Filosofía en el Perú

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En el Perú, la filosofía se desarrolló desde la etapa virreinal hasta la actualidad, aunque se discute su desenvolvimiento durante la etapa prehispánica.

Etapa prehispánica

No se tiene documentos escritos por los mismos pueblos pre-incas e incas que reflejen algún tipo de pensamiento filosófico, solo se poseen referencias que datan a los años posteriores a la conquista del Imperio Inca, siendo estos procedentes de cronistas españoles o mestizos. Al teorizar sobre esta fase, se debate la presencia o no de la filosofía en la estructura del pensamiento inca. Al respecto existen las siguientes tesis:[1][2]

  • Tesis negativa: No existió filosofía. Según los defensores de esta tesis, hubo una cosmovisión que no se deslindó de las creencias y explicaciones mítico-religiosas. Entre los que defienden esta tesis están Augusto Salazar-Bondy, Francisco Miró-Quesada, José Carlos Mariátegui, María Rivara de Tuesta, Mario Mejía Huamán y David Sobrevilla. Para Salazar-Bondy, «no existen fuentes escritas originales para la investigación» y las investigaciones que se han realizado sobre los documentos de los cronistas que se tienen «no [se] ha llegado a distinguir con criterio seguro… lo que es original de lo que es interpretación occidentalizadora y… los contenidos mítico-religiosos de los propiamente racionales». Mejía, por su parte, sostiene que, aunque existiesen conceptos filosóficos entre los incas, «la filosofía es todo un discurso racional y no la aglutinación de categorías o proposiciones sueltas. Como enseña Aristóteles, los conceptos y las palabras sueltas no son proposiciones, menos juicios». De esta forma, los defensores de esta tesis sostienen que, en el caso de, los incas no llegaron a pasar hacia el logos, a pesar de haber tenido conceptos filosóficos tempranos.
  • Tesis afirmativa: Si existió filosofía.  Los defensores de esta tesis sostienen que la existencia de una cosmovisión inca es equivalente a la existencia de una filosofía, además, se argumenta que dicha filosofía tuvo un carácter materialista, con un sistema racional de pensamiento y con una estructura secuencial y dialéctica del conocimiento. Se suele derivar esta posición de las investigaciones que el mexicano Miguel León Portilla hizo sobre el pensamiento náhuatl. Sobre la posible filosofía de los incas, se argumenta que ésta concibe al hombre como un ser más de todo lo existente. Entre los defensores de esta tesis están el Inca Garcilaso de la Vega, Felipe Guamán Poma de Ayala, Humberto Vidal Unda, Víctor Díaz Guzmán, Víctor Mazzi Huaycucho y Juvenal Pacheco Farfán. Para Mazzi, la filosofía inca no era una filosofía como es entendida en Occidente y que en ésta se coloca al hombre en igualdad con su entorno cosmogónico, como un miembro más de su existencia. Pacheco, por su parte, sostiene que «la filosofía, como elemento cultural, se origina desde el momento en que el hombre alcanza dos categorías universales: ser social y ser racional», lo que habrían alcanzado los incas. Recientemente se le ha dado un «giro intercultural» a esta tesis, siendo encabezada por el suizo Josef Estermann.

Etapa virreinal

Los estudios sobre la filosofía, como propio de las circunstancias vividas, en el virreinato peruano ha sido poco estudiada, siendo escasa las investigaciones y los estudiosos al respecto por lo que se presupone una idea de dicha etapa como una época de inferioridad filosófica al tratar a los filósofos del virreinato peruano como cajas de resonancia del pensamiento europeo. A esto se suma la poca formación en la tradición clásica y el latín, lo que impide que se acceda a las fuentes, y el deterioro de los archivos en bibliotecas y colecciones de difícil acceso.[3]

Tras el encuentro entre ambos mundos en 1492, se originaron debates sobre la humanidad del indígena americano, el derecho del naciente Imperio Español al dominio de dichos territorios y la guerra justa.[4] En 1511, a través de un sermón dado por Antonio de Montesinos, donde denunció las condiciones en las que eran sometidos los indígenas de la isla de La Española y sus fórmulas fueron de tipo tomista y dominico, se originaron las Leyes de Burgos.[5][6] Posteriormente, tras las denuncias de Bartolomé de las Casas y por sustento de Francisco de Vitoria, se expidió las llamadas Leyes Nuevas en 1542 (lo que originó en Perú la Rebelión de los Encomenderos).[7][8] De Vitoria, además, sería fundamental para el desarrollo del concepto del «ius gentium» y fue uno de los fundadores de la llamada Escuela de Salamanca, de enfoque tomista.[9][10] Para 1550, fue convocada la Junta de Valladolid, en la que se definiría cómo se iba a proceder con respecto a la conquista y la población de las tierras americanas. En este debate fueron presentadas dos posturas: la de Juan Ginés de Sepúlveda, que defendió el uso de la guerra justa y el sometimiento al tutelaje de los indígenas por considerarlos incapaces de gobernarse a sí mismos, y la de De las Casas, que defendió la racionalidad de los indígenas sustentándose en el logro de sus civilizaciones y se sustentó en la argumentación de los «títulos injustos» y los «justos títulos» de De Vitoria.[11] Siendo tanto Ginés como De las Casas aristotélicos, aunque Ginés era también anti-erasmista y De las Casas daba prevalencia al Evangelio, el debate estuvo marcado por el uso de la obra de Aristóteles en ambas partes.[11][12] El resultado de los debates fue el llamado Derecho Indiano.[13]

La filosofía virreinal peruana, propiamente dicha, surge, a diferencia de la filosofía clásica y medieval, como una cuestión lógico-lingüística a partir de la experiencia de la evangelización, en especial tras el Tercer Concilio de Lima de 1582 (que supuso la elaboración de diccionarios y catecismos para el entendimiento de la doctrina cristiana), lo que llevó a la necesidad de contar con un lenguaje capaz de traducir y hacer entender el mensaje evangelizador en las mentes de las poblaciones autóctonas con patrones lógicos distintos a los evangelizadores. A ello se sumó la creación de universidades como la Universidad San Marcos (que tomó como modelo la Universidad de Salamanca) y los studia o colegios religiosos (que se inspiraron en las escuelas medievales), en las cuales se desarrollaron propuestas originales independientes que tomaron como base el tomismo, el escotismo y el nominalismo, que fueron las doctrinas más importantes dentro de la escolástica.[3][14] Y aunque la escolástica fue dominante, existieron otras corrientes como el neoplatonismo o el pensamiento místico (teniendo adherentes el quietismo de Miguel de Molinos). La influencia de Platón se vio reflejada en obras de Clarinda (Discurso en loor de la poesía) y Diego Dávalos y Figueroa (Definición de amor). Otra figura importante fue el Inca Garcilaso de la Vega, quien tradujo la obra platónica Diálogos de Amor de León Hebreo.[15] Entre los místicos más representativos del Perú estuvieron Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres y San Juan Macías. En el campo especulativo destacó la figura del místico Antonio Ruiz de Montoya y su obra El sílex del amor divino, elaborado a pedido de su amigo Francisco de Castillo, quien quería un mejor método para poder orar.

Escolástica

Las órdenes religiosas en el Perú difundieron el pensamiento y doctrina de sus más renombrados representantes. De esta forma, los dominicos estudiaron y difundieron el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, al igual que los mercedarios, quienes eran adeptos a la filosofía aristotélica y tomista; los franciscanos, por su parte, difundieron las ideas de Juan Duns Scoto; y los jesuitas, las de Francisco Suárez.[14][16] Además hubo presencia de religiosos de la orden agustiniana. Los agustinianos, quienes se oponían de forma general a la recepción de Aristóteles dentro de la escolástica, optaron por adherirse a la doctrina de San Agustín de Hipona, quien era platónico.[17][18]

Entre los más destacados representantes de los agustinos escolásticos está Luis López de Solís. Otros agustinos relevantes en dicha época están Francisco de Saona (catedrático de vísperas en la Universidad de San Marcos), Pedro de Avellaneda, Nicolás de Santa María (siendo estos dos últimos expositores de la doctrina, además de San Agustín, de San Juan Crisóstomo), Fernando de Valverde (que escribió el libro De Trinitate) y el cronista Antonio de la Calancha. Para 1692, los agustinos recibieron tres cátedras en la San Marcos: prima y vísperas de dogmas de San Agustín y una del Maestro de las Sentencias.[17]

Por su parte, entre los dominicos, estuvieron Juan Solano (alumno de De Vitoria). En 1637, los dominicos obtuvieron la cátedra de prima de teología moral en la San Marcos; para 1643, la cátedra de prima de teología y para 1695, la de filosofía, que fue dada a Jorge Carrasco. Las cátedras se distinguieron por la explicación de las doctrinas de Santo Tomás de Aquino teniendo como exponentes a Rafael de Segura, Juan de Lorenzana, Cipriano de Medina, Luis de Bilbao, Cristóbal Narváez, Salvador Rivera y Francisco de Huerta. Los mercedarios, mientras tanto, tuvieron como representantes a Nicolás de Ovalle (discípulo del filósofo Francisco Zumel), Juan García (que se inspiró en las obras de Gerónimo Pérez, fraile mercedario que escribió sobre Aristóteles e imprimió un tratado sobre Santo Tomás de Aquino) y Francisco de la Cruz (que escribió el libro Propositio Theologica).[19]

Con respecto a los franciscanos, están Jerónimo de Valera (quien escribió el primer libro de filosofía escrito por un criollo en el año 1610, siendo su título Commentarii ac quaestiones in universam Aristotelis ac Subtilis Doctoris Ihoannis Duns Scoti logicam), Alonso Briceño (que escribió el libro Celebrioris ele vita et doctrina Joannis Dunsii Scoti, donde comunica a la «haecceitas» un tono existencialista), Juan del Campo (introductor del escotismo al Perú), Lucas de Cuenca, Benito Huertas (siendo los dos últimos cercanos a la mística de San Buenaventura de Bagnoregio) y Diego de Córdova y Salinas (que escribió el libro Crónica de la religiosísima provincia de los doce apóstoles).[14][20]

Al respecto de los jesuitas, se destacaron Juan Perlín (discípulo de Francisco Suárez), José de Acosta (filósofo e investigador científico, entre su obra filosófica escribió Tractatus aliquot de Theologia et de Sacra Scriptura), Esteban de Ávila (escribió De Censuris eclesiasticis), Juan Pérez de Menacho (erudito del tomismo y autor de diversos e importantes tratados, aunque algunas de sus obras se encuentran perdidas), Alonso de Peñafiel (escribió Cursus Philosophicus en cuatro tomos. Algunas de sus obras fueron destruidas por los chilenos en la guerra del Pacífico. Fue el introductor del nominalismo en su versión conceptualista, además, se anticipó a Immanuel Kant en plantear la finitud del conocimiento, la escisión dual del sujeto-objeto y de fenómeno-cosa en sí), Leonardo de Peñafiel (autor de diversas obras entre ellas Disputationum theologicarum y Comentarii in Aristótelis methaphysicam), Diego de Avendaño (autor de Problemata Theológica y Thesaurus Indicas, en esta última defiende los derechos de los indígenas y condena la esclavitud de los negros), Cristóbal de Cuba y Arce (autor de Panegyris cum adesset thesibas universae theologiae), Ignacio de las Roelas, José de Buendía y Martín de Jáuregui (autor de un Tratado de Teología en tres volúmenes que se encuentra perdido). Además, otros jesuitas se encuentran Nicolás de Olea (introductor del cartesianismo al Perú. En sus obras se rompe con el tomismo y el aristotelismo y se acerca, al inicio, de forma tímida a René Descartes y Roger Bacon, para después aproximarse de manera más definida. Fue el primer autor peruano que usa como referencias a Giordano Bruno, Tommaso Campanella y Tycho Brahe) y José de Aguilar (autor de diversas obras y aunque era escolástico ortodoxo mantiene cercanía con filósofos modernos).[21][22]

Crisis de la escolástica y el probabilismo

Ante los «modernos», surge la figura de Juan de Espinosa Medrano, conocido como «El Lunarejo» y de tendencia culterana. Escritor de diversos libros, en su obra Philosophia Thomistica seu Cursus Philosophicus, De Espinosa establece que su deseo es defender a «Platón, Aristóteles, Porfirio, Santo Tomás, Cayetano, y otros antiguos vanguardistas de las ciencias... de la envidia de los celosos y de las picaduras de los modernos», entendiéndose como «modernos» a los jesuitas críticos de Aristóteles. La tesis de De Espinosa partiría de una defensa radical del aristotelismo mediante la teoría platónica de las ideas. Otras obras del autor fueron Apologético en favor de Don Luis de Góngora y La novena maravilla.[23][24][25][26] Otro fue Pedro de Medrano.[27]

Conforme el siglo XVIII iba avanzando, aumentaban las críticas a la escolástica. Ante ello, se impuso una doctrina llamada como probabilismo (surgida a fines del siglo XVI), cuyos partidarios fueron principalmente los jesuitas.[28] El probabilismo no afirmaba una verdad absoluta sino que negaba su posibilidad teniendo el sujeto una cuota de relativismo al no tener un conocimiento pleno de la verdad. Para la Iglesia, el probabilismo (condenado mediante Decreto del Santo Oficio de 1679, Errores varios sobre la material moral (II)) se manifestaba como la base teórica para una moral laxa surgida en contraposición de las posiciones más rigurosas que también habían sido condenadas. Además, al buscar un punto de vista político alternativo, se sostuvo que la soberanía política residía en el pueblo y, desde lo teológico, el verdadero poder estaba en el Papa, por lo que se buscó reducir el poder de los reyes ya que garantizaba el poder espiritual de la Iglesia. Los jesuitas, en dicha etapa, empezaron a alentar las tesis probabilistas para limitar el poder proveniente de la metrópoli. En el Perú, la influencia de las ideas probabilísticas influyó en pensadores como José Eusebio de Llano Zapata, Pedro Bravo de Lagunas y Victorino Gonzales Montero y del Águila, quienes no eran religiosos sino personas vinculadas a la reflexión política y científica.[23][24]

Ilustración peruana

Para el siglo XVIII, paralelamente a la decadencia de la escolástica, las ideas de la Ilustración llegan al Perú aunque con un tono más ecléctico y piadoso similar a la corriente española, la denominada «Ilustración cristiana», que lo diferenciaba de la corriente irreligiosa francesa, siendo inspirados en los escritos de Benito Jerónimo Feijoo y Gaspar Melchor de Jovellanos. La «Ilustración cristiana» en el Perú fue difundida por Toribio Rodríguez de Mendoza en el Real Convictorio de San Carlos (donde estudiaron Francisco Xavier de Luna Pizarro, Francisco de Paula González Vigil y Mariano Melgar), en las sesiones de la Sociedad Amantes del País que era presidida por José Baquíjano y Carrillo y en el periódico Mercurio Peruano que era dirigida por Hipólito Unanue, además de tener como representante a José Ignacio Moreno.[29][30] Los ilustrados peruanos promovieron las reformas borbónicas, defendían la idea de las iglesias nacionales, privilegiaron los estudios de ciencia, arte y filosofía y buscaron las raíces de la nacionalidad en el pasado incaico para construir un pasado propio, teniendo esto último como base la edición realizada por Andrés González de Barcia de los Comentarios Reales de los Incas del Inca Garcilaso de la Vega (siendo dicha edición considerada por Túpac Amaru II como un libro de consulta permanente y poseído por otros curacas).[30][31] Además de Rodríguez de Mendoza, Baquíjano y Carrillo y Unanue, otros ilustrados fueron Pedro de Peralta y Barnuevo, Cosme Bueno, Isidoro Pérez de Celis, De Llano Zapata, Baltasar Martínez de Compañón, Pedro José Chávez de la Rosa, Manuel de Vidaurre y Vicente Morales Duárez.[29][30][27][32][33]

Mientras se difundían las ideas ilustradas, Juan José de Villarreal, desde la escolástica, publicó en el año 1759 un libro llamado De cómo es necesario sangrar en la pleuritide descendente.[27] Otros pensadores que se opusieron a la Ilustración fueron Blas Ostolaza y Pablo de Olavide, quien participó en la Revolución Francesa y terminó retornando al cristianismo.[29]

Etapa republicana

Post-independencia

Primer ciclo doctrinal

Con la independencia se originaron debates sobre la forma de gobierno del Perú, surgiendo facciones en torno a posiciones favorables tanto a la monarquía constitucional (defendida por José de San Martín, Bernardo de Monteagudo, Unanue, Moreno, Francisco Javier Moreno y Escandón y Francisco Xavier de Echagüe) como a la república (defendida por Mariano Tramarria, José Faustino Sánchez Carrión, Manuel Pérez de Tudela, Francisco Javier Mariátegui, Mariano José de Arce y Manuel Negrón). Este debate fue denominado por el historiador Jorge Basadre como «primer ciclo doctrinal».[34] En 1822, se establece la Sociedad Patriótica de Lima, por iniciativa de De Monteagudo, agrupando a republicanos, conservadores, liberales y monarquistas para discutir sobre diversas temáticas en torno al Perú y su estructura. Paralelamente, aparece La Abeja Republicana, dirigida por Tramarria, para impulsar el modelo republicano. Además, existieron realistas que se mantuvieron defensores del modelo de la Constitución de Cádiz así como tradicionalistas como Pío Tristán, José Manuel de Goyeneche o Sebastián de Goyeneche.[29][35] El debate terminó con la instauración del modelo republicano mediante la figura de José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete como primer presidente del Perú lo que hizo surgir el primer grupo conservador autodenominado como los «antiguos patriotas». Sin embargo, el proyecto de Riva Agüero llegó a su fin con la llegada de Simón Bolívar. Alrededor de la figura de Bolívar se agrupó un grupo de intelectuales y políticos que eran conocidos como los «vitalicios» siendo uno de los más destacados José María Pando, quien desarrolló el concepto de la «monarquía sin corona» y estableció un círculo de intelectuales, de diversas tendencias, denominado como la «Tertulia Pando».[29] Además de Pando, otro pensador que destacó en esta etapa fue Francisco Xavier de Luna Pizarro, quien era de tendencia liberal a diferencia de Pando que era conservador. Luna Pizarro estuvo influenciado por las ideas de John Locke, Montesquieu y Jean Jacques Rousseau.[36]

Segundo ciclo doctrinal

El «segundo ciclo doctrinal» surge en medio de la anarquía promovida por los caudillos militares. Esto llevó al surgimiento de la figura de Bartolomé Herrera, que mantuvo disputas doctrinales con los liberales Benito Lasso y Pedro Gálvez y entre el Colegio Guadalupe y San Carlos, este último dirigido por Herrera. De esta manera, en San Carlos se difundieron las ideas de la «soberanía de la inteligencia», el providencialismo y el clericalismo además de seguir a pensadores como François Guizot y Víctor Cousin mientras que en el Guadalupe se difundía las ideas de la «soberanía del pueblo», el laicismo y se seguía a Benjamín Constant.[37] Aunque no tuvo vínculo con la escolástica, Herrera, que desarrolló el concepto de la «soberanía de la inteligencia», tuvo como influencias a los eclécticos Cousin, Jules Simon, Théodore Simon Jouffroy y Jean-Philibert Damiron, estando dichos autores vinculados al restauracionismo francés y opuestos a Joseph de Maistre y Louis de Bonald. Otras influencias sobre Herrera fue Heinrich Ahrens, uno de los difusores del krausismo, y Jacques-Bénigne Bossuet.[38][39]

Primeras corrientes

Positivismo

Para Sebastián Salazar Bondy, David Sobrevilla, María Luisa Rivara de Tuesta y Augusto Castro, la filosofía peruana apareció tras la Guerra del Pacífico, configurando la primera generación de intelectuales aquellos que estaban influenciados por el positivismo. El positivismo se configuró como una forma de encontrar una salida al desastre ocasionado por las diversas guerras, en especial la del Pacífico, debido a sus postulados de orden, progreso e industrialización. La irrupción del positivismo data de la década de 1850, cuando dichas ideas llegan al Perú siendo la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) su principal difusora a partir de las tesis de Herbert Spencer y Auguste Comte. La primera mención del positivismo data de 1854 en un curso dictado por Sebastián Lorente en Ayacucho. Sin embargo, para Sebastián Salazar Bondy, es en 1855 que el positivismo entra realmente a través de Carlos Lisson. Los principales representantes del positivismo académico en el Perú fueron Javier Prado Ugarteche, Jorge Polar Vargas, Mariano Cornejo y Manuel Vicente Villarán mientras que fuera del ámbito universitario destacó Manuel Gonzáles Prada.[40] Una característica de los positivistas peruanos es que interpretaron las tesis del positivismo a través de otros autores, como el caso de Polar quien vinculó a Spencer con el cristianismo, Kant, William James y Benedetto Croce. Joaquín Capelo, por su parte, lo vinculó con Gottfried Leibniz, Mariano Cornejo con Wilhelm Wundt mientras que Gonzáles Prada estuvo influenciado por el anarquismo a través de Pierre-Joseph Proudhon, Mijaíl Bakunin, Ernst Renan y Piotr Kropotkin.[40][41]

Espiritualismo

El espiritualismo surge como oposición al positivismo, con influencias del francés Henri Bergson. Los espiritualistas reaccionaron contra el empirismo y lo que consideraban el reduccionismo cientificista de los positivistas desarrollando la tesis de la existencia de una intuición creadora no material, responsable de la libertad y la autonomía. El principal impulsor de esta corriente fue Alejandro Deustua en sus cátedras en la UNMSM. Según Salazar Bondy, el espiritualismo desplaza al positivismo para el año 1915. Junto a Deustua, el espiritualismo tiene como representantes a Mariano Iberico, Ricardo Dulanto, Humberto Borja García y Juan Francisco Elguera. Sumándose Polar, quien transitó del positivismo hacia el espiritualismo. Además, se considera a la Generación del 900 como espiritualista, siendo dicha generación conformada por Francisco García Calderón, José de la Riva Agüero y Osma y Víctor Andrés Belaunde al igual que a Felipe Barreda y Laos.[40][42]

Etapa nacional

Socialismo y movimientos sociales

Se desarrolla en parte como respuesta a la progresiva inserción de la influencia capitalista en el país, sobre todo de los Estados Unidos, sus abusos y la consecuente conflictividad social.

En este período trata de interpretarse el carácter de la realidad nacional, y la manera de solucionar sus problemas. Surgen así las siguientes corrientes:

  • Anarquismo peruano. Ligado al movimiento sindical. Interpreta al Perú como ligado a la lucha de los sindicatos contra la patronal. Promueve el Paro Nacional como método de lucha y cambio. Sus más conocidos representantes fueron Manuel y Delfín Lévano (padre e hijo).
  • Aprismo. Ligado a los sectores de clase media en el Perú. Interpreta al país como una nación feudal, necesitada del inversionista extranjero para desarrollarse de modo capitalista, y generar un empresariado nacional fuerte. Promueve el antiimperialismo nacionalista como método de lucha y cambio. El fundador de esta tendencia fue Víctor Raúl Haya de la Torre.
  • Marxismo-leninismo peruano. Ligado a los sectores proletarios urbanos. Interpreta al Perú como un país semifeudal y semivirreinal, necesitado de una organización fuerte del proletariado para «crear heroicamente» el socialismo en el Perú. Promueve la revolución democrático-nacional como método de lucha y cambio. El fundador de esta tendencia fue José Carlos Mariátegui.
  • Socialcristianismo peruano. Siendo su más conocido representante Víctor Andrés Belaunde. Se concibe al Perú como la combinación de lo indígena con lo hispánico,[43] siendo "no... el reflejo de la cultura hispánica" sino "una nueva creación, una nueva síntesis".[44]
  • En dicha época, surgió la obra de Pedro Zulen, quien estaba influenciado por el pragmatismo de William James, siendo inicialmente positivista. El pragmatismo también influenció a García Calderón, Prado y Vicente Villarán. Aunque Zulen escribió una obra criticando a Bergson, no ocultó su simpatía hacia la metafísica espiritualista. Posteriormente, Zulen, con la fundación de la Asociación Pro-Indígena, se adhirió al humanismo. De esa forma, en Zulen confluiría las ideas de Spencer, el pragmatismo y el interés social, estando influenciado por el idealismo, el pragmatismo, el empirismo y el racionalismo.[42]

Crítica del pensamiento académico en el Perú

Se establece, a partir de los años sesenta un cuestionamiento por la ligereza con la que los claustros universitarios venían procesando la realidad nacional. Se promueven maneras de integrar el trabajo académico al progreso del Perú.

El principal representante fue Augusto Salazar Bondy. Dicho autor cuestiona el carácter imitativo y carente de originalidad del pensamiento peruano y latinoamericano. La «falta de autentidad» se debe a la dominación económica y social a la que es sometido el pueblo peruano. Por otro lado, Francisco Miró Quesada Cantuarias, desde una óptica humanista, propone pautas para desarrollar el «proyecto del filosofar latinoamericano».

Proyectos de filosofía de la liberación

Recientemente se ha desarrollado la filosofía de la liberación, cuyo principal iniciador es, nuevamente, Augusto Salazar Bondy. Se trata que la filosofía genere condiciones para la derrota de la dependencia, y se inaugure una nueva etapa, de pensamiento libre y verdaderamente emancipado.

Nuevas tendencias

En constante polémica con la tendencia eurocéntrica (Rivara, David Sobrevilla) han cobrado vigencia en los últimos tiempos las investigaciones filosóficas sobre la Filosofía andina (Antero Peralta, Pacheco Farfán, Ladislao Cuéllar, Díaz Guzmán, Víctor Mazzi, Luis Alvizuri, Odilón Guillén). Gustavo Flores Quelopana ha postulado un pensamiento remitizante con dos propósitos: 1. explicar la existencia de la filosofía mitocrática no sólo en el filosofar precolombino sino en todo el filosofar ancestral no occidental, y 2. distinguir diacrónica y sincrónicamente las diversas visiones metafísicas por las que atravesó el hombre a lo largo de su historia (metafísica de visión, metafísica de la esencia, metafísica de la existencia, metafísica del percipi y la metafísica de lo virtual).

Otras corrientes recientes son el posmodernismo y hermenéutica política (Víctor Samuel Rivera), el comunitarismo de tendencia liberal (Miguel Giusti), neokantismo (Odilón Guillén), la tradición analítica (Pablo Quintanilla), anetismo-hiperimperialismo-hermenéutica remitizante (Gustavo Flores Quelopana), de la esperanza (Noe Zevallos), Epistemología (Germán Berríos), filosofía de la historia (Augusto Castro, Juan Huamanía Córdova, Ladislao Cuéllar), realismo moderado (Pedro Rodríguez), realismo aristotélico-tomista con diversos matices (Genara Castillo Córdova, Luis Francisco Eguiguren Callirgos, Luz González Umeres)

Referencias

Bibliografía

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