Todos Santos en Bolivia
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| Todos Santos en Bolivia | ||
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Todos Santos en un cementerio de la ciudad de La Paz | ||
| Localización | ||
| País | Bolivia | |
| Datos generales | ||
| Tipo | Fiesta religiosa | |
| Comienzo | 1 de noviembre al mediodía | |
| Finalización | 2 de noviembre al mediodía | |
Todos Santos en Bolivia es una festividad de carácter religioso y cultural que se celebra anualmente los días 1 de noviembre y 2 de noviembre. Según la tradición, durante estas fechas las almas de los difuntos regresan al mundo de los vivos para visitar a sus familiares.[1]
La celebración combina elementos del catolicismo, como el Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos, con antiguas creencias andinas sobre el ciclo de la vida y la muerte, heredadas de culturas prehispánicas como la tiwanakota y el inkanato.[2]
La fiesta de Todos Santos en Bolivia refleja la importancia de las figuras de los difuntos en la vida social de las comunidades, las cuales conservan una serie de rituales y ceremonias que, en la actualidad, también se celebran en los centros urbanos.[3][4]
Origen católico de la festividad
El origen católico de Todos Santos se remonta al siglo VIII, cuando el papa Gregorio III consagró el 1 de noviembre a todos los santos y al año 837, cuando Gregorio IV extendió la festividad a toda la Iglesia.[5]
La fiesta de Todos Santos se instituyó con el objetivo primordial de que todos los santos fueran venerados al menos un día al año, fecha en que se honra a los difuntos que fueron canonizadas así como a todas las almas que se encuentran en el cielo. La fecha elegida para esta conmemoración fue, en un principio, el 13 de mayo; sin embargo, posteriormente se cambió al 1 de noviembre, fecha que, según se cree, fue seleccionada porque coincidía con una festividad de los pueblos germánicos. El propósito de la Iglesia en aquel entonces era sustituir o eliminar las celebraciones de origen pagano. [6][7][8]
Durante la Colonia, la festividad fue introducida en el Alto Perú, fusionándose con las prácticas andinas que honraban a los antepasados durante el tiempo de siembra. En el mundo prehispánico se desenterraba a los difuntos, se compartía alimentos con ellos y se les pedía protección para las cosechas.[9]
Sincretismo con las tradiciones andinas

Las visiones precolombinas de los Andes concebían la muerte como una etapa esencial dentro del ciclo continuo de la vida. Es así que cuando una persona fallece, su alma se dirige al Urkhu Pacha, entendido como un mundo subterráneo o “mundo de abajo”, en el cual las almas transitan un ciclo vital inverso: nacen viejas para morir jóvenes y, de esa manera, retornar al mundo de los vivos.[10][3]
Las crónicas coloniales españolas documentaron los rituales funerarios que se realizaban durante esta celebración, donde los indígenas, yanaconas, mitayos y criollos se reunían en las iglesias, hospitales y cementerios para desenterrar los cuerpos de quienes habían fallecido el año anterior. Luego, los restos eran trasladados a otros lugares, donde se les rendía culto mediante grandes celebraciones. En la actualidad, el culto a las "ñatitas", calaveras veneradas en La Paz, constituye uno de los vestigios de esa antigua conexión con los restos mortales.[10][3][8][11]
Era costumbre enterrar a los difuntos fuera del pueblo, en los campos y junto al difunto embalsamado, se encerraban elementos importantes como su vestimenta, comida y bebida.[8]
Esta festividad, así como muchos otros ritos andinos, mantiene una estrecha relación con el calendario agrícola, pues se celebra al finalizar la época seca. En el marco de la reciprocidad andina, los vivos “alimentan” a sus muertos y, a cambio, estos interceden ante las deidades de la tierra para garantizar lluvias favorables y cosechas abundantes.[10][3]
Días de celebración
1 de noviembre: la llegada de las almas

La fiesta de Todos Santos comienza el 1 de noviembre al mediodía, momento en que las familias reciben las almas en sus hogares, preparando la “mesa” donde cada uno de los elementos que la componen posee un significado simbólico.[3]
La mesa se cubre con un mantel y se pone encima comida tradicional, frutas, pasankalla, masas, como t'antawawas, kispiñas (galletas de quinua) y maicillos, caramelos y bebidas como agua, café, chicha, singani o vino. Las comidas más populares que suelen servirse a los asistentes y familiares son: sopa de quinua, ají de arvejas, ají de papalisa, lagua de choclo, ají de achacana, mondongo y chicha de maíz, entre otras.[12][10][13][3][14]
Durante la ceremonia, los familiares se sientan alrededor de la mesa y recitan oraciones para recibir a las almas al mediodía. Asimismo, es tradicional que grupos de niños y jóvenes, llamados "tumbeadores", recorran las casas para rezar, generalmente el Padre Nuestro, el Gloria y el Ave María, así como otros cánticos tradicionales en honor al difunto. En retribución, los familiares obsequian masitas y bebidas.[3][8][15] También es común que, durante la noche, las familias visiten los cementerios para acompañar a sus difuntos.[7][16]
Un ejemplo de rezo es el "Tatayku" y se entona en quechua:
- Tatayku
- Cielupi kanki
- Sutiyki munasqa kachum
- Sumaj kayniyki nogaykuman
- Jamuchun
- Munayniyki ruasga kachum
- Imaynatachus cielopi jinallatataj kau mindupipis.
- Spa día
- T’antaykuta qowayku
- Juchasniykuta perdonawayku,
- Imaynatachus nogaykupis
- Ontraykupi juchallikojkunata
- Perdonayku jina.
- Ama juchaman urmajta saqewykuchu
- Mana allin kajmantataj jark’awayku. Amen”
2 de noviembre: la despedida de las almas

En esta fecha, las familias acostumbran visitar el cementerio, donde ofrecen rezos y, en algunos casos, acompañan la jornada con bandas de música, música de pinquillos o coplas, como muestra de agradecimiento por la visita de sus seres queridos fallecidos y para desearles un retorno alegre a su morada. También es un espacio reflexivo para recordar con alegría las anécdotas vividas con los seres queridos. [8][17][10][3][4]
Antiguamente, la costumbre consistía en levantar la mesa y trasladar las ofrendas al camposanto para despedir a las almas con abundante comida y bebida, pues, según la creencia, el alma del difunto necesita mucha energía para emprender su regreso al más allá.[3][10][12][8][11]
En la actualidad, sin embargo, las disposiciones locales establecen restricciones que prohíben el consumo de alimentos y bebidas en el lugar, aunque en algunas zonas rurales esta tradición aún se mantiene. Por esta razón, en muchas ciudades los familiares y amigos más cercanos se reúnen en casa para desmontar la mesa, compartir los alimentos entre todos y posteriormente visitar el cementerio.[12][3][10][8][14]
Elementos tradicionales
En diferentes partes del mundo así como en su país, los bolivianos arman sus mesas para recibir la visita de sus seres queridos que han fallecido.[12]

El altar o mesa de Todos Santos
La característica principal de la festividad es la mesa de Todos Santos o mast’aku, altar doméstico preparado la mañana del 1 de noviembre. Este altar, generalmente de tres niveles que simbolizan los mundos andinos —Alaxpacha o Hanaqpacha (cielo), Akapacha o Kaypacha (tierra) y Manqhapacha o Ukhupacha (mundo de abajo)—, se dedica a recibir el alma del difunto.[1]
Es así que la mesa se arma en forma de escalera de tres niveles representando un nexo de comunicación entre la vida y la muerte. Se delimita el espacio destinado a la ofrenda utilizando cuatro cañas de azúcar, colocadas en cada una de las esquinas de la mesa, y pueden estar adornadas con banderines y guirnaldas, y se colocan velas en todos los niveles, las que se encienden al mediodía del 1 de noviembre.[10][3][15]
Entre los elementos que componen la ofrenda se encuentran:
- T’antawawas: panes con forma de bebé o persona, que representan el espíritu del difunto. Una crónica documentada en Potosí por Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela en el siglo XVI, relata el origen de las t’antawawas, el cual señala que esta tradición surgió debido a una enfermedad contagiosa, probablemente varicela, que causaron la muerte de un gran número de niños. Como respuesta a este dolor, las madres indígenas, españolas y mestizas elaboraron masitas o panes dulces con la forma de bebés envueltos para representarlos como ritual para sobrellevar su ausencia. Los españoles aportaron el trigo y los indígenas, el diálogo con los muertos. De ese encuentro nació una tradición de este pan como ofrenda que se integró en la celebración de Todos Santos, la cual se caracteriza por ser una festividad de reencuentro.[18][19][10]
- Escaleras de pan: para que las almas bajen del cielo y regresen después de su visita.
- Comidas y bebidas favoritas del difunto (maíz tostado, frutas, masitas, vino o chicha).
- Flores y coronas de papel o tela, cuyo color varía según la edad del difunto.
- Velas, cigarrillos y coca, para guiar y acompañar el viaje espiritual.
- Figuras simbólicas de mazapán y dulces llamados suspiros, bizcochos o bastones, que representan fertilidad y continuidad.[20]
Nivel 1 de la Mesa
En el primer nivel, o parte inferior, se colocan flores blancas y amarillas, retamas y cebollas en flor o "tuquru". [3]

Nivel 2 de la Mesa
En el segundo nivel se colocan las comidas, frutas, bebidas y caramelos que más le gustaban al difunto, además de hojas de coca, cigarrillos y vino. Si la mesa está dedicada a un difunto menor de edad, se añaden suspiros y más elementos dulces en referencia a los gustos propios de los niños. También se puede disponer de un vaso de agua bendita.[3][10]
Nivel 3 de la mesa
En el tercer nivel, o parte superior, se ubica la fotografía del difunto, los panes dulces especiales elaborados en su honor, como las t’antawawas, escaleras, caballos, cruces, llamas, como símbolos que representan la conexión espiritual entre el mundo terrenal y el espiritual. En este nivel también se pueden colocar crucifijos, rosarios o imágenes de Cristo.[3]
El 2 de noviembre, las familias "despachan" la mesa al mediodía, compartiendo los alimentos entre los presentes o llevándolos al cementerio. Allí se reza, se entonan cantos tradicionales y se ofrecen alimentos a los visitantes y rezadores conocidos como resiris.[21]
Simbolismo
El color de los manteles utilizados en las mesas o altares tiene distintos significados. El mantel negro u oscuro se emplea cuando el fallecido es un adulto, mientras que el mantel blanco se utiliza si el difunto es un niño. En algunos casos, las familias colocan un aguayo colorido cuando la persona fallecida es una mujer.[3]

Las cañas de azúcar en los lados de la mesa representan bastones para que los ajayus se apoyen y alivien el cansancio de su largo retorno.[3][11]
Las coronas o guirnaldas, así como los banderines, se colocan como decoración representando la unión familiar.[10]
Las flores representan la vida y se colocan para embellecer la mesa frente a la muerte. Las retamas sirven para ahuyentar a los malos espíritus y combatir maldiciones o vibraciones negativas y las cebollas en flor se colocan para que el difunto lleve agua en su viaje.[10][3][11]

Acerca de los panes dulces con distintas formas, los caballos y las llamas se incluyen en la mesa para ayudar al alma del difunto a cargar sus pertenencias y transitar por los caminos en el mundo de los espíritus. También se elaboran masas dulces con forma de paloma en representación del Espíritu Santo, pescado, sol o luna, como símbolos luminosos y de protección que acompañan el viaje eterno del alma; así como en forma de cóndor, guardián del cielo, y de víbora, seres que guían a las almas hacia el inframundo.[10][13][3][11]
Los bizcochuelos simbolizan una almohada donde el alma reposa luego de su viaje, así como el deseo de endulzar la vida y augurar días mejores ante la pérdida de un ser querido.[3]
Los caramelos artesanales cumplen la función de endulzar el camino como una forma de bienvenida a las almas. Generalmente se elaboran con forma de canastas, cruces y otras figuras coloridas. Se producen en distintos tamaños y son especialmente solicitados por las familias que preparan la mesa por el “cabo de año” de un ser querido. Las canastas de caramelo se colocan en la mesa para que el alma pueda llevar sus ofrendas. Los ángeles simbolizan la protección del difunto, la cruz representa su presencia en la tierra y la escalera, el medio que le permitirá ascender al cielo.[10][22][13][19]
Cosmovisión indígena y dimensión religiosa
Desde la perspectiva católica, el 1 de noviembre se dedica a Todos los Santos y el 2 a los Fieles Difuntos. Sin embargo, la cosmovisión andina mantiene que las almas regresan a la tierra durante este tiempo para traer fertilidad a los sembradíos y proteger a la familia.[23]

En esta visión, la muerte no es un fin sino una transición: los difuntos siguen presentes en la comunidad. El rito de Todos Santos refuerza la conexión entre generaciones, manteniendo viva la memoria familiar y colectiva.[24]
Para las culturas del mundo andino, la muerte se considera una transición desde el espacio terrenal a un espacio superior o cósmico, no una pérdida definitiva. En esta cosmovisión, las energías vitales de los difuntos, los ajayus (equivalentes al alma), se funden con la naturaleza y el cosmos para mantener una relación recíproca con los vivos, lo que hace que la muerte se observe con alegría y no con tristeza.[8]
Se entiende el ajayu como el eje central, la energía vital o el motor que impulsa a un ser que siente y piensa. Esta energía vital, que engloba los sentimientos y la razón, es en esencia energía cósmica que puede compararse con el concepto asiático de "aura" o chakra. Existen dos tipos principales de ajayu: el "jisk’a" (pequeño o menor), que se describe como la energía que se pierde gradualmente en vida debido al desequilibrio de energías positivas y negativas, y el "jach’a" (grande o mayor), que es la energía vital que trasciende con la muerte y perdura en otra dimensión. Se considera que esta "gran energía" o ajayu proviene a su vez de una energía aún más vasta, el pacha ajayu o energía cósmica.[4][10]
El ajayu es fundamental para el equilibrio del ser humano (jaqi-warmi), ya que la conciencia, la mente, la fuerza física y el cuerpo dependen de él. Junto con el ajayu, cuatro niveles constituyen la energía vital cósmica en el ser humano: el amuyu (inteligencia, sabiduría, razón y pensamiento), el ch’ama (la energía vital del aspecto físico y biológico), el chuyma (la conciencia y los valores), y la qamasa (el valor necesario para enfrentar los retos de la vida). Estos elementos son vistos como vitales en el jaqi-warmi.[10]

En cuanto al tránsito después de la muerte, se cree que los ajayus regresan de las montañas el 1 de noviembre al mediodía para convivir por un día con sus parientes. Para la cultura aimara, el alma permanece acompañando a los vivos durante dos años, y solo en el tercer año asciende a las montañas para reintegrarse al mundo de los achachilas o antepasados. Por esta razón, se realiza la ‘apxata’ o altar de difuntos por tres años consecutivos, donde los familiares llevan ofrendas a la tumba. Algunos antropólogos sostienen que el altar o mesa representa simbólicamente la montaña de los achachilas. Desde la antigüedad, las montañas eran consideradas lugares sagrados donde se colocaban a los ancestros en cámaras funerarias, permitiendo que, con el tiempo, se fundieran con la montaña misma.[10]
Expresiones regionales
La forma de celebrar Todos Santos varía según la región y las culturas:
La Paz
En la ciudad de La Paz, el Altiplano y otros sectores con predominancia cultural aymara, se organizan mesas amplias con música andina, tarqueadas y visitas a cementerios donde se reza y se comparte comida. En el norte de La Paz, en la Amazonía las comunidades Tacana también preparan altares con carne de monte, pescado, chicha de yuca y tamales de choclo para recibir a sus seres queridos fallecidos.[25]
Cochabamba y Chuquisaca
En Cochabamba, la abundancia gastronómica es el rasgo central: se preparan múltiples platillos para compartir entre familiares y visitantes; y en algunas provincias el 2 de noviembre se realiza un rito tradicional de fertilidad y abundancia conocido como wallunk’a, además de otros juegos tradicionales como la rayuela y el cacho.[26][10][27]
En el municipio de Villa Serrano (Chuquisaca) se celebra la Surapata, una tradición en la que los jóvenes realizan matrimonios simbólicos, los adultos eligen padrinos y se “bautiza” a las t'antawawas al ritmo de la música local.[27]
Potosí


En Potosí, la festividad se prolonga varios días con el rito del alma cacharpaya y la despedida a los difuntos con música, baile y bebidas tradicionales. Esta celebración implica la realización de juegos como el sapo, la toq’ola y la taba, ya que se cree que el alma del difunto debe retornar alegre y satisfecha.[28][8]
Al sur de Potosí, en Tupiza, los jóvenes realizan bodas simbólicas con alguien disfrazado de sacerdote que oficia la ceremonia, mientras se entonan el “Tololoj” y otros cánticos alusivos a los vivos.[27]
Santa Cruz y Beni
En el oriente boliviano las ofrendas incluyen elementos naturales como miel, flores silvestres y frutas tropicales, reflejando las tradiciones locales. La cultura mojeña en Beni celebra un banquete ritual para restablecer la armonía entre vivos y muertos, utilizando comida blanca y sin sal. En San Ignacio de Moxos también se prepara un banquete con platos tradicionales como majadito, masaco de plátano con queso y locro de gallina, vivido como un cumpleaños en honor a los difuntos.[29][30][27]
En Vallegrande, el 1 de noviembre se fusiona con el Día de la Tradición Vallegrandina, una jornada de danzas, costumbres y ferias donde se ofrecen flores y masitas típicas. En esta localidad, las familias preparan masitas y galletas que se entregan a los rezadores que visitan el camposanto, donde se destaca la presencia de las abuelas vallegrandinas, quienes conservan las costumbres aprendidas de sus antepasados.En Guarayos, se conserva el uso ancestral del parichi (hojas o ramas) sobre las sepulturas en lugar del cemento, pues se cree que protege a las almas del sol y la lluvia cuando “salen” el Día de los Difuntos, además de evitar “hacer peso” sobre ellas.[31][32]
En Boyuibe se levantan altares con comida y frutas de la región. También se preparan t’antawawas y se bailan chacareras para despedir a las almas. [27]

Tarija
La conmemoración de Todos Santos en Tarija combina tanto elementos de la tradición andina como propios. En las mesas se disponen los platos favoritos de los difuntos, acompañados de masitas tradicionales, "turcos" de Todos Santos, frutas, y bebidas específicas como la chicha, el arrope y el anchi. Las familias adornan las tumbas de sus seres queridos en los cementerios con flores, guirnaldas, velas y luces, entre otros. Una de las costumbres más singulares es la adopción de tumbas abandonadas, donde personas o familias se hacen cargo de su cuidado y mantenimiento durante el periodo de la festividad. Gran parte de la población acude a los cementerios el día 1 de noviembre hasta medianoche y el día siguiente hasta el mediodía para acompaña a sus difuntos.[7][33][34]

La festividad está marcada por la música, con coplas y tonadas acompañadas de la caja. Esto se evidencia en el siguiente fragmento de una copla tradicional entonada en esta fecha.[7][33][34]
- Si supieran las estrellas
- los tormentos de mi alma
- bajariyan todas ellas
- a devolverme la calma.
- Hasta los árboles lloran
- cuando se cayen sus hojas,
- como no'i de llorar yo
- negrita cuando te enojas.
- Arbolito te secaste
- teniendo el agua al redor,
- en el tronco la jirmeza
- y en el cogollo la flor.
- De tus ojos y los miyos
- voy a formar un retrato,
- de los miyos por humildes
- y los tuyos por ingratos.
- Sueño tengo, dormir quiero
- árbol prestame tu sombra,
- pueda ser que con el tiempo
- mi amor te lo corresponda.
Preparación de la chicha
La preparación de la chicha para Todos Santos reúne a varias familias para prepararla con dos semana de anticipación. La forma tradicional, hasta hace unos 50 años, se basaba en el procedimiento conocido como el "muqueado", práctica donde los participantes masticaban puñados de masa (muku) y los escupían en una palangana. El objetivo de este proceso era aprovechar la enzima amilasa de la saliva humana que facilita la conversión del almidón del maíz en azúcares e impulsa la fermentación de la bebida. Actualmente, la amilasa salival se ha sustituido por la levadura común que se utiliza en la producción de pan.[33]

El muku se prepara actualmente a base de harina de maíz, agua y azúcar, formando bollos llamados moyapos, que se hornean. Luego, estos se remojan en agua hervida con chancaca y se dejan fermentar durante dos o tres días. Posteriormente, se moldean en pequeñas bolitas y se secan al sol.[33]
Una vez secas, las bolitas se remojan nuevamente en agua hervida y se baten hasta obtener una masa, la cual se divide en tres partes denominadas huaquichira. Estas porciones se mezclan en vasijas con abundante agua durante varios días, hasta que se disuelven por completo. En este proceso, se añaden trozos de carbón para facilitar el asentamiento de la parte sólida; cuando el carbón sube a la superficie, se retira.[33]
Después del asentamiento, se separan los productos resultantes: en la parte superior queda el upi (agua clara); más abajo, un líquido más espeso al que se le añade azúcar tostada para obtener el arrope; luego aparece la chirwa, que se desecha; y, en el fondo, el grano más grueso, que se cuela y se utiliza para preparar anchi, una bebida dulce y espesa.[33]
Finalmente, cuando el arrope y el upi se enfrían, se mezclan para obtener la chicha, la cual se deja fermentar entre siete y diez días. Tres días antes de que finalice la fermentación, se “embarra” el cántaro, es decir, se sella la tapa con barro para hacerlo hermético, lo que intensifica la bebida. Un día antes de consumirla, se retira el barro, y la chicha queda lista para servirse.[33]
Prácticas contemporáneas
En la actualidad, Todos Santos continúa siendo una festividad ampliamente practicada en todo el país. En contextos urbanos, las escuelas y organizaciones culturales promueven talleres y exposiciones para revalorizar las tradiciones. El Ministerio de Culturas realiza campañas anuales que destacan la celebración como parte de la identidad nacional.[35]
Asimismo, comunidades bolivianas en el extranjero organizan mesas de Todos Santos en embajadas y centros culturales, difundiendo esta tradición fuera del país.[36] Igualmente, la fiesta está conviviendo cada vez más con las celebraciones de Halloween en el país.[37]
Reconocimientos
Varios municipios bolivianos han declarado aspectos de esta festividad como patrimonio cultural. En La Paz, la elaboración artesanal del pan de Todos Santos fue declarada Patrimonio Cultural Intangible mediante la Ley Municipal N.º 204 de 2016.[38]
A nivel nacional, la festividad de Todos Santos es considerada una de las expresiones más importantes del patrimonio cultural intangible de Bolivia, al reflejar la unidad entre los mundos de los vivos y los muertos.[35]