Historia del papado

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Detalle del fresco Entrega de las llaves a San Pedro, de Pietro Perugino, en la Capilla Sixtina. Según la doctrina católica, los papas son sucesores de san Pedro (a la derecha, arrodillado ante Cristo).

La historia del papado, el cargo que ocupa el papa como cabeza de la Iglesia católica, abarca desde la época de Pedro hasta la actualidad.[1] Sin embargo, el primer obispo de Roma del que se tiene constancia de que fue llamado «papa» por sus contemporáneos fue Dámaso I. Además, muchos de los obispos de Roma en los tres primeros siglos de la era cristiana son figuras oscuras. La mayoría de los sucesores de Pedro en los tres primeros siglos posteriores a su vida sufrieron el martirio junto con sus seguidores en períodos de persecución, y no parecen haber reconocido ninguna jerarquía suprema transmisible dentro de la Iglesia.

Durante el cristianismo primitivo, los obispos de Roma no gozaban de poder temporal hasta la época de Constantino I. Tras la caída del Imperio Romano de Occidente, alrededor del año 476, el papado se vio influenciado, o incluso controlado, por los gobernantes temporales que controlaban la península itálica; estos períodos se conocen como papado ostrogodo (493-537), papado bizantino (537-752) y papado franco (756-857). Con el tiempo, el papado consolidó sus reivindicaciones territoriales sobre una parte de la península conocida como Estados Pontificios. Posteriormente, el papel de los soberanos de los territorios circundantes fue sustituido por poderosas familias romanas durante el saeculum obscurum; fue la época de los Crescenzi y el papado tusculano (1012-1048).

De 1048 a 1257, el papado experimentó un creciente conflicto con los soberanos y autoridades eclesiásticas del Imperio bizantino y el Sacro Imperio Romano Germánico. Estos enfrentamientos culminaron con el Cisma de Oriente en 1054 (que supuso la división formal de la Iglesia católica y la ortodoxa) y la querella de las investiduras, respectivamente. A partir del siglo XII, la creciente inestabilidad política en Roma obligó al papa a residir cada vez con mayor frecuencia fuera de la ciudad de la que era obispo. Entre 1257 y 1377, los papas residieron en diferentes ciudades de los Estados Pontificios como Viterbo, Orvieto y Perugia, y finalmente en Aviñón. El regreso de los papas a Roma tras el papado de Aviñón (1309-1377) fue seguido por el Cisma de Occidente (1378-1417), en el que la Iglesia occidental se vio dividida entre dos y, durante un tiempo, tres aspirantes papales rivales.

El papado del Renacimiento es conocido por su mecenazgo artístico y arquitectónico, su intervención en la política europea y su oposición a los desafíos teológicos a la autoridad papal. Tras el inicio de la Reforma protestante en el siglo XVI, el papado reformista (1517-1585) y el papado barroco guiaron a la Iglesia católica durante la Contrarreforma. Desde finales del siglo XVIII hasta finales del XIX, los papas fueron testigos de la mayor expropiación de riqueza en la historia de la Iglesia, durante la Revolución francesa (1789-1799) y las que siguieron en toda Europa. La cuestión romana, derivada del proceso de unificación italiana que tuvo lugar a lo largo del siglo XIX, condujo a la desaparición de los Estados Pontificios en 1870 y a la creación de la Ciudad del Vaticano en 1929.

Cristianismo primitivo

San Pedro retratado como papa en la Crónica de Núremberg.

Los católicos reconocen al papa como sucesor de Pedro, a quien Jesús designó como la «piedra» sobre la que edificaría su Iglesia.[2][3][4] Aunque Pedro nunca tuvo el título de papa, la Iglesia lo reconoce como el primer obispo de Roma.[5] Las declaraciones oficiales de la Iglesia describen la posición de los papas en el colegio episcopal como análoga a la de Pedro dentro del «colegio» de los Apóstoles (es decir, Príncipe de los Apóstoles), del cual el colegio episcopal es considerado sucesor.[6][7]

El papa Clemente I, el más antiguo de los Padres de la Iglesia, es identificado con el Clemente que aparece mencionado en Filipenses 4.3. Su carta a los Corintios es el «primer ejemplo conocido del ejercicio y la aceptación»[8][9] de la autoridad eclesiástica del papa como obispo de Roma. Fue escrita en vida de Juan el Apóstol, y en ella Clemente ordenó que los corintios mantuvieran la unidad entre ellos y pusieran fin al cisma que había dividido a la iglesia en esa región. Esta carta papal de Clemente fue tan respetada que algunos la consideraron parte del canon del Nuevo Testamento, como todavía lo hace la Iglesia ortodoxa de Etiopía.[10] Dionisio, obispo de Corinto, escribiendo al papa Sotero («como un padre a sus hijos»), hace referencia a la carta del papa Clemente:

«Hoy hemos guardado el día santo del Señor, en el cual hemos leído su carta, que guardaremos siempre para leerla y ser amonestados, tanto como la anterior que nos escribió Clemente».[11]

Otros testimonios a favor de Clemente como autor de la carta se encuentran en los escritos de Hegesipo de Jerusalén, Clemente de Alejandría, Ireneo de Lyon y en el Pastor de Hermas, donde se menciona a un Clemente de Roma encargado de comunicarse por escrito con las demás comunidades.[12] La epístola de Clemente fue escrita tras un episodio ocurrido en Corinto en el que, debido a la discordia interna de la comunidad, se decidió destituir a todos los presbíteros.[13] No se sabe si fueron los propios corintios o los presbíteros caídos en desgracia quienes provocaron la respuesta de Roma, o si esta intervino por voluntad propia; lo cierto es que la carta revela una «conciencia de autoridad» a la que la iglesia de Corinto se sometió para resolver su problema.[14] Sigue siendo erróneo, sin embargo, atribuir a Clemente, autor de la carta, la única y sola voluntad de actuar, porque del texto se desprende claramente que la Iglesia de Roma estaba en aquel tiempo gobernada por un colegio de presbíteros[nota 1] y que el verdadero autor era en realidad todo el grupo de presbíteros romanos.[15]

Muchos de los obispos de Roma en los tres primeros siglos de la era cristiana son figuras oscuras, de los que se sabe muy poco o nada. La mayoría de los sucesores de Pedro en los tres primeros siglos posteriores a su vida sufrieron el martirio junto con sus seguidores durante los períodos de persecución cristiana.

Papas del cristianismo primitivo

Desde Constantino hasta la caída de Occidente (312-476)

El fresco El bautismo de Constantino, de Rafael, representa a Silvestre I en lugar de a su verdadero bautista, Eusebio de Nicomedia, un obispo arriano.

El emperador Constantino I desempeñó un papel fundamental en la historia de la Iglesia y del papado. A lo largo de los siglos, su figura ha adquirido contornos casi míticos y han circulado numerosas leyendas en torno a él. La más conocida es la que relata su visión del crismón y de la inscripción In hoc signo vinces en el cielo durante la batalla del Puente Milvio en el año 312.

En el año 313, Constantino y Licinio promulgaron el Edicto de Milán, que confirmó el Edicto de Galerio del año 311 y puso fin a la gran persecución cristiana. En 311, ante la cuestión de los donatistas, Constantino se dirigió al papa Melquíades para resolver el problema, siendo la primera intervención directa de un emperador en los asuntos de la Iglesia. En una posterior disputa con los donatistas, Constantino convocó un concilio en la ciudad de Arlés en el año 314, al que el nuevo papa, Silvestre I, no asistió. Sin embargo, se le enviaron las actas y se le pidió que las transmitiera a otros obispos, en un reconocimiento de su rango superior.[16] Además, entre los años 324 y 330, Constantino trasladó la capital del Imperio de Roma a Bizancio, una antigua ciudad griega en el Bósforo que en el año 330 se convirtió en Constantinopla y actualmente es Estambul.[17]

Al comprender la importancia del apoyo de la Iglesia para la estabilidad de su poder, Constantino comenzó a favorecerla y a participar activamente en los esfuerzos por mantener su unidad. Esta política de «unidad de la Iglesia a toda costa», impulsada por Constantino, no surgió de ningún fervor religioso particular ni de convicciones teológicas personales, sino de la necesidad política de mantener la sólida base sobre la que se asentaba su poder imperial.[18] Fue el propio Constantino quien convocó el Primer Concilio de Nicea en el año 325, el primer concilio ecuménico de la historia, para resolver el cisma arriano.

Fue precisamente en esta época cuando el cargo de obispo de Roma comenzó a ganar prestigio entre otras sedes y a ser reconocido como heredero de Pedro; antes del período constantiniano, los obispos romanos prácticamente no tenían autoridad fuera de la comunidad de la ciudad. Dámaso I fue el primer obispo de Roma al que sus contemporáneos se refirieron oficialmente como «papa»,[19] aunque no fue el primero en ser asociado con ese término (en una inscripción en las catacumbas de San Calixto, el título de papa se usa en referencia a Marcelino).

Rafael, Encuentro de León Magno con Atila (1513-1514) Estancias de Rafael, Palacio Apostólico.

La «Donación de Constantino», una falsificación del siglo VIII creada para realzar el prestigio y la autoridad de los papas, representa al papa como un personaje central en la narrativa del cristianismo durante el período constantiniano. La leyenda de la Donación afirma que Constantino ofreció su corona a Silvestre I, e incluso que fue Silvestre quien bautizó a Constantino. En realidad, Constantino fue bautizado (en su lecho de muerte, en mayo de 337) por Eusebio de Nicomedia, un obispo arriano.[20]

Aunque la «Donación» nunca se produjo, Constantino sí ofreció numerosos favores al papado y a la Iglesia romana en general: el obispo de Roma recibió como regalo el Palacio de Letrán, y el emperador financió la construcción de la antigua basílica de San Pedro en el lugar donde, según la tradición, se encuentra la tumba del apóstol. Esta primera basílica, también llamada «basílica constantiniana», fue demolida en el Renacimiento para dar paso a la basílica actual.

Con el Edicto de Tesalónica de 380, el papado y la Iglesia en su conjunto vieron fortalecida aún más su autoridad e influencia en los territorios del Imperio. Con el traslado de la capital a Constantinopla y, tras la división del Imperio, a Milán, los papas se convirtieron cada vez más en señores de facto de Roma; fue precisamente en este período cuando comenzó a desarrollarse la idea de la primacía papal, gracias a la actividad de figuras como Inocencio I y, sobre todo, León I, llamado «el Magno».

El prestigio y el poder adquiridos por el papado en los últimos años de la Antigüedad, sin embargo, tuvieron el efecto colateral de atraer el interés de los diversos poderes seculares que se sucedieron en el territorio italiano, que buscaron, más o menos directamente, influir en la política de los pontífices o controlar su nombramiento.

Papas desde Constantino hasta la caída de Occidente

Edad Media (476-1417)

Reinado de Odoacro (476-493)

El papado no sufrió grandes repercusiones tras la caída del Imperio romano de Occidente. El nuevo gobernante de Italia, Odoacro, aunque era arriano, no interfirió en absoluto en cuestiones teológicas ni en los asuntos papales. Por el contrario, el historiador Ferdinand Gregorovius sostiene que «tras liberarse del emperador de Occidente, el papado comenzó su auge y la Iglesia de Roma creció con fuerza sobre las ruinas, reemplazando al Imperio».[21]

La única cuestión teológica importante abordada por los papas de este período fue la lucha contra el monofisismo, que resultó en el cisma acaciano (484-519), el primero de una larga serie de conflictos entre las iglesias orientales y occidentales que comprometerían al papado en los siglos siguientes.

Papas durante el reinado de Odoacro

La conquista de Teodorico: el papado ostrogodo (493-537)

Moneda que representa a Teodorico el Grande, Moneda que representa a Flavio Teodorico (Teodorico el Grande), vasallo romano y rey de los ostrogodos entre los años 493 y 526.

El período del papado ostrogodo se extendió desde el año 493 al 537. La elección papal de marzo de 483 fue la primera que tuvo lugar sin la existencia de un emperador romano occidental. En este período, los papas estuvieron fuertemente influenciados, aunque no nombrados directamente por los gobernantes del reino ostrogodo, como Teodorico el Grande y sus sucesores Atalarico y Teodato. Este período terminó con la reconquista de Italia y de la propia ciudad de Roma por parte de Justiniano I durante la guerra gótica (535-554), inaugurando el papado bizantino (537-752).

El papel de los ostrogodos quedó claro en el primer cisma, cuando, el 22 de noviembre de 498, dos hombres fueron elegidos papa. El posterior triunfo del papa Símaco (498-514) sobre el antipapa Lorenzo es el primer ejemplo registrado de simonía en la historia papal.[22] Símaco también instituyó la práctica de que los papas nombraran a sus propios sucesores,[23] la cual perduró hasta que una elección impopular en 530 provocó un cisma en el pueblo romano, y la discordia continuó hasta la elección en 532 de Juan II, el primer papa en adoptar un nuevo nombre al ser elegido.

Teodorico fue tolerante con la Iglesia católica y no se inmiscuyó en cuestiones dogmáticas. Se mantuvo lo más neutral posible respecto al papa, aunque ejerció una influencia preponderante en los asuntos del papado.[24] La influencia ostrogoda terminó con la reconquista de Roma por parte de Justiniano, quien depuso al papa progodo Silverio (536-537) y lo sustituyó por otro de su propia elección, Vigilio (537-555).

Papas del período ostrogodo

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La reconquista de Justiniano: el papado bizantino (537-752)

Justiniano I reconquistó Roma y nombró a los tres siguientes papas.

El papado bizantino fue un periodo de retorno a la dominación imperial papado desde el año 537 hasta el 752, cuando los papas requerían la aprobación de la emperadores bizantinos para la consagración episcopal, y muchos de ellos fueron elegidos entre los apocrisiarii (intermediarios entre el papa y el emperador) o los habitantes de la Grecia bizantina, Siria, o Sicilia. Justiniano I restauró el dominio imperial romano en la península itálica tras la guerra gótica y nombró a los tres siguientes papas, práctica que continuarían sus sucesores y que más tarde se delegaría en el Exarcado de Rávena.

Con la excepción de Martín I, ningún papa durante este período cuestionó la autoridad del monarca bizantino para confirmar la elección del obispo de Roma antes de que se produjera la consagración; sin embargo, los conflictos teológicos eran comunes entre el papa y el emperador en áreas como el monotelismo y la iconoclasia. Los nativos griegos de Grecia, Siria y la Sicilia bizantina sustituyeron a los miembros de la poderosa nobleza romana de ascendencia italiana en el trono papal durante este período. Bajo los papas griegos, Roma constituyó un «crisol» de tradiciones cristianas occidentales y orientales, que se reflejó tanto en el arte como en la liturgia.

El papa Gregorio I (590-604) fue una figura importante en la afirmación de la primacía papal y dio el impulso a la actividad misionera en el norte de Europa, incluida Inglaterra, y también sentó las bases del poder temporal del papado sobre el territorio del Ducado de Roma. El Ducado era uno de los distritos del Exarcado de Rávena, que se correspondía aproximadamente con la actual región del Lacio, y estaba gobernado por un funcionario imperial con el título de dux; sin embargo, tras la migración lombarda, el Ducado romano se encontró casi completamente aislado del resto del territorio imperial (excepto el estrecho corredor bizantino) y, por tanto, del aparato administrativo bizantino, que tenía su sede en Rávena. Por lo tanto, fueron los pontífices, desde Gregorio I en adelante, quienes asumieron los aspectos administrativos y civiles del Ducado, así como la organización de la defensa de Roma contra los lombardos.

Con la conquista de Rávena por Astolfo en 751, que supuso la caída definitiva del Exarcado, Roma se encontró sola frente al avance lombardo, y Zacarías, último papa del período bizantino, y sus sucesores inmediatos recurrieron en busca de ayuda al reino franco más allá de los Alpes, distanciándose definitivamente de la órbita de Constantinopla e iniciando el período de influencia franca sobre el papado.

Papas del período bizantino

El mosaico del ábside de la basílica de Santa Inés Extramuros, uno de los ejemplos mejor conservados de la producción artística romana durante el período bizantino.

Influencia carolingia: el papado franco (752-867)

Mediante la llamada Donación de Pipino, Pipino el Breve entregó al papa Esteban II varios territorios de Italia central en el año 754, dando lugar a la creación de los Estados Pontificios.

Después de tomar Rávena, Astolfo marchó hacia Roma. Ante esta amenaza, el papa Esteban II emprendió un viaje sin precedentes al norte de los Alpes para visitar al rey franco, Pipino III, y solicitar su ayuda contra los invasores lombardos. Pipino accedió a ayudar al papa, quien lo ungió en la abadía de Saint-Denis, cerca de París, junto a sus dos hijos mayores, Carlos y Carlomán. Pipino invadió entonces el norte de Italia en 754 y de nuevo en 756, logrando expulsar a los lombardos del territorio de Rávena; sin embargo, no devolvió el territorio a su legítimo propietario, el emperador bizantino, sino que se la donó al papa y a sus sucesores, junto con vastas zonas del centro de Italia.

Las tierras donadas a Esteban II en 756, en la llamada Donación de Pipino, convirtieron al papado en un poder temporal, pero al mismo tiempo, alentaron a los poderes seculares a interferir en la sucesión papal. Este territorio se convertiría en la base de los futuros Estados Pontificios, sobre los cuales los papas gobernaron hasta su incorporación al nuevo Reino de Italia en 1870. Durante los siguientes once siglos, la historia de Roma prácticamente coincidiría con la historia del papado.

Josef Kehren, El papa León III coronando a Carlomagno (1860).

Después de ser atacado físicamente por sus enemigos en las calles de Roma, el papa León III emprendió nuevamente un viaje a través de los Alpes en el año 799 para visitar a Carlomagno en Paderborn. Se desconoce qué acordaron ambos, pero Carlomagno viajó a Roma en el año 800 para apoyar al papa. En una ceremonia celebrada en la Basílica de San Pedro el día de Navidad, León III simplemente debía ungir al hijo de Carlomagno como su heredero. Pero inesperadamente, el papa le colocó una corona mientras rezaba, y solo entonces lo aclamó y se postró ante él. Esta era una forma de indicar que fue el papa quien nombró al emperador, una acción que prefiguró las prolongadas disputas de siglos posteriores entre la Iglesia y el Imperio. Según Eginardo, biógrafo de Carlomagno (en su obra Vita Karoli Magni), el emperador se mostró contrariado, pero aceptó el honor de todos modos.[25]

El sucesor de Carlomagno, Ludovico Pío, intervino en la elección papal apoyando la pretensión del papa Eugenio II; a partir de entonces, los papas debían jurar lealtad al emperador franco.[26] Los súbditos papales también estaban obligados a jurar lealtad al emperador franco, y la consagración del papa solo podía realizarse en presencia de los representantes del emperador. La consagración de Gregorio IV, elegido por la nobleza romana, se retrasó seis meses para obtener la aprobación de Luis.[26][27] Sergio II, también elegido por la nobleza romana, fue consagrado sin notificar al emperador Lotario I, quien envió a su hijo Luis a Roma con un ejército.[28] Solo cuando Sergio logró aplacar a Luis, coronándolo rey de Italia, Lotario apoyó a Sergio II.[28]

Con la progresiva fragmentación del dominio franco y las consiguientes guerras por la supremacía entre los herederos de Carlomagno, la figura del emperador se fue haciendo cada vez menos influyente y menos capaz de imponer su voluntad a los papas y a los territorios papales, dejando el papado a merced de las diversas familias que ahora rivalizaban por el control de Roma y de Italia central.

Papas del período franco

La influencia de los barones romanos: el saeculum obscurum (867-1048)

Marozia con Hugo de Arlés, su tercer esposo.

El período posterior al declive del poder imperial presenció el surgimiento de las poderosas familias señoriales romanas en su lugar, las cuales convirtieron las elecciones papales en un campo de batalla por el control de la ciudad y las posesiones papales. Casi todos los papas elegidos en este período eran figuras extremadamente débiles o profundamente corruptas, a menudo ambas, y varios terminaron sus pontificados asesinados o depuestos por la fuerza. El historiador Will Durant denomina el período comprendido entre los años 867 y 1049 el «nadir del papado».[29]

La más prominente de las familias que, durante esta era, controlaron el papado fue la poderosa y corrupta casa aristocrática de los Teofilacto, más conocidos como los condes de Tusculum;[30] en particular, el período entre los pontificados de Sergio III (904-911) y Juan XII (955-964), durante el cual Roma y el papado fueron dominados por Teodora, su hija Marozia y el hijo de esta última, Alberico, se conoce en la historiografía protestante como la «pornocracia» o saeculum obscurum.

Jean-Paul Laurens, El papa Formoso y Esteban VI (1870), Museo de Bellas Artes de Nantes. El cuadro representa el Concilio Cadavérico de 897, uno de los episodios más infames del saeculum obscurum.

Mientras tanto, el Imperio carolingio intentaba salir de la profunda crisis en la que se había hundido. Tras la deposición de Carlos III el Gordo en 888, la corona imperial fue objeto de una larga disputa entre los diversos herederos de los carolingios y otros señores locales, en una lucha constante que alternaba emperadores con poderes limitados con períodos en los que el trono permanecía vacante. Tras casi cuarenta años sin que nadie reclamara la corona imperial, Otón I logró finalmente imponerse a sus oponentes y reafirmar el poder imperial en lo que quedaba del dominio carolingio, invadiendo Italia y siendo coronado emperador en 962. Italia se convirtió en un reino constituyente del Sacro Imperio Romano Germánico, que ahora tenía su centro de poder en Alemania. A partir de entonces, todos los emperadores serían alemanes.

A medida que los emperadores consolidaban su posición, también buscaron interferir en el proceso de elección papal y en la política romana; las ciudades-estado del norte de Italia estaban divididas entre aquellos que daban la bienvenida al regreso de la autoridad imperial y aquellos que preferían mantener su independencia, lo que dio lugar a enfrentamientos entre güelfos y gibelinos.

Mientras tanto, la situación en Roma se había vuelto grotesca, con tres papas (Benedicto IX, Silvestre III y Gregorio VI) reclamando el trono papal en 1046, cada uno apoyado por una facción diferente de la nobleza romana. El rey Enrique III, partidario de una reforma de la Iglesia y deseoso de ser coronado emperador, convocó un concilio en Sutri para resolver la cuestión. Los tres pretendientes fueron depuestos y se eligió un nuevo papa, Clemente II, quien coronó a Enrique. Sin embargo, la inmediata salida de Enrique de Roma y la reticencia de Benedicto IX a retirarse definitivamente retrasaron los efectos deseados del Sínodo de Sutri hasta 1049.

La corrupción en la que se había hundido el papado en el siglo pasado, unida a la necesidad atávica del apoyo de un poder externo para garantizar su supervivencia, empujó a los papas posteriores a implementar una serie de reformas radicales encaminadas a restablecer la autoridad papal, tanto en la esfera moral y espiritual como en la temporal y política.

El resurgimiento simultáneo de la autoridad papal y la imperial sería una fuente constante de conflicto durante los siglos siguientes.

Papas del saeculum obscurum

La reforma gregoriana y la querella de las investiduras (1049-1124)

Hugo de Cluny, Enrique IV y Matilde de Canossa durante la humillación de Canossa. Miniatura en un manuscrito ilustrado conservado en la Biblioteca Apostólica Vaticana, c. 1115.

Los papas del siglo XI, inspirados y apoyados por la reforma cluniacense del siglo anterior, iniciaron un proceso de profunda reforma en toda la Iglesia occidental. Esta reforma, llamada «gregoriana» en honor a su más ferviente defensor, el papa Gregorio VII, e inicialmente apoyada por los emperadores y el clero alemán (varios de los papas implicados eran de origen alemán), abordó todos los problemas que habían caracterizado a la Iglesia en siglos anteriores, especialmente en lo relativo a las relaciones del clero con las autoridades políticas y el resto de la sociedad. El principal resultado de esta reforma fue el crecimiento del poder y el prestigio del papado y la imposición de una estructura teocrática en la cristiandad medieval; se afirmó la primacía de la Santa Sede sobre los obispos y el clero, se afirmaron las prerrogativas de la Iglesia sobre las autoridades civiles y se combatieron la simonía y el nicolaísmo.

Tras la reforma, la Iglesia experimentó un cambio sustancial, adoptando un modelo monárquico y jerárquicamente estructurado. La reforma también trajo consigo una nueva organización del clero, aún vigente hoy en día, basada en el celibato y una clara separación entre los roles de los laicos y el clero. Además de papas y emperadores, la reforma del siglo XI también contó con varios teólogos que proporcionaron una justificación doctrinal para el movimiento y el fortalecimiento de la figura del pontífice. También se establecieron reglas esencialmente definitivas para la elección del pontífice; el papa Nicolás II promulgó la bula In nomine Domini en 1059, que limitó el sufragio en las elecciones papales al Colegio Cardenalicio y estableció las reglas para el proceso electivo, sentando las bases del cónclave moderno.

Sin embargo, la renovada autoridad y la creciente autonomía de los papas pronto los pusieron en conflicto con la otro gran poder universal de la época, el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, en un conflicto sobre cuál de los dos tenía el derecho a investir a los altos eclesiásticos con sus poderes temporales y espirituales. De hecho, hasta el siglo XI, los soberanos laicos habían considerado prerrogativa suya nombrar obispos y abades en sus territorios y, por lo tanto, también investirlos espiritualmente, como consecuencia de haberles confiado bienes materiales. Esta costumbre entraba entonces en abierta contradicción con la reafirmación de la primacía papal de la reforma gregoriana, ya que otorgaba supremacía al poder temporal sobre el espiritual.

El punto álgido de este conflicto se alcanzó en 1076, cuando Enrique IV, con el objetivo de reafirmar la superioridad del emperador sobre el papa, convocó un concordato en Worms en el que declaró a Gregorio VII depuesto y a los obispos alemanes libres de su obligación de obediencia. El papa respondió excomulgando a Enrique y liberando a sus súbditos de su obligación de lealtad hacia él. Así comenzó la llamada querella de las investiduras, en la que el papado y el Sacro Imperio se enfrentaron para afirmar su superioridad mutua. Es famoso el viaje que emprendió Enrique en 1077 para pedir perdón a Gregorio VII (episodio conocido como humillación de Canossa), quien por entonces era huésped de la condesa Matilde de Canossa, para poder levantar su excomunión y así restaurar el deber de obediencia de sus súbditos, que se habían alzado contra él durante la rebelión sajona. Esta primera victoria papal, sin embargo, fue efímera, y el pontificado de Gregorio VII terminó de la peor manera posible: el emperador afirmó una vez más su superioridad sobre el papa eligiendo a un antipapa, Clemente III, y obligando a Gregorio VII a abandonar Roma y morir en el exilio.

El conflicto continuó con los sucesores de Gregorio VII y llegó a su fin en 1122, cuando el papa Calixto II y el emperador Enrique V llegaron a un acuerdo mediante el Concordato de Worms. El acuerdo estipulaba que la elección de los obispos recaería en la Iglesia y que estos prestarían juramento de fidelidad al monarca secular; de esta manera, se afirmó el derecho exclusivo de la Santa Sede a investir los cargos eclesiásticos con autoridad sagrada, simbolizada por el anillo episcopal y el báculo pastoral; el emperador, sin embargo, conservó el derecho a presidir las elecciones de todos los altos cargos eclesiásticos y a arbitrar en las disputas. Además, los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico renunciaron al derecho a elegir al pontífice.

Jean Colombe, El papa Urbano II en el concilio de Clermont en 1095, c. 1474. Miniatura conservada en la Biblioteca Nacional de Francia.

Las antiguas divisiones entre Oriente y Occidente también alcanzaron su clímax durante este período. En 1053, León IX, deseoso de expandir la influencia del papado y contrarrestar la emergente influencia normanda en el sur de Italia, comenzó a nombrar obispos para las diócesis de Calabria y Sicilia, entonces bajo la jurisdicción del Patriarcado de Constantinopla. En respuesta, el patriarca Miguel I Cerulario clausuró todas las iglesias de rito latino en la capital bizantina. Las tensiones entre griegos y latinos continuaron aumentando hasta que, en 1054, tras una fallida embajada papal a Constantinopla, los representantes de las iglesias griega y latina se lanzaron anatemas mutuamente, dando inicio al Cisma de Oriente. Sin embargo, los papas no abandonaron la idea de poder gobernar una Iglesia unificada. Con esta misma intención, Urbano II, tras recibir una carta de Alejo I Comneno solicitando ayuda para repeler a los selyúcidas, convocó un concilio en Clermont en noviembre de 1096 para debatir las medidas a tomar. Tras diez días de concilio, Urbano II pronunció un emotivo discurso ante una multitud en el que «enfatizó el deber del Occidente cristiano de marchar en ayuda del Oriente cristiano».[31] Nueve meses después, las palabras de Urbano II en Clermont se convirtieron en el grito de batalla de la Primera cruzada.[32] Aunque la cruzada no logró el resultado deseado de la reunificación de la Iglesia, proporcionó a los futuros papas un precedente importante para llamar a los señores y fieles de Europa a las armas contra los «enemigos de la Iglesia», ya fueran musulmanes (Cruzadas en Tierra Santa), paganos (Cruzadas bálticas) o herejes (Cruzada albigense).

Papas de la reforma gregoriana

El papa Gregorio VII excomulga al emperador Enrique IV, ilustración de la Crónica de Otón de Frisinga, siglo XII.

La inestabilidad política de Roma: el papado errante (1124-1309)

Palacio papal de Orvieto.

Tras el impulso reformista del siglo XI, el papado pronto se vio amenazado de nuevo por la injerencia de las familias romanas y los emperadores alemanes, y la autonomía y el prestigio adquiridos durante la Reforma Gregoriana se vieron seriamente cuestionados. Debido a los constantes enfrentamientos entre las diversas facciones nobles y populares que caracterizaron el ambiente romano durante los siglos XII y XIII, los papas de este período a menudo tuvieron que residir y ejercer sus funciones fuera de Roma, a veces por decisión propia y otras veces por la fuerza.

Durante sus ausencias de Roma, los pontífices residían en diversas ciudades italianas (principalmente en el centro de Italia) y, ocasionalmente, incluso fuera de la península: sus sedes más frecuentes eran Viterbo, Orvieto y Perugia. Los papas casi siempre llevaban consigo a la Curia romana, y el Colegio Cardenalicio solía reunirse para celebrar las elecciones papales en la ciudad donde había fallecido el último pontífice. Aunque las ciudades anfitrionas gozaban de mayor prestigio y algunas ventajas económicas, las autoridades municipales corrían el riesgo de ser absorbidas por la administración de los Estados Pontificios si permitían que el papa permaneciera allí demasiado tiempo.

Según el historiador Eamon Duffy, «las facciones aristocráticas dentro de la ciudad de Roma la convirtieron nuevamente en una base insegura para asegurar un gobierno papal estable. Inocencio IV fue exiliado de Roma e incluso de Italia durante seis años, y todas las elecciones papales del siglo XIII, salvo dos, tuvieron que celebrarse fuera de Roma. El horizonte de la propia Roma estaba ahora dominado por las torres fortificadas de la aristocracia (se construyeron alrededor de cien solo durante el pontificado de Inocencio IV), y los papas preferían cada vez más pasar su tiempo en los palacios papales de Viterbo u Orvieto».[33]

La Comuna de Roma y el enfrentamiento con Federico Barbarroja (1124-1188)

Arnaldo de Brescia fue el principal impulsor de la revuelta republicana romana.

Tras un siglo de autonomía para los papas y la curia, las familias baroniales romanas volvieron a ejercer su influencia en el Colegio Cardenalicio. Los cónclaves de 1124 y 1130 resultaron en la elección simultánea de dos papas, cada candidato apoyado por una de las dos grandes casas de la época, los Pierleoni y los Frangipani, que habían comenzado a desafiar el dominio de Roma. La doble elección de 1130 incluso provocó un cisma que duró ocho años.

Con el estallido de este último enfrentamiento entre familias nobles, las clases bajas de la población romana (en particular, la burguesía urbana y la pequeña nobleza), exasperadas por las incesantes guerras intestinas entre barones e intolerantes al poder absoluto de los pontífices sobre la ciudad, comenzaron a exigir una mayor participación en la política capitolina. Estas protestas derivaron en una revuelta abierta en 1143, cuando Inocencio II, ya impopular debido a su desastrosa campaña contra los normandos —que lo había obligado a reconocer la legitimidad del gobierno de los Hauteville en el sur de Italia, territorio que, al menos de iure, continuaba siendo feudo papal—, prohibió a los romanos saquear la ciudad de Tívoli, que acababa de ser reconquistada tras rebelarse contra el dominio romano. La facción popular romana se alzó y, a instancias del predicador Arnaldo de Brescia, reconstituyó el Senado romano y proclamó la república (un evento conocido como renovatio senatus), destituyendo al pontífice de su poder temporal. Así nació la Comuna de Roma, que rivalizaría con el papa durante más de sesenta años por el control de la ciudad y el Lacio. Mientras que la familia Frangipani permaneció leal al papa, la familia Pierleoni apoyó plenamente la causa republicana.

Inicialmente, a los papas se les permitió permanecer en la ciudad como obispos y líderes espirituales. En los años siguientes, quienes estaban decididos a tomar el poder por la fuerza se alternaron con quienes se inclinaban más a transigir con el régimen republicano; los gobiernos municipales presionaron a los pontífices para que residieran fuera de Roma y se alternaron con otros que preferían tenerlos como garantes del orden público y las instituciones.

Mientras tanto, en Alemania, el nuevo soberano Federico I Barbarroja, siguiendo una política de poder destinada a reafirmar la universalidad del poder imperial y su superioridad sobre el papado, comenzó a interferir en el nombramiento de obispos en las diócesis alemanas, en flagrante violación de los términos del Concordato de Worms. Anastasio IV, sin embargo, decidió ignorar el asunto y validar los nombramientos imperiales, con la condición de que, a cambio, Barbarroja le ayudara a recuperar el control de Roma.

Federico I Barbarroja en una ilustración del siglo XII.

En 1155, durante su primera incursión en Italia, Federico I marchó sobre Roma, donde, tras capturar y ejecutar a Arnaldo de Brescia (quien había perdido el favor del pueblo por haber provocado el interdicto sobre Roma), fue coronado oficialmente emperador por Adriano IV, quien entretanto había sucedido a Anastasio IV. El Senado, que creía tener derecho a la corona imperial, desató una revuelta en la ciudad, que fue brutalmente reprimida por las tropas de Federico. Sin embargo, con la marcha del emperador, el pontífice se vio obligado de nuevo a abandonar Roma y, para obtener nuevo apoyo contra la Comuna, a llegar a un acuerdo con los históricos adversarios del papado y del Sacro Imperio, los normandos del Reino de Sicilia, quienes aceptaron apoyar al papa a cambio del reconocimiento oficial de sus títulos reales. Esta decisión provocó la ruptura de la tenue tregua entre el emperador y el papa, quien se convirtió en un firme defensor de las comunas del norte de Italia en sus guerras contra Federico.

La repentina muerte de Adriano IV en 1159 complicó considerablemente la situación; la elección papal posterior resultó una vez más en una doble elección: mientras que la mayoría del Colegio Cardenalicio eligió a Alejandro III, que favorecía la continuación de las políticas antiimperiales de Adriano IV, una pequeña minoría de cardenales proimperiales eligió a Víctor IV. Ambos papas fueron expulsados de Roma por las fuerzas municipales y tuvieron que ser consagrados en otro lugar. Federico Barbarroja permaneció inicialmente neutral sobre el cisma e incluso se ofreció a arbitrar la disputa convocando un concilio en Pavía. Alejandro III se negó a participar, ya que esto habría implicado reconocer la supremacía del emperador sobre el pontífice. Víctor fue así reconocido como el papa legítimo por Federico y la mayoría de los obispos alemanes, mientras que Alejandro se vio obligado a refugiarse en Francia. Víctor excomulgó a Alejandro, quien, en respuesta, excomulgó a Víctor, Federico y todos sus partidarios. Desde su exilio francés, Alejandro III llevó a cabo con éxito una hábil campaña política destinada a obtener el reconocimiento del resto de los líderes de Europa, debilitando así aún más la autoridad del emperador.

Posteriormente, las fuertes derrotas sufridas en las campañas italianas contra las comunas obligaron a Federico Barbarroja a abandonar su sueño de un imperio universal y a reconciliarse definitivamente con Alejandro III en la Paz de Venecia en 1177. Aunque esta paz puso fin sustancialmente a la lucha entre Federico Barbarroja y el papado, ciertas consecuencias surgieron durante los pontificados de Lucio III y Urbano III, principalmente en relación con dos cuestiones: la legitimación de los obispos elegidos por los antipapas pro imperiales y la coronación del hijo de Federico, Enrique VI, como rey de Italia. Ambas demandas fueron rechazadas, particularmente la última, porque los papas no querían que Enrique VI, quien reclamaba el trono de Sicilia a través de su matrimonio con Constanza de Hauteville, pudiera controlar tanto el norte como el sur de la península, cercando así los dominios papales.

Tras la toma de Jerusalén por Saladino en 1187, Gregorio VIII proclamó la Tercera cruzada, a la que, reafirmando el principio de la primacía papal, invitó a participar a todos los soberanos cristianos de Europa.

Durante el conflicto con Federico Barbarroja, las relaciones entre los papas y las instituciones republicanas romanas se deterioraron, y ninguno de los sucesores de Alejandro III logró ser elegido, consagrado ni instalado en Roma. La situación cambió con la elección de Clemente III, quien inmediatamente se dedicó a reconciliar el papado con la ciudad. El resultado de sus esfuerzos fue el «Pacto de Concordia», firmado en 1188. El papa reconoció la legitimidad del Senado y las demás magistraturas capitolinas, y a cambio, el Senado reconoció la soberanía del pontífice y le restituyó la mayor parte de sus regalías. Después de más de 60 años, el papa pudo finalmente regresar a Roma como soberano reconocido.

Primer regreso a Roma y enfrentamiento con Federico II (1188-1257)

Encuentro entre Otón IV y el papa Inocencio III. Ilustración realizada c. 1450.

En política exterior, este período de la historia del papado estuvo dominado por conflictos con los descendientes de Barbarroja, quienes buscaban continuar con sus políticas de expansión del poder imperial sobre otras monarquías europeas y el papado.

Aunque Enrique VI había conseguido, mediante una política extremadamente agresiva y a pesar de la encarnizada oposición de los papas, hacerse con la corona imperial y la siciliana en 1194, su repentina muerte en 1197 y la subsiguiente encomienda de la educación de su jovencísimo hijo Federico al papa Inocencio III parecieron acabar definitivamente con la amenaza imperial a la supremacía del papado; sin embargo, el propio joven Federico pronto demostraría ser un oponente particularmente difícil para los papas de su tiempo.

Tras la muerte de Enrique VI, dos candidatos compitieron por el trono imperial: Felipe de Suabia, hermano del difunto emperador, y Otón de Brunswick. El papa apoyó a este último para evitar que los Hohenstaufen controlaran simultáneamente el Sacro Imperio y el Reino de Sicilia. Debido a la muerte de Felipe, Otón salió victorioso de la disputa y, tras prometer al papa respetar la autonomía y los privilegios de la Iglesia y abandonar los planes de sus predecesores de conquistar Italia, fue coronado Otón IV en Roma en 1209. Sin embargo, tras su coronación, Otón demostró claramente que no tenía intención de cumplir sus promesas, ocupando durante aproximadamente un año los territorios de Rieti y Spoleto —territorios que el papa intentaba incorporar a los Estados Pontificios— y reclutando un ejército para invadir y anexionar el Reino de Sicilia. En respuesta, Inocencio III excomulgó inmediatamente a Otón, declarando que su autoridad como emperador había caducado, y se alineó con los nobles alemanes que se habían aliado con los Hohenstaufen en el conflicto anterior, proponiendo al joven Federico, de poco más de 18 años, como nuevo emperador. Otón se vio entonces obligado a regresar a Alemania para hacer frente a la revuelta de los nobles.

Federico partió hacia Alemania para reclamar la corona imperial en 1212, y en 1215 había derrotado la resistencia de Otón, quien para entonces había perdido el apoyo de prácticamente toda la nobleza alemana, y se había proclamado emperador. Para agradecer al papa su apoyo, Federico no solo renovó las promesas que Otón había roto, sino que incluso prometió liderar una cruzada para reconquistar Jerusalén. En vida de Inocencio III, esta última promesa permaneció esencialmente en una formalidad, pero su sucesor, Honorio III, tomó mucho más en serio ese compromiso y a lo largo de su pontificado instó constantemente al emperador a emprender la peregrinación armada, incluso alentándolo con la coronación oficial y solemne como emperador en Roma en 1220 y con organizar su matrimonio con Yolanda de Brienne, heredera del Reino de Jerusalén, hasta que Federico se comprometió a partir hacia Tierra Santa en 1227. Mientras tanto, el emperador, que había prometido a los papas no unir la corona siciliana con la imperial, delegó el poder en Alemania a su hijo Enrique, otorgándole el título de rey de los romanos, y se trasladó al sur de Italia, prefiriendo dedicarse más a la administración de los territorios sicilianos.

Federico II en una ilustración del siglo XIII.

En 1227, Federico organizó la expedición según lo prometido, pero una epidemia repentina azotó a los cruzados reunidos en Brindisi (incluido el propio emperador), obligándolos a posponer su partida. El sucesor de Honorio III, Gregorio IX, un pontífice con opiniones mucho más hostiles hacia el emperador, aprovechó inmediatamente la fallida partida para excomulgar a Federico. La excomunión estuvo motivada no solo por el incumplimiento de la promesa, sino también por la negativa del emperador a exterminar o convertir por la fuerza a los musulmanes de Sicilia y, sobre todo, por las políticas de Federico de los últimos años destinadas a extender y fortalecer el poder imperial sobre el resto de Italia, en abierta violación de las promesas hechas en el momento de su coronación. A pesar de la excomunión, Federico II partió para su cruzada al año siguiente, logrando hacerse con el control de Jerusalén, donde fue coronado rey en 1229 en virtud de su matrimonio. Gregorio IX, mientras tanto, aprovechó la ausencia del emperador para fomentar la revuelta entre numerosos nobles y ciudades del sur de Italia, llegando incluso a convocar una cruzada contra el propio Federico a su regreso a Italia. Sin embargo, la cruzada tuvo poco éxito, y en menos de un año, Federico II logró recuperar el control de su reino. A pesar de la abierta hostilidad del papa, Federico consideró más conveniente reconciliarse con él, y ambos firmaron la Paz de San Germano en 1230: el emperador se comprometió a renunciar a los incumplimientos que habían llevado a su excomunión, la cual el papa se vio obligado a levantar, ya que el compromiso de la cruzada se había cumplido.

En 1234, una revuelta de las fuerzas populares romanas y gibelinas, liderada por el senador Luca Savelli, obligó al papa a abandonar Roma. Federico aprovechó la oportunidad para mejorar su imagen ante los cristianos europeos y envió un contingente armado para ayudar a Gregorio IX a recuperar el control de los territorios papales. Sin embargo, a pesar de esta intervención, la situación entre el papa y el emperador pronto volvería a deteriorarse: en 1239, el hijo de Federico, Enzo, se casó con Adelasia de Torres, heredera del Juzgado de Torres y Gallura, y el emperador, con motivo de la boda, otorgó a su hijo el título de rey de Cerdeña; la concesión de este título, sin embargo, pertenecía por derecho al pontífice, ya que Cerdeña era un feudo papal, y Gregorio IX respondió de inmediato a este ultraje emitiendo una nueva excomunión contra Federico. Para impedir la solemne confirmación de la excomunión, prevista para la Pascua de 1241, Federico invadió los territorios papales y sitió Roma, arrestando a varios cardenales y prelados de alto rango que debían participar en el evento. El asedio duró casi dos años, durante los cuales murió Gregorio IX y las familias gibelinas romanas imposibilitaron la elección de un nuevo pontífice.

En 1243, después del breve pontificado de Celestino IV durante 17 días en 1241, los cardenales lograron elegir a Inocencio IV como nuevo papa. El pontífice buscó inmediatamente un acuerdo con el emperador, prometiendo levantar la excomunión si Federico devolvía los territorios papales conquistados, pero las negociaciones fracasaron. La situación cambió cuando en 1244, tras varias derrotas militares en el centro y norte de Italia, el emperador se vio obligado a retirar el contingente militar que guarnecía Roma; Inocencio aprovechó de inmediato el levantamiento del asedio para abandonar la ciudad y refugiarse en Lyon, bajo la protección del rey de Francia, donde convocó un concilio en 1245 que confirmó la excomunión de Federico II y declaró caducado su poder imperial. Mientras tanto, Federico se dedicaba a luchar contra las comunas lombardas, decidido a mantener su independencia: la campaña terminó mal con la derrota en la batalla de Parma en 1248, tras la cual el emperador se vio obligado a retirarse a sus posesiones sicilianas y abandonar sus planes de subyugar Italia. Al regresar a Apulia, murió de una infección intestinal en 1250.

Tras la muerte de Federico, los papas se comprometieron a garantizar que ni Conrado ni Manfredo, hijos y herederos de Federico, heredaran las coronas del Sacro Imperio y de Sicilia. Iniciaron negociaciones con varias casas europeas para reemplazar a los Hohenstaufen en ambos tronos por gobernantes más favorables a ellos. Si bien la muerte prematura de Conrado por malaria en 1254 simplificó la tarea de los pontífices, Manfredo demostró ser un enemigo tan digno del papado como su padre. Aunque inicialmente, en 1254, tras una excomunión, había accedido a someterse al pontífice y reconocer la autoridad papal sobre el sur de Italia, Manfredo aprovechó la tregua para reunir un ejército con el que, a partir de 1256, derrotó repetidamente a las tropas papales estacionadas en Apulia y Campania, recuperando el poder sobre el Reino de Sicilia. El resurgimiento de Manfredo revitalizó a las fuerzas gibelinas en toda Italia, que tomaron el control de numerosas ciudades, incluida Roma, obligando al papa a abandonar la ciudad.

El sitio de Constantinopla en una ilustración del siglo XIII.

Los papas hicieron un uso significativo de las cruzadas durante este período: entre 1188 y 1257, se proclamaron y libraron más cruzadas que en todos los demás siglos juntos. La mayor parte de estas consistió en una serie de expediciones infructuosas (excluyendo la Sexta cruzada) a Oriente Medio supuestamente destinadas a arrebatar Jerusalén del dominio musulmán, aunque muchas de ellas se centraron más en el norte de África que en el Levante. Ninguna de ellas logró restablecer un gobierno cruzado estable y duradero en Tierra Santa; por el contrario, la desastrosa Cuarta cruzada, que finalizó con el sitio de Constantinopla en 1204, socavó por completo un siglo de esfuerzos papales por la reconciliación con la Iglesia de Oriente.

Sin embargo, no todas las cruzadas se dirigieron contra los musulmanes. Con el fin de ampliar el área bajo la autoridad papal, también se proclamaron varias cruzadas destinadas a la subyugación y conversión de los pueblos paganos a lo largo de la costa báltica. Las conquistas cruzadas en el Báltico se extendieron tan al este como para alcanzar los territorios de Nóvgorod y Pskov, contra los cuales Gregorio IX convocó una cruzada fallida en 1238, con el objetivo de apartar a las dos repúblicas de la órbita ortodoxa y alinearlas a la católica.

La masacre de los albigenses en las Crónicas de Saint-Denis. Miniatura del siglo XIV, Biblioteca Británica.

Pero una novedad absoluta de esta época fue el uso de la cruzada contra otros cristianos, con el objetivo de combatir y suprimir las herejías. De hecho, en los dos siglos anteriores, numerosos movimientos inspirados por la pauperización y las creencias heterodoxas se habían extendido por Europa Occidental, como el valdismo y el catarismo; este último movimiento en particular se había arraigado en vastas zonas de Occitania y había atraído a numerosos prosélitos y la simpatía de varios señores locales. Para erradicar esta herejía, en 1208 el papa Inocencio III pidió la intervención armada de los señores franceses, lo que resultó en una campaña militar, conocida como la Cruzada albigense (1209-1244), que azotaría sangrientamente el sur de Francia durante los siguientes veinte años, conduciendo al exterminio casi total de los cátaros. Aunque la herejía fue derrotada, el espíritu pauperista del movimiento cátaro también logró penetrar en el mundo católico, sirviendo de inspiración para las órdenes mendicantes, aprobadas por el papa Honorio III durante la cruzada como respuesta católica para contrarrestar la expansión del catarismo. La cruzada también brindó a los reyes de Francia la oportunidad de obtener el control total de los territorios occitanos, que durante siglos habían gozado de una autonomía sustancial de la corona. Este acontecimiento, combinado con el drástico declive del poder imperial que siguió a la extinción de los Hohenstaufen, incrementó enormemente la influencia de los soberanos franceses, quienes se convirtieron en el nuevo poder al que los papas tuvieron que enfrentarse en los años posteriores. Otro efecto de la cruzada albigense fue la institucionalización y el fortalecimiento de la Santa Inquisición, a la que se le encomendó la tarea de identificar y combatir futuras herejías con mayor firmeza.

En política interna, los papas de este período, desde su regreso a Roma, se dedicaron al desmantelamiento progresivo de las magistraturas municipales y su autonomía: varios cargos fueron abolidos y muchos nombramientos se convirtieron paulatinamente en prerrogativa exclusiva de los pontífices, mientras que el número y el poder de los senadores se redujeron gradualmente, hasta la introducción del «senador único». Sin embargo, el debilitamiento de la comuna trajo consigo un renovado fortalecimiento del poder de las familias baroniales, que ahora reajustaron sus alianzas en una facción güelfa (liderada por los Orsini) y una facción gibelina (liderada por los Colonna). El cargo de senador de Roma se convirtió en un campo de batalla para los barones romanos, y los gobiernos güelfos y propapales se alternaron con los gibelinos, lo que dificultó la vida de los pontífices durante sus conflictos con Federico II. Con el tiempo, a los enfrentamientos entre familias nobles se sumaron diversas revueltas populares destinadas a restablecer los poderes del Senado y otros magistrados municipales, así como su autonomía frente a la interferencia de papas, barones y emperadores. La mayor de ellas fue la ya mencionada revuelta de los Savelli de 1234.

A medida que Roma volvía a sumirse en un estado de constantes revueltas y guerras civiles, los papas comenzaron a distanciarse de ella, pues ya no la consideraban un lugar seguro. Inocencio III ya había preferido pasar los últimos años de su pontificado en Perugia, mientras que Gregorio IX se vio obligado por los gobiernos gibelinos a abandonar Roma y residir en Viterbo y Perugia entre 1227 y 1230, y de nuevo entre 1234 y 1237; la interferencia de los barones gibelinos en el colegio cardenalicio incluso impidió la elección de un nuevo papa entre 1241 y 1243 (los cardenales tuvieron que reunirse en Anagni para elegir finalmente al papa), e Inocencio IV incluso tuvo que retirarse a Francia entre 1245 y 1251 para escapar de las fuerzas proimperiales. Finalmente, cuando las facciones gibelinas y populares se aliaron bajo la figura de Brancaleone degli Andalò, logrando derrotar a las fuerzas güelfas y tomar definitivamente el poder sobre Roma, Alejandro IV trasladó oficialmente la sede papal y la Curia romana a la ciudad de Viterbo en 1257, que en las décadas anteriores ya había demostrado ser un refugio seguro para los pontífices en tiempos de crisis.

Traslado a Viterbo, enfrentamiento con Manfredo e intervención angevina (1257-1285)

Palacio Papal de Viterbo.

Durante su estancia en Viterbo, los papas hicieron del palacio episcopal de la ciudad su residencia oficial: el edificio fue restaurado y ampliado varias veces, transformándose en el actual Palacio Papal de Viterbo. Sin embargo, los pontífices nunca residieron exclusivamente en Viterbo, sino que también se trasladaron a otros lugares durante sus pontificados, según el lugar que consideraran más conveniente o seguro para ejercer su cargo. En raras ocasiones durante sus viajes, también hicieron escala en la ciudad, aunque siempre por breves periodos; sin embargo, la mayoría de los papas de este período nunca pisaron Roma.

Con la huida de Alejandro IV de Roma, Manfredo tuvo vía libre para extender su poder: en 1258 se proclamó rey de Sicilia y al año siguiente se casó con Helena Ángelo Ducas, quien le entregó los territorios del despotado de Epiro como dote. En 1260, la mayor parte de Italia estaba controlada por las fuerzas gibelinas, muchas de las cuales estaban entonces bajo el mando directo de Manfredo. Mientras tanto, Urbano IV, sucesor de Alejandro IV, llevó a cabo numerosas negociaciones con varios nobles europeos, prometiendo la corona de Sicilia a cualquiera de ellos que aceptara luchar contra Manfredo. Cuando en 1262 el papa renovó la excomunión de Manfredo y este, en respuesta, organizó un intento de secuestro fallido, Urbano presionó a Carlos de Anjou, hermano de Luis IX de Francia, quien aceptó la propuesta del pontífice y descendió a Italia con su ejército. En 1265 fue coronado Carlos I de Sicilia y, en 1266, derrotó y mató a Manfredo en la batalla de Benevento. Dos años más tarde, tras la batalla de Tagliacozzo, Carlos mandó capturar y decapitar a Conradino, el hijo de 16 años de Conrado IV y último heredero directo de la dinastía Hohenstaufen.

Estatua de Carlos de Anjou realizada por Arnolfo di Cambio en 1277 y conservada en los Museos Capitolinos.

La muerte de Manfredo dejó a las fuerzas gibelinas italianas en desorden, que pronto fueron reemplazadas casi en todas partes por las facciones güelfas, de las cuales el propio Carlos, ya nombrado senador de los romanos unos años antes por el nuevo gobierno capitolino, se convirtió simbólicamente en el líder. Con la eliminación de la amenaza de los Hohenstaufen, parecía que el papa podría finalmente establecerse como el único poder sobre Italia y Europa, pero Carlos, que había sido elegido por el propio papa para ser un gobernante más manejable que los Hohenstaufen, no se mostró complaciente con los papas: desde el principio dejó claro su deseo de expandir su dominio sobre toda Italia, exigiendo ser reconocido no solo como la cabeza simbólica de los güelfos, sino también como su señor y soberano efectivo, y, consciente de que los papas podían ser el mayor obstáculo para sus planes de conquista, se aseguró de que, después de la muerte de Clemente IV, el trono papal permaneciera vacante durante casi tres años, impidiendo que el cónclave alcanzara la mayoría necesaria para la elección gracias a su influencia sobre los cardenales franceses (el papel de los prelados de origen francés seguiría siendo un elemento central de las elecciones papales hasta el Cisma de Occidente). Durante la sede vacante, Carlos dirigió varias campañas por toda Italia en un intento de someterla.

Gregorio X, elegido tras la larga vacante de la sede papal, se mostró inicialmente complaciente con Carlos, prefiriendo dedicarse a organizar el Segundo Concilio de Lyon en 1274 y a redactar la bula Ubi periculum, que instituyó oficialmente el cónclave y estableció sus reglas, destinadas a evitar que se repitiera una vacante tan prolongada. Sin embargo, durante el Concilio de Lyon, Gregorio X dio el primer golpe antiangevino: el emperador bizantino Miguel VIII Paleólogo aceptó someterse a la autoridad papal y reunificar las Iglesias de Oriente y Occidente (la unión, sin embargo, nunca fue efectiva y fue rechazada por la mayoría del clero y los fieles ortodoxos), a cambio del reconocimiento de su soberanía sobre los territorios bizantinos, una medida que irritó enormemente a Carlos, que llevaba años intentando hacerse con el control de varios territorios en los Balcanes e incluso de la propia Constantinopla. Después del concilio, Gregorio X, continuando con una política claramente antiangevina, trabajó también para restablecer la estabilidad del trono imperial alemán, favoreciendo el ascenso de la dinastía de los Habsburgo, e intentó promover un acuerdo de paz entre güelfos y gibelinos. Este último intento, sin embargo, fue frustrado por el propio Carlos.

Los esfuerzos de Gregorio X se vieron frustrados por su prematura muerte, y la serie de breves pontificados que siguieron solo otorgaron a los angevinos mayor libertad de movimiento. El único pontífice que intentó de nuevo contrarrestar el poder angevino fue Nicolás III Orsini, quien despojó a Carlos del título de senador de Roma, prohibió a los extranjeros obtener más cargos en la ciudad e intentó reorganizar el sistema de alianzas entre los estados y municipios italianos para limitar la influencia angevina; pero una vez más su muerte prematura frustró sus acciones. De hecho, Carlos logró, mediante su influencia, que Martín IV, cardenal francés y firme partidario de los angevinos, fuera elegido como su sucesor. Martín IV anuló todas las medidas de Nicolás III, devolviendo el Senado romano (y, por lo tanto, el control de Roma) a los angevinos. Martín IV también excomulgó a Miguel VIII Paleólogo, anulando los acuerdos hechos en Lyon y permitiendo así a Carlos reanudar sus campañas en los Balcanes, y, después de las Vísperas sicilianas en 1282, intentó, con poco éxito, evitar la secesión de Sicilia del reino angevino excomulgando a Pedro III de Aragón y declarando que su corona debía pasar a Carlos de Valois. Esta última resolución, sin embargo, nunca se llevó a cabo.

Tras la muerte de Martín IV fue elegido Honorio IV, otro fiel a Carlos y miembro de la familia romana Savelli. Con el papado y la ciudad ahora firmemente en manos angevinas, y siendo Honorio IV originario de Roma y, por lo tanto, bien considerado por la población romana, ya no había razón para mantener la sede papal en de Viterbo. En mayo de 1285, Honorio IV regresó con toda la Curia a Roma, donde fue consagrado solemnemente pontífice en la Basílica de San Pedro.

Segundo regreso a Roma y enfrentamiento con Felipe el Hermoso (1285-1309)

Bonifacio VIII representado en un fresco de Giotto (1300).

Con la muerte de Carlos de Anjou a principios de 1285, el papado recuperó parte de su independencia, aunque aún mantenía cierta deferencia hacia el nuevo gobernante angevino, Carlos II de Anjou, y sobre todo hacia su principal aliado, el nuevo monarca francés Felipe IV el Hermoso. Aunque habían recuperado el libre acceso a Roma, incluso los papas de esta última fase del papado errante prefirieron mantener la sede papal fuera de la ciudad, que aún se consideraba insegura debido a los enfrentamientos entre familias baroniales. Nicolás IV trasladó la corte papal a Rieti, una posición que también le permitió un mayor control sobre los territorios papales en los Apeninos; Celestino V pasó su breve pontificado en Nápoles, bajo la protección angevina; Bonifacio VIII trasladó la sede de nuevo a Roma y luego a Rieti, pero pasó la mayor parte de su reinado en su ciudad natal de Anagni; Benedicto XI concluyó su pontificado de ocho meses en Perugia.

Honorio IV fue sucedido, tras un largo interregno, por Nicolás IV, el primer papa franciscano, quien centró su pontificado en los intentos de reconciliar a los diversos estados cristianos de Europa, con vistas a una nueva cruzada de toda la cristiandad unida hacia Tierra Santa. Sin embargo, su sueño de una nueva cruzada nunca se materializó, y sus llamamientos a la unidad cristiana fueron prácticamente ignorados. Su política de reconciliación también tuvo implicaciones para la administración de los Estados Pontificios: aunque los mayores partidarios del papa durante el siglo anterior habían sido la familia Orsini, Nicolás IV prefirió confiar la administración de Roma principalmente a la familia Colonna, a pesar de su pasado como gibelinos acérrimos.

La muerte de Nicolás fue seguida por otra prolongada vacante, al término de la cual, en 1294, el eremita Pietro da Morrone, hombre reconocido en toda Europa por su piedad y devoción, pero totalmente ignorante del derecho canónico y la burocracia administrativa, fue elegido papa con el nombre de Celestino V. Cuando la Curia se trasladó a Nápoles por consejo de Carlos II de Anjou, Celestino V se convirtió en un simple títere en sus manos y pronto se dio cuenta de que no era apto para ejercer el cargo de pontífice y deseó regresar a su vida monástica. Así, pocos meses después de su elección, Celestino, probablemente por consejo del cardenal Benedetto Caetani, renunció oficialmente al cargo papal. En el cónclave posterior, el propio Caetani fue elegido papa con el nombre de Bonifacio VIII. Uno de sus primeros actos como pontífice fue anular todas las medidas tomadas por Celestino V bajo influencia angevina y arrestarlo. Caetani, cuya elección no había sido bien recibida por los cardenales franceses, temía que los angevinos y otras fuerzas vinculadas a los círculos transalpinos pudieran cooptar a Celestino V como antipapa. El anciano Pietro da Morrone murió unos meses después en prisión.

Alphonse de Neuville, Sciarra Colonna abofeteando al papa Bonifacio VIII (1883). La llamada «bofetada de Anagni» fue el evento culminante del intento de arresto del papa.

El pontificado de Bonifacio VIII se caracterizó por su intento, ya entonces anacrónico, de reafirmar la universalidad del poder papal y su superioridad sobre todas las monarquías europeas, en un momento en que el poder imperial universal había declinado definitivamente. Para ello, promulgó la bula Clericis laicos, que prohibía a cualquier autoridad temporal secular gravar al clero o los bienes de la Iglesia, bajo pena de excomunión. Esta medida provocó un conflicto entre el pontífice y el rey de Francia, Felipe IV el Hermoso, quien aplicaba una política de fuerte centralización de todas las instituciones del reino (incluida la Iglesia). En respuesta, Felipe IV promulgó una serie de edictos que prohibían la exportación de dinero desde Francia, impidiendo así al papa recaudar ingresos eclesiásticos franceses sin violar las condiciones de su propia bula. Bonifacio VIII prefirió entonces dar un paso atrás y conceder permiso al rey para gravar al clero. La rendición del papa ante la firme oposición del rey de Francia se debió a su necesidad de mantener su amistad con él mientras su autoridad se debilitaba en los círculos romanos. La familia Colonna, enemiga histórica de los Caetani, no había acogido con agrado la elección de Bonifacio VIII e incluso había liderado un movimiento que sostenía su ilegitimidad. Varios eclesiásticos resentidos por el despotismo de los Caetani también se unieron al movimiento. La respuesta del papa fue implacable: la familia Colonna fue excomulgada, despojada de todas sus propiedades y finalmente obligada a huir a Francia, mientras que Palestrina, su principal bastión, fue completamente arrasada.

Aunque en los años siguientes Bonifacio VIII intentó mantener buenas relaciones con los franceses y sus aliados (por ejemplo, se alió con los angevinos durante las negociaciones de la Paz de Caltabellotta en 1302 y delegó la gestión de los asuntos papales en Toscana a Carlos de Valois), las tensiones con Felipe IV pronto resurgieron: tras la apropiación de algunas propiedades eclesiásticas por parte de la nobleza francesa y el arresto de un obispo leal a él, el papa despojó al rey de los derechos fiscales que le habían sido previamente concedidos y reafirmó la suprema autoridad papal, amenazando con la excomunión a cualquiera que se le opusiera. Esta vez, Felipe no buscó mediación y, de hecho, aprovechando la presencia de la familia Colonna en su corte, organizó, con el pleno apoyo del clero francés, un juicio para deponer al papa por cargos de simonía, herejía e inmoralidad. Se organizó una expedición, liderada por Guillermo de Nogaret y Sciarra Colonna, para arrestar al pontífice (quien entretanto había excomulgado al rey) y llevarlo a Francia para ser juzgado. En septiembre de 1303, ambos condotieros lograron entrar en Anagni y arrestar al papa en su residencia (episodio conocido como la «bofetada de Anagni»), pero la población local los obligó a huir pocos días después. Sin embargo, Bonifacio VIII murió a las pocas semanas, quizás a consecuencia del trato recibido durante su arresto.

El sucesor de Bonifacio VIII, Benedicto XI, intentó zanjar las desavenencias de su predecesor levantando la excomunión a Felipe el Hermoso y a los miembros de la familia Colonna, permitiéndoles regresar a Italia. Sin embargo, no devolvió las propiedades confiscadas a la familia Colonna. Esta decisión desagradó tanto a los Colonna (que deseaban recuperar lo perdido) como a los partidarios del papa anterior (que no querían que los Colonna regresaran a Roma). En poco tiempo, Roma se vio sumida de nuevo en una disputa familiar entre los Colonna y el papa se vio obligado a refugiarse en Perugia, donde falleció en 1304.

Tras casi un año de sede vacante, Clemente V, arzobispo francés, fue elegido nuevo papa. Prefirió no ir a Roma, que se encontraba entonces en plena guerra civil, y en su lugar estableció su propia sede, probablemente por instigación de Felipe IV, en el Condado Venaissin, un feudo papal rodeado de territorios franceses, iniciando así la era del papado de Aviñón.

Papas del período errante

El papado de Aviñón (1309-1377)

Palacio papal de Aviñón.

De 1309 a 1377, durante el período también conocido como el «cautiverio de Aviñón», siete papas, todos ellos franceses, residieron en Aviñón. Las razones que impulsaron a los papas a trasladar y mantener la corte papal en Aviñón fueron principalmente dos: el deseo de mantener un estrecho contacto con el clero y el rey de Francia, quien desde hacía tiempo había expresado aspiraciones de autonomía para la Iglesia francesa, y la necesidad de distanciarse más claramente del entorno de Roma, que se encontraba en constante conflicto interno. Especialmente desde este último punto de vista, el papado de Aviñón puede considerarse una continuación natural del papado errante que había caracterizado los dos siglos anteriores.[34] Si por un lado el cautiverio de Aviñón perjudicó el prestigio del papado, por otro permitió a los papas reorganizar pacíficamente la administración eclesiástica y fortalecer el aparato estatal papal. En 1378, Gregorio XI devolvió la sede papal a Roma y falleció allí.

Papas del papado de Aviñón

El Cisma de Occidente (1378-1417)

Anuncio de la elección de Martín V en una ilustración de Ulrich de Richental.

Tras la controvertida elección de Urbano VI en 1378, los cardenales franceses rechazaron el resultado y organizaron su propio cónclave, donde eligieron a uno de los suyos, Roberto de Ginebra, que adoptó el nombre de Clemente VII. Fijó su sede papal en Aviñón, lo que marcó el inicio de un período difícil que se prolongó hasta 1418 y que los eruditos católicos denominan el «Cisma de Occidente» (en contraposición al Cisma de Oriente de 1054) o el «Gran conflicto de los antipapas» (también llamado «Segundo Gran Cisma» por algunos historiadores seculares y protestantes), cuando las diversas facciones dentro de la Iglesia católica se dividieron según su lealtad a uno u otro de los aspirantes al papado. El Concilio de Pisa (1409) intentó resolver la situación declarando ilegítimos a los papas de Roma y Aviñón y eligiendo a Alejandro V en su lugar. Pero esto no hizo sino agravar aún más el cisma (ya que ahora no había dos, sino tres pretendientes al papado), y la legitimidad del concilio y sus decisiones fueron cuestionadas tanto por los dos papas depuestos como por varios soberanos europeos.

En 1414 se convocó otro concilio en Constanza. En marzo de 1415, el antipapa pisano, Juan XXIII, huyó de Constanza disfrazado,[35] pero fue arrestado, devuelto y depuesto en mayo. El papa romano, Gregorio XII, abdicó voluntariamente en julio. El papa de Aviñón, Benedicto XIII, que se había negado a asistir al concilio, fue depuesto in absentia.

El Concilio de Constanza, después de haber eliminado definitivamente a los papas y antipapas, eligió a Martín V en noviembre de 1417, decisión que fue ratificada luego por todos los cardenales al final del concilio en 1418, poniendo fin al cisma.

Papas del Cisma de Occidente

Edad Moderna (1417-1789)

El papado renacentista y la Reforma protestante (1417-1565)

Rafael, León X y dos cardenales, c. 1518. En este retrato, León X aparece junto a sus primos, Julio de Médici (izquierda) y Luis de Rossi (derecha), a quienes nombró cardenales nepotes.

Desde la elección de Martín V en el Concilio de Constanza en 1417 hasta la Reforma del siglo XVI, el cristianismo occidental atravesó una etapa prácticamente libre de cismas y de aspirantes rivales al papado. Hubo numerosas divisiones notables sobre la dirección de la Iglesia y la religión, pero estas se resolvieron mediante los procedimientos, ahora bien establecidos, del cónclave.

A diferencia de otros gobernantes europeos, los papas no eran monarcas hereditarios, por lo que sólo podían promover sus intereses familiares a través del nepotismo.[36] Según Eamon Duffy, «el resultado inevitable de todo esto fue la creación de una clase cardenalicia adinerada con fuertes lazos dinásticos».[37] El Colegio estaba dominado por cardinales nepotes parientes de los papas que los encumbraron, cardenales de la corona (representantes de las monarquías católicas de Europa) y miembros de las poderosas familias italianas. Los sucesivos papas y los cardenales adinerados financiaron cada vez más el arte y la arquitectura renacentistas, transformando por completo la fisonomía y el trazado urbano de Roma.

Durante este período, los Estados Pontificios comenzaron a asemejarse a un estado nacional moderno, y el papado tomó un papel cada vez más activo en las guerras y la diplomacia europeas. Julio II llegó a ser conocido como «el papa guerrero» por su frecuente actividad militar y bélica para aumentar el territorio y las propiedades del papado.[38] Los papas de este período utilizaron el ejército papal no solo para enriquecerse a sí mismos y a sus familias, sino también para hacer cumplir y ampliar las antiguas reivindicaciones territoriales y de propiedad del papado como institución.[39] Aunque antes del Cisma de Occidente el papado obtenía gran parte de sus ingresos del «vigoroso ejercicio de su oficio espiritual», durante este período los papas dependían financieramente de los ingresos de los propios Estados Pontificios. Debido a sus ambiciosos proyectos temporales, ya fueran militares o artísticos, los papas renacentistas tuvieron que ampliar el alcance de sus fuentes de ingresos, recurriendo a la venta de indulgencias y de cargos burocráticos y eclesiásticos.[40] Las campañas diplomáticas y militares de Clemente VII dieron lugar al Saco de Roma en 1527.[41]

La construcción de la nueva Basílica de San Pedro, iniciada por Julio II en 1506, fue financiada en gran parte con dinero procedente de la venta de indulgencias.

Los papas fueron frecuentemente llamados a actuar como árbitros en disputas entre potencias coloniales. El descubrimiento de América por Cristóbal Colón en 1492 alteró las ya inestables relaciones entre el Reino de Portugal y la Castilla, cuya pugna por la posesión de territorios coloniales a lo largo de la costa africana había sido regulada durante muchos años mediante bulas papales en 1455, 1456 y 1479. Alejandro VI respondió con tres bulas, fechadas el 3 y el 4 de mayo, que fueron muy favorables a Castilla; la tercera, Inter caetera (1493), concedió a España el derecho exclusivo a colonizar la mayor parte del Nuevo Mundo.

Según Eamon Duffy, «el papado renacentista recuerda a un espectáculo de Hollywood, todo decadencia y deterioro. Los contemporáneos vieron la Roma renacentista como nosotros vemos hoy el Washington de Nixon, una ciudad de prostitutas pagadas y corrupción política, donde todo y todos tenían un precio, donde no se podía confiar en nada ni en nadie. Los propios papas parecían estar allanando el camino para ello».[37] Un ejemplo de este período es la supuesta declaración de León X: «Disfrutemos del papado, ya que Dios nos lo ha concedido».[36] Varios papas de esta época tuvieron amantes e hijos, y estuvieron involucrados en intrigas o incluso en asesinatos. Alejandro VI tuvo cuatro hijos reconocidos (César, Lucrecia, Jofré y Juan) antes de convertirse en papa.

La corrupción generalizada en los círculos romanos, el gasto extravagante de pontífices y cardenales, y el abuso de prácticas religiosas como la venta de indulgencias dañaron gravemente la reputación del papado, generando un descontento generalizado en muchos círculos católicos de toda Europa. Estos factores estuvieron entre las principales razones que llevaron a Martín Lutero y a otros prelados y teólogos a iniciar la Reforma protestante, a la que los papas de este período no pudieron responder adecuadamente.[42] Pasaron casi treinta años antes de que Paulo III decidiera convocar el Concilio de Trento (1545-1563) con el objetivo de organizar una respuesta católica adecuada a la expansión del protestantismo, pero para entonces Europa ya estaba desgarrada por profundas divisiones y guerras religiosas que hicieron que el cisma fuera prácticamente imposible de evitar.

Papas del período renacentista

La Contrarreforma y el papado barroco (1566-1700)

Pío V fue uno de los pontífices más enérgicos y activos del período inmediatamente posterior al Concilio de Trento, encarnando plenamente el espíritu de reafirmación del prestigio romano.

El Concilio de Trento produjo una serie de reformas, a menudo radicales, destinadas a contrarrestar la difusión de las ideas protestantes en Europa: así comenzó el movimiento conocido como la «Contrarreforma», a veces también llamada «Reforma católica» para enfatizar el hecho de que no fue simplemente un movimiento reaccionario contra el protestantismo, sino también un proceso de profunda reorganización estructural y doctrinal dentro del propio catolicismo, que caracterizó al papado barroco durante toda su duración.

Una de las consecuencias de estas drásticas reformas fue la profundización del clima de intolerancia que ya se sentía tras la Reforma luterana. De hecho, a partir de la década de 1560, Europa se vio sumida en una serie de guerras religiosas entre protestantes y católicos que desestabilizaron profundamente el equilibrio interno de poder dentro de los estados, acentuando el papel político y religioso del paladín de la Contrarreforma, el fervientemente católico soberano de España, Felipe II.

Un elemento característico de la cultura religiosa postridentina fue la afirmación definitiva del absolutismo papal y la desaparición del conciliarismo. De hecho, los pontífices de la segunda mitad del siglo XVI se comprometieron a subrayar el decreto conciliar tridentino que reafirmaba el carácter divino de la sede episcopal romana, limitando así considerablemente cualquier tendencia autonomista de las sedes episcopales católicas sufragáneas.[43] Gracias también a los tratados del teólogo jesuita (y posteriormente cardenal) Roberto Belarmino, se logró una exaltación personal del Romano Pontífice como Vicarius Dei (Vicario de Dios) y corazón de la Iglesia misma.[44]

La culminación de este período, durante el cual se consolidó esta dimensión curial, centralizadora y absolutista, ocurrió entre los pontificados de Paulo III y Gregorio XV.[43] En ese mismo período, pontífices autoritarios y absolutistas como Pío V y Sixto V encarnaron el espíritu de renovación que se extendió a través de la conciencia católica postridentina. Desde el pontificado de Urbano VIII en adelante, el sueño de una restauración católica de Europa se desvaneció con el fin de la Guerra de los Treinta Años y los Tratados de Westfalia de 1648; la mentalidad de la Contrarreforma y el dominio de las estructuras curiales romanas se afianzaron, hasta el surgimiento de la Ilustración, que constituyó el primer movimiento cultural serio capaz de destruir el sistema socioreligioso establecido por el Concilio de Trento.[45]

Conscientes de haber perdido toda influencia política, los papas de finales del siglo XVII se dedicaron a fortalecer la figura papal en su rol de guía moral y espiritual y defensor inquebrantable de la doctrina católica. El pontífice que mejor expresó esta nueva postura fue Inocencio XI, quien trató de revitalizar el papado en su misión pastoral mediante una selección más rigurosa de los candidatos para la Curia e intentando erradicar ciertos males, como el estilo de vida principesco de los cardenales y el nepotismo. El galicanismo constituyó otro desafío que surgió durante su pontificado: entre 1680 y 1684, tuvo que enfrentarse al intento del rey Luis XIV de someter la Iglesia en Francia a la monarquía. La disputa alcanzó su punto álgido el 13 de marzo de 1682, con la promulgación de la Declaración de los cuatro artículos, en la que se limitaba el poder papal, aunque al mismo tiempo se reconocía su primacía espiritual.[46]

Joseph-Nicolas Robert-Fleury, Galileo ante el Santo Oficio (1847). Galileo Galilei fue juzgado y condenado por la Inquisición por sus tesis heliocéntricas.

La Compañía de Jesús, orden fundada por Ignacio de Loyola en 1534, también fue un actor central en la Contrarreforma. Los sacerdotes jesuitas se convirtieron en un instrumento clave del papado para fortalecer el catolicismo en toda Europa y más allá: abrieron numerosas escuelas para enseñar el Catecismo Romano, vigilaron la ortodoxia de los gobernantes católicos y las prácticas religiosas populares, y dieron un nuevo impulso al espíritu misionero católico. La labor de persuasión de los jesuitas a menudo estuvo acompañada por la labor mucho más coercitiva de la Santa Inquisición, radicalmente reformada y fortalecida tras el concilio, encargada de cortar de raíz cualquier nuevo movimiento herético, cismático o posible movimiento crítico contra la autoridad eclesiástica: muchas figuras ilustres fueron juzgadas por la maquinaria inquisitorial de la época, entre ellas Giordano Bruno, Tommaso Campanella y Galileo Galilei.

Gian Lorenzo Bernini, Éxtasis de Santa Teresa (1647-1652), Capilla Cornaro, Iglesia de Santa María de la Victoria (Roma).

Junto con la obra de reforma doctrinal, los papas fomentaron el desarrollo de un nuevo lenguaje artístico capaz de representar el nuevo corpus de la Iglesia: este movimiento artístico-cultural tomó el nombre de Barroco. La Iglesia católica, habiendo renunciado a su pretensión de conocimiento mundano tras el Concilio de Trento, depuró todos los temas paganos típicos del Renacimiento para dar paso a un humanismo cristiano que encontró su fuerza motriz en los colegios jesuitas. El mecenazgo de las ciencias y las artes experimentó un resurgimiento, pero apuntó a la innovación en el conocimiento desde una perspectiva cristiana: la Iglesia fomentó el desarrollo científico siempre que se ajustara a las Sagradas Escrituras, promovió el arte ad maiorem Dei gloriam (Giovanni Pierluigi da Palestrina en música; Gian Lorenzo Bernini y Francesco Borromini en las artes figurativas y arquitectónicas), y exaltó la poesía por su función moralizadora, dentro del círculo clasicista del papa Urbano VIII.

Papas del período barroco

El papado de la Ilustración (1700-1789)

Benedicto XIV fue el único papa que se mostró inicialmente abierto a las ideas ilustradas.

Los papas de principios del siglo XVIII continuaron la labor de reforma de la Iglesia y el papado. Sin embargo, a partir del pontificado de Clemente XI, el prestigio del papado comenzó a decaer lentamente en el ámbito internacional: la plena consolidación del jurisdiccionalismo y el declive de los Estados Pontificios en este ámbito (los legados papales ni siquiera pudieron participar en las negociaciones de los Tratados de Utrecht en 1714)[47] provocaron una crisis de autoridad para la Iglesia católica en materia ética y doctrinal. Con el arraigo de la Ilustración en la política y la cultura, un fuerte sentimiento antijesuita también se extendió en los círculos gubernamentales. Mientras que Benedicto XIII y Clemente XII intentaron oponerse a las nuevas ideas provenientes del mundo contemporáneo, Benedicto XIV, también por su espíritu conciliador y su interés por todas las ramas de la cultura, intentó encontrar canales de mediación con la nueva cultura europea, abandonando en el ámbito eclesiástico la excesiva rigidez mental propia de la primera Contrarreforma, que le llevó a ser considerado un representante de la Ilustración católica.[48]

Benedicto XIV fue el primer papa en confrontar el movimiento de la Ilustración. Si bien inicialmente se mostró abierto a los movimientos reformistas, en la segunda mitad de su pontificado (1750-1758), al percatarse de los riesgos potenciales que entrañaban ciertas obras (por ejemplo, El espíritu de las leyes de Montesquieu) y del anticlericalismo cada vez más extendido en los estados católicos europeos (en particular, en el Portugal del Marqués de Pombal), emprendió un endurecimiento doctrinal destinado a defender los principios de la fe cristiana. La fase reformista que comenzó en el Barroco concluyó con la segunda fase de su pontificado.[49]

Los papas posteriores mostraron una actitud cada vez más cerrada y rígida hacia las ideas de la Ilustración, atrincherándose en su posición como defensores de la moral y la doctrina católicas contra los «errores» de la modernidad, mientras su poder efectivo sobre los asuntos eclesiásticos fuera del ámbito papal se erosionaba paulatinamente. Las posturas anticlericales de varios estados europeos se intensificaron gradualmente, en particular hacia los jesuitas, percibidos como un obstáculo papal para la afirmación del poder absoluto por parte de los soberanos: Portugal los expulsó de sus territorios en 1759, seguido de Francia en 1761, España en 1767 y varios estados italianos en 1768, hasta que Clemente XIV decidió suprimir por completo la Compañía de Jesús en 1773.

En los albores de la era de las revoluciones, los papas se encontraron de facto como líderes de un pequeño estado totalmente desprovisto de peso político a nivel internacional y sobre todo de aliados dispuestos a defender, si fuera necesario, sus posesiones en caso de revolución.

Papas de la Ilustración

Edad Contemporánea (1789-presente)

De la Revolución francesa a la unificación italiana (1789-1870)

El período comprendido entre el comienzo de la Revolución francesa y la toma de Roma estuvo marcado por la mayor expropiación de riqueza y propiedades en la historia de la Iglesia y por la pérdida progresiva de todos los territorios bajo la autoridad papal.

Revolución y período napoleónico (1789-1815)

Napoleón Bonaparte se proclama emperador en presencia de Pío VII. Detalle del cuadro La consagración de Napoleón, de Jacques-Louis David (1805-1807), Museo del Louvre.

El gobierno revolucionario francés nacionalizó toda la propiedad eclesiástica y, con la Constitución civil del clero (1790), despojó a la Iglesia y al clero de Francia de todos sus privilegios, e incluso se atribuyó el derecho a elegir obispos. Pío VI respondió con el breve Quod aliquantum (1791), en el que condenó los principios de la revolución y se negó a reconocer al nuevo gobierno como legítimo. En represalia, las fuerzas revolucionarias ocuparon el Condado Venaissin y lo anexionaron. Con la llegada del régimen republicano, las posiciones de los revolucionarios se volvieron aún más marcadamente anticlericales: todos los religiosos que se negaron a jurar lealtad a la república fueron ejecutados o forzados al exilio, y muchos de ellas se refugiaron en los territorios papales. Pío VI fue uno de los mayores partidarios de la Primera Coalición; por esta razón, Napoleón, general del Ejército de Italia, también invadió los Estados Pontificios durante la campaña de Italia (1796-1797), arrebatando al papa los territorios de Romaña y Ancona e imponiéndole una cuantiosa indemnización. En 1798, las tropas francesas ocuparon Roma, proclamaron la República Romana y, tras arrestar a Pío VI, se lo llevaron exiliado a Francia, donde falleció en 1799. Tras un largo viaje, el cuerpo de Pío VI fue trasladado de vuelta a Roma, donde, por primera vez en la historia, el funeral de un papa fue celebrado por su sucesor.

El pontificado de su sucesor, Pío VII, pareció comenzar de manera más positiva. Tras la ascensión de Napoleón al Consulado, las relaciones entre Francia y el papado se relajaron; Pío VII obtuvo un nuevo concordato de Napoleón y accedió a legitimar su ascenso al trono. Sin embargo, el nuevo emperador nunca respetó los términos del concordato y en 1808 invadió de nuevo los Estados Pontificios, anexándolos al imperio. El papa fue arrestado y permaneció prisionero hasta 1814. En el Congreso de Viena (1814-1815), la delegación papal obtuvo la restitución de sus territorios y, además, la abolición formal de la esclavitud en Europa. También se reconstituyó la Compañía de Jesús.

La Restauración y la unificación italiana: el fin de los Estados Pontificios (1815-1870)

Pío IX, último papa soberano de los Estados Pontificios.

Los Estados Pontificios se mantuvieron prácticamente al margen de los movimientos revolucionarios de 1820-1821. En los años siguientes, las sociedades masónicas y carbonarias fueron duramente condenadas y reprimidas por la autoridad papal. La situación fue diferente durante las revueltas de 1830-1831, en las que los papas tuvieron que hacer frente a la revuelta de las legaciones de Romaña, las Marcas y Umbría, que solo se controlaron gracias a la intervención austríaca.

En 1846, Pío IX fue elegido papa, y durante su pontificado de más de treinta años (el más largo de la historia de la Iglesia) se produjo la erosión gradual y definitiva del poder temporal de los papas. Desde antes de su elección era considerado un candidato con opiniones relativamente liberales, y dedicó sus primeros años a políticas de modernización y liberalización del Estado, como la reducción de la censura, la construcción de ferrocarriles, la expansión de la libertad de prensa, la concesión de libertad a los judíos y una mayor apertura a la participación laica en la política papal, lo que lo hizo popular entre las fuerzas progresistas italianas. Sin embargo, la situación cambió radicalmente durante la Primavera de los Pueblos en 1848: aunque Pío IX otorgó inicialmente una constitución a sus súbditos y envió tropas voluntarias para ayudar a la revuelta milanesa contra la ocupación austríaca, su posterior retirada de la coalición antiaustríaca desencadenó una revuelta dentro de los Estados Pontificios. Se vio obligado a refugiarse en Gaeta mientras, en Roma, los rebeldes establecían una nueva República Romana (1849). La República sobrevivió solo unos meses y fue sofocada por la invasión de las tropas francesas, lo que permitió al pontífice regresar a Roma y recuperar el control. Tras su regreso, las posturas de Pío IX se volvieron mucho más conservadoras y sus políticas extremadamente reaccionarias: todas las concesiones hechas al inicio de su pontificado fueron revocadas y el impulso de la modernización y la industrialización experimentó una desaceleración considerable.

Varias revueltas menores se sucedieron a lo largo de los años hasta 1859, durante la segunda guerra de Independencia italiana, cuando la legación de Romaña se rebeló con éxito y fue anexionada a los dominios de la Casa de Saboya, iniciando la profunda tensión que caracterizaría las relaciones entre la Santa Sede y el futuro estado italiano en los años siguientes. También se produjo un intento de revuelta en Umbría, que fue duramente reprimido por las tropas papales en un episodio conocido como la «insurrección de Perugia» (20 de junio de 1859), que generó un amplio distanciamiento de la opinión pública europea hacia el papado. En 1860, tras el éxito de la Expedición de los Mil, las tropas piamontesas invadieron los territorios de las Marcas y Umbría para interceptar el avance de Giuseppe Garibaldi e impedirle marchar sobre Roma, como parecía querer hacer. Ambos territorios fueron anexionados al nuevo Reino de Italia para unir las regiones del norte y del sur. Solo el Lacio permaneció bajo el dominio del papa.

En los años siguientes, Pío IX reafirmó aún más sus posiciones reaccionarias con la publicación en 1864 del Syllabus, una colección de ochenta proposiciones (que incluían el liberalismo, la democracia y el socialismo) que el propio papa consideraba irreconciliables con la fe católica. También buscó fortalecer la autoridad papal con la proclamación del dogma de la infalibilidad papal en el Concilio Vaticano I de 1869.

La brecha de la Puerta Pía durante la toma de Roma.

Aunque el Reino de Italia tenía entre sus objetivos la conquista de Roma, una operación militar no parecía viable, ya que la ciudad estaba protegida por una guarnición de tropas francesas bajo el mando de Napoleón III, y una invasión del Lacio habría significado el inicio de una guerra con Francia. Sin embargo, la oportunidad surgió cuando, tras el estallido de la guerra franco-prusiana en 1870, la guarnición francesa tuvo que retirarse, dejando a Roma prácticamente indefensa. Las tropas italianas invadieron territorio papal en septiembre de 1870 y, tras un breve enfrentamiento armado, entraron en Roma a través de una brecha en las murallas de la ciudad junto a la Puerta Pía. Roma fue anexionada al Reino de Italia, poniendo fin a la existencia de los Estados Pontificios tras más de diez siglos de historia.

Papas desde la Revolución francesa hasta la unificación italiana

La cuestión romana y los papas prisioneros en el Vaticano (1870-1929)

Pío IX pasó los últimos ocho años de su largo pontificado considerándose prisionero en el Vaticano. A los católicos se les prohibía votar o presentarse a las elecciones nacionales en el Reino de Italia. Sin embargo, se les permitía participar en las elecciones locales, donde obtuvieron un éxito considerable.[50]. El propio Pío IX estuvo activo en esos años, creando nuevas sedes diocesanas y nombrando obispos para numerosas diócesis que habían permanecido vacantes durante años. Cuando se le preguntó si quería que su sucesor siguiera su misma política hacia Italia, el anciano pontífice respondió:

Mi sucesor puede inspirarse en mi amor por la Iglesia y mi deseo de hacer lo correcto. Todo a mi alrededor ha cambiado. Mi sistema y mis políticas han tenido su momento. Soy demasiado viejo para cambiar de rumbo. Esa será la tarea de mi sucesor.[51]
Caricatura de León XIII y Otto von Bismarck publicada en el semanario Kladderadatsch (1878).

León XIII, considerado un gran diplomático, logró mejorar las relaciones con Rusia, Prusia, Francia, Inglaterra y otros países. Sin embargo, ante el clima anticatólico hostil en Italia, su política hacia Italia se mantuvo sin grandes cambios.[52] Tuvo que defender la libertad de la Iglesia contra la persecución y los ataques italianos en el ámbito educativo, contra la expropiación y la violación de iglesias católicas, contra medidas legales perjudiciales para la Iglesia y contra ataques brutales, que culminaron en el intento de grupos anticlericales de arrojar el cuerpo del difunto Pío IX al Tíber el 13 de julio de 1881. León XIII consideró incluso trasladar la sede papal a Trieste o Salzburgo, dos ciudades bajo el control del Imperio austrohúngaro, una idea que el monarca austríaco Francisco José I rechazó cortésmente.[53]

Las encíclicas de León XIII alteraron las posiciones de la Iglesia sobre las relaciones con las autoridades seculares; en la encíclica Rerum novarum (1891) abordó por primera vez los problemas de la desigualdad y la justicia social. El papa fue notablemente influido por Wilhelm Emmanuel von Ketteler, un obispo alemán que predicó abiertamente la necesidad de ponerse del lado de la clase trabajadora oprimida en su obra Die Arbeiterfrage und das Christenthum («La cuestión obrera y el cristianismo»). A partir de León XIII, las enseñanzas papales profundizaron en cuestiones relativas a los derechos y deberes de los trabajadores y a los límites de la propiedad privada. Esta línea doctrinal fue desarrollada posteriormente por Pío XI en la encíclica Quadragesimo anno (1931); por Pío XII en sus enseñanzas sociales; por Juan XXIII en la encíclica Mater et magistra (1961); por Pablo VI en la encíclica Populorum progressio, dedicada a los problemas del desarrollo global; y por Juan Pablo II en la encíclica Centesimus annus (1991), que conmemoró el centenario de la Rerum novarum.

Pío X, de origen humilde y trayectoria pastoral, fue elegido como sucesor de León XIII. Su perfil contrastaba con el de su predecesor, caracterizado por una amplia experiencia diplomática y un marcado énfasis en las relaciones internacionales de la Santa Sede. Pío X otorgó especial prioridad a las cuestiones pastorales y a la renovación de la vida religiosa, impulsando diversas reformas que reflejaban su experiencia como párroco y obispo diocesano.[54] Entre ellas destacó la reforma de la liturgia y la promoción de la comunión frecuente. Estas iniciativas, inicialmente de alcance limitado, serían desarrolladas posteriormente durante el pontificado de Pío XII y encontrarían una formulación más amplia en el Concilio Vaticano II.[55]

La elección de Benedicto XV se produjo en un contexto marcado por el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), iniciada pocas semanas antes del cónclave que lo eligió. Su pontificado supuso un cambio de orientación respecto al periodo anterior, especialmente en lo relativo a la política internacional de la Santa Sede.[56] Desde el inicio del conflicto, Benedicto XV promovió iniciativas diplomáticas encaminadas a favorecer una paz negociada y mantuvo una estricta neutralidad, convencido de que la autoridad moral del papado dependía de no alinearse con ninguno de los bandos.

Tras el fin de la guerra, manifestó reservas frente al Tratado de Versalles, al considerar que sus disposiciones podían dificultar una reconciliación duradera en Europa.[57] En el ámbito interno, desmanteló estructuras integristas, entre ellas el Sodalitium Pianum, y adoptó medidas destinadas a mejorar las relaciones con Italia, como el levantamiento de la prohibición de visitas oficiales de jefes de Estado católicos al Palacio del Quirinal. Asimismo, permitió la participación de los católicos en la vida política italiana, respaldando al entonces nuevo Partido Popular Italiano, y alentó la implicación de los católicos en el movimiento sindical.[57] En el momento de su muerte, el prestigio diplomático del papado había aumentado considerablemente, y la Santa Sede mantenía relaciones diplomáticas formales con 27 países.[58]

Papas durante la cuestión romana

Desde la creación de la Ciudad del Vaticano (1929-actualidad)

El cardenal Pietro Gasparri y el primer ministro italiano, Benito Mussolini, firman los Pactos de Letrán (11 de febrero de 1929).

El pontificado de Pío XI se caracterizó por una gran actividad diplomática y por la publicación de numerosos documentos importantes, a menudo en forma de encíclicas. En el ámbito diplomático, Pío XI contó inicialmente con la asistencia de Pietro Gasparri y, a partir de 1930, con la de Eugenio Pacelli (quien más tarde sería su sucesor, Pío XII). Los Pactos de Letrán de 1929 fueron la obra maestra del cardenal Gasparri, quien los negoció en nombre del Vaticano. Sin embargo, el gobierno fascista y el papa estaban en abierto desacuerdo sobre la restricción de las actividades juveniles. Este conflicto culminó con la publicación de la encíclica Non abbiamo bisogno (1931), que afirmaba la imposibilidad de ser fascista y católico a la vez. Las relaciones entre el primer ministro de Italia, Benito Mussolini, y la Santa Sede se volvieron notablemente tensas desde entonces.

Las negociaciones entre el gobierno italiano y la Santa Sede para solucionar la cuestión romana comenzaron en 1926 y culminaron en 1929 con los Pactos de Letrán, firmados por Mussolini en nombre del rey Víctor Manuel III y por el cardenal secretario de Estado Pietro Gasparri en nombre de Pío XI. La firma tuvo lugar en el Palacio de Letrán (de ahí el nombre con el que se los conoce).

Un mapa de la Ciudad del Vaticano según lo establecido en los Pactos de Letrán.

Los Pactos de Letrán incluyeron un tratado político que creaba el Estado de la Ciudad del Vaticano y garantizaba la soberanía plena e independiente de la Santa Sede sobre el mismo. El papa se comprometía a la neutralidad perpetua en las relaciones internacionales y a abstenerse de mediar en disputas, salvo solicitud expresa de todas las partes involucradas. El concordato estableció el catolicismo como religión oficial de Italia y se acordó un acuerdo económico para indemnizar todas las reclamaciones de la Santa Sede contra Italia derivadas de la pérdida del poder temporal en 1870.

Un concordato nacional con Alemania fue uno de los principales objetivos del cardenal Pacelli como secretario de Estado. Como nuncio durante la década de 1920, había tratado infructuosamente de obtener la aprobación alemana para un tratado de este tipo, y entre 1930 y 1933 intentó iniciar negociaciones con representantes de los sucesivos gobiernos alemanes, pero la oposición de los partidos protestantes y socialistas, la inestabilidad de los gobiernos nacionales y el interés de cada estado por salvaguardar su autonomía frustraron este objetivo. En particular, las cuestiones relativas a las escuelas confesionales y al trabajo pastoral en las fuerzas armadas impidieron cualquier acuerdo a nivel nacional, a pesar de las conversaciones mantenidas a finales de 1932.[59][60]

Tras ser nombrado canciller el 30 de enero de 1933, Adolf Hitler trató de ganarse la respetabilidad internacional y minimizar la oposición interna de los representantes de la Iglesia y del Partido de Centro Católico. Envió a su vicecanciller, Franz von Papen, un noble católico y antiguo miembro del Partido de Centro, a Roma para ofrecer su disposición a negociar un Reichskonkordat.[61] En nombre del cardenal Pacelli, el prelado Ludwig Kaas, su colaborador durante muchos años y presidente saliente del Partido de Centro, negoció los primeros borradores de los términos con von Papen.[62] El concordato fue finalmente firmado por Pacelli en nombre del Vaticano y por von Papen en nombre de Alemania el 20 de julio de 1933 y ratificado el 10 de septiembre del mismo año.[63]

Entre 1933 y 1939, Pacelli emitió 55 protestas por violaciones del Reichskonkordat. En particular, a principios de 1937, Pacelli pidió a varios cardenales alemanes, entre ellos el cardenal Michael von Faulhaber, su ayuda para redactar una protesta por las violaciones del Reichskonkordat por parte de los nazis, que daría lugar a la encíclica Mit brennender Sorge. La encíclica, que condenaba de manera explícita el culto a la raza, al pueblo o al Estado, considerándolo una perversión idólatra, y calificaba de «locura» el intento de confinar a Dios dentro de los límites de un solo pueblo y la estrechez étnica de una sola raza,[64] fue escrita en alemán en lugar de en latín y leída en las iglesias alemanas el Domingo de Ramos de 1937.[65]

Segunda Guerra Mundial y período de posguerra (1939-1962)

Pío XII en 1953.

En los meses previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Pío XII, consciente de la inminencia de la guerra, intentó, con escaso éxito, convencer a Alemania y a otras naciones europeas de que siguieran el camino de la paz. Cuando Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939, el Vaticano se declaró neutral para evitar verse involucrado en el conflicto y también para evitar una posible ocupación por parte del ejército italiano.

La posición mantenida por Pío XII durante la guerra fue a menudo ambigua y todavía hoy es objeto de debate: mientras que por una parte se pronunció a menudo a favor de la paz y, durante la ocupación de Roma, ofreció protección y apoyo a varias familias judías y a algunas personalidades políticas antifascistas, por otra parte nunca tomó una posición abierta contra Hitler, y su silencio ante acontecimientos como la redada del gueto de Roma en 1943 y la masacre de las Fosas Ardeatinas en 1944 han sido motivo de controversia y críticas hacia el Vaticano.

Después de la guerra, las políticas eclesiásticas de Pío XII se centraron en brindar ayuda material a una Europa desgarrada por el conflicto y sus 15 millones de desplazados y refugiados, en la internacionalización interna de la Iglesia católica y en el desarrollo de sus relaciones diplomáticas internacionales. Su encíclica Evangelii praecones (1951) amplió la autonomía de las misiones católicas locales, muchas de las cuales se convirtieron en diócesis independientes. También pidió el reconocimiento de las culturas locales como plenamente iguales a la europea.[66][67] Internacionalizó el Colegio Cardenalicio eliminando su mayoría italiana y nombrando cardenales de Asia, Sudamérica y Australia, y estableció diócesis independientes en África Occidental (1951), África Austral (1953), África Oriental Británica, Finlandia, Birmania y África Francesa (1955).

Mientras que en Occidente y la mayor parte del mundo en desarrollo, tras años de reconstrucción, la Iglesia había recuperado la prosperidad, en Oriente se enfrentó a una severa persecución. 60 millones de católicos se vieron sometidos a regímenes de estilo soviético, donde decenas de miles de sacerdotes y religiosos fueron asesinados y millones deportados a gulags soviéticos y chinos. Los regímenes comunistas de Albania, Bulgaria, Rumanía y China lograron erradicar casi por completo a la Iglesia católica de sus países.[68]

Concilio Vaticano II (1962-1965)

Juan XXIII (1958-1963) convocó e inauguró el Concilio Vaticano II.

Después del largo pontificado de Pío XII, los cardenales buscaron un papa de transición. El elegido fue el patriarca de Venecia, Angelo Roncalli, de casi 77 años, que tomó el nombre de Juan XXIII. Roncalli había sido miembro del servicio diplomático papal y había pasado mucho tiempo en Bulgaria y Turquía, y conocía bien las iglesias orientales y el islam. Después de la figura seria y reservada de Pío XII, el mundo se encontró en el trono de Pedro a un anciano sonriente, amable, carismático y con sentido del humor.[69] Su primera encíclica, Mater et magistra (1961), acogió favorablemente la idea del estado del bienestar e insistió en que las naciones ricas debían ayudar a las pobres;[70] mientras que la última, Pacem in terris (1963), no fue dirigida solo a los católicos, sino «a todos los hombres de buena voluntad».[71]

La insistencia de las fuerzas favorables a la renovación teológica dentro de la Iglesia y a una reforma enérgica se hicieron evidentes en el Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII apenas tres meses después de su elección.[71] Aquellas ideas se expresaron especialmente a través de los decretos sobre el ecumenismo, la libertad religiosa, la liturgia y la propia naturaleza de la Iglesia. Según el papa, había llegado la hora del aggiornamento, la puesta al día de la Iglesia,[72] e insistió en que el concilio no debía ir contra el mundo moderno, sino que debía abrir la Iglesia. Sin embargo, la ambivalencia de algunos de estos decretos, así como la confusión disciplinaria y la disensión doctrinal, trajeron nuevos desafíos para la autoridad papal después del concilio.

Apertura de la segunda sesión del Concilio Vaticano II (29 de septiembre de 1963).

El 11 de octubre de 1962, Juan XXIII inauguró el Concilio Vaticano II. El 21.º concilio ecuménico de la Iglesia católica, culminado por el sucesor de Juan XXIII, Pablo VI, hizo hincapié en la llamada universal a la santidad e introdujo numerosos cambios en las prácticas litúrgicas.

Los obispos reafirmaron la autoridad suprema del papa sobre la Iglesia, pero definieron el concepto de «colegialidad», lo que significa que todos los obispos comparten esta autoridad. Los obispos locales tienen la misma autoridad como sucesores de los apóstoles y como miembros de una organización mayor, la Iglesia fundada por Jesucristo y confiada a los apóstoles. El papa sirve como símbolo de unidad y tiene autoridad adicional para asegurar la continuidad de esta unidad. En el Concilio Vaticano II, también se buscó un acercamiento con otras denominaciones cristianas; se instó a los obispos católicos a distanciarse de declaraciones que pudieran ofender a los cristianos de otras denominaciones.[73] Juan XXIII pudo inaugurar y presidir la primera sesión del concilio, pero no vivió lo suficiente para continuarlo y concluirlo. Aunque su pontificado duró menos de cinco años, transformó la Iglesia católica y la forma de ver el papado.[74]

El cardenal Augustin Bea, presidente del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, contó siempre con el pleno apoyo de Pablo VI en sus intentos de que el lenguaje del concilio fuera amable y abierto a las sensibilidades de las Iglesias protestantes y ortodoxas, que fueron invitadas a todas las sesiones a petición de Juan XXIII. Bea también estuvo muy implicado en la aprobación de la declaración Nostra Aetate, que regula la relación de la iglesia con la fe judía y los miembros de otras religiones.

Las corrientes más tradicionalistas del catolicismo rechazaron las decisiones del concilio por considerarlas heréticas y modernistas, y muchas de ellas abandonaron la plena comunión con Roma. Algunos sectores más extremistas llegaron incluso a considerar ilegítimos a todos los papas elegidos tras el concilio y que la Sede de Pedro sigue vacante, una posición conocida como sedevacantismo.

Desde el Concilio Vaticano II (1965-presente)

Pablo VI (1963-1978).

Tras el concilio, el ecumenismo siguió siendo un tema central del pontificado de Pablo VI. A lo largo de los años siguientes, continuó los esfuerzos iniciados por Juan XXIII para acercar a católicos, protestantes y ortodoxos. El 7 de diciembre de 1965, durante su viaje a Tierra Santa, Pablo VI y el patriarca Atenágoras I emitieron una declaración conjunta católico-ortodoxa que levantaba las excomuniones mutuas entre católicos y ortodoxos, vigentes desde el Cisma de Oriente de 1054. Pablo VI fue criticado a menudo durante su pontificado por tradicionalistas y liberales por haber buscado un consenso durante el Concilio Vaticano II, así como en la posterior implementación de sus reformas.[75] Su insistencia por la paz durante la guerra de Vietnam no fue comprendida por todos. En las enseñanzas fundamentales de la Iglesia, sin embargo, Pablo VI fue inflexible: en la encíclica Humanae vitae (1968), reafirmó enérgicamente las enseñanzas de la Iglesia sobre el matrimonio, la sexualidad, la contracepción y el aborto, y en el décimo aniversario de su publicación, reconfirmó sus posiciones.[76] En su estilo y metodología, fue discípulo de Pío XII, a quien admiraba profundamente.[76] Sufrió mucho por los ataques que recibió su predecesor por sus supuestos silencios, ya que conocía por experiencia personal con el difunto papa sus verdaderas preocupaciones y compasión.[76] Pablo VI no poseía la cultura enciclopédica de Pío XII, su extraordinaria memoria, su don para los idiomas o su brillante estilo de escritura,[77] ni tenía el carisma, la ternura, el sentido del humor y la calidez humana de Juan XXIII. Él continuó la obra inacabada de reforma de estos dos papas, llevándola a término con diligencia, gran humildad y discreción, y sin estridencias.[76][78]

Pablo VI continuó y completó sistemáticamente los esfuerzos de sus predecesores por transformar una Iglesia eurocéntrica en una Iglesia para todo el mundo, integrando a los obispos de todos los continentes en su gobierno y en los sínodos que convocó. Su motu proprio Pro comperto sane (6 de agosto de 1967) abrió la Curia romana a los obispos del mundo. Hasta entonces, solo los cardenales podían ser miembros de la Curia.[79] También fue el primer papa en visitar los cinco continentes.[79] Su confesor, el jesuita Paolo Dezza,[80] afirmó después de su muerte que «si Pablo VI no era un santo cuando fue elegido papa, se convirtió en ello durante su pontificado. Pude presenciar no solo la energía y dedicación con las que trabajó por Cristo y la Iglesia, sino también, y sobre todo, cuánto sufrió por Cristo y la Iglesia. Siempre admiré no solo su profunda resignación interior, sino también su constante abandono a la Divina Providencia».[81] Este rasgo de carácter condujo a la apertura del proceso de beatificación y canonización de Pablo VI, que culminó en 2018.

Juan Pablo II (1978-2005).

Con la elección de Juan Pablo II tras la repentina muerte de Juan Pablo I (cuyo pontificado solo duró 33 días), la Iglesia tuvo, por primera vez desde Adriano VI en el siglo XVI, un papa no italiano. A Juan Pablo II se le atribuye un papel fundamental en la caída del comunismo en Europa del Este al ayudar a iniciar una revolución pacífica en su Polonia natal. Lech Wałęsa, uno de los fundadores del movimiento obrero Solidaridad que derrocó al comunismo, atribuyó a Juan Pablo II el haber dado a los polacos el coraje para alzarse.[82] El exsecretario general soviético Mijaíl Gorbachov reconoció públicamente el papel de Juan Pablo II en la caída del comunismo.[83] El propio papa declaró tras el colapso del Bloque del Este que «la pretensión de construir un mundo sin Dios ha demostrado ser una ilusión» (Praga, 21 de abril de 1990).

Se atribuye al largo pontificado de Juan Pablo II la recreación de un sentido de estabilidad e incluso de identidad en la Iglesia católica tras años de cuestionamiento y búsqueda.[84] Su enseñanza fue firme e inquebrantable en cuestiones que parecían estar en duda bajo su predecesor, incluyendo la ordenación de mujeres, la teología de la liberación y el celibato sacerdotal, y puso fin a la política de Pablo VI de rápida secularización de sacerdotes problemáticos.[73] Su estilo autoritario recordaba a Pío XII, de cuyas enseñanzas se hizo eco en sus propias palabras, como la identidad de la Iglesia católica con el Cuerpo de Cristo y sus condenas de los «virus» del capitalismo: el secularismo, el indiferentismo, el consumismo hedonista, el materialismo e incluso el ateísmo formal.

Juan Pablo II continuó la política de ecumenismo e internacionalización de la Iglesia iniciada por sus predecesores, reuniéndose con muchos líderes de varias otras Iglesias y religiones durante sus numerosos viajes apostólicos fuera de Italia,[85] durante los cuales visitó 129 países.[86]

Después de casi 27 años de pontificado, Juan Pablo II falleció el 2 de abril de 2005. Su funeral fue celebrado por el cardenal Joseph Raztinger, quien fue elegido como su sucesor y tomó el nombre de Benedicto XVI. En su homilía al inicio de su pontificado, el nuevo papa explicó su visión de la relación con Cristo:

¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo –si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él–, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? [...] ¡No! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! [...] Solo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. [...] Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida.[87]
Francisco (2013-2025), primer papa sudamericano.

El 11 de febrero de 2013, Benedicto XVI anunció su renuncia, convirtiéndose en el primer papa en renunciar desde Gregorio XII en 1415 y en el primero en hacerlo voluntariamente desde Celestino V en 1294. El final de su pontificado fue fijado para las 8:00 p. m. del 28 de febrero de 2013. Su caso fue excepcional en la historia, ya que conservó el tratamiento de Su Santidad, su escudo de armas permaneció sin cambios y asumió el cargo de papa emérito hasta su muerte.

El 13 de marzo de 2013, fue elegido papa el cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio, que adoptó el nombre de Francisco. Fue el primer papa jesuita y el primero procedente de América. Francisco inició una reforma de la Iglesia en sus formas y mensaje para hacerla más abierta.[88] Entre los gestos con los que sorprendió al inicio de su pontificado estuvo su decisión de residir en la Casa de Santa Marta en lugar de en los apartamentos utilizados por los papas desde 1903.[89] Promovió la reforma de la Curia en asuntos de economía y finanzas, administración, tribunales eclesiásticos, comunicaciones sociales, sanidad, el laicado y la familia, y trabajó contra los abusos sexuales en la Iglesia.[90] También lanzó mensajes contundentes sobre la preservación del medio ambiente, al que ha dedicado la encíclica Laudato si' (2015), y sobre la acogida de refugiados.[91] Mediante el motu proprio Competentias quasdam decernere, publicado en febrero de 2022, Francisco decidió descentralizar competencias propias de la Santa Sede para traspasarlas a los obispos locales, siendo necesaria únicamente una confirmación por parte del Vaticano en lugar de una aprobación, así como diversas medidas dirigidas a favorecer la «proximidad» de la Iglesia.[92][93] Además, declaró un Jubileo extraordinario de la Misericordia en 2015 y, tras el fallecimiento de Benedicto XVI el 31 de diciembre de 2022, fue el segundo papa de la historia en presidir el funeral de su predecesor. Después de recuperarse aparentemente de una grave enfermedad respiratoria, Francisco falleció a causa de un derrame cerebral el 21 de abril de 2025.

El 8 de mayo de 2025, el cardenal Robert Francis Prevost fue elegido papa y tomó el nombre de León XIV. Se convirtió en el primer papa agustino, el segundo procedente del continente americano y el primero estadounidense.

Papas desde la creación de la Ciudad del Vaticano

Véase también

Notas

Referencias

Bibliografía

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