Arte del siglo XXI
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El arte del siglo XXI se caracterizó en sus primeras décadas por una cierta solución de continuidad con el del siglo anterior, contrariamente a lo que había sucedido a inicios del siglo XX con la aparición de las vanguardias históricas, que supuso una ruptura con el arte decimonónico. Esta afirmación sería aplicable sobre todo a lo concerniente a escuelas y estilos artísticos, aunque, por otro lado, se observó una creciente individualización del trabajo del artista, consecuencia de un progresivo proceso de atomización de los estilos artísticos que, al ir sucediéndose cada vez con mayor velocidad y con menor duración en el tiempo, conllevó a que un número cada vez mayor de artistas se desligasen de escuelas y estilos específicos y respondiesen más a un sello personal que a unas características de grupo. Otro fenómeno fue el de la globalización, por el que cada vez se fueron perdiendo más las señas de identidad nacionales, sociales, culturales o religiosas, en favor de técnicas y estilos más modernos y universales. Otro factor a tener en cuenta fueron fenómenos sociales como el feminismo y los movimientos de identidad de género, que se vieron reflejados en el arte con características propias.
Cabe señalar también en la evolución del arte contemporáneo el papel de las nuevas tecnologías, determinante como materiales o soportes, o incluso en la misma concepción de la idea artística, llegando a determinar la aparición de nuevas técnicas y especialidades artísticas: tal sería el papel de la fotografía y el cine, aún en el siglo XIX; y, desde entonces, nuevos medios como el vídeo, el láser, la holografía, la informática, internet, los videojuegos, las redes sociales, la realidad virtual, la inteligencia artificial y otros. En el nuevo milenio se produjo una fusión entre arte y tecnología, una hibridación de los medios y los soportes artísticos, con obras cada vez más multidisciplinares que, en muchas ocasiones, eran dadas a conocer por sus autores gracias a la instantaneidad de las comunicaciones, con lo que se producía una interrelación entre el artista y el público, lo que ayudaba igualmente a la democratización y globalización del arte y fomentaba la reflexión sobre la sociedad actual.
Durante la centuria anterior se fueron sucediendo diversos estilos artísticos cada vez con mayor celeridad: así, si en la Antigüedad y la Edad Media surgieron estilos que duraron varios siglos y en la Edad Moderna podían durar desde varias decenas de años hasta un siglo entero, en la Edad Contemporánea estos períodos se fueron reduciendo, hasta llegar en el siglo XX a estilos y movimientos que podían durar apenas unos pocos años, sucediéndose unos a otros de forma vertiginosa, oponiéndose y complementándose, y coincidiendo a menudo varios de ellos en el tiempo. Por último, esta progresiva aceleración de movimientos llevó en ocasiones a la disgregación de los mismos, a la pérdida de identidades de grupo en favor de artistas individuales, responsables tan solo de su propia obra, ajenos a referencias externas.
Desde la Segunda Guerra Mundial, el arte experimentó una vertiginosa dinámica evolutiva, con estilos y movimientos que se sucedían cada vez más rápido en el tiempo. El proyecto moderno originado con las vanguardias históricas llegó a su culminación con diversos estilos antimatéricos que destacaban el origen intelectual del arte por encima de su realización material, como el arte de acción y el arte conceptual. Alcanzado ese nivel de prospección analítica del arte, se produjo el efecto inverso —como suele ser habitual en la historia del arte, donde los diversos estilos se enfrentan y se contraponen, el rigor de unos sucede al exceso de otros y viceversa—, retornando a las formas clásicas del arte, aceptando su componente material y estético, y renunciando a su carácter revolucionario y transformador de la sociedad. Surgió así el arte posmoderno, donde el artista transitaba sin pudor entre diversas técnicas y estilos, sin carácter reivindicativo, volviendo al trabajo artesanal como esencia del artista. Por último, la transición entre los siglos xx y xxi estuvo marcada principalmente por la globalización, donde el arte se fue volviendo cada vez más multicultural, diluyéndose las diferencias tradicionales entre artistas occidentales y del llamado tercer mundo.

El arte del siglo XXI fue en sus primeras décadas heredero del continuo proceso evolutivo de movimientos artísticos que se fue forjando desde finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX, hasta el punto de que los «ismos» —como se solía llamar a los movimientos de vanguardia, que solían acabar con ese sufijo— se convirtieron en «giros», según la denominación de Didier Fassin (Permanencia de la crítica, 2018). Si los ismos se percibían como una continua sucesión de movimientos que buscaban la novedad y el progreso, los giros aceptaban la superación de grandes teorías en aras de nuevas formas de expresión más particulares, incluso individuales, con formulaciones propias y autorreferenciales, plurales y diversas, en busca de la deconstrucción de las fórmulas tradicionales, en un contexto dinámico y multidisciplinar. Los giros buscaban «cambiarlo todo de golpe y hacerlo sin molestarse por construir entramados teóricos coherentes», según Fassin. Se fomentaría así una nueva visión del arte que superaría el formalismo en busca de nuevas formas de expresión interrelacionadas con conceptos sociales y culturales, con especial énfasis en cuestiones de identidad, género, ecologismo y reivindicaciones étnicas y antropológicas.[1]
En general, el arte del nuevo milenio es dinámico, diverso, globalizador, preocupado por cuestiones políticas y sociales, con tendencia a fusionar arte y tecnología, a su difusión por los nuevos medios digitales —especialmente internet— y a la interrelación con el espectador, así como cierta preferencia por lo efímero y temporal.[2] En el nuevo milenio se cuestionaron los valores tradicionales del arte, conceptos como calidad, estilo o gusto, la idea del artista como genio, o la distinción entre bellas artes, arte popular o arte primitivo, incluso las fronteras entre medios artísticos (pintura, escultura, artesanía), que se fueron diluyendo.[3]
Durante las primeras décadas del siglo se fue forjando una nueva forma de concebir el arte marcada profundamente por los diversos hechos históricos acaecidos a nivel mundial, como el 11-S y el incremento del terrorismo a nivel global, el cambio climático, la crisis económica de 2008, el COVID, la guerra de Ucrania, el conflicto israelí-palestino y otros acontecimientos globales. Todo ello influyó en un arte más globalizado, democrático, intercultural, comprometido e interdisciplinar.[4]

El panorama del arte en el año 2000 estaba dividido entre un proceso de desmaterialización de la obra de arte iniciado con el posminimalismo y las corrientes procesual y conceptual en los años 1970 y la nueva propuesta surgida con la posmodernidad, que a su vez se dividió en una corriente «cálida» —representada por el neoexpresionismo y la transvanguardia— y otra «fría» —manifestada en el postapropiacionismo y los movimientos «neo» (neoobjetual, neoabstracto, neogeo, neobarroco)—, al tiempo que surgieron nuevos movimientos como el arte urbano, el arte derivado de las nuevas tecnologías y el arte relativo a un nuevo concepto multicultural derivado de la globalización, con especial énfasis en reivindicaciones ecologistas y sociopolíticas, especialmente en lo concerniente a minorías étnicas, feminismo e identidad de género.[5]
Heredero en buena medida del arte de vanguardia practicado en el siglo XX, el del xxi estuvo profundamente marcado por la influencia de artistas como Marcel Duchamp, Andy Warhol y Joseph Beuys.[6] A Duchamp se le considera el padre del arte conceptual y de acción (happening, performance, instalación) por su obra Fuente (1917) y su introducción del ready-made.[7] Warhol fue el gran tótem del arte pop, así como de la mecanización y mercantilización del arte, de su relación con los medios de comunicación de masas.[8] Beuys abrió las vías del arte de acción, de una nueva forma de entender el arte que trasciende el objeto y se centra en la idea, el proyecto, así como su ejecución como un acto vital, fundiendo arte y artista, e integrando igualmente al espectador en el acto creativo.[9]
En el terreno de la reflexión artística, un hito fundamental fueron las protestas de mayo de 1968, que señalaron el punto de ruptura entre la concepción moderna del arte y una nueva visión del arte más abierta y globalizadora. Así como la obra del crítico Clement Greenberg (Hacia un nuevo Laocoonte, 1940; Pintura moderna, 1960) supuso el final del concepto vasariano del arte —el concepto de arte tradicional fundamentado en las «bellas artes»— para construir una nueva narrativa del arte moderno, basada en la definición y percepción del arte, el propio arte moderno fue cuestionado por autores como Arthur C. Danto (Después del fin del arte. El arte contemporáneo y el linde de la historia, 1999), defensor de la idea de que el arte no tiene definición, sino que es algo abierto. Danto habló del «fin del arte», señalando que tanto el arte tradicional como el moderno se fundamentaban en «narrativas maestras», de las que carece el arte contemporáneo, que se encuentra fuera de los lindes de la historia, sin reglas sobre lo que es arte o no es arte. Lo que Danto llamó «momento posthistórico» se tradujo en el arte posmoderno, un arte sin dirección, con infinidad de comportamientos artísticos sucediéndose y contraponiéndose, sin jerarquías, sin imposiciones, con múltiples vías de desarrollo e infinidad de medios de expresión. Se replanteó entonces la idea sobre la naturaleza del arte, qué hace que un objeto sea arte o no, abriéndose una nueva vía para el artista, que se veía liberado para explorar cualquier medio artístico sin sentir en su obra la carga de la historia. Así, de forma paradójica, el «arte después del arte» formulado por Danto siguió siendo arte, aunque alejado de la estética tanto clásica como moderna.[10]

Una de las principales características del arte del nuevo milenio fue el multiculturalismo derivado de la globalización, por el que artistas de ámbitos geográficos no occidentales se enmarcaron en igualdad de condiciones que los occidentales dentro de una nueva esfera cultural alejada de planteamientos etnicistas, siendo valorados por sus aportaciones individuales sin etiquetarlos por sus razas o culturas. Uno de los puntos de partida de esta nueva valoración fue la exposición Magiciens de la terre, celebrada en 1989 en el Centro Pompidou de París, en la que se expuso la obra de los artistas de más renombre del momento tanto occidentales como no occidentales. Con todo todo, dicha exposición fue criticada por su concepción occidentalista, exenta de una mirada contextualizadora de los diversos procesos creativos que se mostraban.[11] Desde entonces, las aportaciones teóricas de críticos y analistas como Arjun Appadurai, Okwui Enwezor y Homi K. Bhabha supusieron una nueva perspectiva que conjugaba lo global con lo local, las tradiciones indígenas con los flujos migratorios, el surgimiento de nuevas identidades grupales —los ethnoscapes o «paisajes étnicos», según Appadurai—, creando un nuevo marco de «desterritorialización» que trascendía las fronteras nacionales en aras de nuevos grupos identitarios. Así, el arte global, desmarcado ya de la posmodernidad, sería reflejo de nuevas inquietudes socioculturales que trascenderían el mero discurso estético y estilístico. Si en la posmodernidad se podía hablar de una cultura posmoderna o un arte posmoderno, no resulta adecuado transferir esos términos a la globalización, por cuanto atiende a factores más geopolíticos, en una visión transnacional, híbrida, cosmopolita y poscolonial del discurso cultural.[12] Por otro lado, el concepto de multiculturalismo fue igualmente criticado como un intento eurocéntrico de englobar lo periférico en un discurso —el de lo «políticamente correcto»— no exento de paternalismo, derivado de corrientes como el postestructuralismo francés (Jacques Derrida, Michel Foucault) y el marxismo deconstructivo (Ernesto Laclau, Chantal Mouffe); se criticaba, por ejemplo, que así como los artistas occidentales eran valorados por sus cualidades individuales, los no occidentales eran considerados en base a grupos étnicos, haciendo una diferenciación dentro de lo que debería ser una igualdad en la individuación. Frente a ello, teóricos como Rasheed Araeen defendieron la exclusiva valoración de la obra de arte, sin examinar el origen étnico, social o cultural del autor, que sería irrelevante en un mundo globalizado. Como respuesta, frente a lo «multicultural» se propuso lo «intercultural» —término adoptado por Appadurai como uno de sus primeros defensores—, un concepto que estudiaría las culturas sin diferencias de raza, nacionalidad, historia, lenguaje o discurso sociopolítico, defendiendo una universalidad común a todo ser humano.[13]

Cabe remarcar desde finales del siglo XX los cambios ocurridos en el mundo del arte gracias a los nuevos medios de comunicación de masas —especialmente las redes sociales—, que propiciaron una mayor interactuación con el público —especialmente plataformas como Facebook, Twitter (posterior X), YouTube, Instagram, Twitch y TikTok—.[14] El peso de las redes sociales fue cada vez mayor en la difusión y popularización del arte, aunque su democratización llegó a alejar cada vez más el terreno de la historia del arte de los historiadores y críticos profesionales, hasta el punto de llegar a considerar como uno de los mayores hitos artísticos de estos años la restauración del Ecce Homo de Borja por parte de una aficionada.[15] La aparición de las redes sociales repercutió en el auge de exposiciones, ferias, instalaciones y siteworks, así como en la creación de nuevos museos como el Guggenheim de Bilbao (1997) y el Tate Modern de Londres (2000), así como el crecimiento del comisario (o «curador») como figura cada vez más influyente, con figuras como Hans Ulrich Obrist y Okwui Enwezor. Otro fenómeno creciente fue el de las bienales, de las que actualmente hay unas trescientas en todo el mundo, la mayoría creadas a partir de 1990.[16] Por otro lado, los marchantes y galerías siguen siendo esenciales en el mercado del arte, algunos de ellos tan influyentes como Larry Gagosian y Jay Jopling; e igualmente las casas de subastas, de las que siguen a la cabeza Sotheby's y Christie's.[17]
El arte producido durante las primeras décadas de este siglo tuvo —como en el anterior— una buena dosis de provocación, escándalo, polémica, controversia, bien por el afán de aportar novedades al panorama artístico o bien como simple método recaudatorio, ya que la polémica comporta difusión en los medios de comunicación y ello aumenta la popularidad de la obra y, por ende, su valor. Algunos artistas fueron especialmente polémicos, como Damien Hirst, Jeff Koons, Tracey Emin, Ai Weiwei o Andres Serrano, y ello comportó que se convirtieran en figuras millonarias. Algunas de las mayores polémicas de estos años fueron: Comediante (2019), de Maurizio Cattelan, una obra consistente en un plátano pegado con cinta americana en la pared de la galería donde se exponía; en 2015, el cubano Wilfredo Prieto expuso un Vaso medio lleno en la feria ARCO de Madrid, una obra consistente, como su nombre indicaba, en un vaso medio lleno de agua; la artista Andrea Fraser, quien en 2003 ofreció mantener relaciones sexuales y grabarlas en vídeo al mejor postor; o las provocadoras obras de Paul McCarthy, plenas de connotaciones sexuales y escatológicas, como Train, Pig Island (2007), donde mostraba a George W. Bush sodomizando unos cerdos.[18] También causó polémica la invitación al chef Ferran Adrià a la documenta 12 de Kassel (2007), para la que convirtió su restaurante (El Bulli, Rosas) en un pabellón más de la exposición, trayendo a dos invitados por día de Kassel a Rosas a comer en el restaurante.[19]

En ese contexto, incluso en el siglo XXI se produjeron actos de censura artística: en 2008 se retiraron del Metro de Londres unos carteles publicitarios que reproducían una Venus desnuda pintada por Lucas Cranach el Viejo y que servían para anunciar una exposición dedicada al pintor renacentista alemán en la Royal Academy, ya que según la compañía «podría herir y ofender la sensibilidad de los usuarios del Metro»;[20] en 2011, la cuenta de Facebook de un profesor francés que había publicado El origen del mundo de Gustave Courbet fue cerrada por la plataforma;[21] en 2012, la obra Always Franco, de Eugenio Merino, que mostraba una estatua de Francisco Franco dentro de una nevera, fue retirada de la feria ARCO;[22] en 2017, la Venus de Willendorf, una estatuilla prehistórica que representa la fecundidad, fue censurada por Facebook;[23] en 2018, la obra Presos políticos en la España contemporánea, de Santiago Sierra, fue retirada de la feria ARCO por mostrar fotografías de políticos independentistas catalanes;[24] en 2023, un anuncio con la imagen del David de Miguel Ángel fue retirado del Metro de Glasgow.[21] Frente a ello, en 2023 se abrió en Barcelona un Museo de lo Prohibido, una iniciativa de Tatxo Benet en la que recopiló obras de arte perseguidas, denunciadas o censuradas; sin embargo, a causa de las críticas recibidas tuvo que cerrar en 2025.[24]
De igual manera, el arte ha sido objeto de crítica social y política —llegando incluso al vandalismo— por parte de diversos colectivos, especialmente los relacionados con la defensa de los animales y el medio ambiente: entidades animalistas denunciaron la muerte de numerosos animales en las obras de Damien Hirst, contabilizando diecisiete tiburones, seiscientos sesenta y ocho peces y ochocientas cincuenta mil moscas.[23] Desde 2022 se sucedieron diversos ataques de colectivos ecologistas contra obras de arte en diversos museos: el primero fue en el Museo del Louvre contra la La Gioconda de Leonardo da Vinci, por parte de un hombre que le lanzó un tartazo al grito de «piensa en el planeta»; el mismo año, dos jóvenes pegaron sus manos a La primavera de Botticelli (Galería Uffizi), con una pancarta que decía «no gas, no carbón»; poco después también pegaron sus manos dos activistas al cuadro Masacre en Corea de Picasso (Museo Picasso de París), en esta ocasión con la reivindicación «caos climático = guerra + hambruna»; a los pocos días, activistas de Just Stop Oil lanzaron un bote de tomate a Los girasoles de Van Gogh (National Gallery, Londres); el acto de pegar las manos también fue cometido contra las Majas de Goya en el Museo del Prado, pintando en la pared 1,5 °C —por el límite estipulado del calentamiento global—; en 2023 fue de nuevo Just Stop Oil quien pasó a la acción, atacando a martillazos el cristal que protege la Venus del espejo de Velázquez (National Gallery, Londres).[25]
Arquitectura

La arquitectura de las primeras décadas del nuevo milenio fue en buena medida heredera de la que se practicó a finales de la centuria anterior e incluso siguieron efectuándose algunas construcciones en estilos del pasado: una obra como el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia (Barcelona), diseñado por Antoni Gaudí, aún está en construcción —desde 1882— y ha ido incorporando las nuevas tecnologías y sistemas constructivos en su elaboración.[26] En estos años, la arquitectura apostó por la innovación y el diseño, junto al uso de nuevas tecnologías y la apuesta por la sostenibilidad medioambiental. Estilísticamente, la transición de siglo estuvo marcada por el eclecticismo derivado de las teorías posmodernas, al tiempo que cobró fuerza la influencia de corrientes como el high-tech y el deconstructivismo, mientras que fueron surgiendo nuevas corrientes como la biónica o la blob, al tiempo que iba ganando peso la arquitectura ecológica. Predominó en las primeras décadas la versatilidad funcional y una estética de formas libres, buscando en general la integración con el entorno natural, el uso de materiales ecológicos y la eficiencia energética, además de la integración con todas las artes. También se buscó la interrelación con el público, la experiencia sensorial y emocional, con una mayor conciencia social y una nueva valoración del espacio público.[4]
Desde los años 1970, la arquitectura moderna —relacionada especialmente con el racionalismo— fue cuestionada por una nueva generación de arquitectos —abanderada por Robert Venturi y su ensayo Complejidad y contradicción en la arquitectura (1966)— que criticaron el excesivo funcionalismo de la arquitectura practicada hasta entonces, frente a lo que opusieron la validez en igualdad de condiciones de la forma, valorando más la estética, la riqueza ornamental. Por otro lado, se volvió la mirada hacia la arquitectura clásica, así como a la vernácula y popular, con una mayor hibridación de estilos. Los arquitectos comenzaron a diseñar edificios más expresivos y emocionales, con formas más complejas conseguidas gracias a los adelantos tecnológicos, edificios que pudiesen ser símbolos de una nueva era, como sería el caso de la Ópera de Sídney (Jørn Utzon, 1973).[27]
Cabe remarcar también en la arquitectura contemporánea una cierta tendencia a la monumentalidad y el sensacionalismo, a la espectacularidad de las formas, que buscan atraer al espectador, así como a la glorificación de algunos arquitectos-estrella —en inglés surgió el término starchitect—, que pueden revalorizar espacios urbanos que se convierten en focos turísticos, como en el caso del Museo Guggenheim de Bilbao, de Frank Gehry (1997).[28] Las nuevas formas arquitectónicas se vieron favorecidas por el diseño asistido por ordenador (CAD), un diseño paramétrico que utiliza algoritmos informáticos para generar formas tridimensionales —por lo que es también conocido como «parametricismo»—.[29]
Minimalismo

La arquitectura minimalista fue heredera directa del racionalismo —también llamado «estilo internacional» o «movimiento moderno»—, la principal corriente arquitectónica internacional de la primera mitad del siglo XX, un estilo fundamentado en la razón, de líneas sencillas y funcionales, basadas en formas geométricas simples y materiales de orden industrial (acero, hormigón, vidrio), al tiempo que renunciaba a la ornamentación excesiva y otorgaba una gran importancia al diseño, que era igualmente sencillo y funcional. Una de sus premisas era el lema «menos es más» (less is more) de Ludwig Mies Van der Rohe. Como en las artes visuales —el minimalismo también se dio en pintura y escultura—, la arquitectura minimalista buscaba reducir al máximo los medios expresivos de la obra, procurando no incidir emocionalmente en el espectador. Este estilo no renunció al legado del movimiento moderno —como sí hizo la arquitectura posmoderna—, al tiempo que encontró inspiración en otros movimientos artísticos como el arte conceptual, el land art y el arte povera. Las características principales del minimalismo serían el uso de formas geométricas y la búsqueda de la pureza formal, así como el funcionalismo, la idea de que la forma sigue a la función.[30] Relacionada con esta corriente se encuentra la arquitectura neomoderna, basada en los mismos fundamentos, si bien con una mayor concienciación por el entorno urbano y la sostenibilidad.[31]

Entre sus exponentes destacan: Richard Meier, fuertemente influido por la obra de Le Corbusier, destacó por la pureza de sus líneas y el uso del color blanco en sus edificios (Iglesia de Dios Padre Misericordioso, 2003, Roma; Ayuntamiento de San José, 2004–2007, San José).[32] Jacques Herzog y Pierre de Meuron desarrollaron una línea de obras adaptadas al entorno con una refinada selección de los materiales que otorgan a sus creaciones un cierto aire poético (Edificio Fórum, 2000-2004, Barcelona; Estadio Nacional de Pekín, 2008).[33] Dominique Perrault destacó por la monumentalidad de sus construcciones, concebidas sin embargo con una gran simplicidad volumétrica, con uso generalmente de materiales industriales (DC Towers, 2004-2014, Viena; Palacio de Congresos y Exposiciones de León, 2011-2018).[34] David Chipperfield practicó tanto la arquitectura como el urbanismo y el interiorismo, con una línea sobria y elegante, de geometría racional y formas limpias (Ciudad de la Justicia de Barcelona, 2002-2009; Neues Museum, 2009, Berlín; Museo Jumex, 2013, Ciudad de México).[35] Peter Zumthor destacó por su búsqueda de la atemporalidad y sus espacios que combinan luz y oscuridad, así como el uso de materiales simples como la piedra y la madera (Capilla Bruder Klaus, 2007, Mechernich).[36] Otros nombres de referencia serían John Pawson, Mario Botta y Alberto Campo Baeza.
En Japón surgió una notable escuela minimalista, en la que destacaron: Tadao Andō, que mostró en su obra una gran preocupación por el aporte de luz y espacios abiertos al aire exterior (Museo de Arte Moderno de Fort Worth, 2002; Centro de Arte Contemporáneo Punta della Dogana, 2009, Venecia).[37] Shigeru Ban se caracterizó por el uso de materiales no convencionales, como papel o plástico (Centre Pompidou-Metz, 2003). Toyō Itō desarrolló una línea de trabajo de formas simples, casi abstractas, con un cierto componente efímero y uso de materiales igualmente simples (Museo Internacional del Barroco, 2016, Puebla de Zaragoza; Ópera metropolitana de Taichung, 2016).[38] Kazuyo Sejima trabajó para Toyō Itō hasta que fundó su propio estudio en 1987, abordando en su obra el uso de materiales alternativos como el vidrio, el plástico y el tejido sintético (Museum of Contemporary Art, 2004, Kanazawa; Centro de Aprendizaje Rolex, 2010, Lausana).[39] Por último, Riken Yamamoto también experimentó con materiales industriales, al tiempo que reinterpretaba elementos de la arquitectura vernácula (Museo de Arte de Yokosuka, 2007).[40]
Arquitectura posmoderna

La arquitectura posmoderna surgió en los años 1970,[nota 1] cuando se puso en duda el progreso lineal de los estilos arquitectónicos, al tiempo que se cuestionaron conceptos como los de originalidad o innovación. Se defendió entonces el retorno a estilos del pasado, así como la mezcolanza entre los mismos y la recuperación de la arquitectura clásica y popular. Se buscó una estética nueva, más rica y sensual, sin despreciar el diseño kitsch; así, frente al «menos es más» de Ludwig Mies van der Rohe —uno de los máximos exponentes del racionalismo—, surgió el «menos es aburrido» de Robert Venturi. Los arquitectos de esta corriente recibieron la influencia de pensadores posmodernos como Jacques Derrida o Jean-François Lyotard, especialmente en lo relativo a la oposición del pensamiento moderno surgido en el siglo XVIII, que entendía la historia como progreso y la razón como instrumento de conocimiento, frente a lo cual plantearon la arbitrariedad de la razón y una visión cíclica de la historia.[42]
Uno de los principales referentes de la arquitectura posmoderna fue el clasicismo, que se tomó como punto de partida de una resemantización de la arquitectura. Sin embargo, los elementos clásicos fueron utilizados de forma ecléctica, con estructuras clásicas como frontones, arcos y columnas realizados sin embargo con materiales nuevos como el acero y el vidrio, resultando un lenguaje decorativista, heterodoxo.[43] Dentro de esta corriente se encuentra la arquitectura neoecléctica o neohistoricista, basada en los mismos fundamentos pero con una mayor incidencia en la mezcla de estilos.[44]
Uno de los pioneros de la arquitectura posmoderna fue Robert Venturi, que desarrolló un estilo de inspiración vernácula y defensa de lo ornamental (Baker Memorial Library, Hanover (Nuevo Hampshire), 2002; Dumbarton Oaks, Washington, D. C., 2005).[45] Paolo Portoghesi reflejó en su obra su admiración por la arquitectura renacentista y barroca (Teatro Politeama, Catanzaro, Italia, 2002).[46] Michael Graves desarrolló un estilo ecléctico que podía combinar tanto elementos clásicos como abstractos, arquitectura rústica o de alta tecnología (Museo Nacional de Prehistoria, Taitung, Taiwán, 2002; Ministerio de Sanidad, La Haya, Países Bajos, 2003; Resorts World Sentosa, Sentosa, Singapur, 2010).[47] Robert A. M. Stern fue uno de los adalides de la nueva arquitectura clásica (Centro Presidencial George W. Bush, Dallas, Texas, 2013; Museo de la Revolución Americana, Filadelfia, Pensilvania, 2017).[48]
En España, su máximo exponente fue Ricardo Bofill, representante de un estilo clasicista realizado con materiales modernos, especialmente el hormigón (Hotel W Barcelona, 2009).[47] Rafael Moneo se enmarcó en el regionalismo, el respeto por el entorno histórico y cultural de la obra arquitectónica (Museo de la Ciencia, Valladolid, 2003, con Enrique de Teresa).[47] El portugués Álvaro Siza se distinguió como Moneo en su defensa del entorno constructivo, con obras como la Fundación Iberê Camargo, en Porto Alegre (2008) y el Paraninfo de la Universidad del País Vasco, Bilbao (2010). El italo-argentino Clorindo Testa evolucionó del racionalismo lecorbuseriano a una arquitectura de tono escultórico y algo kitsch (Ciudad Cultural Konex, Buenos Aires, 2005; Museo del Libro y de la Lengua Horacio González, Buenos Aires, 2011).[49]
En Japón, el movimiento estuvo representado por Arata Isozaki, que se inspiró en estilos pretéritos tan diversos como el manierismo italiano o la arquitectura de la Revolución francesa, combinando igualmente materiales tradicionales con nuevas tecnologías (Isozaki Atea, Bilbao, 1999-2009; Torre Allianz, Milán, 2015).[50]
High-tech

El high-tech (del inglés High Technology, «alta tecnología»)[nota 2] se fundamenta en el uso de la alta tecnología en la construcción de edificios, buscando una estética espectacular y grandilocuente.[52] La alusión a la tecnología se halla presente tanto en los métodos constructivos como en los materiales e incluso en la apariencia de los edificios, que a menudo parecen más estructuras industriales que obras arquitectónicas, con un lenguaje anticlásico que se opondría al movimiento posmoderno, al igual que haría el deconstructivismo.[53] Uno de los sellos distintivos de este movimiento fue la exteriorización de elementos habitualmente ocultos, como las tuberías y canalizaciones, o bien escaleras y ascensores, en lo que se describió como arquitectura «de dentro afuera» —un buen ejemplo sería el Centro Pompidou de París, de Richard Rogers y Renzo Piano (1977)—.[54] A nivel estético, este estilo recibió la influencia de algunos movimientos vanguardistas de principios del siglo XX, como el futurismo, el expresionismo y el constructivismo, así como de la obra de Buckminster Fuller.[55] La evolución del high-tech en el siglo XXI recibió también el nombre de neofuturismo, una arquitectura fundamentada en las nuevas tecnologías —especialmente el diseño paramétrico— pero con una estética futurista y un cierto componente utópico, con diseños vanguardistas, de líneas fluidas y orgánicas.[56]

Uno de los pioneros de este movimiento fue Frei Otto, arquitecto e ingeniero que ideó nuevos métodos estructurales basados en retículas tensadas, de formas orgánicas similares a telarañas, elaboradas en acero y membranas textiles o, más adelante, con fibra de vidrio y plexiglás. En 2000 realizó con Shigeru Ban una retícula de papel y cartón para el Pabellón japonés para la Expo 2000 de Hannover.[57]
Los mayores exponentes de este movimiento fueron: Renzo Piano, un arquitecto preocupado por las estructuras y la flexibilidad de los espacios, con uso de materiales industriales y fórmulas innovadoras (The Shard, Londres, 2012; Museo Whitney de Arte Americano, Nueva York, 2015).[58] Norman Foster desarrolló una obra que combina arquitectura e ingeniería, con edificios vistosos que destacan por la calidad de sus acristalados, así como soluciones técnicas basadas en tirantes, contrapesos y voladizos que confieren un aspecto etéreo a sus construcciones (The Gherkin, Londres, 2004; Estadio de Wembley, Londres, 2007; Apple Park, Cupertino, California, 2017).[52] Richard Rogers siguió una línea innovadora que aunó funcionalismo y sostenibilidad, con una visión humanista de la arquitectura y el urbanismo (Edificios de la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas, Madrid, 2005; Hotel Hesperia Tower, Barcelona, 2006; Bodegas Protos, Peñafiel, 2007; Torre BBVA México, Ciudad de México, 2009-2014).[59] Ieoh Ming Pei desarrolló un estilo heredero del racionalismo —fue alumno de Walter Gropius—, visible en la pureza de las formas, aglutinado con los adelantos tecnológicos (Museo de Arte Islámico de Doha, 2008; Centro de Ciencia de Macao, 2009).[60] Jean Nouvel desarrolló un estilo metafórico que evoca a las imágenes singulares y sorprendentes, con juegos de luces y uso de materiales modernos y experimentales, con un cierto enfoque provocador (Torre Agbar, Barcelona, 2000-2005; Louvre Abu Dabi, 2017).[61] Odile Decq siguió una línea iconoclasta y provocadora, caracterizada por las formas geométricas y el uso de materiales innovadores, y con una utilización efectista de la luz y del color, con preferencia por el rojo y el negro (Museo de Arte Contemporáneo de Roma, 2010; Edificio Antares, Barcelona, 2020).[62] César Pelli destacó por su uso de envolturas mínimas en acristalado, siguiendo la estela de Eero Saarinen (Centro de Artes Escénicas de Adrienne Arsht, Miami, 2006); Torre de Cristal, Madrid, 2008; Torre YPF, Buenos Aires, 2005-2009; Torre Iberdrola, Bilbao, 2007-2011).[63]
En España, Santiago Calatrava ganó renombre internacional con un estilo que combinaba arquitectura e ingeniería en construcciones de apariencia ligera y pureza formal (Ciudad de las Artes y las Ciencias, Valencia, 1998–2009; Museo de Arte de Milwaukee, 2001; Auditorio de Tenerife, Santa Cruz de Tenerife, 2003; Turning Torso, Malmö, 2006; Palacio de Congresos de Oviedo, 2011; Museo del Mañana, Río de Janeiro, 2015; Oculus, Nueva York, 2016).[60]
Deconstructivismo

Derivado en cierta forma del posmodernismo, el deconstructivismo buscó la interrelación con otras disciplinas artísticas, así como la filosofía y la lingüística, especialmente con la corriente postestructuralista. En ese contexto, rechazaban la vinculación de la arquitectura con la historia y defendían el antisubjetivismo como método de trabajo. Por otro lado, inspirados por las nuevas ciencias —como los fractales, la complejidad, la similaridad, la autoorganización y los procesos emergentes—, emplearon en sus obras la geometría no euclidiana y los diseños no lineales, de lo que resultó un estilo aparentemente caótico, desproporcionado, con estructuras con aspecto de caerse.[64] La deconstrucción busca alejarse de cualquier sistema constructivo, defendiendo un enfoque antilógico y antifuncional, y rechazando el carácter histórico, social, moral, ideológico o narrativo de la arquitectura, así como su visión antropocéntrica. Los arquitectos deconstructivistas buscan «desmontar» los procesos creativos, el diseño, con proyectos de base teórica que a menudo parecen irrealizables, pero que logran sacar adelante gracias al uso de nuevas tecnologías.[65]

En base a la obra de Jacques Derrida (De la gramatología, 1967),[66] la deconstrucción busca la fragmentación, la diseminación, la desestabilización, la ausencia del sentido de la totalidad. La arquitectura ya no es razonable, ha dejado de representar, de significar, es una arquitectura independiente de la función, ajena a los conceptos de unidad y armonía. Así, es una arquitectura anticlásica, por lo que se opone al movimiento posmoderno. En cambio, recibe cierta influencia del constructivismo soviético, lo que se evidencia en el uso de formas diagonales, rectangulares y trapezoidales.[67]
Uno de sus primeros exponentes fue Peter Eisenman, autor de estructuras en las que prescinde prácticamente de ángulos rectos ni de líneas horizontales o verticales, con obras de aspecto fragmentado, descoyuntado (State Farm Stadium, Glendale, Arizona, 2006).[64] Frank Gehry desarrolló igualmente un estilo de aspecto anárquico, discontinuo, con cierto aire inacabado, de formas geométricas sencillas, jugando con los volúmenes, lo que da cierto aire escultórico a sus obras (Walt Disney Concert Hall, Los Ángeles, 2003; Fondation Louis Vuitton, París, 2014).[64] Zaha Hadid fue exponente de la arquitectura conceptual, con proyectos tanto teóricos como físicos, que elaboraba partiendo de pinturas y dibujos en los que abordaba todos los aspectos del diseño, tanto de la estructura del edificio como del interiorismo (Museo MAXXI, Roma, 2009; Centro Heydar Aliyev, Bakú, 2012).[64] El estudio austríaco Coop Himmelb(l)au, fundado en 1968 por Wolf D. Prix y Helmut Swiczinsky, practica tanto la arquitectura como el urbanismo, el diseño y la escultura, con un estilo de corte fantástico, dinámico y sensual (Museo de Arte de Akron, Akron, Ohio, 2007; Sede del Banco Central Europeo, Fráncfort del Meno, 2015).[64] Daniel Libeskind fue autor del Museo Judío de Berlín (2001), un edificio disfuncional, sin puertas, accesible solo desde un pasadizo subterráneo, con pasillos y escaleras erráticos y ventanas estrechas que no dejan pasar la luz, todo ello para enfatizar la tragedia del holocausto judío en la Segunda Guerra Mundial.[66] Bernard Tschumi, arquitecto y teórico de la arquitectura, buscó la relación con otras disciplinas artísticas, así como con la literatura, la filosofía, la ciencia y el cine (Museo de la Acrópolis, Atenas, 2002-2008).[68] Rem Koolhaas y el estudio Office for Metropolitan Architecture analizaron la relación entre la arquitectura y la metrópoli contemporánea, constatando la naturaleza caótica de la misma (Biblioteca Central de Seattle, 2004; Casa da Música, Oporto, 2005).[69]
Arquitectura ecológica

También llamada arquitectura sostenible, bioclimática o Eco-Tech, la arquitectura ecológica aúna la utilización de materiales ecológicos y el estudio del entorno para edificar construcciones sostenibles y de mínimo impacto en la naturaleza. Desde finales del siglo XX, tras los primeros indicios sobre el cambio climático, surgió una nueva preocupación por la sostenibilidad y el respeto al medio ambiente. Así, se inició una nueva línea de diseño arquitectónico de corte más ético, priorizando un tipo de construcción que no dañase al medio ambiente y se integrase de forma natural en el entorno, gracias al uso de materiales tradicionales, sostenibles y reciclados, o bien poniendo las nuevas tecnologías al servicio de la sostenibilidad, como hizo Norman Foster con el rascacielos Commerzbank de Fráncfort (1997), un edificio verde que incorporaba invernaderos para aprovechar la luz y la ventilación naturales; o con la ciudad ecológica de Masdar, en Abu Dabi (2006), concebida para ser autosuficiente y sostenible. Muchas de estas iniciativas partieron de arquitectos de países con más alta incidencia del cambio climático, como el esrilanqués Palinda Kannangara —promotor de la llamada «modernidad tropical»—, la bangladesí Marina Tabassum o la paquistaní Yasmeen Lari, iniciadora en 2005 de la llamada «arquitectura descalza».[71]
Algunos países legislaron sobre el empleo de una arquitectura más ecológica, como Francia, que en 2020 reguló que todos los edificios públicos de nueva construcción tuviesen al menos un 50 % de materiales sostenibles; o Países Bajos, que en 2021 aprobó que en Ámsterdam el 20 % de la construcción nueva debía ser en madera.[72] Según el Informe sobre la situación mundial de los edificios y la construcción de 2021, del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, los edificios y construcciones son responsables del 38 % de las emisiones de CO2 en el planeta.[73]
En 2008, Renzo Piano cubrió la Academia de Ciencias de California (San Francisco) de una cubierta de hierba que absorbe al agua de lluvia y sirve de refrigerante, así como un voladizo con células fotovoltaicas para dotar de energía al edificio; por otro lado, los muros están aislados con tela vaquera reciclada.[73] El vietnamita Võ Trọng Nghĩa es autor de edificios cubiertos de vegetación, así como una serie de casas en forma de cajas de hormigón semejantes a maceteros, donde crecen incluso árboles.[73] Otros arquitectos destacados en arquitectura ecológica son: Jeanne Gang (Aqua Tower, Chicago, 2009; Nature Boardwalk, Chicago, 2010); Bjarke Ingels (The Spiral, Nueva York, 2023); Tatiana Bilbao (Casa Ventura, Monterrey, 2011); y Farshid Moussavi (Yokohama International Port Terminal, 2002; Museo de Arte Contemporáneo de Cleveland, 2005).[4]
En África, la arquitectura tradicional siguió siempre criterios de sostenibilidad, por lo que la nueva arquitectura practicada en el continente ha buscado continuar esa línea, con construcciones adaptadas a su entorno y procurando una gran economía de medios. Algunos arquitectos destacados fueron el burkinés Diébédo Francis Kéré (Escuela Primaria de Gando, 2001), el nigeriano Kunlé Adeyemi (Escuela flotante de Makoko, Lagos, 2016) y el tanzano David Adjaye (Catedral Nacional de Ghana, 2018).[74]
Otros estilos

La llamada «nueva arquitectura vernácula» surgió en el Reino Unido en los años 1980 como reacción a la arquitectura moderna, especialmente en ámbitos rurales. Se buscó el retorno a lenguajes tradicionales, atendiendo tanto a la historia como al entorno propio de la construcción. Un punto de inflexión fue la defensa que el entonces príncipe Carlos hizo de la arquitectura tradicional en 1984, lo que abrió un intenso debate. Surgió entonces una nueva forma de concebir los espacios rurales o los entornos urbanísticos de las grandes ciudades, sin volver del todo a las formas tradicionales pero reinterpretándolas a tenor de los nuevos métodos constructivos y nuevos materiales, con especial atención al entorno en que debía construirse, buscando preferentemente lugares naturales e idílicos —lo que vino a llamarse «pragmatismo romántico»—. Uno de sus máximos exponentes fue Richard MacCormac.[75]

De igual forma, la nueva arquitectura clásica —no confundir con la arquitectura neoclásica— ha continuado la tradición de la arquitectura histórica tanto grecorromana como gótica, renacentista o barroca, especialmente en el Reino Unido y al hilo de la defensa que el príncipe Carlos hizo de la misma. Algunos de sus artífices fueron Quinlan Terry (Enfermería del Hospital Real de Chelsea, 2008) y John Simpson (Queen's Gallery del Palacio de Buckingham, 2002).[76]
La arquitectura biónica se inspira en formas naturales y biológicas, especialmente curvas y fractales, en oposición a los tradicionales trazados rectangulares. Bajo la premisa «la naturaleza lo hizo antes y lo hizo mejor», los artífices de este estilo buscaron líneas constructivas basadas en formas naturales, buscando la practicabilidad de las edificaciones. Sus premisas son la sostenibilidad (eficiencia energética, materiales reciclados), la cimentación flotante, la flexibilidad (estructuras resistentes y adaptables) y el uso de membranas interiores para crear microclimas internos. Uno de sus máximos representantes es el español Javier Gómez Pioz (The Westin & The V Twin Towers, Calcuta, 2017). Otros exponentes son: Rosa Cervera, Nicholas Grimshaw, Moti Bodek y Mauro Costa Couceiro.[77]
La arquitectura blob (o blobitecture) se basa en formas esferoides unidas por planos ondulantes, gracias al diseño asistido por ordenador. Su iniciador fue el estadounidense Greg Lynn, quien usó el CAD para producir formas arquitectónicas biomórficas irregulares (Bloom House, Los Ángeles, 2010). Otros exponentes fueron: el edificio Selfridges en Birmingham (2003), de Future Systems (estudio compuesto por Jan Kaplický y David Nixon); y la Kunsthaus Graz en Zúrich (2003), de Colin Fournier y Peter Cook.[78]
Artes visuales

Las artes visuales de inicios del siglo XXI se caracterizaron por la hibridación, la globalización, el activismo, la interacción con el público —especialmente gracias a las redes sociales—, el uso de nuevas tecnologías y la defensa del componente conceptual del arte. Las disciplinas artísticas se fueron diluyendo y, junto al uso de medios tradicionales como la pintura y la escultura, cobraron un gran auge la fotografía y el vídeo, además de nuevas tipologías aparecidas en las últimas décadas del siglo anterior como el happening, la performance y la instalación, a menudo en obras híbridas que aglutinan diversos medios a la vez.[4]
La pintura se caracterizó, dentro del marco heredado por la centuria anterior, por un nuevo afán experimentador, por la búsqueda de nuevas formas de expresión, por la innovación, la hibridación con otras artes, la multiplicidad de estilos —desde el figurativo hasta el abstracto—, el uso de una gran variedad de técnicas y materiales, la utilización de las nuevas tecnologías y la interrelación con el público, así como por la globalización y la reivindicación política y social.[4]
La escultura del nuevo milenio se caracterizó igualmente por la hibridación de medios, aunando la escultura con la arquitectura, la instalación, la performance y otras técnicas artísticas, así como elementos tecnológicos. La escultura se concibe como intervención en el espacio y no ya como simple modelaje. Asimismo, se tiene en cuenta la relación con el espectador, al tiempo que se percibe una cierta tendencia a la monumentalidad, especialmente en la escultura en espacios públicos. Como en el resto de las artes, la escultura refleja las inquietudes políticas y sociales, la reivindicación étnica e igualitaria, así como la preocupación por el medio ambiente.[4]
También pervive el llamado arte marginal o outsider art (también llamado folk art, visionary art, intuitive art o grassroot art [«arte de la gente corriente»]), considerado el relativo a personas ajenas al arte, personas sin formación artística o fuera de los circuitos artísticos e, incluso, personas con problemas mentales. El término outsider art fue acuñado por el crítico Roger Cardinal en 1972 con un claro referente en el concepto de art brut de Jean Dubuffet, en el que este artista francés englobaba la producción artística ajena al circuito oficial del arte. Hoy día muchas obras de estos artistas han entrado en museos y galerías, así como numerosas instalaciones han pasado a gozar de protección oficial.[79]
Arte abstracto y figurativo
En primer lugar, conviene destacar la obra de diversos artistas que, lejos de adscribirse a un determinado movimiento o tendencia artística, desarrollaron su obra dentro de estilos consagrados en la historia del arte, como serían el arte figurativo y el abstracto. El arte figurativo consiste en la representación de la realidad, del mundo circundante en el que vive el ser humano, bien de forma realista o bien con cierta deformación de esa realidad con fines expresivos.[80] Por el contrario, el arte abstracto se aleja de la realidad, representando imágenes, conceptos o sensaciones del artista a través de elementos ajenos a la figuración, como colores, líneas, formas geométricas o texturas.[81]
Dentro del arte figurativo cabría citar de entrada a Fernando Botero, pintor y escultor que desarrolló una obra caracterizada por figuras de gran tamaño, que aúnan una cierta visión infantil y humorística con una dosis de crítica social irreverente. Aunque la mayor parte de su producción se produjo en la centuria anterior, en el nuevo milenio cabe destacar pinturas como: Mujer peinándose (2004, Niños jugando fútbol (2006), El circo (2008), Via Crucis (2011); y esculturas como: Mujer a caballo (2002), Mujer reclinada con tela (2004), Bailarina (2006), Caballo con silla de montar (2007), Mujer acostada (2008), La paloma de la paz (2016).[82]

Otros pintores figurativos a nombrar serían: Michaël Borremans denotó la influencia de artistas como Diego Velázquez, Francisco de Goya y Édouard Manet, en obras que representan escenas mundanas, intrascendentes, que sin embargo adquieren relevancia al ser inmortalizadas en lienzos (El sandwich de queso, 2019).[83] Cecily Brown desarrolló una pintura gestual y expresionista, a medio camino entre la figuración y la abstracción, con diversas influencias que van desde Goya, Rubens y Poussin hasta Francis Bacon y Willem de Kooning (El juego de dormir y objetos perdidos, 2007; Dónde, cuándo, con qué frecuencia y con quién, 2017; Desarraigada de su reflejo, 2021).[4] John Currin desarrolló una figuración de tono satírico y estilizado, casi caricaturesco, que recuerda al manierismo, reflexionando en su obra sobre el papel de la mujer y la vida familiar (Acción de gracias, 2003).[84] Peter Doig se especializó en paisajes, solos o con una figura solitaria, en atmósferas de cierto misterio que recuerdan el realismo mágico, en óleos de gran formato (Grande Rivière, 2002).[85] Elizabeth Peyton, pintora y fotógrafa, es conocida por sus retratos estilizados, realizados a partir de fotografías, que denotan intimidad aunque desde una cierta distancia emocional (El funeral de la reina madre, 2002; Julian, 2004).[86] Raymond Pettibon es conocido por sus dibujos inspirados en el mundo del cómic, acompañadas generalmente de leyendas escritas, además de como ilustrador en la escena del punk rock (No title (I must tell), 2002).[87] Neo Rauch denotó la influencia del surrealismo y el realismo socialista, con un tono épico que recuerda la pintura de historia, aunque los personajes parecen estar ensimismados en su propio mundo, sin crear un relato coherente (Pasamanos, 2020).[88] Luc Tuymans desarrolló un estilo figurativo con cierto trasfondo siniestro, donde subyace el terror y la violencia, abordando temas como el Holocausto, el colonialismo y las perversiones sexuales, que aborda de forma indirecta, no por escenas completas sino a través de un objeto o un espacio determinado, en las que se denota la influencia de la técnica cinematográfica (recortes, primeros planos) y la fotografía, así como una iluminación extraña de color verde grisáceo (La orilla, 2014).[89] Lisa Yuskavage desarrolló un estilo algo simbólico y de intenso colorido, centrándose en el género del desnudo, a menudo inspirado en el mundo del porno, aunque tratado con gran exquisitez.[90]

Dentro de la pintura abstracta, Tomma Abts se caracterizó por sus composiciones de formas geométricas, con obras de pequeño tamaño —siempre el mismo, 48 × 38 cm—, tituladas siempre con nombres cristianos alemanes poco frecuentes (Ert, 2003; Ebe, 2005).[91] Jadé Fadojutimi se enmarcó en una pintura de corte emocional, de colores intensos y pincelada rápida (Mi amor es tu amor, 2019; ¿Y debes soportarlo?, 2022).[4] Per Kirkeby realizó composiciones abstractas semejantes a paisajes no definidos, especialmente rocas —estudió geología—, elaboradas en densas capas (Sin título, 2005).[92] Julie Mehretu desarrolló un estilo sustentado en dibujos técnicos similares a mapas, sobre los que añadía dibujos, trazos o zonas de color de inspiración libre, generalmente en lienzos de gran tamaño (Stadia II, 2004).[93] Sarah Morris, pintora y cineasta, se enmarcó en una abstracción geométrica de líneas y formas superpuestas, generalmente a escala monumental y sobre un soporte arquitectónico (Endeavor (2005).[94] Sean Scully es conocido por sus pinturas, aunque también trabajó la escultura, la cerámica y el grabado, con obras basadas en bloques de color, de apariencia geométrica suavizada por las pinceladas de toque personal, con un estilo que recuerda a Mark Rothko o Frank Stella (Beckett, 2006).[95]
En escultura, Paige Bradley se centró en la figura humana, en obras realizadas en bronce que a menudo incluyen iluminación eléctrica (Expansión, 2004; Las tres hijas, 2015; Afirmación, 2019).[96] Francisco Leiro desarrolló una escultura expresionista, con cierta influencia del arte egipcio y románico, con cierta dosis de humor, trabajando generalmente en madera policromada.[97] Jaume Plensa desarrolló un estilo expresivo y metafórico, que conjuga imágenes con textos (Alma del Ebro, 2008; Mirar en mis sueños; El árbol de la vida, 2020).[98] Daniel Popper es conocido por sus esculturas monumentales que semejan dioses míticos, ubicadas generalmente en espacios naturales (Reflexiones, 2013; El árbol de la sabiduría, 2015; Asana, 2019).[99] Thomas Schütte se centró en la figura humana con cierta deformación expresionista, a menudo en temas que aluden a la erradicación de las diferencias o a la unificación de criterios (Frau Nr. 13, 2004).[100] Mención aparte merece Sheila Hicks, que se especializó en el trabajo con fibras textiles, con las que elaboró formas abstractas de vivos colores, generalmente de gran formato (La centinela del azafrán, 2018).[101]
Arte cinético y óptico

El arte cinético surgió en los años 1950 —aunque hay precedentes en el constructivismo y el dadaísmo— como un estilo centrado en el movimiento, ya fuese real o figurado, realizado con diversas técnicas y materiales, desde la pintura y la escultura hasta la instalación y, más recientemente, las nuevas tecnologías; o, por otro lado, el que se basa en luces cambiantes, como las de neón.[102] Entre sus referentes se encuentra Yaacov Agam, pintor y escultor, autor de obras de composición geométrica que varían de perspectiva según el ángulo de observación (Comunicación pacífica con el mundo, 2009).[103] Entre los artistas que aún cultivan este estilo se pueden mencionar a: Bruce Nauman, que trabajó con luces de neón; Tatsuo Miyajima, famoso por sus instalaciones de luces LED; Chico McMurtrie, conocido por sus robots; Angela Bullock, centrada en cañones de luz cambiante; y Cornelia Parker, creadora de esculturas a gran escala (Anti-Mass, 2005).[104]
Por su parte, el arte óptico (u op-art) se basa en ilusiones ópticas,[nota 3] apelando a la percepción visual para crear efectos inusuales y sorprendentes. Dichas ilusiones se pueden basar en patrones geométricos, colores brillantes, efectos como el moaré, imágenes ocultas o ilusiones de movimiento. Por otro lado, es un estilo que requiere de la participación del público, de cuya percepción depende la asimilación de la obra. En ese contexto, este estilo ha sido relacionado en numerosas ocasiones con la psicología de la Gestalt.[106] Cabe destacar en este estilo a Julio Le Parc, autor de obras que crean ilusiones a través del color mediante la esquematización de las formas (Desplazamientos, 2003; Modulation 1160, 2004).[107] Algunos de sus exponentes más recientes fueron Philip Taaffe y Peter Schuyff.[108]
Hiperrealismo

El hiperrealismo (también llamado «fotorrealismo» o «superrealismo») es una tendencia surgida en los años 1960 en la pintura y la escultura como una nueva corriente figurativa caracterizada por su visión superlativa y exagerada de la realidad, que es plasmada con gran exactitud en todos sus detalles, con un aspecto casi fotográfico —de hecho, en ocasiones emplean la fotografía como base de un soporte pictórico—. En escultura, solían emplear igualmente moldes corporales para conseguir el máximo de realismo. En general, se centraban en escenas urbanas y de la sociedad de consumo, la publicidad y los medios de comunicación, así como retratos, paisajes y naturalezas muertas, mientras que en escultura mostraron predilección por la figura humana.[109] Los artistas hiperrealistas eran herederos en cierta medida del pop-art por sus técnicas mecanicistas e impersonales, así como sus referentes iconográficos derivados del consumismo y de los medios de comunicación de masas.[110]
Entre sus exponentes iniciales con obra en el siglo XXI destacan: Richard Estes, que se centró en imágenes de Nueva York, de la que le interesaban los reflejos de elementos urbanos, en óleos de gran elaboración con gusto por efectos matéricos (Columbus Circle, 2008);[111] y Don Eddy, centrado generalmente en la representación de automóviles, donde destacan los brillos y reflejos, o bien en escaparates de tiendas (Nostos I, 2005; Mono No Aware II, 2011).[112] Kehinde Wiley destacó por sus retratos de personajes afroamericanos, cobrando relevancia por su retrato de Barack Obama en 2017.[113]
En España, Antonio López García encontró la inspiración en la obra de Velázquez y Zurbarán, con un marcado realismo centrado especialmente en el paisaje urbano, el retrato y la naturaleza muerta, otorgando una gran importancia a la luz, con un vago aspecto irreal cercano al realismo mágico, en obras de factura académica y lenta ejecución que puede desarrollar a lo largo de años e, incluso, décadas (Madrid desde la torre de bomberos de Vallecas, 1997−2006; La familia de Juan Carlos I, 1994-2014).[114]
En escultura, John de Andrea se centró en la figura humana, especialmente desnudos, realizados con moldes de personas de carne y hueso.[115] Ron Mueck trabajó en publicidad y efectos especiales antes de dedicarse a la escultura, modelando sus figuras en arcilla para luego vaciarlas en resina y silicona, generalmente figuras de gran tamaño, con un trabajo que destaca por la minuciosidad de los detalles (Mujer embarazada, 2002).[116]
Minimalismo

El minimalismo surgió en los años 1960 como un movimiento artístico que preconizaba la simplicidad en el arte, el uso «mínimo» de formas y materiales, bajo la premisa «menos es más» planteada por Ludwig Mies van der Rohe. Influido por el constructivismo y el suprematismo, el minimalismo se basaba preferentemente en formas geométricas y abstractas, en líneas simples, puras, exentas de ornamentos, utilizando por lo general materiales industriales. Era un estilo algo intelectual y exento de sentimiento, por lo que fue calificado de frío, aunque numerosas obras minimalistas podían generar calidez, especialmente las confeccionadas con luces. También investigaron sobre el espacio, la luz y el movimiento, por lo que en sus obras cobró igualmente relevancia la relación con el espectador. Aplicado tanto a la pintura como a la escultura, posteriormente se trasladó también a la instalación, el land art y otras tipologías artísticas, al tiempo que también se desarrolló en la arquitectura e, incluso, la música; más adelante se trasladó también al diseño, la moda y el interiorismo.[117]
Uno de los referentes del minimalismo fue Sol LeWitt, partidario de priorizar el concepto sobre la obra —que generalmente ejecutaban sus ayudantes—, en obras abstractas de corte geométrico y colores brillantes (Wall Drawing # 1055, 2002; 9 Towers, 2007).[118] Richard Serra realizó esculturas, instalaciones y siteworks basadas generalmente en formas curvas y espirales, de gran tamaño, a menudo transitables por el espectador (La materia del tiempo, 2005; Cuarenta años, 2007; Composición abierta, 2007-2008).[119] Rachel Whiteread fue autora de un tipo de esculturas que denominó «espacios negativos», basadas en los espacios vacíos alrededor de los objetos, realizadas generalmente con moldes (Monumento al Holocausto, 2000; Muro de contención, 2005).[120] Uno de los escultores más relevantes de los últimos tiempos es el indio Anish Kapoor, autor de obras abstractas de gran tamaño, realizadas con materiales industriales, basadas generalmente en superficies curvas, de aspecto sinuoso, generalmente monocromas y reflectantes, a menudo con cavidades en su interior (Marsias, 2002; Puerta a las nubes, 2004).[121]
Arte de acción

El arte de acción (action art o life art) surgió igualmente en los años 1960, representando diversas tendencias basadas en el acto de la creación artística, donde lo importante no es la obra en sí, sino el proceso creador, en el que además del artista interviene a menudo el público, con un gran componente de improvisación. Engloba diversas manifestaciones artísticas como el happening, la performance, el environment y la instalación. El término fue creado por Allan Kaprow, que señaló la interrelación entre el artista y el espectador en el momento de la creación artística. Algunos precedentes del arte de acción surgieron en los años 1920 con el dadaísmo y el surrealismo, en montajes artísticos como el collage y el assemblage, que destacaban el aspecto tridimensional de la obra, para cuya percepción el espectador debía moverse. Poco a poco se dio mayor relevancia a la intervención del público, por lo que los artistas empezaron a valorar cada vez más el ambiente (environment) que rodea a la obra, en aspectos como el espacio y la luz, o incluso la intervención de otros sentidos además de la vista. La intervención del espectador fue cada vez más primordial en la creación artística y, cuando este pasó a tener un rol activo y no ya pasivo, surgió el arte de acción, que es imprevisible, no tiene comienzo ni final estructurados, depende de la libre participación e improvisación del espectador. En la acción artística es primordial el tiempo, por lo que es un arte espontáneo e irrepetible, enteramente efímero.[122]

El happening es una forma de creación artística donde el autor colabora con el público para la confección de la obra, que no tiene por qué ser una obra material, sino que se valora el acto creador, el mensaje, la interrelación entre artista y espectador. Suelen intervenir la música y los diálogos (o monólogos), por lo que tiene un cierto componente teatral. Aunque pueda parecer que está todo dejado al azar, el happening no es una mera improvisación, existe un guion previo con unos parámetros mínimos fijados por el autor, al partir del cual interviene la espontaneidad del medio y las personas. Se puede realizar tanto en espacios cerrados como al aire libre, aunque por lo general no hay un espacio ni un tiempo determinados, a veces una acción puede tener varios escenarios y puede dividirse en varios momentos inconexos, para romper el estatismo del teatro tradicional.[123] Por su parte, la performance es una acción similar en cierta forma al happening, pero donde se valora más el carácter teatral y gestual de la acción, así como la intervención del cuerpo humano —por lo que está ligado con el body art— y el uso de nuevas tecnologías, especialmente el vídeo.[124] En cuanto a la instalación artística, es una mezcla entre la obra de arte como objeto —generalmente en forma de assemblage— y el environment o espacio envolvente, pudiendo tener incluso un componente de acción como escenario de happenings o performances. Uno de sus pioneros fue nuevamente Marcel Duchamp, quien en 1942 realizó un montaje en el seno de la Exposición Surrealista de Nueva York titulado Milla de cuerda, donde llenó una galería de arte con cuerda enlazando los paneles que contenían los cuadros de la exposición. Otro precedente se encuentra en el Nuevo Realismo francés, con la exposición El vacío realizada en 1958 por Yves Klein, donde vendió el espacio vacío de la sala, contestada en 1960 por Arman con Lo lleno, una galería llena de basura. La instalación recogió numerosas influencias, como el minimalismo, el arte cinético, el arte povera, el sound art y el videoarte.[125] Otra variante es la intervención, por la que se modifican objetos o espacios para otorgarles un sentido artístico, a veces en interacción con el público.[126]

Marina Abramović es probablemente la artista de performance más conocida, con propuestas desafiantes y controvertidas en las que explora los límites de la resistencia humana, sometiéndose ella misma a castigos físicos en muchas de sus escenificaciones. Suele interactuar con el público, como en La artista está presente (2010, MoMA, Nueva York), en la que pasó 736 horas durante tres meses sentada frente a espectadores que quisiesen sentarse frente a ella, mirándose a los ojos sin decir nada.[127] La artista no se inmutó hasta que se sentó frente a ella Ulay, su expareja, a quien hacía veinte años que no veía.[128]
Uno de los artistas más mediáticos de los últimos tiempos fue Maurizio Cattelan, autor de esculturas e instalaciones, con obras polémicas e iconoclastas que tratan sobre temas como la política, la religión o el propio mundo del arte.[127] Su obra más conocida es Comediante (2019), consistente en un plátano con cinta adhesiva, que generó una fuerte polémica por cuanto muchos espectadores se sintieron burlados por la ocurrencia del autor; uno de ellos llegó a comerse el plátano en señal de protesta, aunque enseguida fue sustituido por otro. Pese a todo, la obra fue vendida el primer día de exposición por 120 000 dólares.[129] Sin embargo, la artisticidad de la obra residía, según su autor, más en la idea que en el objeto: junto a la obra en sí venía un pliego de catorce folios con instrucciones sobre cómo mantenerla —cambiar el plátano cada siete a diez días y pegarlo con cinta a 1,75 m de altura del suelo— y un certificado de autenticidad.[130]

Otros artistas consagrados fueron: Christian Boltanski, pintor, escultor y cineasta, realizó instalaciones que combinaban escultura, fotografía y vídeo, con un uso dramático de la luz, reflexionando sobre la pérdida y la memoria, con numerosas referencias al Holocausto (Vanitas, 2008; Chance, 2014).[131] Olafur Eliasson, creador de instalaciones y siteworks basadas generalmente en elementos físicos como la luz, el agua, el vapor o la temperatura, creando experiencias multisensoriales (The weather project, 2003; One-way colour tunnel, 2007).[132] Antony Gormley realizó esculturas e instalaciones que reflexionan sobre el cuerpo humano, involucrando en numerosas ocasiones al público, como en Luz ciega (2007), una cámara de cristal llena de vapor donde los espectadores no podían ver e iban tropezándose.[133] Mona Hatoum practicó la performance, la instalación, la escultura, el vídeo y la fotografía, reflexionando en sus obras sobre la violencia y la opresión, especialmente sobre el conflicto israelí-palestino (Hot Spot, 2006).[134] Thomas Hirschhorn realizó esculturas e instalaciones con objetos y materiales cotidianos (papel, cartón, plástico, aluminio, cinta adhesiva), inspiradas a menudo en reivindicaciones políticas (huelgas, manifestaciones, piquetes), con referencias también a la filosofía, presente en los títulos o en textos (Hotel Democracy, 2003; Sustitución 2, 2007).[135]

Otros exponentes fueron: Franz Ackermann mezcló instalación y pintura monumental, con una igual combinación de figuración y abstracción (Terminal, 2008).[136] Karla Black realizó instalaciones efímeras, con materiales perecederos como papel o yeso, e incluso materiales poco habituales como pasta de dientes, cosméticos o espray bronceador, en obras de colores pastel de estilo abstracto y tono evocador (Hazte necesario, 2012).[137] Christoph Büchel fue creador de instalaciones conceptuales que incluían diversos elementos sensitivos, tanto visuales como sonoros y olfativos, en espacios generalmente angostos y recargados (Simply Botiful, 2006).[138] Sophie Calle cultivó la performance con ayuda de textos, vídeos y fotografías, en obras que exploraban la vida y la intimidad de la gente, reflexionando sobre sus vivencias personales, como las relaciones de pareja y la muerte (Red Shoe, 2000).[139] Urs Fischer fue autor de instalaciones con materiales efímeros, con los que reflexionó sobre la transitoriedad de la vida, en las que tenía una gran relevancia el tiempo, ya que generalmente sus obras se iban degradando con el paso del tiempo, como con el uso de alimentos que se van descomponiendo, o bien con esculturas hechas con cera de velas, que se van derritiendo hasta descomponerse (Tú, 2007).[140] Isa Genzken trabajó la escultura y la instalación, en obras que reflexionan sobre el tiempo y lo transitorio, empleando en numerosas ocasiones ensamblajes de objetos kitsch (Oil, 2007).[141] Carsten Höller fue autor de instalaciones interactivas que fomentaban la experimentación, especialmente en el terreno lúdico, siendo famosos sus toboganes, que consideraba «esculturas por cuyo interior se puede viajar» (Sitio de pruebas, 2006).[142] Roni Horn empleó en sus obras elementos diversos como imágenes, textos y espacios, así como la presencia de personas que dan vida a esos espacios, otorgando igualmente un gran protagonismo al agua (Vatnasafn/Biblioteca del agua, 2007).[143] Anne Imhof cultivó la performance y la instalación, con uso igualmente de pintura, escultura y música, en obras provocativas en las que añadía una buena dosis de improvisación (Faust, pabellón alemán de la Bienal de Venecia de 2017).[144] Damián Ortega realizó instalaciones con objetos cotidianos descontextualizados, convertidos en objetos disfuncionales, como las realizadas con automóviles Escarabajo Volkswagen (Cosmic Thing, 2002).[145] El cubano Wilfredo Prieto se enmarcó en una línea de instalaciones, objetos y performances marcados por la polémica, como su Vaso medio lleno (2015), consistente en un vaso medio lleno de agua.[146] Gregor Schneider reflexionó en su obra sobre el espacio doméstico —reconstruyó múltiples veces su propia casa—, creando espacios opresivos, angustiosos, claustrofóbicos, a menudo con connotaciones siniestras (La familia Schneider, 2004).[147] Sarah Sze realizó instalaciones multimedia con todo tipo de materiales y objetos cotidianos, que combinaba en obras de gran formato donde cada objeto adquiría una nueva dimensión en un conjunto estructurado, que abordaba todo el espacio (suelo, paredes, techo), aunque con un aspecto de tensión quebradiza, dando la impresión de que todo podría desmoronarse en cualquier momento (Punto triple (Péndulo), 2013).[148]

En España, Ignasi Aballí fue autor de instalaciones conceptuales como Corrección (2022), realizada para el pabellón español de la Bienal de Venecia, consistente en una habitación vacía, de paredes blancas, ya que el edificio —obra de Javier Luque de 1922— estaba desalineado 10° respecto a los contiguos pabellones de Bélgica y Países Bajos, por lo que el artista construyó un pabellón dentro del pabellón español que sí estuviese alineado.[149] Abel Azcona realizó performances donde reflexionaba sobre la identidad personal y los límites del dolor, generando a menudo encendidas polémicas (Amén, 2015).[150] Cristina Iglesias mostró en su obra el interés por el espacio, la arquitectura y la geología, haciendo al espectador partícipe de sus instalaciones, que solo quedan completas por la intervención del público (Pabellón suspendido en una habitación I, 2005).[151] Santiago Sierra realizó obras polémicas sobre temas tanto políticos como económicos o ecológicos, que sin embargo invitan a la reflexión desde una postura crítica, generalmente en performances grabadas en vídeo (House in Mud, 2005).[152]
En China, Cai Guo-Qiang realizó instalaciones que reflexionaban sobre la historia de su país, aunando modernidad y tradición (Sueño, 2002; Inoportuno: Fase Uno, 2004).[153] Huang Yong Ping también entremezcló en su obra la tradición china con la modernidad occidental, con esculturas e instalaciones generalmente de gran tamaño (Proyecto Murciélago 2, 2002; Colosseum, 2007).[154] Zhang Huan realizó performances en que convertía a individuos en objetos artísticos, reflexionando sobre la individualidad y la comunidad (Árbol familiar, 2000).[155]
El coreano Do-Ho Suh reflexionó en su obra sobre el espacio doméstico, en esculturas e instalaciones en los que empleaba generalmente tejidos —que cosía él mismo a mano—, de colores suaves, en las que recreaba estructuras arquitectónicas de cierto aire fantasmal (Casa dentro de una casa dentro de una casa dentro de una casa, 2013).[156]
Posminimalismo, arte procesual y conceptual

El posminimalismo[nota 4] fue una reacción antiformalista al minimalismo, en que se inició un proceso de desmaterialización del arte que conduciría al arte procesual y conceptual.[158] El primero ponía énfasis en el «proceso» de creación de la obra artística, mientras que el segundo priorizaba el «concepto» o idea subyacente en la obra. Ya en 1967, Clement Greenberg (Recentness of Sculpture) señaló que en el minimalismo se hallaba el embrión de lo procesual, ya que ponía mayor empeño en el proyecto operativo de la obra que no en su realización.[158] La nueva concepción dada a la obra de arte por los artistas procesuales incidía también en la relación con el espectador y el espacio circundante, aspectos que empezaron a ser estudiados detenidamente en el proceso de creación del objeto artístico, lo cual influiría en el environmental art y la instalación. El arte procesual (process art) se dio en dos principales corrientes: la abstracción excéntrica, una derivación del minimalismo más exótica y vitalista, con uso de materiales heterogéneos (látex, plástico, vinilo, caucho) y colores o bien neutros o bien exaltados; y el process art o «antiforma», que defendía el uso de materiales según el estado psíquico del artista y el devenir de la naturaleza.[159]

El arte conceptual (también llamado project art, analytical art, theoretical art o idea art, o bien «arte antiobjetual» o «postobjetual»)[nota 5] surgió a mediados de los años 1960 como un conjunto de manifestaciones artísticas que incidían en la idea del arte más que en su realización material. Tras el despojamiento matérico del minimalismo, el arte conceptual renunció al sustrato material para centrarse en el proceso mental de la creación artística, afirmando que el arte está en la idea, no en el objeto. Para estos artistas, el arte no se encuentra en la obra, sino en el proceso generativo o formativo que conduce a la obra. Un pionero en ese sentido fue Marcel Duchamp, quien con su Fuente de 1917 (un inodoro presentado como si fuese una escultura) ya pretendía reflexionar sobre la función del arte, trivializándolo para denunciar su reducción a un simple objeto usado con fines mercantilistas. El propio Duchamp expresó entonces que estaba «más interesado en las ideas que en el producto final». El arte conceptual incluye diversas tendencias, como el «arte conceptual lingüístico», el arte povera, el body art y el land art.[161]
Aunque el arte conceptual decayó en los años 1970, numerosos artistas posteriores han sido clasificados como conceptuales, entre los que cabría citar a: Francis Alÿs, arquitecto de profesión, autor de intervenciones de carácter efímero que suele recopilar en fotografías o vídeos, con mensajes a medio camino entre la política, la filosofía y la poesía (Cuando la fe mueve montañas, 2002).[162] Tom Friedman realizó esculturas e instalaciones realizadas con objetos cotidianos tan diversos como papel higiénico, gomas de mascar, palillos de dientes o espaguetis, a los que otorgó un nuevo significado (Open Box, 2007; Circle Dance, 2011; Looking Up, 2015).[163] Jenny Holzer trabajó fundamentalmente con textos, a menudo contradictorios o sin sentido, vaciando de contenido las palabras para fomentar un espíritu más crítico en nuestra comunicación (War Paintings, 2015).[164] Mary Kelly otorgó un enfoque más humano al arte conceptual, analizando las relaciones personales en el ámbito de la sociedad y la historia (Love songs, 2005-2007; Vox Manet, 2006-2008; Habitus, 2010-2012).[165] Cildo Meireles exploró el lado más sensorial del conceptualismo, con instalaciones que conjugaban elementos visuales y sonoros (Babel, 2001).[166] Gabriel Orozco se inspiró en los momentos fugaces de la vida, que intentó registrar con un tono de evocación poética, buscando involucrar al espectador para que diese vida a objetos hasta entonces inertes (Pinturas de Árboles Samurái, 2004; Corplegados, 2011).[167] Franz West se especializó en esculturas interactivas, en las que participa el público, como en sus «adaptativos», unos objetos ambiguos que el espectador puede utilizar a su antojo.[168]
Arte povera

El arte povera (término italiano, en español «arte pobre»)[nota 6] surgió en Italia en los años 1960 para aludir a un conjunto de artistas que destacaban por la utilización en sus obras de materiales pobres o de desecho —incluso en ocasiones plantas o animales vivos—, bien en esculturas o en ensamblajes o instalaciones. En realidad, muchos de los materiales que utilizaban no eran baratos, pero en todo caso eran materiales no usados frecuentemente en el arte. Pese a todo, estos artistas destacaron por el uso sensual que dieron a estos materiales, resultando unas obras complejas y algo extravagantes. Por otro lado, la alusión a la pobreza no era tanto material como en referencia al empobrecimiento moral de la sociedad debido al capitalismo.[170]
Surgido de la cultura underground y de movimientos artístico-políticos como el situacionismo, y opuesto a estilos industriales y de comunicación de masas como el pop-art y el minimalismo, el arte povera apostó por la pobreza y la marginación, la utopía y la espontaneidad, con una conceptualización emotiva y subjetiva,rechazando la tecnología y la mecanización en aras de un arte más cercano a la vida y a la naturaleza, para lo que empleaban materiales pobres, de desperdicio, incluso materiales detríticos, que eran reutilizados y reconvertidos en un producto transformado por el artista, generalmente mediante acciones o instalaciones en las que el autor se convertía en un demiurgo que daba vida a la materia.[171]
Uno de sus mayores representantes fue Jannis Kounellis, que a través del uso de materiales cotidianos pretendía reconectar el arte con la vida, para lo cual empleaba a menudo objetos encontrados (Sin título, 2006; Puerto de Jaffa, 2007).[172] Otro referente fue Michelangelo Pistoletto, autor de esculturas y happenings, donde utilizaba todo tipo de materiales —entre ellos solía trabajar con textiles y espejos—, reflexionando sobre la dicotomía entre la materia y conceptos más abstractos como la belleza (Tercer paraíso, 2005).[173] Cabe citar también a Tony Cragg, autor de esculturas realizadas a partir de objetos de pequeño tamaño, tanto naturales como artificiales, en las que reflexionaba sobre la relación entre las partes y la totalidad, como metáfora de la vida en sociedad (I'm alive, 2005; Caldera, 2008);[174] y Giuseppe Penone, que utilizó la escultura, la instalación, la fotografía y el cine, en obras centradas en la relación entre el ser humano y la naturaleza (Árbol jardín, 2002).[175]
Body art

El body art («arte del cuerpo») utiliza el cuerpo humano como medio de expresión artística. Surgido a finales de los años 1960 y desarrollado en los 1970, este movimiento tocó diversos temas relacionados con el cuerpo, en especial en relación con la violencia, el sexo, el exhibicionismo o la resistencia corporal a determinados fenómenos físicos. Se evidencian dos líneas principales: la estadounidense, más analítica, donde se valora más la acción, el componente vital, instantáneo, valorando más la percepción y la relación con el espectador, y se documentan con vídeos; y la europea, más dramática, que tiende más a tratar el cuerpo objetualmente y tocar temas como el travestismo, el tatuaje, el sadomasoquismo o el dolor, documentando los resultados mediante fotografías, notas o dibujos. Esta corriente suele expresarse mediante performances, involucrando en ocasiones al espectador, sea activa o pasivamente. Su premisa principal es fusionar el arte y la vida.[176]
Entre los artistas más destacados de esta corriente figuran Gilbert & George, quienes saltaron a la fama como «esculturas vivas», aunque posteriormente utilizaron todo tipo de medios en sus obras, en las que reflexionaban sobre todo lo relacionado con la vida, incluso lo más obsceno, reflejando en sus obras aspectos como el miedo, la esperanza, el amor, el sexo, la muerte o la búsqueda del sentido de la vida (Destinos, 2005).[177] Orlan se hizo famosa por sus performances en las que se realizaba intervenciones quirúrgicas, afirmando ser «la primera artista que ha utilizado la cirugía como medio y que ha alterado el propósito de la cirugía estética» (Tangible Striptease en Nanoséquences, 2016).[178] Urs Lüthi empleó diversos medios (fotografía, pintura, escultura, vídeo), explorando su propio cuerpo, en autorretratos de estilo kitsch, con una fuerte carga irónica, que constituyen una reflexión sobre el cuerpo, el tiempo y la vida, así como la relación con los otros (Run for your life, 2001; Placebos and surrogates, 2001).[179] El fotógrafo Spencer Tunick destacó por sus fotos de multitudes de personas desnudas en lugares públicos.[180]
Land art

El land art (término empleado sobre todo en Europa, mientras en Estados Unidos es más habitual earth art;[181] también «arte de la tierra», «ecoarte» o «arte ambiental») es una tendencia que utiliza la naturaleza como soporte artístico. Surgió a finales de los años 1960, contraponiendo el retorno a la naturaleza frente al arte urbano del pop art de moda en el momento. En su génesis figuró un fuerte componente de reivindicación ecológica, en una era de intensa industrialización y de destrucción de los recursos vitales del planeta. También estuvo vinculado al minimalismo, pudiéndose considerar la vertiente natural de ese movimiento, especialmente por lo concerniente al uso de la geometría. Su punto de partida fue la exposición Obras de la Tierra, organizada en la Dwan Gallery de Nueva York en 1968, que presentaba fotografías de obras earthwork («trabajo de la tierra») de diversos artistas. Por lo general, las obras se realizaban en lugares remotos, como desiertos, montañas o praderas, donde la naturaleza se encuentra inalterada y el artista disfruta de la soledad necesaria para efectuar su trabajo; por ello, muchas de estas obras se conocen sobre todo por fotografías.[182]
Una variante del land art —y relacionado también con la instalación— son los site works (o site-specific art), obras concebidas para un espacio determinado, fomentadas generalmente por instituciones públicas para ser colocadas en espacios igualmente públicos, con la pretensión de ser disfrutadas por la gente sin tener que entrar en museos o galerías. Estas obras son diseñadas por el artista para integrarse en el entorno escogido, sea natural o urbano. Así, más que un monumento público, que es ajeno a su colocación, estas obras forman parte parte intrínseca del espacio en que son situadas.[183]
Entre los artistas de esta tendencia destacan: Christo y Jeanne-Claude, conocidos por sus intervenciones consistentes en envolver edificios, monumentos o parajes naturales (The Gates, 2005).[184] Andy Goldsworthy trabajó con elementos naturales, en obras generalmente efímeras (Stone River, 2001; Hanging Trees, 2007-2008; Wood Line, 2010-2011).[185] Michael Heizer trabajó en desiertos del oeste americano, así como en yacimientos de Egipto, México, Bolivia y Perú, trabajando a menudo con equipos para movimiento de tierras (Masa levitada, 2012).[186] Maya Lin, artista y arquitecta, realizó obras en las que profundizaba sobre la conexión del ser humano con la naturaleza (Storm King Wavefield, 2007-2008).[187] Richard Long realizó numerosos viajes por Laponia y el Himalaya, realizando intervenciones locales en las que movía rocas o tierra, trazando líneas o construyendo túmulos (Riverlines, 2006; White Water Falls, 2012).[188] Ugo Rondinone combinó escultura, instalación, pintura y vídeo, con obras de tono lírico e influencia minimalista, en la que destacaban sus intensos colores, generalmente tonos del arcoiris (Siete montañas mágicas, 2016).[189]
Arte de reivindicación política y social

Desde finales del siglo XX tuvieron reflejo en el arte una serie de reivindicaciones sociopolíticas centradas principalmente en la discriminación de diversos colectivos, ya sea por razones étnicas, de género —principalmente en torno al feminismo— o de identidad de género —en torno al movimiento LGBT—, así como diversos movimientos de naturaleza política reivindicativa como el pacifismo y el ecologismo. Muchos de estos movimientos tuvieron su génesis en las protestas por la guerra de Vietnam, así como en el mayo del 68, muchas de ellas asociadas al concepto de contracultura. Posteriormente, la caída del muro de Berlín (1989) y la disolución de la Unión Soviética (1991) agitarían de nuevo las conciencias sociales. La primera en asociar arte y activismo fue Lucy Lippard en Caballos de Troya: Arte activista y Poder (1984).[190]
Arte activista

La segunda mitad del siglo XX fue un período de una creciente concienciación social por parte de diversos colectivos, que en numerosas ocasiones canalizaron su energía, además de hacia la protesta política, a la creación artística, ya que —según Chantal Mouffe— existe una dimensión estética en lo político y una dimensión política en el arte.[191] Estas prácticas son muy heterogéneas y difíciles de clasificar, ya que hay infinidad de formas de activismo, al tiempo que cualquiera puede participar el ellas, diluyéndose en buena medida la figura del artista, sustituido a menudo por un colectivo anónimo. Las principales formas de expresión de estos movimientos fueron la performance, el happening y la instalación.[192]
Muchas de estas prácticas destacan por su comunitarismo, que daría origen a ciertas prácticas conocidas como «arte comunitario» (community art). Según Claire Bishop (The Social Turn: Collaboration and its Discontents, 2006), el fin de la utopía comunista tras la caída de la Unión Soviética canalizaría las energías de los movimientos de izquierdas hacia la expresión artística, más que la reivindicación política. Ello se formularía en prácticas participativas en que los artistas colaboran con el público, diluyéndose la figura del artista como genio individual, lo que se concretaría en colonias de artistas o en lugares de creación colectiva. Muchos de estos colectivos fueron objeto de una retrospectiva en la Documenta de Kassel de 2022. Estas formas artísticas se conocen también como «arte relacional» (por la obra Estética relacional, de Nicolas Bourriaud, 1998). Una de las formas en que más ha incidido este tipo de arte es en el espacio público, buscando la interrelación entre artistas y público para concebir espacios de índole estética, como se percibe en la obra de Thomas Hirschhorn, Francis Alÿs, Pierre Huyghe, Philippe Parreno, Matthew Barney, Liam Gillick y Ernesto Neto.[193]
En esta corriente cabría enmarcar el «arte útil» (useful art), una tendencia surgida en 1999 con el objetivo de convertir el arte en un instrumento útil para la sociedad, con la pretensión de englobar el arte en la vida cotidiana, siguiendo la antigua teoría de John Ruskin. Esta iniciativa partió del colectivo Grizedale Arts, dirigido por Adam Sutherland y Alistair Hudson, con el que colaboran artistas como Tania Bruguera y Marcus Coates.[194]

Otro de los conceptos relacionados con estas formas de arte es el cosmopolitismo, la igualdad entre seres humanos de todo el planeta, ligado al fenómeno de la globalización. Defiende el multiculturalismo, la idea de un sustrato común a todo ser humano, de formas de expresión inherentes a todos los pueblos, una fórmula que han defendido sobre todo las Bienales, unos espacios expositivos donde tienen cabida formas de expresión de todo el mundo.[195]
De igual manera, otro eje fundamental del arte reivindicativo ha sido el ecologismo, tras la toma de conciencia del daño efectuado al planeta por el ser humano y el surgimiento del cambio climático. Según Maja y Reuben Fowkes (Arte y cambio climático, 2022), «la ecología ha dejado de ser una cuestión aislada para convertirse en una condición existencial que afecta y recompone la vida sociopolítica, económica y cultural». En el terreno del ecologismo han destacado artistas como Carolina Caycedo, Joan Jonas y Ursula Biemann.[196]
Uno de los más destacados artistas activistas a nivel internacional es Ai Weiwei, un artista comprometido que desafió con su obra a las autoridades chinas —en 2011 fue arrestado durante 81 días—, trabajando en escultura, instalación, cine y fotografía.[197] Las obras de Ai combinan provocación y denuncia, convirtiendo el arte en una herramienta de lucha contra las injusticias del poder, especialmente contra la represión y la censura en su país. En 2009 creó Recuerdo (2009), elaborada con miles de mochilas de diversos colores en memoria de los niños fallecidos en el terremoto de Sichuan de 2008. En 2010, Semillas de girasol, consistente en cien millones de semillas de girasol hechas de porcelana, simbolizaba la falta de individualidad en la economía china.[198]
La colombiana Doris Salcedo elaboró obras con objetos comunes encontrados, con lo que creó relatos desgarradores, que denotaban trauma, violencia, denunciando la situación política de su país —miembros de su propia familia están desaparecidos—, reflexionando sobre la pérdida y la injusticia. Para la Bienal de Estambul de 2003 llenó un solar entre dos edificios con 1550 sillas de madera, que llegaban a la altura de tres plantas.[199] En 2007, para la Tate Modern, la instalación Shibboleth consistía en una grieta de 167 m que dividía al público, simbolizando la grieta existente entre el primer y el tercer mundo.[200]
Piotr Pavlenski se enmarcó en una serie de acciones políticas contra el gobierno ruso, en las que procuraba involucrar a las autoridades en el proceso, ya que generalmente acababa con cargos penales (Costura, 2012; Carcasa, 2013; Libertad, 2014; Segregación, 2014; Amenaza, 2015; Iluminación, 2017; Pornopolitica, 2020).[201]
Arte de reivindicación étnica

Uno de los ejes centrales del nuevo arte reivindicativo ha sido el étnico, la revalorización de las culturas no occidentales y el auge que ha tenido en los últimos decenios el arte indígena —entendido como el arte practicado por pueblos del tercer mundo en el contexto del arte contemporáneo, frente al arte aborigen, que sería el tradicional de esos pueblos practicado en la antigüedad—. Estas formas de arte han estado vinculadas al fenómeno de la descolonización y la reflexión sobre su existencia surgió sobre todo a raíz de la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América en 1992. El arte indígena mezcla formas tradicionales con recursos y estéticas contemporáneas, manteniendo sus raíces pero con un lenguaje nuevo, en el que se aprecia un fuerte discurso reivindicativo; fue tratado con profundidad por exposiciones como la Documenta 14 de Kassel (2017), la Bienal de Toronto de 2019 y la Bienal de Sídney de 2020.[202] Paralelamente al proceso político de la descolonización, en el mundo del arte y la cultura se inició un proceso de «decolonización», de transformación de las estructuras mentales y culturales asociadas a los procesos de colonización, en aras de conseguir la equidad tanto racial como social y cultural.[203]
En Estados Unidos, tuvo un gran auge desde el último tercio del siglo XX el arte afroamericano, especialmente a raíz del movimiento por los derechos civiles impulsado por Martin Luther King. En el siglo XXI evolucionó hacia el llamado «arte posnegro» —término acuñado por Thelma Golden y Glenn Ligon—, referido a la generación de artistas afroamericanos posterior a la lucha por los derechos civiles, la cual trascendería el mero concepto de raza y buscaría integrarse en una corriente más global. Pese a rehuir la etiqueta de «artistas negros», estos autores no dejan sin embargo de reflexionar sobre su condición en el seno de la sociedad estadounidense.[204]

En 2013, a raíz de la muerte de varios adolescentes negros de manos de la policía en Estados Unidos, surgió el movimiento Black Lives Matter, que, entre otras facetas, se desarrolló en el terreno del arte, gracias a la iniciativa de la artista Patrisse Cullors, la activista Alicia Garza y el escritor Opel Tometi, con el objetivo de denunciar el racismo y la brutalidad policial a través del arte. Con el tiempo, amplió su temática a sectores como los derechos laborales y la igualdad de género. Fue un movimiento centrífugo, sin pretensión de centrarse en unas figuras representativas. En su seno surgieron grupos como Black Women Artists for Black Lives Matter, que se centró en acciones, talleres y espectáculos para difundir su mensaje. En 2018 lanzaron la plataforma Black Lives Matter Arts+Culture para ayudar a artistas negros. Los artistas de este movimiento difundieron sus obras principalmente a través de las redes sociales.[205]
Entre los artistas afroamericanos destacan: Kara Walker, conocida por sus siluetas negras expuestas en dioramas que reflejan la brutalidad de la esclavitud en los Estados Unidos (La entrada de Jesús en el periodismo, 2017).[206] Simone Leigh estudió en su obra la personalidad femenina afroamericana, trabajando tanto en escultura como en cerámica, vídeo, instalación y performance, en obras que aúnan el arte contemporáneo con el arte tradicional africano (Brick House, 2019).[207] Lauren Halsey se centró en instalaciones que mostraban la vida en los barrios de Los Ángeles, sirviéndose en ocasiones de la arquitectura como medio de expresión (Suzette n lil bit fly on, 2024).[208] Kerry James Marshall desarrolló una pintura figurativa de tono simbolista en la que reivindica la identidad afroamericana (School of Beauty, School of Culture, 2012).[4]

También en Estados Unidos emergió en los últimos tiempos el arte de los indios nativos, impulsado igualmente por Movimiento Indio Americano: el cheroqui Jimmie Durham fue un gran defensor de la causa india y los derechos civiles de su pueblo, a través de pinturas, esculturas y performances que criticaban a las clases dirigentes de su país (Flor de la muerte de la soledad, 2000; Pensando en ti, 2008).[84] Mequitta Ahuja, de orígenes indios y afroamericanos, realizó una serie de autorretratos en los que, partiendo de fotografías en poses diversas, elaboraba pinturas que reflexionaban sobre su historia personal y sus orígenes étnicos (Duomo, 2014).[209] Sam Durant, escultor, fotógrafo y autor de instalaciones, analizó en su obra la historia de los nativos estadounidenses, subrayando la violencia ejercida contra su pueblo (Propuesta para el traslado de monumentos a muertos blancos e indios, Washington D.C., 2005).[210]
En África, el arte fue entrando en la modernidad durante los últimos decenios, aunque manteniendo una idiosincrasia propia. Tras la independencia de sus colonias, muchos países tuvieron que recuperar sus raíces tras decenios de dominación occidental, con el agravante de que las fronteras artificiales trazadas por las potencias europeas habían separado numerosas culturas. En general, el arte africano tiende a la abstracción, la introspección psicológica y el simbolismo, y han adaptado a su visión artística los estilos y técnicas europeos, incluidos el vídeo, la fotografía y la performance, junto con técnicas propias entre las que destaca el arte textil.[211]

Entre los artistas africanos ganó renombre en los últimos años el ghanés El Anatsui, que aglutinó en su obra el arte tradicional con la técnica del assemblage, utilizando materiales reciclados como tapones de botella de aluminio, con los que elaboraba obras de aspecto maleable, generalmente en forma de tapiz de gran tamaño, con apariencia tanto de pintura como de escultura (Bandera para una nueva potencia mundial, 2005).[212][211] La artista nigeriana afincada en Estados Unidos Njideka Akunyili Crosby se centró en lienzos de gran formato realizados a menudo partiendo de fotografías y collages, en escenas domésticas que reflejan momentos de intimidad, donde los personajes son ajenos al espectador, con colores brillantes y gusto por los estampados (Aún te tengo enfrente, 2015).[213] Yinka Shonibare, aunque nacido en Londres, se formó en Nigeria, cuyo arte tradicional le influyó en sus obras, en las que explora la diversidad cultural en un mundo globalizado, siendo característico su uso del batik como material predilecto (La biblioteca británica, 2014).[214] La keniata Wangechi Mutu destacó por sus collages de gran formato que suelen representar figuras femeninas realizadas con partes humanas, plantas y máquinas, con cierta influencia de Max Ernst (Recolectora de fruta prohibida, 2015).[215] Abdoulaye Konaté, maliense, trabajó sobre todo con tejidos, especialmente el algodón, en obras que reflexionaban sobre la condición actual de los habitantes de su país, así como la coexistencia con otras culturas (Le Dos Ime, 2008).[211] La sudafricana Jane Alexander se centró en la escultura, generalmente figuración humana, en obras que reflexionan sobre la situación sociopolítica de su país (Aventura africana, 2016).[216] El beninés Romuald Hazoumé trató la escultura, la fotografía y la instalación, en obras que analizaban los efectos de la globalización, las relaciones internacionales y la explotación laboral (La Bouche du Roi, 1999-2004).[216] El congoleño Chéri Samba se enmarcó en la pintura de corte popular, con obras figurativas de fuerte colorido y contenido de denuncia social, inspiradas a menudo en el cómic y la publicidad, con un habitual componente fantástico y humorístico (Después del 11 de septiembre de 2001, 2002).[216] Otobong Nkanga, nigeriana, desarrolló una obra en la que destacaba su preocupación por el medio ambiente, practicando tanto la escultura como la instalación, la performance, el vídeo y la fotografía, desarrollando el concepto de «emocionalidad material», por el que defendía que la materia puede transmitir recuerdos y sentimientos (Revelaciones, 2020).[217] La nigeriana-estadounidense Toyin Ojih Odutola es conocida por sus dibujos y obras en papel, en las que reflexiona sobre la identidad tanto racial como de género, así como la desigualdad social y el legado del colonialismo (To Wander Determined, 2017).[4]
En Asia existen infinidad de propuestas, tantas como la gran variedad cultural de ese continente, desde el mundo islámico hasta el Lejano Oriente. En los países islámicos sigue predominando el arte caligráfico, cercano en ocasiones al arte abstracto occidental. En Japón, las bellas artes tienen una fuerte vinculación con la cultura popular. China es uno de los países más emergentes en cuanto al panorama artístico y, desde 1980, se ha modernizado en cuanto a técnicas y estilos artísticos, dejando atrás el realismo socialista fomentado por el maoísmo.[218] A raíz de las protestas estudiantiles de Tiananmen en 1989 surgió un movimiento llamado realismo cínico, cuyos artistas buscaban su propia individualidad alejándose de la uniformidad del arte oficial, con una visión generalmente irónica y humorística.[219]

La iraní Shirin Neshat exploró el tema de la mujer en el Islam, empleando fundamentalmente la fotografía y el cine, así como la instalación (Pasaje, 2001).[218] La india Sheela Gowda empleó en sus esculturas materiales diversos como cabello humano o estiércol de vaca, reflexionando en sus obras sobre las tensiones sociales en la India contemporánea (Behold, 2012).[4] Huma Bhabha es una escultora pakistaní-estadounidense que fusiona en su obra el arte primitivo y el moderno, empleando materiales como terracota, corcho y plástico (Mask of Dimitrios, 2019).[4] Shahzia Sikander, pakistaní afincada en Nueva York, denotó en su obra la influencia de la miniatura persa y mogol, creando relatos donde reflexionaba sobre la raza, el género y el colonialismo (Pilares del placer, 2001).[220]
En China, Xu Bing se especializó en obras que estudiaban el lenguaje y los textos (Libro desde el suelo, 2003-2012).[221] Liu Xiaodong desarrolló una pintura figurativa de corte expresivo, basada en estudios fotográficos pero sin recrear su realismo, en la que analizaba la sociedad actual china y su rápida modernización, realizando críticas a la sociedad china de su época bajo la apariencia de un oficialismo estatalista (Tres Gargantas: población recién desplazada, 2004).[221][222] Yue Minjun es un pintor y escultor conocido por sus figuras humanas sonrientes, siempre el mismo personaje —su autorretrato—, con los ojos cerrados y la boca muy abierta, a modo de máscara social y como crítica a la uniformidad de la sociedad china (Untitled (Lady Liberty), 2005; Noah's Ark, 2005).[223] Zhang Xiaogang mostró en sus obras la dicotomía entre la vida social en el régimen comunista chino y la vida interior de las personas, con sus miedos e inquietudes (Little Graduate (From My Dream), 2005).[224]
En Japón, Yayoi Kusama, considerada uno de los iconos artísticos del siglo XXI, trató tanto la pintura y la escultura como la performance y la instalación, con un estilo que mezclaba arte pop, minimalismo y arte conceptual. Tras pasar una estancia en Estados Unidos, se recluyó voluntariamente en una institución mental japonesa en 1973, donde continuó trabajando en sus obras, que destacan por el uso repetitivo de puntos de colores (Alma bajo la luna, 2002).[225] Yasumasa Morimura destacó en la fotografía escenificada, especialmente autorretratos, en los que reflexionaba sobre las diferencias y similitudes entre la cultura occidental y la oriental (Réquiem, 2006).[226]
Arte feminista y de identidad de género

Otra vertiente del arte reivindicativo fue la relacionada con el feminismo y la identidad de género, especialmente en lo relacionado con el movimiento LGBT. El arte feminista surgió en los años 1960 en Estados Unidos como una forma de reivindicar tanto el arte realizado por mujeres, con sus temáticas específicas y su idiosincrasia, como para denunciar la discriminación a la que se veían sometidas tanto en el arte como en la sociedad en general. Aunque no tiene un estilo, un género o un medio específico, se ligó más a los movimientos vanguardistas, procurando sin embargo alejarse de los medios específicamente masculinos, como la pintura y la escultura —que pese a todo también utilizan—, a través de vías alternativas, siendo una de las más destacadas la fotografía. La temática suele centrarse en críticas al patriarcado, la opresión y la violencia machista, así como la sexualidad femenina.[227]
Uno de los puntos de partida de una visión feminista del arte fue el artículo publicado en la revista ARTnews en 1971 por Linda Nochlin, ¿Por qué no han existido grandes artistas mujeres?, donde denunciaba que la historia del arte había sido escrita por hombres blancos occidentales.[228] En ese contexto, la artista María Gimeno realizó una performance (Queridas viejas, iniciado en 2014), en la que denunciaba que en La historia del arte de Ernst Gombrich no aparecía ni una sola mujer, introduciendo con un cuchillo nombres de mujeres artistas en las páginas del libro.[229]
Entre los años 1980 y 1990 el feminismo evolucionó desde un planteamiento clásico en que se reivindicaban los derechos de la mujer frente a la hegemonía del hombre hacia un nuevo planteamiento que aglutinaba la identidad de género con la diversidad sexual, especialmente gracias a la obra de Judith Butler y su teoría queer, que formula la superación de la dicotomía hombre-mujer en defensa de una nueva identidad en que el género no suponga diferencia alguna.[230] Por otro lado, movimientos como Me Too o Ni una menos denunciaron la violencia y el abuso sexual contra las mujeres, poniendo en evidencia comportamientos machistas en todos los terrenos de la sociedad. En esa tesitura, figuras consagradas del arte como Pablo Picasso fueron cuestionadas: en 2023, con motivo del 50 aniversario de su muerte, algunas voces criticaron el trato vejatorio que el artista malagueño infligía a sus mujeres y amantes, llegando incluso al maltrato —surgieron testimonios de que apagaba cigarrillos en el cuerpo de una de ellas, Marie-Thérèse Walter—. Olafur Eliasson llegó a calificarlo como «el Harvey Weinstein de su tiempo».[231]

Entre las principales referentes del arte feminista se encuentran: Cindy Sherman, se especializó en autorretratos, fotografiándose a sí misma en diferentes roles y estereotipos femeninos, generalmente sacados del mundo del cine, la televisión, la publicidad y otros medios de difusión de masas. En su serie de Retratos históricos, iniciada en 1990, recreó obras de artistas del pasado, como Rafael, Caravaggio o Dominique Ingres, siempre resaltando el papel de la mujer en esas obras como mero objeto sexual, o bien en roles estereotipados como madre o virgen.[232] Judy Chicago fue otra de las pioneras del arte feminista, con obras como La cena, una mesa triangular —aludiendo a la vagina femenina—, con una serie de cubiertos, cada uno con el nombre e imagen de una mujer famosa de la historia.[232] En la nueva centuria diversificó su mensaje, incluyendo temas como el medio ambiente y la mortalidad (The End: A Meditation on Death and Extinction, 2019).[233] Barbara Kruger empleó el fotomontaje para combinar imágenes con textos, generalmente eslóganes feministas como «tu cuerpo es un campo de batalla», uno de sus más famosos, utilizando frecuentemente los colores rojo, blanco y negro. En el nuevo milenio utilizó más la instalación, el vinilo y el LED, abordando nuevos temas como la política, el poder y la era digital (Creencia + Duda, 2012).[232] El grupo Guerrilla Girls, fundado en 1985 en Nueva York, está formado por artistas afroamericanas anónimas, que reflexionan en su obra sobre la igualdad de género y la raza. Cuando aparecen en público llevan máscaras de gorila, protagonizando acciones polémicas no exentas de humor. Suelen trabajar con carteles, que pegan en espacios públicos, denunciando la discriminación racial y sexual, aunque también han hecho instalaciones, colaborando con galerías (Dear Art Collector Billionaire, 2015).[234]

Otras exponentes son: Vanessa Beecroft desarrolló performances en las que solían aparecer mujeres desnudas en posiciones ambiguas entre la pasividad y la provocación (VB50.001.dr, 2002).[235] Lisa Brice, sudafricana afincada en Londres, es autora de obras donde la figura femenina está redimensionada, alejada de los cánones masculinos de representación femenina, con colores simbólicos en los que destacan el bermellón y el azul cobalto (Nada a pelo, al estilo de Embah, 2017).[236] Marlene Dumas se enmarcó en una pintura figurativa de corte expresionista con escenas de mujeres con fuertes connotaciones sexuales (Lucy, 2004).[237] Andrea Fraser realizó performances en las que denunciaba las estructuras de poder tanto en la sociedad como en el mundo del arte, utilizando a menudo el humor y la sátira; su actuación más conocida fue ofrecer su cuerpo como obra de arte en una puja al mejor postor (Sin título, 2003).[238] Charline von Heyl se centró en obras abstractas de gran formato, a menudo con temas florales abstractizados, con preponderancia del color rosa, todos ellos ítems habituales asociados a la mujer, logrando sin embargo obras de una energía estilizada que confieren poder al papel de la mujer actual.[239] Ewa Juszkiewicz criticó en su obra la invisibilidad de la mujer en la historia del arte, reinterpretando retratos de obras clásicas en los que ocultaba los rostros con telas u objetos diversos (Autorretrato verde, 2020).[4] Annette Messager practicó un arte que mezclaba lo lúdico y lo grotesco, con interés por la astrología y el ocultismo, creando un mundo particular donde destacaban objetos como muñecas, osos de peluche, marionetas y animales disecados (Pequeña Babilonia, 2019).[240] Christina Quarles analizó la identidad racial y sexual, en obras que destacaban por su figuración distorsionada y cuerpos de tipo híbrido (Un momento a solas en la vida, 2022).[4] Sara Ramo desarrolló un estilo multidisciplinar, explorando temas como la identidad y la memoria (Las artistas que vivimos no existimos, 2017).[4] Paula Rego evolucionó desde un estilo semiabstracto a una figuración cercana al expresionismo, con obras reivindicativas en las que denunciaba el sometimiento de la mujer y la violencia sexual, para las que se solía inspirar en medios como el cine, el cómic y los cuentos de hadas (The Guardian, 2008).[241] Alejandra Ugarte también trabajó sobre la memoria y la maternidad desde una perspectiva decolonizadora (Nacidas en primera línea, 2019).[4]
En relación al arte LGBT ( o arte queer), merecen destacarse: Robert Gober, que denunció en su obra una sociedad dominada por heterosexuales, a través de esculturas irónicas y sorprendentes de reminiscencias surrealistas y estética kitsch (Heart in a Box, 2014–2015).[242][243] La pareja Elmgreen & Dragset realizaron obras en las que abordaban la discriminación y diversas problemáticas sociales, políticas y económicas de la sociedad actual; en 2008 realizaron un monumento en memoria de las víctimas homosexuales del régimen nazi en el parque Tiergarten de Berlín; en 2012 elaboraron una versión masculina de la famosa Sirenita de Copenhague, titulada Han.[244] Grayson Perry trabajó en diversos materiales como la cerámica, el textil y el estampado, además de la escultura tradicional, la performance y el cine, en obras en que solía autorretratarse como su alter ego, Claire (Atraído por el sufrimiento, 2005).[245] Fabián Cháirez realizó obras provocativas en que reflexionaba sobre el nacionalismo, la sexualidad y la religión (La Revolución, 2014).[246] Salman Toor se especializó en escenas íntimas y cotidianas, con un estilo académico pero de aspecto inacabado (Downtown Boys, 2020).[246]
Arte posmoderno

El arte posmoderno, por oposición al denominado arte moderno, es el arte propio de la posmodernidad, en el que el artista asume el fracaso de los movimientos de vanguardia como el fracaso del proyecto moderno: las vanguardias pretendían eliminar la distancia entre el arte y la vida, universalizar el arte; el artista posmoderno, en cambio, es autorreferencial, el arte habla del arte, no pretenden hacer una labor social.[247] Esta tendencia se nutrió de la labor teórica de filósofos como Jean Baudrillard, Jacques Derrida, Roland Barthes y Jean-François Lyotard, de los que tomó conceptos como el fin de la historia, de la realidad y del yo individual: de la historia en el sentido de progreso, así como de la negación o superación de conceptos como la razón o la verdad; de la realidad entendida como espacio-tiempo, en una era donde predomina la virtualidad, la tecnología y las comunicaciones (televisión, publicidad, internet), surgiendo una nueva era de la «posrealidad» o «hiperrealidad»; y del yo individual debido al proceso de globalización y de los nuevos medios de comunicación de masas, así como los efectos de la tecnología en la medicina, la introducción de máquinas o chips en el cuerpo humano, los cambios genéticos y hormonales o la identidad sexual.[248]
Para el artista posmoderno, el arte pierde las verdades esenciales que se creían inherentes al movimiento moderno, especialmente en lo relativo al progreso. En ese sentido, Derrida estableció su teoría de la deconstrucción, por la que las ideas pierden estabilidad y pasan a ser variables, contradictorias, interdependientes, motivo por el cual pueden subvertirse y significar cosas distintas a las planteadas inicialmente. Así, los artistas posmodernos buscaron socavar las antiguas prácticas artísticas, llegando incluso a cuestionar la idea de originalidad artística, por lo que recurrieron a obras de otros artistas que reelaboraban a su antojo; o también el concepto de «gusto», a través de la creación de obras deliberadamente feas o provocativas (kitsch). Igualmente, negaban la preeminencia de algún estilo sobre otro, afirmando que todos son igualmente válidos, por lo que es pertinente la mezcla entre ellos (el «pastiche»).[249]
El arte posmoderno tuvo dos vertientes: una «cálida», que se oponía al concepto de modernidad defendido por las vanguardias, especialmente a las ideas de progreso, evolución, futuro, novedad, universalidad y similares, retornando al arte tradicional y a la finalidad puramente estética del arte, al tiempo que el artista reivindicaba su derecho de poder transitar libremente por la historia, las ideas y los estilos, tomando libremente lo que más le conviniese para su obra («nomadismo artístico»), mientras que la obra artística se convertía en un pastiche, donde predomina la estética kitsch, tendencia representada por el apropiacionismo, el neoexpresionismo y la transvanguardia; y otra «fría», en que se defendía la simulación de la realidad, que se presentaba descontextualizada, con renuncia a la subjetividad y una actitud inexpresionista, gracias a la influencia del postestructuralismo francés, del deconstructivismo de Derrida y del concepto de «muerte metafórica del autor» de Roland Barthes, que sería defendida por el simulacionismo, el postapropiacionismo y los movimientos «neo» (neoobjetual, neoabstracto, neogeo, neobarroco y neoconceptual).[250]
Neoexpresionismo
El neoexpresionismo surgió en Alemania en un período en que se empezaban a superar los traumas generados por la Segunda Guerra Mundial, por lo que, frente a los valores más espirituales y de tendencia abstractizante defendidos en el resto de Europa y Estados Unidos, tras el vacío cultural de la Alemania de posguerra una nueva generación de artistas buscó un precedente inmediato con el que conectar, encontrándolo en el expresionismo alemán de inicios del siglo XX, en el que hallaron un canon estético propio de la weltanschauung alemana —y nórdica en general—. Estos artistas retornaron a la figuración sin renunciar al espíritu moderno, interpretando la realidad de forma subjetiva, pero sin incidir en su esencia, sin afán de trascender, con una visión generalmente egocéntrica y violenta del mundo circundante.[251] Entre sus principales exponentes cabría destacar a: Anselm Kiefer, que desarrolló un estilo de tipo matérico con empleo de materiales diversos añadidos a la pintura, con una temática centrada generalmente en la historia y la mitología alemana;[252] Markus Lüpertz trabajó en pintura y escultura, en formatos grandes y de fuerte colorido, interpretando temas tradicionales como el cuerpo humano y el paisaje de una forma expresiva y personal;[253] Georg Baselitz elaboró obras de formas rotundas y heroicas, con cierta influencia de Rubens, a menudo invirtiendo los objetos, con colores intensos y brillantes;[254] Gerhard Richter practicó tanto la figuración como la abstracción, con una técnica gestual y desenfocada, de tono lírico;[255] Rainer Fetting se centró en escenas cotidianas, personales, con empleo de colores vivos y ácidos;[256] Salomé (Wolfgang Cihlarz) se especializó en escenas de discoteca y música rock, con un tono agresivo, tanto en el dibujo como en el color;[256] Jiří Georg Dokoupil mezcló tanto técnicas como estilos, con un tono algo naïf y una temática que alude tanto a la religión como a las imágenes eróticas o fetichistas.[257]

En Estados Unidos, el neoexpresionismo se hizo eco de los movimientos posmodernos europeos, con una llamada al retorno a la pintura tradicional dentro de un estilo expresionista, subjetivo y emocional. Esta tendencia fue ganando terreno a la apropiacionista por su éxito de público y el apoyo de galeristas y coleccionistas, si bien los críticos señalaron una cierta falta de discurso teórico, así como de cualquier implicación social y política.[258] Esta tendencia también recibió el nombre de bad painting («pintura mala»).[259] Entre sus representantes destacan: Julian Schnabel, autor de obras de gran formato con montajes algo eclécticos que recurren tanto al arte clásico como al contemporáneo, con un aspecto violento y dislocado y una estética kitsch;[260] David Salle se situó entre la figuración y la abstracción, superponiendo figuras mediante transparencias, con un tono irónico cercano a la subcultura;[261] Eric Fischl desarrolló un estilo realista de grandes dimensiones, con escenas cotidianas basadas en revistas, con numerosos desnudos y referencias sexuales.[262]
En Francia surgió la Figuración libre, nacida como reacción a las tendencias abstractas de los grupos BMPT y Supports-surfaces, un movimiento figurativo de corte popular y refractario de una excesiva teorización, con un fuerte componente individualista, lo que se traduciría en múltiples vías de desarrollo según el artista. Partidarios de una «revolución sin mensaje», estos artistas se alejaron en cambio de la figuración tradicional, inspirándose en modelos artísticos y culturales como la publicidad, la moda, el cómic, el grafiti y el folclore urbano, así como el dadaísmo, con una estética espontánea y algo naïf. En el seno del movimiento se hallaron dos tendencias: una más popular, representada por Robert Combas y Hervé Di Rosa; y otra más culta, defendida por Jean-Michel Alberola y Gérard Garouste.[263]
En España, el neoexpresionismo se centró igualmente en la figuración, destacando por su técnica gestual y matérica, con referencias tanto a la pintura tradicional como vanguardista y una cierta influencia del pop-art inglés. Dentro de esta tendencia se dio en Madrid la llamada Nueva figuración madrileña.[264] Como artista más destacado cabría mencionar a Miquel Barceló, que desarrolló un estilo donde cobraba relieve la densidad matérica, en obras que reflexionaban sobre la vida y la muerte, en las que había un fuerte reflejo de la naturaleza, probablemente por el período de tiempo que vivió en África.[265] Sus obras se caracterizan por el relieve y el empaste, con una sensualidad barroca, teatral, dramática, sin descuidar los profundos estudios de perspectiva, luz y dibujo, aunando expresionismo con un clasicismo de corte mediterráneo.[266] Otros exponentes fueron: Ferran García Sevilla, José María Sicilia, Joan Pere Viladecans, Guillermo Pérez Villalta y Carlos Franco.[267]
Transvanguardia

La transvanguardia italiana[nota 7] fue un movimiento paralelo al neoexpresionismo alemán, con el que coincidieron en su eclecticismo y en su recurso a tomar modelos del pasado, que en el caso italiano se centró en el clasicismo, el futurismo y la pintura metafísica. Fue un movimiento apolítico, subjetivo, posconceptual y neovanguardista, que reivindicó de nuevo la autonomía estética y defendió el nomadismo como recurso del artista desvinculado de ataduras ideológicas o conceptuales.[269]
Entre sus miembros cabría citar a: Sandro Chia, que se centró en temas autobiográficos, con evocaciones poéticas, denotando la influencia de artistas como Cézanne, Chagall, De Chirico, Carrà o Picasso;[270] Francesco Clemente realizó obras subjetivas, combinando figuración y abstracción y empleando técnicas diversas, con colores vivos y una serena emotividad;[271] Enzo Cucchi también se mantuvo entre la figuración y la abstracción, con influencia de artistas italianos como Scipione y Licini, de los que asumió el dinamismo del espacio y el uso del color en manchas;[272] Nicola De Maria se centró en el lenguaje abstracto, con un sentido ambiental del espacio, aplicando el color en grandes superficies monocromas;[271] y Mimmo Paladino, que desarrolló un estilo más figurativo, inspirado por artistas como Paul Klee o Vasili Kandinski, con especial atención al detalle y un sentido bidimensional de la obra pictórica.[270]
Apropiacionismo y simulacionismo
En Estados Unidos hubo una posmodernidad «cálida», representada por el apropiacionismo, y otra «fría», cristalizada en el simulacionismo y el postapropiacionismo. En ambos casos se buscaba superar la austeridad de las últimas tendencias modernas (minimalismo y arte conceptual) mediante un retorno a los valores tradicionales de la pintura, buscando aprovechar el potencial narrativo de la imagen. Asimismo, algunos artistas desarrollaron una forma de expresión similar al neoexpresionismo, con una pintura que mezclaba figuración y abstracción en que eran evidentes las referencias al pasado y a la pintura tradicional.[273]
El apropiacionismo nació en Nueva York a finales de los años 1970 como un estilo influido por los medios de comunicación de masas, con obras concebidas a partir de otras anteriores —de ahí el nombre del movimiento—, dentro de una actitud reflexiva sobre el génesis de la obra de arte. La pintura se concebía como una pantalla de proyección de imágenes para representar el mundo circundante, tomando imágenes tanto de la historia del arte como de la publicidad, el cine o la televisión, imágenes que cambiaban de significado tras la reinterpretación que les daba el artista. Además de la pintura, utilizaron la fotografía y la performance como medio de expresión de sus ideas.[274] Entre los artistas de esta corriente destacan: Richard Prince, pintor y fotógrafo, especializado en reinterpretar imágenes tanto de otros artistas como de la publicidad o los medios de comunicación, reflexionando sobre la relación entre el consumo y la cultura (Pensamientos puros, 2007);[275] Sherrie Levine, especializada en la «refotografía» (fotografías de fotografías de otros), cuestionando los conceptos de autoría y de propiedad intelectual (Monocromos grises y azules, 2010);[276] Robert Longo realizó escenas basadas en los medios de comunicación de masas, con una factura académica pero de aspecto frío, anacrónico.[277]
En la otra vertiente, simulacionismo y postapropiacionismo supusieron una evolución del anterior apropiacionismo, en el que igualmente se basaban en imágenes anteriores para reinterpretarlas incidiendo más en la repetición y el consumo, creando imágenes descontextualizadas que perdían cualquier referente conceptual y signo de originalidad. Esta corriente se inspiró en la filosofía postestructuralista francesa, especialmente Roland Barthes y Jean Baudrillard, de los que tomaron términos como «simulación», «hiperrealidad» o «cultura de la mercancía». El artista deja de ser creador y la obra de arte pierde su originalidad, convirtiéndose en una mercancía, que transmuta la realidad para convertirse en una hiperrealidad.[278] A partir de estas premisas surgieron dos líneas principales: el «simulacionismo neoobjetual», inspirado en los objetos de consumo e influido por el pop-art y el minimalismo, así como artistas como Marcel Duchamp y Andy Warhol, representado por Jeff Koons y Haim Steinbach; y el «simulacionismo neoabstracto», partidario de una abstracción carente de expresión y emotividad, defendido por Ross Bleckner y Peter Halley.[279]
Neoestilos

La posmodernidad «fría» estuvo representada por varios movimientos «neo», que frente a la subjetividad y el eclecticismo del neoexpresionismo propugnaron una nueva conceptualización del arte, retomando algunos de los valores del minimalismo y el arte conceptual. Se buscó un retorno al valor social del arte, un arte deconstruido que resignificaba estilos del pasado y los adaptaba al presente, con un estilo frío, geométrico, reduccionista, a través de formas híbridas que comprendían tanto la arquitectura como la pintura y la escultura, así como el diseño, la instalación y la performance. Estos estilos tuvieron como grandes referentes artísticos a figuras como Marcel Duchamp, Joseph Beuys, Kasimir Malevich y Piet Mondrian, mientras que en el terreno téorico estuvieron influidos por Jacques Derrida (deconstrucción), Gianni Vattimo (pensiero debole [pensamiento débil]) y Jean-François Lyotard (posmodernidad).[280]
El neo-geo (neoabstracción geométrica) surgió en Alemania como reacción al neoexpresionismo, al que sometieron a un proceso de deconstrucción mediante un estilo abstracto de corte geométrico y un componente psíquico y existencial, con cierta influencia de las vanguardias históricas abstractas (constructivismo, suprematismo, neoplasticismo), reinterpretadas igualmente en clave deconstructivista. Estuvo representado por artistas como Harald Klingelhöller, Imi Knoebel, Gerhard Merz, Reinhard Mucha, Günther Förg, John Armleder y Helmut Federle. En España estuvo representado por Txomin Badiola, Pello Irazu y Jordi Colomer.[281] En Estados Unidos estuvo representado por Peter Halley, Ashley Bickerton y Meyer Vaisman. Estos artistas, influidos por el minimalismo, el arte óptico y el pop-art, reflexionaron en su obra sobre la sociedad de consumo y el aislamiento social, con obras de carácter geométrico de colores brillantes.[282]
La neoobjetística propugnó la vuelta al objeto, con especial influencia de los ready-made de Duchamp, en los que se percibe la cristalización de la modernidad por cuanto sustituyen la belleza por el arte.[nota 8] En esa línea, Arthur C. Danto habló del «objeto arte» como una interpretación del fenómeno artístico mediante la historia, la crítica y la filosofía. En esta tendencia, el objeto es alterado, reciclado, reproducido, ensamblado, para ser presentado como un producto de la era industrial y de consumo. Algunos de sus representantes fueron: Tony Cragg, Daniel Tremblay, Bill Woodrow, Julian Opie, Bertrand Lavier y Rosemarie Trockel.[284]
La vía neoconceptual supuso la recuperación del concepto, al igual que el objeto fue recuperado por la neoobjetística. Sin embargo, no sería el concepto estudiado por el arte conceptual de los años 1970, sino entendido como relación dialéctica entre el arte y la cultura de masas, pasando del concepto-idea de la generación anterior al concepto-mercancía, con influencia del pensamiento de Michel Foucault y su diferenciación entre representación plástica y referencia lingüística, con un análisis no exento de ironía. Cabe señalar en esta tendencia a Ian Hamilton Finlay.[285]
El neobarroco fue planteado por Omar Calabrese como una tendencia artística ambigua, contradictoria, en que se mezclan términos antagónicos como el exceso de lo barroco —entendido como categoría estética y no en relación al período artístico de ese nombre— y la austeridad del minimalismo, estilos ambos que son fusionados en una tendencia que prioriza lo subjetivo frente al reduccionismo formal, oponiéndose al clasicismo y defendiendo el desorden, la inestabilidad, la mudabilidad, en un mundo saturado de imágenes y con exceso de medios de comunicación, frente al que se recurre a la alegoría, a la metáfora como medio expresivo. Uno de sus artistas más destacados fue Harald Vlugt.[286]
El neopop se inspiró, como su nombre indica, en el arte pop de los años 1960 y 1970, así como en el arte conceptual, buscando establecer relaciones entre la sociedad y la cultura popular. Surgido en Nueva York, tenían los mismos intereses culturales y estéticos que los artistas pop, especialmente en temáticas —la sociedad de consumo, los medios de comunicación de masas—, pero reinterpretados con las técnicas y aportaciones teóricas del minimalismo y el arte conceptual. Con el tiempo fueron incorporando también los nuevos adelantos proporcionados por la tecnología digital.[287] Sus artistas más representativos fueron Jeff Koons y Haim Steinbach.[287] Koons fue uno de los artistas más reconocidos en las primeras décadas del siglo, con un estilo popular y controvertido no exento de una cierta visión mercantilista del arte, con obras de factura industrial y aspecto kitsch.[288] Dentro de esta tendencia, en Japón surgió el movimiento Superflat, que aunaba la tradición japonesa con la modernidad, con especial influencia del anime y el manga. Uno de sus máximos representantes fue Takashi Murakami.[289]
El neoformalismo[nota 9] surgió en Estados Unidos a comienzos del siglo XXI como una forma de englobar diversas tendencias artísticas basadas en la innovación y la experimentación, con técnicas como el galvanizado, dentro de un estilo abstracto de aspecto descuidado, con obras que dan la sensación de estar inacabadas o de ser producto del azar, con cierta influencia del neodadaísmo, el minimalismo y la abstracción pospictórica, con artistas como Jacob Kassay, Lucien Smith, Wade Guyton, Chris Duncan y Dan Colen.[291]
Arte posmoderno activista
La era Reagan en los años 1980 provocó una reacción sociocultural en los medios artísticos progresistas, que buscaron una nueva forma de expresión que, utilizando conceptos posmodernos, se centró en la reivindicación social, especialmente en cuanto a raza, clase, género e identidad sexual. Llamado en ocasiones artivismo (de «arte» y «activismo»), los artistas ligados a este movimiento denunciaron la excesiva mercantilización del arte, frente al que plantearon una nueva metodología creativa centrada en productos comunes, sencillos y baratos —que podían incluir fotos, pósters, carteles, fanzines, fotocopias, camisetas y diversos medios de reproducción—, con los que elaboraban obras centradas en temas sociales como el racismo, el feminismo, la homosexualidad, la discriminación, el aborto, el sida, el apartheid y otros. En sus obras, el artista se convierte más en un manipulador de objetos que no en un creador, mientras que el espectador deja de ser un consumidor de arte para convertirse en lector de la obra, en parte activa del mensaje transmitido. Algunos de sus representantes fueron Jenny Holzer, Dara Birnbaum, Adrian Piper, Allan Sekula, Alfredo Jaar y Krzysztof Wodiczko, así como colectivos de artistas como Group Material y General Idea.[292]
Arte corporal posmoderno
En el seno del arte posmoderno surgió en los años 1990 una nueva tendencia a utilizar el cuerpo como soporte artístico, en ocasiones relacionado igualmente con la denuncia social y las reivindicaciones de género. En muchas ocasiones, el cuerpo servía como centro de reflexiones relacionadas con el dolor, la enfermedad, la muerte, la sexualidad y la manipulación genética, un cuerpo abordado a menudo de forma artificial, abstracta, centrado más en su apariencia, en su virtualidad. Para ello, surgieron dos vías de expresión: el cuerpo tratado desde sus componentes externos, desde objetos y espacios relacionados con él —como los fregaderos y urinarios de Robert Gober, los aparatos atléticos de Matthew Barney, los muñecos de peluche de Mike Kelley o las naturalezas muertas de Charles Ray—; o bien el cuerpo profanado y mancillado, con referencias a heridas físicas, psíquicas o emocionales, con cierto carácter impúdico y obsceno —por lo que se le conoce como abject art (arte abyecto)—, representado por Cindy Sherman, Kiki Smith, Nan Goldin y Paul McCarthy.[293] McCarthy, por ejemplo, realizó performances con figuras de héroes televisivos infantiles que embadurnaba de productos como ketchup, mayonesa, mostaza y chocolate simulando sangre, esperma, sudor y excrementos.[90]
Arte posfeminista
En el marco de la posmodernidad, el feminismo evolucionó hacia el llamado posfeminismo o feminismo postestructuralista, en que los roles masculino y femenino fueron sometidos a una deconstrucción, reflexionando sobre las condiciones de clasificación de las personas y cuestionando la distinción estricta de género, defendiendo la libre elección de la identidad sexual. En el terreno artístico, cabe mencionar la obra de Mary Kelly, Zoe Leonard, Silvia Kolbowski y Mona Hatoum.[294]
También la identidad masculina fue objeto de análisis del arte posmoderno, especialmente en cuanto a la homosexualidad, que fue abordada desde el terreno de la alteridad y de la construcción social de la identidad homosexual, con planteamientos paralelos en cuanto al travestismo y la transexualidad. Algunos de los artistas que abordaron estas cuestiones fueron: Robert Gober, Matthew Barney, Donald Moffett y Jack Pierson.[295]
Arte urbano

El arte urbano o callejero (también denominado street art en inglés) utiliza el espacio público —generalmente paredes y muros, o bien puentes y túneles, en ocasiones incluso vagones de tren— para la elaboración de obras realizadas sobre todo con pintura en aerosol, a menudo por artistas anónimos y con un carácter efímero, a veces tildado de vandalismo por las autoridades. Estas obras contienen a menudo mensajes y temáticas subversivos, considerados frecuentemente como antisistema, aunque con el tiempo fueron ganando aceptación. En 2008, la imagen de Barack Obama con la palabra Hope (esperanza), realizada por Shepard Fairey, se convirtió en la imagen no oficial de la campaña del candidato a la presidencia de Estados Unidos.[296]

La técnica empleada por el arte urbano es el grafiti,[nota 10] un tipo de inscripción realizada en paredes de edificios en forma escrita o en imágenes, con el objetivo de expresar ideas, emociones o mensajes de cualquier tipo. Se consideran como grafiti desde las pintadas hechas con todo tipo de fines —vandálicos, obscenos, denunciatorios, reivindicativos— hasta la expresión artística por parte de aficionados al arte o el cómic, o simplemente jóvenes que muestran así su expresividad, siendo esa su forma de comunicarse con el mundo. En ese sentido, se suele asociar a menudo con las llamadas tribus urbanas y, especialmente, con el mundo del hip-hop.[297]
El origen del grafiti se suele situar en los barrios neoyorquinos de Brooklyn y el Bronx a finales de los años 1960, donde grupos de jóvenes empezaron a hacer pintadas en espacios públicos donde daban rienda suelta a su frustración, sus reivindicaciones, su protesta por el ambiente de marginalidad que les rodeaba o cualquier otro tipo de mensaje sociopolítico, si bien en ocasiones era una simple muestra de su individualidad, de constatar su existencia, sin más pretensiones. En ambos casos solían firmar sus obras con seudónimos (tags), utilizando generalmente pintura en espray. Solían ser imágenes de cultura underground, frecuentemente influidas por el cómic y los videojuegos, con un estilo ecléctico, en el que se percibían ecos del expresionismo abstracto y del pop-art. La mayoría de estos artistas se circunscribieron al arte callejero, pero algunos de ellos llegaron a realizar exposiciones y performances. En Europa, el arte callejero se difundió sobre todo desde los años 1980, especialmente entre las llamadas «tribus urbanas». Poco a poco, el arte urbano dejó de ser en buena medida marginal y fue ganando aceptación, introduciéndose en galerías y museos y siendo aceptado incluso por medios institucionales, que a menudo ceden espacio público para el desarrollo de este arte.[298]
Uno de los artistas urbanos de más renombre internacional es Banksy (seudónimo de Robin Gunningham), un artista reacio a aparecer en los medios y que suele realizar sus obras por sorpresa en lugares modestos, callejones, rotondas y puentes. Con un estilo figurativo y expresivo, sus obras suelen tener una connotación política y de conciencia social, a menudo en zonas de conflicto o devastadas, como el Nueva Orleans del huracán Katrina, Palestina o Ucrania.[299] Artista polémico, él mismo se denomina como un «terrorista artístico»:[300] una de sus acciones más polémicas fue la subasta de su obra Girl with Balloon (2018) en Sotheby's, que tras ser comprada por un millón de libras sonó una alarma y el lienzo cayó por una trituradora que estaba incorporada al marco.[299] En 2004 lanzó una serie de billetes de diez libras emitidos por Banksy of England que tenían el busto de la princesa Diana de Gales en vez del de la reina Isabel II. En 2006 instaló en Disneylandia una figura a tamaño real de un preso de Guantánamo con mono naranja.[301] Suele trabajar con plantillas y espray.[300]
Otros artistas urbanos de renombre son: Pejac, KAWS, Shamsia Hassani, John Fekner, Blek le Rat, Okuda, Jacek Tylicki, Eduardo Kobra y Boa Mistura.[302]
Young British Artists

Se denomina Young British Artists («jóvenes artistas británicos»; también abreviado como YBA) a un grupo de artistas surgido en los años 1990, formados la mayoría en el Colegio de las Artes Goldsmiths de Londres, que destacaron por sus obras irreverentes y provocativas. Promocionados por Charles Saatchi, en 1997 se hizo una retrospectiva de su obra en la Real Academia de Artes de Londres titulada Sensación, motivo por el que en ocasiones su movimiento es conocido como «sensacionalismo». El grupo estuvo activo hasta 2005, aproximadamente, aunque sus artistas continuaron con su trayectoria en solitario. Una de sus señas de identidad fue el uso de materiales poco convencionales, incluidos alimentos, animales y objetos personales.[303]
Uno de sus artistas más emblemáticos fue Damien Hirst, un artista controvertido que escandalizó con varias de sus obras, como las de animales conservados en formaldehído. En su obra reflexionó sobre la vida y la muerte, sobre la fe y la razón, sobre la fragilidad de la existencia.[304] Su obra Por el amor de Dios (2007), un cráneo de platino con dientes humanos y cubierto de 8601 diamantes, se vendió por cien millones de dólares, el precio más alto pagado por la obra de un artista vivo.[305][306] En 2008 emprendió una acción para «democratizar el arte» subastando doscientas cincuenta obras suyas en Sotheby's, operación que le reportó varios millones de libras.[307]
Otros artistas prominentes de este grupo fueron: Jake y Dinos Chapman, hermanos considerados unos de los artistas más polémicos de su tiempo, como por sus esculturas de niños desnudos y deformados, o sus obras sobre la guerra y el Holocausto, aunque siempre con el propósito de reflexionar sobre los males de nuestra sociedad;[308] Tracey Emin, artista interesada en el estudio de la intimidad, con obras generalmente sobre su vida privada, mostrada hasta en sus detalles más escabrosos;[309] Sarah Lucas, que reflexionó sobre la sexualidad y la identidad de género con obras elaboradas a partir de objetos cotidianos, entre las que figuran una serie de autorretratos de corte andrógino;[310] Chris Ofili, autor de lienzos de gran tamaño e intenso colorido, en los que empleó materiales diversos —incluido de forma emblemática estiércol de elefante—, en temas que van desde el cómic hasta la religión, con influencia del arte africano —tiene ascendencia nigeriana—;[311] Marc Quinn, escultor que reflexionó en sus obras sobre la relación entre la obra de arte y su realidad como objeto, así como sobre la mortalidad y la discapacidad, con un estilo realista, empleando en ocasiones elementos como plantas, comida o sangre;[312] y Jenny Saville, autora de desnudos —en ocasiones ella misma— que recuerdan la obra de Rubens, cuestionando los cánones de belleza actuales.[313] Cabe mencionar también a Fiona Banner, Glenn Brown, Liam Gillick, Gary Hume, Steve McQueen, Cornelia Parker, Sam Taylor-Wood, Mark Wallinger, Gillian Wearing, Jane y Louise Wilson.[314]
Una variante de este movimiento fue el stuckismo (del inglés stuck, «engreído»),[nota 11] iniciado en 1999 por Billy Childish y Charles Thomson. Frente al arte conceptual y al arte moderno —que eran apreciados por el YBA—, los artistas stuckistas defendieron el retorno a la pintura tradicional y la revalorización de la espiritualidad en el arte, afirmando realizar un arte «remoderno».[315]
Archivismo

El arte archivístico utiliza el archivo como medio de creación artística, tomando como base documentos, fotografías y objetos que, descontextualizados, sirven para crear nuevas formas de expresión. Su objetivo principal es reflexionar sobre la memoria, tanto individual como colectiva, mezclando elementos de la realidad con la ficción y la virtualidad. Para ello utilizan múltiples medios y técnicas artísticas, desde el video y la fotografía hasta la instalación y el arte ambiental. A menudo se utilizan archivos y colecciones de museos e instituciones públicas, sobre todo artísticos, pero también de otras categorías, en terrenos como incluso el médico o el policial. Estas prácticas se iniciaron sobre todo en los años 1990 y, desde entonces, han proliferado por todo el mundo. Algunos de sus representantes serían Joel Peter Witken, Mark Dion, Tacita Dean y Renée Green.[316]
El concepto de «artista como archivero» tiene su origen en la fotografía alemana de inicios del siglo XX, especialmente con la obra de August Sander o, posteriormente, Bernd y Hilla Becher. Se desarrolló notablemente en la Academia de Bellas Artes de Düsseldorf, con artistas como Andreas Gursky, Candida Höfer y Thomas Ruff. En su obra Cassini (2008), Ruff reutilizó fotografías de Saturno de la NASA, que agrandó y coloreó. Otro exponente, Geoffrey Farmer, realizó en Los últimos dos millones de años (2007) un compendio de la historia de la humanidad con imágenes de una enciclopedia de 1973 con ese título. Por su parte, Emily Jacir trabajó con fotografías de la Biblioteca Nacional de Israel (Ex libris, 2010-2012). Sanja Iveković indagó en un archivo de un campo de concentración la justificación burocrática al encarcelamiento de personas (Desobediente (Razones para el encarcelamiento), 2012).[317]
Nuevas tecnologías

La aparición de nuevas tecnologías desde los años 1960 (televisión, vídeo, informática) supuso una gran revolución para el arte, no solo en cuanto a nuevos soportes y materiales, sino a nuevas formas de expresión que ampliaron los límites del arte. El surgimiento de estos nuevos medios de expresión comportó una nueva conceptualización de la materialidad del arte, que trasciende el objeto y se convierte a menudo en una realización meramente virtual, en que la obra de arte permanece en un soporte digital o un archivo informático. Estos nuevos medios también comportaron un cambio en la relación con el espectador, que se convierte en parte de la obra al interactuar con ella.[318]
Videoarte
El videoarte surgió en 1965 con la aparición de la primera cámara de video portátil (la Portapak de Sony). En esta modalidad destaca no solo su componente físico —la emisión de imágenes, generalmente en el marco de instalaciones o performances—, sino el mensaje inherente a la imagen filmada, fusionando el mundo de la comunicación con la cultura popular. El vídeo es una técnica que consiste en la captación de imágenes mediante un aparato basado en la tecnología óptica y su almacenamiento en una cinta magnética, para posteriormente ser reproducido en una pantalla de televisión. Aunque está ligado a la cinematografía, tiene unas especificidades propias, empezando porque su fácil manejo permite la utilización individual y amateur de este medio. En el terreno del arte, la imagen de vídeo tiene ilimitadas posibilidades, siendo el videoarte uno de los nuevos procesos artísticos que más ha crecido en los últimos tiempos. Así, el vídeo ha trascendido su inicial carácter meramente técnico para convertirse en un lenguaje expresivo, una nueva forma de comunicación y de creación artística.[319]
Esta nueva tendencia ha tenido una constante evolución desde sus inicios hasta nuestros días: la primera generación de videoartistas asimiló el lenguaje televisivo —caracterizado por la espontaneidad y un componente lúdico en cuanto medio de entretenimiento— transformándolo en una crítica a la simplificación de un medio potencialmente tan expresivo e idóneo para la difusión de la cultura. Para estos artistas, la tecnología era un medio para denunciar la pérdida de valores inherente a la nueva sociedad del consumo y de los medios de comunicación de masas.[320] Poco a poco, el videoarte entró en los circuitos del arte convencional y, ya en 1969, la Galería Howard Wise de Nueva York dedicó una exposición a este medio, titulada La televisión como medio creativo. En los años 1970 y 1980 el videoarte fue uno de los medios preferidos por numerosos artistas por su versatilidad y su rico lenguaje expresivo, por lo que atrajo especialmente a colectivos como el feminista o los de reivindicación racial o de identidad sexual. Desde los años 1980 y durante los años 1990 el medio videoartístico se fue sofisticando, con creaciones cada vez más elaboradas que requerían un complejo trabajo de posproducción, como en la obra de Bill Viola, caracterizada por sus grandes instalaciones centradas a menudo en temas tan trascendentales como el nacimiento o la muerte. Por último, desde los años 1990 y en las primeras décadas del nuevo milenio, el videoarte se acercó al mundo de la informática, aprovechando los nuevos adelantos —especialmente la tecnología digital— para explorar nuevos campos de creatividad en el mundo de la imagen, siendo de destacar en ese contexto la obra de Tony Oursler, que explora la emotividad humana en campos tan diversos —y a veces contrapuestos— como el humor y el miedo.[321]
Algunos videoartistas destacados del nuevo milenio han sido: Eija-Liisa Ahtila, Doug Aitken, Matthew Barney, Douglas Gordon, Paul McCarthy, Aernout Mik, Mariko Mori y Pipilotti Rist.[314]
Arte sonoro

Otro de los terrenos de experimentación del arte en los últimos tiempos ha sido el sonido, en una búsqueda por integrar este medio en las artes visuales, lo que generó una nueva forma de creación artística conocida como sound art o audio art, en el que el sonido, ya sea natural, musical, tecnológico o acústico, se integra en el arte a través de ensamblajes, instalaciones, performances, arte cinético o videoarte. Iniciado en los años 1960, tuvo su apogeo en el cambio de siglo, cuando se integró el sonido de forma frecuente en diversos medios artísticos, a menudo en combinación con el vídeo y, más adelante, con la informática. Cabe destacar en esta tendencia la usual colaboración entre artistas y músicos, e inclusive con ingenieros de sonido en numerosas ocasiones. Algunos artistas de esta corriente son: Brian Eno, Lee Ranaldo, Robin Rimbaud y Susan Philipsz.[322][323]
Láser
El láser es un dispositivo amplificador de luz por emisión estimulada de radiación, que emite haces de luz de fase y amplitud controladas. Los fundamentos teóricos para su descubrimiento fueron formulados por Einstein en 1917, pero no se desarrolló en la práctica hasta 1960 gracias a Theodore Maiman. El láser tiene múltiples aplicaciones, desde las telecomunicaciones y la holografía hasta la medicina, e igualmente ha adquirido un valor artístico al ser utilizado como medio de expresión, ya que la luz ha sido siempre uno de los más potentes factores estéticos para el ser humano, dadas sus cualidades visuales y su naturaleza etérea e inasible. El láser emite una luz homogénea e inmutable, por lo que sus cualidades intrínsecas y predecibles permiten su manipulación y su concepción basada en un diseño previo. Otra característica que lo diferencia de otros medios artísticos basados en la tecnología es la tridimensionalidad, ya que diversos haces de luces generan volumen, por lo que en su concepción debe tenerse muy en cuenta la relación con el espacio que lo envuelve. Igualmente hay que apreciar en su percepción el factor temporal, indisoluble en un medio que genera formas en el espacio. En arte se utiliza básicamente en dos terrenos: la holografía láser y la animación láser. La holografía se basa en la reproducción de una imagen incorporando el fenómeno de la difracción, que está ausente en fotografía, por lo que esta es bidimensional y el láser permite la reproducción tridimensional de una imagen. Por su parte, la animación láser se usa preferentemente en espectáculos luminosos, dada la alta potencia luminosa de la radiación y su manipulabilidad de espesor y direccionalidad, así como las múltiples variantes ópticas derivadas de su capacidad de filtrado y coloración.[324]
Arte digital

El desarrollo de la informática generó nuevas formas de creación artística, dado su número ilimitado de posibilidades en el terreno del diseño gráfico. En este campo la herramienta primordial es el computador, para cuyo funcionamiento hacen falta una serie de conocimientos específicos, no asequibles al profano en la materia. Así, en el computer art se conjugan ciencia y arte, rompiendo las clásicas distinciones entre los diversos géneros del conocimiento humano establecidos desde la Ilustración. En esta modalidad, el diseño y el proceso mental de la creación artística están supeditados a los conocimientos necesarios para plasmar el concepto ideado en un lenguaje adaptado al medio informático. Así como en otros procedimientos técnicos —como la fotografía y el cine— hay una relación entre el soporte y la obra, y esta responde a las características específicas de esos soportes, en la informática esa relación se pierde, ya que el ordenador no reproduce las formas, sino que las genera. La creación es virtual, basada en una serie de procesos de computarización donde el diseño tiene un carácter unitario, desarrollado sobre un conjunto integrado de tratamiento de datos. Un ordenador no puede trabajar sobre la realidad, ya que incluso una imagen real debe ser digitalizada para poder ser tratada informáticamente. Esto provoca que cualquier proceso informático sea autogenerado y que cualquier diseño gráfico sea producto de un proceso mental traducido a un lenguaje informático.[325]

Uno de los medios que más favoreció la creación artística con tecnología informática fue Internet, que por su rapidez de difusión a nivel mundial permitió la interacción de numerosos artistas de todas partes del mundo. Esta modalidad recibió numerosos nombres, como arte interactivo, web art o net.art, y desde los años 1990 fue uno de los sectores artísticos que más creció, tanto a nivel de artistas consolidados como de artistas sin formación y amateurs. El aspecto más relevante de esta corriente es el contacto inmediato entre artista y espectador, sin necesidad de intermediarios, con la opción en numerosas ocasiones de que el público participe en la creación artística, lo que provoca que se diluya la determinación de la autoría artística. Así, artistas como Olia Lialina, Jake Tilson y Heath Bunting fueron los responsables de numerosas iniciativas de arte en la red que tuvieron una rápida difusión internacional, algunas de ellas con planteamientos que trascendían el medio informático y conectaban con la vida real en un conjunto multidisciplinar cercano a la performance, como el proyecto King's-Cross Phone-In de Bunting, en el que anunciaba en Internet varios números de teléfono de una estación ferroviaria de Londres para que la gente llamara y estableciera comunicaciones entre personas al azar.[326] La primera obra de arte en Internet —al menos reconocida— fue jodi.org (1994), de Joan Heemskerk y Dirk Paesmans, un conjunto de imágenes y texto que reproduce una bomba de hidrógeno realizada con puntos y guiones.[327]

A comienzos del siglo XXI surgió el post-internet art para referirse a obras de creación digital que trascienden su origen para ser incorporadas a instalaciones u otros proyectos artísticos.[328][nota 12] Esta tendencia se inspira en Internet, pero sus obras pueden ser realizadas en cualquier medio, incluso el conceptual. Internet se usa como sujeto, pero no como medio, extrapolándose al mundo exterior en instalaciones, pinturas o esculturas. Así, Internet se convierte en un concepto estético, en que se percibe la vida vista a través del medio digital, partiendo de la premisa de que Internet ha cambiado la sociedad y la forma de percibir el mundo de la gente. En esta línea, la artista Petra Cortright creó obras en Photoshop que imprimía en aluminio y plexiglás. Amalia Ulman realizó en 2014 la performance Excelencias y perfecciones, en que durante cinco meses se hizo pasar por una it girl en Instagram. Otros exponentes fueron: Cory Arcangel, Simon Denny y Artie Vierkant.[330]

Otra variante del arte digital fue la realidad virtual, en que se presentan ambientes inmersivos en 3D que permiten a los artistas interactuar con otros usuarios. Sarah Rothberg, por ejemplo, recreó su hogar de niña en Memoria/Lugar: Mi casa (2014), para el que utilizó material de vídeo casero. La realidad virtual, al permitir la interacción con otros usuarios, permite también que estos puedan modificar la obra original del artista, convirtiéndose en una obra colaborativa. Por otro lado, las obras digitales pueden ser convertidas en vídeos, esculturas, impresos y textiles, con lo que esta práctica artística saltó también al mundo del mercado del arte. Algunos artistas destacados en esta corriente son: Ian Cheng, Shezad Dawood, Jon Rafman, Rachel Rossin y Jordan Wolfson.[331]
Otro medio digital fue el NFT (Non-Fungible Token), un activo digital encriptado que representa algo único, por lo que no son intercambiables de forma idéntica. Aplicados al arte, los NFT son obras de arte únicas, porque tienen un código asociado que es igualmente único para cada creación, por lo que no pueden ser copiadas o duplicadas, hecho que las convirtió en obras apreciadas por los coleccionistas. Así, surgieron diversos artistas que utilizaron este medio como vehículo de creación artística, como Stellabelle, fundadora en 2017 de Slothicorn, un colectivo de criptoartistas; o Thierry Ehrmann, fundador de Artprice.com. En 2021, la obra Everydays: The First 5000 days, obra de Beeple (Mike Winkelmann), fue subastada en Christie's por sesenta y nueve millones de dólares.[332]
Una de las últimas herramientas digitales en ser utilizada por el arte fue la inteligencia artificial (IA), la recreación de la inteligencia humana mediante sistemas informáticos. Los orígenes de la IA se remontan a los trabajos de Alan Turing, en los años 1950. Su primera aplicación al arte se produjo en los años 1970 por mano del pintor Harold Cohen, creador del programa AARON en el Laboratorio de Inteligencia Artificial de Stanford, que podía crear dibujos artísticos a mano alzada. En la actualidad existen diversos programas de generación de arte por IA, como DALL·E, Gemini, Midjourney y Runway, con los que cualquiera puede crear una obra de arte con su ordenador y una conexión a Internet. En 2022, el MoMA de Nueva York expuso por primera vez una obra de arte creada con IA, Unsupervised, de Refik Anadol. Otro hito del arte IA fue cuando la artista Alicia Framis se casó en Róterdam con un holograma generado por IA (Pareja híbrida, 2024).[333]
Arte global

Con el surgimiento del concepto de globalización —derivado de la aldea global de Marshall McLuhan—, se fue acuñando entre finales del siglo XX y principios del xxi una nueva forma de entender el arte alejada de los parámetros tradicionales de estilo y escuela, en la que se diluirían las fronteras nacionales y se valoraría la creatividad individual sin poner atención a diferencias raciales, sexuales, nacionales, culturales, políticas o sociales. Gracias a las nuevas tecnologías y medios de comunicación de masas, el arte entró en una nueva era de difusión global en la que la obra de cualquier artista podía ser conocida de forma instantánea en todo el mundo, al tiempo que se fueron forjando redes internacionales de difusión y comercio del arte. El arte global se caracteriza por el pluralismo estético, por la diversidad de medios y por la multiplicidad de lenguajes, generando una nueva forma de entender el arte basada más en factores socioculturales divergentes que no en un progreso continuo de tendencias artísticas, donde los artistas interactúan entre ellos gracias a las redes sociales pero siempre dentro de su individualidad, sin crear escuelas ni corrientes estilísticas.[334]
Como se ha visto más arriba, en esta nueva era los «ismos» tradicionales del arte fueron sustituidos por «giros» socioculturales; algunos de los más relevantes serían:
- Giro geográfico: en un mundo globalizado, la geografía se ha convertido en un concepto esencial para abarcar los diversos movimientos que han ido forjando el mundo actual, especialmente en lo relativo a los flujos migratorios, con un modelo que aglutina lo social con lo cultural y lo natural, favorecido por la facilidad actual de viajar y por las redes sociales. Dentro de esos flujos se diluyen los conceptos de clase, raza o género, creando un nuevo espacio de unión y mestizaje, al tiempo que se generan reflexiones sobre los conflictos geopolíticos, las migraciones provocadas por conflictos bélicos o por el cambio climático, así como por cuestiones de identidad y confrontación.[335] Algunos de los artistas que han usado el concepto geográfico en sus creaciones han sido: Ursula Biemann, Bouchra Khalili, Chantal Akerman, Antoni Muntadas, Francis Alÿs y Rogelio López Cuenca.[336]
- Giro ecológico: una de las cuestiones que más ha preocupado en los últimos años a la humanidad ha sido el medio ambiente y las consecuencias del cambio climático, que ha tenido eco en la obra de numerosos artistas. Surgió así una «ecoestética» basada en el diseño sostenible, manifestada en nuevas vías de expresión diferenciadas de las prácticas conceptuales relacionadas con el land art por cuanto trascienden la mera protección de la naturaleza en busca de una nueva forma de sostenibilidad económica y medioambiental en que cobra mayor protagonismo el activismo biopolítico y la interacción entre ciencia y cultura. Entre los artistas enmarcados en esta corriente conviene citar a: Tue Greenfort, Nils Norman, Marisa González e Ibon Aranberri.[337]

- Giro etnográfico: de igual manera, las reflexiones sobre etnia, migración y diversidad cultural han sido otro de los epicentros de las nuevas inquietudes artísticas, partiendo de los paradigmas del poscolonialismo esbozados con la obra de Edward Said y en adelante, reflexionando sobre la alteridad y sobre las identidades culturales en un mundo globalizado. Surge así la postura del «artista como etnógrafo», creador de una nueva metodología que combina la diversidad de soportes artísticos con el activismo cultural, buscando incitar al espectador a la reflexión. En este terreno destacaron artistas como Sharon Lockhart, Lothar Baumgarten, Trinh T. Minh-ha, Renée Green, Mark Dion, Hannah Collins, Jordi Colomer y Josep-Maria Martín.[338]
- El giro de la traducción: en el marco de la interculturalidad surgió una nueva preocupación por el lenguaje, los idiomas y por la traducción como herramienta de entendimiento cultural, explorando los diversos medios de relación entre humanos y culturas —de ahí el nuevo concepto de «intermedialidad»—. Más allá de la traducción como herramienta lingüística, en arte se exploraron nuevas vías de expresión y de comunicación entre culturas, reflexionando de nuevo sobre aspectos como la alteridad y la teoría de la diferencia. Artistas preocupados por este concepto fueron: Kutluğ Ataman, Rogelio López Cuenca, Jordi Colomer, Saskia Holmkvist y Antoni Muntadas.[339]
- Giro dialógico: otro de los marcos de reflexión fue el diálogo, la busca de vías de comunicación y la reflexión sobre el lenguaje, el conocimiento, la interacción, la colaboración, la relación interpersonal, la pedagogía y los espacios colectivos. Se busca fomentar la interrelación entre el artista y el espectador, así como entre diversos colectivos. En el marco de la estética relacional, el artista busca una relación colectiva y colaborativa con su obra y con el público, a menudo dentro de un espacio de crítica política del sistema vigente. Dentro de ese terreno se haya la obra de Antoni Abad, Olivier Ressler, Marcel·lí Antúnez, Santiago Sierra, Rirkrit Tiravanija, Paweł Althamer, Artur Żmijewski, Tino Sehgal, Dora García, Tania Bruguera y Núria Güell.[340]
- Giro memorialista: la reflexión sobre la memoria y la historia fue el eje de trabajo de otros artistas, preocupados por todo lo relacionado con la memoria tanto individual como colectiva, tanto personal como cultural. En ese terreno, se incidió en la obra de arte como lugar de memoria, al ser objetos que representan un determinado lugar en el espacio y el tiempo, a la vez que son transmisores de unos determinados valores sociales y culturales. Encontramos aquí la obra de Alfredo Jaar, Krzysztof Wodiczko, Dennis Adams, Doris Salcedo, Óscar Muñoz, José Alejandro Restrepo, Kutluğ Ataman, Fiona Tan, Kader Attia, Deimantas Narkevičius, Thomas Hirschhorn y Fernando Sánchez Castillo.[341]
- Giro documental: en otra vertiente, el interés por el presente y por la realidad convierten al artista en un documentalista, un observador de la vida humana, un testigo del devenir de su tiempo, un intérprete de las corrientes socioculturales de la época. El arte documental nació con voluntad testimonial y con una ética comprometida, opuesta al liberalismo económico, al mercantilismo del arte y a la espectacularización de la cultura. Para ello utiliza múltiples medios, desde la fotografía y el vídeo hasta la instalación, la performance y el arte conceptual. Destaquemos en esta faceta a artistas como: Yto Barrada, Ingrid Wildi Merino, Emily Jacir, Amar Kanwar, Akram Zaatari, Bruno Serralongue, Ahlam Shibli, Allan Sekula, Yael Bartana, Hito Steyerl, Harun Farocki, Isaac Julien, Steve McQueen, Pierre Huyghe y Omer Fast.[342]
- Giro cosmopolita: en el seno de la globalización surgió una nueva forma de cosmopolitismo que abogaba por una única comunidad para todos los grupos étnicos, opuesta a los nacionalismos y partidaria de la homogeneización de todas las culturas, con un cierto carácter utópico que busca una esencia humana compartida por todos. Con raíces en el cosmopolitismo kantiano y enmarcada en el discurso poscolonial, esta corriente rehúye las diferencias culturales, buscando un sustrato común en la cultura y el arte inherente a todo ser humano, gracias sobre todo a las aportaciones teóricas de James Clifford, Homi K. Bhabha y Kwame Anthony Appiah. Como artistas, cabe referenciar a Dayanita Singh y Zarina Bhimji.[343]