Guerra sueva (446)

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Fecha 446 d. C.
Lugar provincias de Cartaginense y Bética
Casus belli expansión del dominio suevo en la diócesis de Hispania
Conflicto lucha del Imperio romano de Occidente para recuperar el control de las provincias hispanas
Guerra sueva
446
Parte de la caída del Imperio romano de Occidente
Fecha 446 d. C.
Lugar provincias de Cartaginense y Bética
Casus belli expansión del dominio suevo en la diócesis de Hispania
Conflicto lucha del Imperio romano de Occidente para recuperar el control de las provincias hispanas
Resultado derrota militar del ejército imperial pero victoria política parcial al recuperar la obediencia de la población en Cartaginense y Bética.
Consecuencias los suevos mantienen el control de Lusitania y Gallaecia mientras que el Imperio recupera el de Cartaginense y Bética.
Beligerantes
Imperio romano de Occidente
Reino visigodo
Reino vándalo
Reino suevo
Figuras políticas
Valentiniano III
Aecio
Teodorico I
Genserico
Requila
Comandantes
Vito Requila

La guerra sueva del año 446 fue un conflicto bélico ocurrido en el Imperio romano occidental que enfrentó a este contra los suevos por el control de la diócesis de Hispania.

El Imperio occidental a mediados de la década de 440

Durante la década de 440, la personalidad dominante del Imperio occidental era Aecio quien, en 433, había conseguido imponerse a sus rivales y a Gala Placidia.[nota 1] Aecio pudo reconstruir el ejército occidental con ayuda de contingentes hunos y afirmar el control imperial en las Galias.[1][nota 2] Sin embargo, su enfoque en esta parte del Imperio y el retorno de las tropas hunas a su territorio permitió a los suevos controlar gran parte de Hispania y a los vándalos la parte más rica de África.[1][nota 3]

La pérdida de estas provincias redujo, por un lado, la capacidad financiera del gobierno imperial y por otro la base de reclutamiento para el ejército, de tal manera que el propio del emperador Valentiniano III anunció en 444 que esta falta de medios impedía la recuperación de las zonas perdidas.[2] Para hacer frente a esa situación, durante los primeros años de la década de 440 el Imperio recurrió a eliminar cualquier beneficio fiscal y a crear un nuevo impuesto sobre las ventas: el siliquaticum, mientras que endureció las condiciones para evitar el reclutamiento y agravó las penas tanto a los desertores como a quienes les ayudasen. Además de estas medidas, y para suplir la pérdida del apoyo huno, asentó a grupos de alanos, en 442, en Orleans y Valence a la vez que, en 443, volvió a admitir a los burgundios en el Imperio (a quienes había expulsado de la Galia en 436) y los instaló en Sapaudia, un área alrededor del lago Lemán.

Expansión sueva en Hispania

Desde su entrada en la península ibérica en 409, los suevos había estado confinados en la provincia noroccidental de Gallaecia donde parece que consiguieron algún acuerdo con el gobierno imperial para convertirse en federados. La relación de los suevos con los hispanorromanos no fue sencilla y llevó a periodos de abierto enfrentamiento militar entre ellos durante los que la población tuvo que organizar su propia defensa sin ayuda del ejército romano. Llegado el año 438, su rey Hermerico gravemente enfermo, abdicó en su hijo Requila quien, a diferencia de su padre, rompió los acuerdos con el gobierno imperial y aprovechó la debilidad que atravesaba este para expandir el dominio suevo hacia el sur.

Con unas exitosas campañas, Requila consiguió hacerse con la provincia de Lusitania y establecer su capital en Emerita Augusta.[3] Desde allí, pudo controlar las provincias vecinas de Bética y Cartaginense donde contó con la colaboración de buena parte de su población quien estaba desafecta al Imperio que, no solo los había abandonado militarmente, sino que ahora les exigía mayores cargas fiscales y de reclutamiento.[4][5] De esta manera, para el año 441 el Imperio solo pudo mantener la Tarraconense donde, además, tuvo que hacer frente a una rebelión bagauda que no pudo reprimir completamente hasta 443.[6]

Desarrollo

Las medidas aplicadas por el gobierno de Valentiniano III desde el año 440, aunque habían causado revueltas y desafecciones, permitieron reconstruir el ejército romano y para 445, el Imperio pudo plantearse la recuperación de territorio perdido.[7] Esta vez dio preferencia a Hispania y prefirió dejar de lado a los vándalos con quienes había llegado a un acuerdo de paz en 442. El mando de la expedición se otorgó a Vito, un militar del que no se conoce nada hasta ese momento y para reforzar las fuerzas romanas se llegó a un acuerdo con los visigodos mediante el cual estos aportaron un contingente importante, probablemente, de caballería.[8] Parece que, también, se negoció con los vándalos de Genserico, a quien el imperio había reconocido en 442 como rex socius et amicus dentro del citado acuerdo de paz que se llegó con ellos. El líder vándalo aceptó colaborar mediante una incursión marítima que atacase la retaguardia sueva, en la costa gallega.[9]

En 445 se produjo el ataque de los vándalos mientras que el ejército combinado llegaba a Tarraconense donde esperó a que pasara el invierno de 445/446 para ponerse en marcha. Su objetivo era doble: por un lado, castigar a la población de las provincias perdidas por colaborar con los suevos y por otro, eliminar completamente a los invasores o hacerles retroceder a su territorio junto a Bracara Augusta.[10] Vito se dirigió primero contra las élites provinciales de Cartaginense y la Bética a quienes saqueó por su aceptación del dominio suevo y su colaboración con ellos.[11] Mientras esto sucedía, Requila partió con el ejército suevo desde sus bases en Lusitania y fue al encuentro del ejército imperial. De alguna manera, consiguió enfrentarse por separado con el contingente visigodo en algún lugar del valle del Guadalquivir y consiguió vencerlos con claridad.[12] Vito, al ver perdida la ayuda visigoda, estimó que sus posibilidades de hacer frente a los suevos con éxito eran reducidas y como el objetivo de castigar a la población ya estaba cumplido, tomó la decisión de huir con las tropas romanas a su base en Tarraconense.[12] Los suevos, por su parte, volvieron a sus cuarteles en Lusitania no sin antes saquear, de nuevo, a la población que había colaborado con el ejército romano.[10]

Consecuencias y acontecimientos posteriores

A pesar del fracaso de la expedición, Vito pudo salvar, sin bajas, a las tropas romanas lo que sería de gran ayuda para los enfrentamientos que el Imperio tendría, pocos años más tarde, contra los francos salios y los hunos. Aunque militarmente no hubo éxito contra los suevos, parece que las provincias de Cartaginense y buena parte de la Bética volvieron a ser controladas por el Imperio mientras que aquellos se contentaron con mantener Gallaecia y Lusitania.[13] Esto tuvo que suceder mediante algún acuerdo con los suevos o porque estos vieron perdida la colaboración de la población y renunciaron a su control.[14] El Imperio no volvió a enviar ningún ejército imperial a la península durante los diez años siguientes, hasta el 456. En este caso sería una expedición de federados visigodos auspiciada por el emperador Avito.

Véase también

Notas

Referencias

Bibliografía utilizada en el artículo

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