica.

Hacia el final del periodo clásico, alrededor del año 360 a. C., las ciudades-estado griegas se encontraban debilitadas y desorganizadas tras dos siglos de guerras. Primero, los atenienses habían luchado contra los persas; luego, los espartanos combatieron a los atenienses durante la guerra del Peloponeso y, posteriormente, los espartanos y los atenienses se enfrentaron entre sí, así como contra los tebanos y los persas. Toda esta conflictividad facilitó el ascenso al poder de otra ciudad-estado —hasta entonces poco destacada: Macedonia, bajo el enérgico gobierno del rey Filipo II. En 338 a. C. los ejércitos de Filipo II derrotaron a las otras ciudades griegas en la batalla de Queronea. Con esto, Filipo trajo la paz a una Grecia asolada por la guerra, y el reino de Filipo —considerablemente expandido—, su poderoso ejército y sus abundantes recursos lo convirtieron entonces en el líder de facto de Grecia. El objetivo final de Filipo era conquistar Persia y apoderarse de las tierras y riquezas del imperio, pero fue asesinado por su guardaespaldas Pausanias en el 336 a. C., durante la boda de su hija, antes de poder disfrutar del botín de sus victorias. Su hijo Alejandro, conocido en la historia como «Alejandro Magno», aprovechó la oportunidad para hacerse cargo del proyecto imperial de su padre. El nuevo rey macedonio condujo a sus tropas a través del Helesponto hacia Asia. Desde allí, Alejandro y sus ejércitos continuaron su avance, conquistando vastas extensiones de Asia Occidental y Egipto, y se adentraron hasta el valle del Indo.

Las expediciones de Alejandro Magno tuvieron diversas consecuencias para las ciudades-estado griegas.[3] En primer lugar, ampliaron enormemente los horizontes de los griegos, haciendo que los interminables conflictos entre ciudades que habían caracterizado los siglos V y IV a. C. parecieran mínimos e insignificantes en comparación.[3] Asimismo, provocaron una emigración constante, sobre todo de jóvenes ambiciosos, hacia los nuevos imperios griegos en el oriente. Muchos griegos emigraron a Alejandría, Antioquía y las numerosas ciudades helenísticas fundadas tras el paso de Alejandro, llegando a lugares tan lejanos incluso como lo que hoy día son Afganistán o Pakistán, donde los reinos grecobactriano e indogriego perduraron hasta finales del siglo I a. C.[4][5][6][7]

La derrota de las ciudades-estado griegas a manos de Filipo y su hijo Alejandro les enseñó también que jamás podrían volver a ser potencias por derecho propio, y que la hegemonía de Macedonia y sus estados sucesores no podría ser desafiada a menos que las ciudades-estado se unieran, o al menos se federaran. Los griegos valoraban demasiado su independencia local como para considerar una unificación real, si bien hicieron varios intentos por formar federaciones a través de las cuales pudieran aspirar a reafirmar su independencia.

Tras la muerte de Alejandro, estalló una lucha por el poder entre sus generales, que resultó en la desintegración de su imperio y el establecimiento de varios reinos nuevos.[8][9] Macedonia quedó en manos de Casandro, hijo de Antípatro, el principal general de Alejandro, quien, tras varios años de guerra, se hizo con el control de la mayor parte del resto de Grecia. Casandro fundó una nueva capital macedonia en Tesalónica y, en términos generales, fue un gobernante constructivo.

El poder de Casandro se vio desafiado por Antígono, gobernante de Anatolia, quien prometió a las ciudades griegas que restauraría su libertad si lo apoyaban. Esto provocó revueltas exitosas contra los gobernadores locales de Casandro. En el 307 a. C., Demetrio, hijo de Antígono, conquistó Atenas y restauró su sistema democrático, que había sido suprimido por Alejandro Magno. No obstante, en el 301 a. C., una coalición que incluyó a Casandro y otros reyes helenísticos derrotó a Antígono en la batalla de Ipsos, poniendo fin a su desafío.[10]

Bajorrelieve de la puerta de una tumba griega helenística, Museo de la Ciudad de Leeds.

Tras la muerte de Casandro en el 298 a. C., Demetrio se hizo con el trono macedonio y ganó control sobre la mayor parte de Grecia. Fue luego derrotado por una segunda coalición de gobernantes griegos en el 285 a. C., y el dominio de Grecia quedó en manos del rey Lisímaco de Tracia. Este, a su vez, fue derrotado y asesinado en el 280 a. C., y el trono macedonio pasó entonces al hijo de Demetrio, Antígono II Gónatas, quien también derrotó una invasión de territorios griegos por parte de los galos, que para entonces habitaban los Balcanes. La batalla contra los galos unió a los antigónidas de Macedonia y a los seléucidas de Asia, una alianza que también se dirigió contra la potencia helenística más rica, los Ptolomeos de Egipto. Se sabe que el rey epirota Pirro convirtió a su reino en un poderoso estado dentro del mundo helenístico (entre el 297 y el 272 a. C.), comparable a Macedonia y la Antigua Roma. Los ejércitos de Pirro también intentaron un ataque contra el estado de la Antigua Roma durante una fallida campaña en lo que actualmente es Italia, entre el 280 y el 275 a. C. Pirro murió en el 272 a. C., dejando a la Macedonia de Antígono II como la potencia más fuerte de Grecia.

Antígono II gobernó hasta su muerte en el 239 a. C., y su familia conservó el trono macedonio hasta que este fue abolido por los romanos en el 146 a. C. Sin embargo, su control sobre las ciudades-estado griegas fue intermitente, ya que otros gobernantes, en particular los Ptolomeos, financiaron a grupos antimacedonios en Grecia para debilitar el poder de los Antigónidas. Antígono estableció una guarnición en Corinto, el centro estratégico de Grecia, pero Rodas, Pérgamo, la Liga Aquea, la Liga Etolia y otros estados griegos mantuvieron una independencia sustancial. Esparta también permaneció independiente y, en general, se negó a unirse a liga alguna.

En el 267 a. C., Ptolomeo II persuadió a las ciudades griegas para que se rebelaran contra Antígono, en lo que se conoció como la guerra de Cremónides, en honor al líder ateniense Cremónidas.[11] Las ciudades fueron derrotadas y Atenas perdió su independencia y sus instituciones democráticas. La Liga Etolia quedó restringida al Peloponeso, pero al poder obtener el control de Tebas en el 245 a. C. se convirtió en aliada de Macedonia. Esto marcó el fin de Atenas como actor político, si bien siguió siendo la ciudad más grande, rica y culta de Grecia. En el 255 a. C., Antígono derrotó a la flota ptolemaica en Cos y sometió también a su dominio las islas del Egeo, con excepción de Rodas.

Ciudades-estado y ligas

Detalle de un panel de mosaico helenístico que muestra una cotorra alejandrina, procedente de la acrópolis de Pérgamo (cerca de la actual Bergama, Turquía), datado a mediados del siglo II a. C. (durante los reinados de Eumenes II y Átalo II de Pérgamo).

A pesar de su reducido poder político y autonomía, la ciudad-estado griega o polis continuó siendo la forma básica de organización política y social en Grecia. Ciudades-estado clásicas como Atenas o Éfeso crecieron e incluso prosperaron durante este período. Si bien las guerras entre ciudades griegas persistieron, las ciudades respondieron a la amenaza de los estados helenísticos post-alejandrinos mediante pactos o aliándose con un estado helenístico fuerte que pudiera defenderlas, convirtiéndolas así en asilos o blindándolas de ataques de otras ciudades.

Los etolios y los aqueos desarrollaron fuertes estados federales o ligas (koinón), gobernadas por consejos de representantes de las ciudades y asambleas de ciudadanos de la liga. Inicialmente ligas étnicas, estas ligas comenzaron más tarde a incluir ciudades fuera de sus regiones tradicionales. La Liga Aquea llegó a incluir todo el Peloponeso excepto Esparta, mientras que la Liga Etolia se expandió hasta Fócida. Durante el siglo III a. C., estas ligas lograron defenderse de Macedonia y la Liga Etolia derrotó una invasión celta de Grecia en Delfos.

Tras la muerte de Alejandro, Atenas fue derrotada por Antípatro en la Guerra lamiaca y su puerto en el Pireo albergó una guarnición macedonia.[12] Para contrarrestar el poder de Macedonia bajo Casandro, Atenas buscó alianzas con otros gobernantes helenísticos como Antígono I Monóftalmos, y en el 307 a. C., Antígono envió a su hijo Demetrio a conquistar la ciudad. Después de que Demetrio capturara Macedonia, Atenas se alió con el Egipto ptolemaico en un intento por obtener su independencia de Demetrio, y con tropas ptolemaicas lograron rebelarse y derrotar a Macedonia en el 287 a. C., aunque el Pireo permaneció guarnecido. Atenas libró más guerras infructuosas contra Macedonia con ayuda ptolemaica, como la Guerra de Cremónides. El reino ptolemaico se convirtió entonces en el principal aliado de la ciudad, apoyándola con tropas, dinero y material en múltiples conflictos. Atenas recompensó al Reino ptolemaico en el 224/223 a. C. nombrando a la decimotercera tribu «ptolemaica» y estableciendo un culto religioso llamado la Ptolemaía. La Atenas helenística también presenció el auge de la Nueva Comedia y de escuelas filosóficas helenísticas como el estoicismo o el epicureísmo. Para comienzos del nuevo siglo, los atálidas de Pérgamo se convirtieron en mecenas y protectores de Atenas a medida que el imperio ptolemaico se debilitaba. Posteriormente, Atenas también establecería un culto al rey de Pérgamo, Átalo I.

Filipo V

Filipo V, «el querido de la Hélade», luciendo la diadema real.

Antígono II murió en el 239 a. C. Su muerte provocó otra revuelta de las ciudades-estado de la Liga Aquea, cuya figura dominante era Arato de Sición. El hijo de Antígono, Demetrio II, murió en el 229 a. C., dejando como rey a un niño (Filipo V), con el general Antígono Dosón como regente. Los aqueos, aunque nominalmente sometidos a Ptolomeo, eran en la práctica independientes y controlaban la mayor parte del sur de Grecia. Atenas se mantuvo al margen de este conflicto por consenso.

Esparta se mantuvo hostil hacia los aqueos, y en el 227 a. C., el rey espartano Cleómenes III invadió Acaya y tomó el control de la Liga. Arato prefirió la lejana Macedonia a la cercana Esparta y se alió con Dosón, quien en el 222 a. C. derrotó a los espartanos y anexó su ciudad; fue la primera vez que Esparta fue ocupada por una potencia extranjera.

Filipo V, quien ascendió al poder tras la muerte de Dosón en el 221 a. C., fue el último gobernante macedonio con el talento y la oportunidad de unificar Grecia y preservar su independencia frente a la creciente influencia de Roma. Era conocido como «el querido de la Hélade» (en griego antiguo: ἐρώμενος τῶν Ἑλλήνων, romanizado: erómenos ton Ellénon). Bajo su mandato, la Paz de Naupacto (217 a. C.) puso fin al conflicto entre Macedonia y las ligas griegas, y en ese momento controlaba toda Grecia, excepto Atenas, Rodas y Pérgamo.

En el año 215 a. C., Filipo se alió con Cartago, enemiga de Roma, lo que la involucró directamente en los asuntos griegos por primera vez. Roma rápidamente atrajo a las ciudades aqueas, alejándolas de su lealtad nominal a Filipo, y formó alianzas con Rodas y Pérgamo, ahora la potencia más fuerte de Asia Menor. La primera guerra macedónica estalló en el 212 a. C. y terminó sin un vencedor claro en el 205 a. C., pero Macedonia quedó marcada como enemiga de Roma. Rodas, aliada de Roma, obtuvo el control de las islas del Egeo.

En el año 202 a. C., Roma derrotó a Cartago y pudo centrar su atención en Oriente, impulsada por sus aliados griegos, Rodas y Pérgamo. En el año 198 a. C., estalló la segunda guerra macedónica por razones desconocidas, pero muy probablemente porque Roma veía a Macedonia como un potencial aliado de los seléucidas, la mayor potencia de Oriente. Los aliados de Filipo en Grecia lo abandonaron y en el año 197 a. C. fue derrotado decisivamente en las Cinoscéfalas por el procónsul romano Tito Quincio Flaminino.

Por suerte para los griegos, Flaminino era un hombre moderado y admirador de la cultura griega. Filipo tuvo que entregar su flota y convertirse en aliado de Roma, pero por lo demás siguió con vida y en libertad. En los Juegos Ístmicos del 196 a. C., Flaminino declaró libres a todas las ciudades griegas, si bien se establecieron guarniciones romanas en Corinto y Calcis. Sin embargo, la libertad prometida por Roma era una ilusión, y todas las ciudades, excepto Rodas, se unieron a una nueva Liga que Roma acabó controlando, y las democracias fueron sustituidas por regímenes aristocráticos aliados de Roma.

El auge de Roma

Un tetradracma de Antíoco III el Grande (r. 222–187 a. C.), acuñado después del 197 a. C. en Mesopotamia, una región del Imperio seléucida.

En el año 192 a. C., estalló la guerra entre Roma y el gobernante seléucida Antíoco III. Antíoco invadió Grecia con un ejército de 10 000 hombres y fue elegido comandante en jefe de los etolios. Si bien algunas ciudades griegas consideraron a Antíoco su salvador del dominio romano, Macedonia se alió con Roma. En el año 191 a. C., los romanos, bajo el mando de Manio Acilio Glabrión, lo derrotaron en las Termópilas y lo obligaron a retirarse a Asia. Durante esta guerra, tropas romanas entraron en Asia por primera vez, donde volvieron a derrotar a Antíoco en Magnesia del Sípilo (190 a. C.). Grecia se encontró a partir de entonces en el medio de la ruta de comunicación de Roma con Oriente, y los soldados romanos se convirtieron en una presencia permanente. La Paz de Apamea (188 a. C.) dejó a Roma en una posición dominante en toda Grecia.

Durante los años siguientes, Roma se vio cada vez más involucrada en la política griega, ya que la parte perdedora en cualquier disputa recurría a Roma en busca de ayuda. Macedonia seguía siendo independiente, aunque nominalmente aliada de Roma. Cuando Filipo V murió en el 179 a. C., le sucedió su hijo Perseo, quien, como todos los reyes macedonios, soñaba con unir a los griegos bajo el dominio de Macedonia. Macedonia era ahora demasiado débil para lograr tal objetivo, pero Eumenes II de Pérgamo, aliado de Roma, convenció a los romanos de que Perseo representaba una amenaza potencial para su posición.

Fin de la independencia griega

Mosaico griego helenístico que representa al dios Dioniso como un demon alado montado sobre un tigre, procedente de la Casa de Dioniso en Delos, en la región del Egeo meridional de Grecia, finales del siglo II a. C., Museo Arqueológico de Delos.

Como resultado de las intrigas de Eumenes, Roma declaró la guerra a Macedonia en el 171 a. C., enviando 100 000 soldados a Grecia. Macedonia no pudo hacer frente a este ejército, y Perseo no logró reunir a los demás estados griegos en su ayuda. La mala estrategia militar de los romanos le permitió resistir durante tres años, pero en el 168 a. C., los romanos enviaron a Lucio Emilio Paulo a Grecia, y en Pidna los macedonios sufrieron una aplastante derrota. Perseo fue capturado y llevado a Roma, el reino macedonio se dividió en cuatro estados más pequeños, y todas las ciudades griegas que lo habían apoyado, incluso de palabra, fueron castigadas. Incluso Rodas y Pérgamo, aliadas de Roma, perdieron de facto su independencia.

Bajo el liderazgo de un aventurero llamado Andrisco, Macedonia se rebeló contra el dominio romano en el 149 a. C. Como resultado, fue anexionada directamente al año siguiente y se convirtió en provincia romana, siendo el primer estado griego en sufrir este destino. Roma exigió entonces la disolución de la Liga Aquea, último bastión de la independencia griega. Los aqueos se negaron y, sintiendo que bien podían morir luchando, declararon la guerra a Roma. Muchas ciudades griegas se unieron a los aqueos, e incluso se liberó a esclavos para que lucharan por la independencia griega. El cónsul romano Lucio Mumio avanzó desde Macedonia y derrotó a los griegos en Corinto, que fue arrasada.

En el año 146 a. C., la península griega, aunque no las islas, se convirtió en protectorado romano. Se impusieron impuestos romanos, excepto en Atenas y Esparta, y todas las ciudades tuvieron que aceptar el dominio de los aliados locales de Roma. En el año 133 a. C., murió Átalo III, el último rey de Pérgamo y legó su reino a Roma: esto puso a la mayor parte de la península del Egeo bajo dominio romano directo como parte de la provincia de Asia.

Soldados macedonio-ptolemaicos del reino ptolemaico, 100 a. C., detalle del mosaico del Nilo de Palestrina .

La caída definitiva de Grecia se produjo en el año 88 a. C., cuando el rey Mitrídates VI del Ponto se rebeló contra Roma y masacró a cerca de 100 000 romanos y aliados romanos en Asia Menor. Algunas ciudades griegas, entre las que destaca Atenas, derrocaron a sus gobernantes títeres romanos y se unieron a él. Cuando el general romano Lucio Cornelio Sila lo expulsó de Grecia, la venganza romana recayó sobre las ciudades griegas aliadas. Mitrídates fue finalmente derrotado por Gneo Pompeyo Magno (Pompeyo el Grande) en el año 65 a. C.

Las guerras civiles romanas, que se libraron en parte en territorio griego, causaron aún más estragos en Grecia. Finalmente, en el año 27 a. C., Augusto anexionó directamente Grecia al nuevo Imperio romano como la provincia de Acaya. Los conflictos con Roma habían dejado algunas zonas de Grecia despobladas y desmoralizadas. Sin embargo, el dominio romano al menos puso fin a las guerras, y ciudades como Atenas, Corinto, Tesalónica y Patras pronto recuperaron su prosperidad.

Véase también

Referencias

Lecturas adicionales

Enlaces externos

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