historia de la filosofía chilena
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La filosofía en Chile refiere a la actividad reflexiva y a las obras propias del ámbito de la filosofía realizadas en el territorio chileno por chilenos o extranjeros que desarrollaron buena parte de su vida intelectual en Chile. Esta comienza su desarrollo desde el periodo de la conquista española de América a principios del sigloXVI y se extiende hasta nuestros días.[1]
Tomo I de El sentimiento de lo humano en América. Ensayo de antropología filosófica (1950), de Félix Schwartzmann.
Rara vez la actividad filosófica en Chile se ha realizado al margen de las organizaciones académicas o religiosas. Con excepción de los años de dictadura militar, la disciplina ha mostrado una notable continuidad institucional.[2] Los filósofos en Chile se han visto involucrados en numerosas actividades de naturaleza social y política, con especial impacto en cuestiones históricas y culturales, lo que les ha convertido en importantes figuras públicas.[3][4] La centralidad de las ideas filosóficas para la constitución de la política de Chile ha sido expuesta por multitud de historiadores.[5][6] Los asuntos de índole social y político han estado presentes con vigor y relevancia a lo largo de su desarrollo:
La filosofía chilena se caracteriza por una tensión constante entre la actividad académica, que se nutre exclusivamente de los desarrollos propios de la disciplina, y las perspectivas críticas, que exigen un compromiso filosófico más estrecho con la política y la sociedad.[2]
Respecto al desarrollo temático de la disciplina, los filósofos chilenos han mantenido un enfoque tradicionalmente recepcionista y doxográfico, centrando su interés en el estudio de tradiciones filosóficas de origen foráneo (predominantemente europeas) que luego han de aplicar críticamente en la sociedad:
Las ideas filosóficas en Chile, como las ideas en general, han estado influidas por las corrientes europeas de pensamiento. Las principales escuelas filosóficas, como la Escuela Escocesa del Sentido Común, la Ideología, el liberalismo, el positivismo, el existencialismo, la fenomenología y el marxismo, entre otras, han sido acogidas, en algún momento, por los intelectuales chilenos. Esto no quiere decir que estas hayan sido adoptadas de un modo completamente acrítico, sino que más bien constituyen el mundo de ideas en el cual los chilenos vivieron su desarrollo educacional e intelectual. Los estudiosos de la filosofía han adoptado estas escuelas no tanto para dar contenido a sus clases en el aula, cuanto para orientar el sistema educativo en general y, en cierta medida, a la sociedad en su conjunto.[7]
A formatos como el comentario de texto y las introducciones elementales se suman en las últimas décadas los ensayos de crítica social y la producción de artículo científico al alero de instituciones universitarias y think tanks. Aunque todavía se persigue dialogar con las tradiciones foráneas, existe una búsqueda por reinterpretarlas desde una perspectiva local o latinoamericana.[8][9]
Durante el siglo XX algunos sus referentes tomaron a la lógica[10][11] y la metafísica[12][13] como sus disciplinas preferentes, mientras que otros centraron su atención en cuestiones de orden público, enmarcándose en el desarrollo de una filosofía social preocupada por asuntos tales como el papel de la religión en el Estado,[14] el impacto cultural de la modernidad[15][16] y el rol de las universidades en el desarrollo de la nación,[17][18] cuando no directamente estaban realizando propuestas filosóficas originales y con reconocimiento internacional, especialmente en el campo de la filosofía de las ciencias.[19][20]
Antecedentes coloniales
Puede resultar problemático hablar de "filosofía chilena" en referencia a la actividad filosófica llevada a cabo antes del nacimiento de la República de Chile. Sin embargo, ignorar tales antecedentes en su desarrollo descontextuaría sobre el pensamiento y la tradición de esta disciplina en el territorio.
El conocimiento sobre la tradición filosófica chilena en la época colonial es escaso y fragmentario, lo que ha ralentizado el estudio de este periodo. Hay dos perspectivas que explican este hecho:
Una filosófica, que postula que en la América hispana se replicaron acríticamente los contenidos europeos;
Una material, que destaca la dificultad actual para estudiar las fuentes escritas de la época debido a la defectuosa o nula existencia de archivos de documentos, lo que complica la tarea de comprender los manuscritos filosóficos del período.[21]
A pesar de ello, hay ideas generales de los inicios de la enseñanza de la filosofía en la Capitanía general de Chile. Suele afirmarse que dicha actividad inicia en 1594, con el arribo al país del padre dominicoCristóbal de Valdespino, el primer catedrático de filosofía en el país (afirmación no exenta de polémica historiográfica).[22][23] Se instaló en el convento de Santo Domingo en 1595. Sus enseñanzas, centradas en los clásicos grecorromanos y medievales (Aristóteles y Santo Tomás, respectivamente), se extenderían a otros institutos durante el sigloXVII, gesta que cobraría mayor impulso con la futura creación de la Real Universidad de San Felipe en 1758.[24] La impronta teológica que guardó la enseñanza de la filosofía no es accidental. Antes bien, es un síntoma de la realidad hispana del momento:
Las primeras clases comenzaron a impartirse en el año 1595 y estuvieron orientadas al estudio escolástico de las áreas de lógica, metafísica y física, con estricta prohibición de acceder y enseñar el pensamiento de autores modernos como el de René Descartes. En efecto, mientras en Europa afloraba la filosofía moderna y la Ciencia Nueva, en las colonias españolas se mantenía aisladamente el estudio de un tipo de pensamiento que ya había sido puesto en jaque por el surgimiento de nuevos intereses que ocupaban a la reflexión científica y filosófica, porque no sólo había cambiado la manera de comprender al hombre sino también, y particularmente, la manera de comprender al mundo y la naturaleza.[25]
Por esta época se asiste a un doble encorsetamiento de la filosofía. Por un lado, estaba terminantemente prohibido para la población laica el estudio de disciplina y, en suma, quienes podían acceder a ella circunscribían sus estudios exclusivamente a cuestiones escolásticas, quedando vedado el conocimiento de los nuevos descubrimientos científicos y de las nuevas propuestas filosóficas que inundaban Europa.[42]
Trienalis Philosofici Cursus Institutiones Physicæ, secundam naturalis Phylosophiæ partem Physicam scilicet particularem complectentes iuxta veriora recentiorum placita illorumque inconcussa experimenta
Noticia general de las cosas del mundo por el orden de su colocacion. Para el uso de la Casa de los Señores Marquezes de la Pica y para instruccion comun de la Jubentud del Reyno de Chile
Tras la declaración de independencia, la filosofía chilena comenzó a cultivarse de manera sistemática dentro de instituciones de educación superior. Desde la declaración de independencia hasta la llegada del positivismo (en la década de 1860), el ambiente estuvo marcado por las polémicas respecto de la relación entre la Iglesia y el Estado. Durante los primeros años de construcción de la nación, la Iglesia católica jugó un papel importantísimo como aliado a la hora de construir las instituciones republicanas.[51] Todos los documentos constitucionales chilenos del siglo XIX proclaman al catolicismo como religión oficial del Estado.[6] Por este entonces, Chile pasaba por un momento convulso a nivel político-religioso:
Ya en la década de 1820, la filosofía sirvió de vehículo para la discusión y evaluación de las interpretaciones laicas y religiosas de la ética y las ideas en general. La filosofía jugó este papel hasta que se concretó la separación constitucional entre la Iglesia y el Estado en 1925.[52]
Desde las letras, figuras como Juan Crisóstomo Lafinur,[53]Juan Martínez de Rozas[54] y Camilo Henríquez[55] influyeron en la edificación de la nación. Henríquez, de la mano con Egaña y de Salas, fueron los principales responsables de la creación del Instituto Nacional, resultado de la fusión de cuatro instituciones educacionales del régimen colonial: la Academia de San Luis, el Convictorio Carolino, el Seminario de Santiago y la Real Universidad de San Felipe; lo que constituyó el primer intento serio de un sistema nacional de educación.[56] El compromiso nacional y católico de estos autores se ve especialmente en Egaña, quien redactó la Constitución de 1823 y fue autor del primer libro de filosofía publicado en el Chile independiente, en 1827: el Tractatus de Re Logica, Metaphisica et Morali.[57]
En tanto que agente configurador del espacio social, la iglesia ajustó su doctrina al conjunto de las instituciones públicas, incluidas las instituciones educativas. La misión y el currículo del Instituto Nacional era de orientación estrictamente católica, marcando una continuidad valórica y programática con las instituciones coloniales de las emergió:
La enseñanza de la filosofía fue dividida en los cursos de lógica y metafísica, filosofía del derecho y filosofía moral. El curso de lógica y metafísica se enseñaba en los primeros años, y los estudiantes podían elegir sus carreras luego de aprobar el ramo de filosofía moral. La filosofía [...] se concentraba fundamentalmente en temas religiosos.[58]
Hubo un énfasis en la educación económica y cívica. La escuela era vista como un aliado natural para el desarrollo de la sociedad chilena, puesto que podía utilizarse la enseñanza como un mecanismo formador de valores, siendo los de mayor interés la moralidad y el sentido de nacionalidad. Aún habiendo gestos secularizantes, como los acaecidos durante el rectorado de Carlos Lozier (con su promoción del estudio de las ciencias, el cambio de la estructura administrativa y la exportación de la Ideología con autores como Antoine Destutt de Tracy y Étienne Bonnot de Condillac), la influencia escolástica perduró fuertemente en el tiempo. No obstante, la influencia francesa resultaría apreciable en estudiantes de este periodo, como lo fueron Manuel Montt, José Miguel Varas y Ventura Marín Recabarren.
La mayoría de los filósofos eran creyentes en el Chile decimonónico, de modo que esta herencia escolástica, en principio, no significaba un problema mayúsculo. Sin embargo, comenzó a afectar negativamente la investigación filosófica cuando, al examinar doctrinas y escuelas que eran seculares o incluso antagónicas al catolicismo, se debía suprimir cualquier comentario que pusiera en cuestión la preservación de la institución eclesiástica y su relación de imbricación con el Estado. Esta profesión y compromiso acérrimo con la fe católica condicionó también la aspiración de atraer inmigrantes y la capacidad de establecer relaciones con países no católicos.[59] Todo cuando era publicado en materia filosófica debía contar, en mayor o menor medida, con el visto bueno de la autoridad religiosa, generando una intelectualidad limitada en su ejercicio reflexivo. Los pocos casos de disidencia, como lo fue la publicación de Sociabilidad chilena (1844) de Francisco Bilbao, acabaron con éste siendo acusado del delito de blasfemia y obligado a pagar una cuantiosa suma de dinero por concepto de multa, mientras que los ejemplares de su obra fueron requisados y quemados.[60] Por aquellos años, la filosofía católica chilena recepciona la obra de Jaime Balmes y Juan Donoso Cortés, entre otros europeos; a la vez que sacerdotes como José Ignacio Eyzaguirre Portales escriben obras comprometidas con el quehacer católico en el territorio.[61]
Volviendo sobre el periodo de 1920 y 1930, el gremio filosófico buscó activamente coligar la "búsqueda de la verdad" con el respeto a la iglesia. Cabe sumar a esta recepción de las ideas modernas la necesidad pedagógica de elaborar textos destinados al estudiantado cada vez más creciente en la capital, tanto en el Instituto Nacional como en otros liceos:
Para 1830, todo liceo importante de Santiago impartía la enseñanza de la filosofía. El IN tenía 68 estudiantes de filosofía en 1830; el Liceo de Chile, 27; el Colegio de Santiago, 17; el Colegio Juan Antonio Portés, 10; el Convento San Francisco, 32; y la Recoleta Dominica, 3· Es decir, 157 estudiantes de un total de 772 estudiantes secundarios en Santiago.[62]
El resultado fue una abundante cantidad de textos de filosofía que exudaban un sincretismo entre catolicismo e ilustración. Véase el caso de José Miguel Varas, profesor del Instituto Nacional, lector de Jean-Jacques Rousseau y autor de Lecciones elementales de moral (1828), texto en el que se critica al escolasticismo, pero defendiendo solo aquellas ideas modernas que eran compatibles con el catolicismo. En coautoría con Ventura Marín, también se publicaría Elementos de ideología (1830) que, como su nombre sugiere, introduce al pensamiento de los ideólogos franceses, con especial interés en su epistemología y su psicología no sensualista (coligable con la comprensión católica de la consciencia). Marín, de la mano con el presidente Montt y Juan Godoy, elaboran un nuevo plan de estudios para el Instituto Nacional,[63] con el fin de diferenciar la educación superior de la educación secundaria, siendo latín y filosofía las clases principales del curso de humanidades.[64] Para dotar de contenido a la cátedra de filosofía, Marín escribiría Elementos de filosofía de espíritu humano (1834-1835), publicado en dos volúmenes. Aquí, Marín se aleja de la Ideología en favor de la Ilustración escocesa y del Eclecticismo de Victor Cousin, mostrando un gran aprecio por el pensamiento de autores laicos sin perder en el camino el respeto y compromiso con la Iglesia católica.[65][66]
Andrés Bello es uno de los más importantes representantes de la filosofía hispanoamericana desarrollada durante el sigloXIX, llegando a ser recepcionado y reconocido tanto en América Latina como en el contexto europeo. No obstante, esto se dio principalmente por la magnitud de su obra jurídica, política y pedagógica, mientras que sus aportes en materia filosófica tuvieron un reconocimiento tardío.
Siguiendo con los ejemplos, está el caso del filósofo español José Joaquín de Mora, quien influyó tanto en materia de educación como en política. Durante su estancia en Chile (1828-1831), organizó el Liceo de Chile, fundó El Mercurio Chileno yEl Constituyente, y redactó la Constitución de 1828. Aportó a las letras con sus comedias El marido ambicioso y El embrollón en 1828. Ya en el plano estrictamente filosófico, publicaría Curso de derechos del Liceo de Chile. Tomo 1°: Derecho Natural y Derecho de Jentes (Tomo único) (1830) y, ya fuera de Chile, sus Cursos de Lógica y Ética según la Escuela de Edimburgo (1845). Su predilección por los autores ingleses se explica por su consideración de que éstos suponían un punto medio entre el idealismo (sustancialismo) y materialismo (psicologismo).[67]
El ejemplo más importante de esta tendencia filosófica a la moderación fue el trabajo ecléctico de Andrés Bello, cuya obra cuenta con la presencia de múltiples fuentes filosóficas, especialmente las de la Ilustración escocesa (particularmente David Hume) y la Escuela del Sentido Común (particularmente Thomas Reid). Sin embargo, nunca cuestionó la importancia de la religión católica. Sería esta pervivencia de su religiosidad lo que le impediría asumir de lleno el pensamiento de autores críticos de tales ideas, como es el caso de John Stuart Mill. Su Filosofía del entendimiento, donde resulta más palpable el acercamiento al empirismo inglés (en su forma de concebir la psicología mental y la lógica), sería publicada póstumamente en 1881, pero partes sustanciales de esta obra habían aparecido ya en la década de 1840.[68] Bello muestra un amplio conocimiento del trabajo de intelectuales ingleses como Hume, Reid, Jeremy Bentham (cuya obra trabajó por mediación de James Mill), Thomas Brown y Dugald Stewart; siendo la tarea de la filosofía la comprensión adecuada del origen de las ideas y la guía de las acciones humanas. En el proceso, abordó críticamente el pensamiento de John Locke (a quien llegó a traducir) y George Berkeley. Con un impacto inicial más bien limitado, las ideas contenidas en esta obra no tardarían en extenderse por la región, particularmente en el sigloXX,[69] llegando a ser traducida íntegramente al inglés.[70] Su obra puede ser entendida como el estudio y construcción de una teoría general del conocimiento, en la que es posible encontrar las influencias ejercidas por obras de autores modernos como René Descartes, Isaac Newton, Immanuel Kant o Johann Gottlieb Fichte.
Por contraposición a la fama tardía de Bello, el filósofo más importante durante el periodo independentista fue Ramón Briseño, cuyo Curso de filosofía moderna fue publicado en dos volúmenes entre 1845 y 1846, siendo el texto filosófico más utilizado en Chile en la época (contando con numerosas ediciones). Este trabajo mostró abundante complacencia para con el catolicismo, instancia que benefició su difusión. Para Briseño, había una clara continuidad entre moral y religión, pues el fundamento de la moral era, en ultimado caso, Dios:
Los verdaderos fundamentos de la moral se derivan de la esencia misma de las cosas, esto es, de la naturaleza de Dios, de la naturaleza humana, i de la naturaleza de las relaciones entre Dios i el hombre, i entre este i sus semejantes: relaciones todas inalienables e indestructibles, que nada puede anular. En último resultado la voluntad de Dios, autor i legislador supremo, remunerador del bien i vengador del mal; tal es la base de la moral, tal su apoyo, motivos i sancion, i todo lo que puede hacerla venerable entre los hombres.[71]
Andrés Bello, al momento de valorar esta obra, no mostraría especial desacuerdo con su apologética religiosa, sino que destinaría su crítica acérrima contra su tratamiento de la lógica, limitaba a la lógica deductiva; invisibilizando la lógica inductiva tan valorada dentro de la filosofía anglosajona. Mediante la dialéctica de estos dos proyectos filosóficos, se puede observar que la polémica más amplia sobre el papel de la religión se concentró en la elección de los subcampos que serían materia de estudio y enseñanza en la disciplina. Por aquel entonces, la filosofía se encontraba en una importante posición de poder, siendo crucial su rol en la transformación y secularización de los proyectos de educación superior:[72]
En efecto, es en el contexto de la educación superior que se puede observar el desarrollo y la centralidad de la filosofía. Desde bien comenzada la vida independiente en Chile, la filosofía no era simplemente una disciplina en un plan de estudios diversificado; más bien, era la fuerza principal detrás de la creación y la transformación de las instituciones de educación superior chilenas a lo largo de su historia, en especial de la Universidad de Chile, fundada en 1842 e inaugurada en 1843.
La fundación de la Universidad de Chile estuvo precedida de la clausura de la Real Universidad de San Felipe. Las causas de su cierre se derivan del conflicto que el gobierno tuvo con la institución con respecto a los exámenes asociados a la entrega de grados universitarios. Solo el Instituto Nacional contaba con la autorización estatal para otorgar dichos grados, condición especial que la Universidad de San Felipe vulneró al entregar títulos superiores. Su claudura fue el castigo derivado de faltar al orden legal. Andrés Bello sería responsable de redactar los estatutos institucionales, dirigiendo la nueva institución durante los próximos 23 años en calidad de rector. Aquí tuvo la oportunidad de ejercitar los ideales político-educativos propios de la filosofía escocesa, invitando al desarrollo de la moderación como virtud, la búsqueda por la especialización académica, con una perspectiva laica y fomentando la creencia de que el desarrollo cultural y científico tiene un alto impacto en el progreso político y moral de la sociedad.[73] Bello escogió y acomodó lo mejor de los modelos universitarios franco-alemanes en la constitución de la Universidad de Chile:
Puede parecer extraño que Bello pusiera dicho énfasis en la religión y la moralidad en la creación de una institución laica y gubernamental. Después de todo, las universidades escocesas no tenían una conexión con el Estado tal como la que la Universidad de Chile establecía perentoriamente. En este sentido, ambos sistemas universitarios eran totalmente diferentes. Bello, sin embargo, no buscaba imitar en el detalle la organización de las universidades escocesas o francesas, sino más bien adoptar algunos elementos que le parecían más apropiados para Chile: un sistema nacional centralizado como el francés, que resultaba necesario en un país en donde todavía se debía organizar la educación a nivel nacional, y que estuviese además guiado por una fuerte orientación moral, como el escocés. En este último aspecto, Bello adhería a un aspecto fundamental de la Ilustración escocesa, a saber: el énfasis en el potencial moralizador de la educación superior. Además, es claro que mediante tales principios Bello buscaba de manera deliberada, pero también sincera, reparar los daños sufridos en la relación Iglesia-Estado luego de la clausura de la Universidad de San Felipe. La filosofía apoyó muy bien sus propósitos en este sentido, puesto que su experiencia con la escuela escocesa le permitió defender una compatibilidad tanto entre ciencia y religión, como entre racionalismo y fe. También le permitió establecer un paralelo entre los fines de la disciplina y los de la Universidad: el cultivo y desarrollo de la razón.[74]
Asistimos en este periodo a la politización de la disciplina filosófica. Tras la independencia, el panorama político chileno se vio marcado por el conflicto entre pipiolos y pelucones (liberales y conservadores, respectivamente).[75][76] Sus disputas alcanzarían el ámbito formativo, buscando el control sobre las instituciones educativas. Mientras que los liberales crearon el Liceo de Chile (como contrapeso al Instituto Nacional), los conservadores contestaron con la fundación del Colegio de Santiago. Mora y Bello, siendo ambos extranjeros, se toparon con este guerra política, saliendo ambos afectados de maneras distintas por su toma de partido.[77] Fruto de su sensibilidad liberal, Mora, quien fundara el Liceo de Chile, terminaría siendo exiliado a Perú por Diego Portales;[78] mientras que Bello sería escogido como director del Colegio de Santiago, sucediendo a Juan Francisco Meneses.[79] Los liberales nunca terminarían de perdonar a Bello por lo ocurrido con Mora, sumado a la amistad con Portales y su servilismo al gobierno de Joaquín Prieto:
«Que Bello era estranjero i pobre, modesto e induljente, i que fué el blanco de los ataques mas virulentos e injustificados.» El señor Amunátegui nos pinta así a Bello en una trite situacion, que realzaria su mérito como maestro de la juventud, si luchando contra semejantes desventajas, hubiera reaccionado contra el antiguo réjimen i dado una enseñanza liberal que emancipara a los jóvenes de los errores i de la reaccion que hacian la fuerza de la dictadura de aquella época. Pero olvida que, aunque estranjero, pobre i modesto, era el servidor, el filósofo, el consueta, como le llamaban, de aquella dictadura; que por eso le atacaban los oprimidos, como atacaban al dictador i a sus secuaces, sin que tales ataques los ofendieran, ni amenguaran en lo mas mínimo su poder i su dominacion. Olvida tambien que aquellas mismas condiciones personales del señor Bello le forzaban a no dar una enseñanza contraria a los intereses políticos que servia, i que léjos de probar ellas que el hecho de nuestro atraso literario no fuese obra de su majisterio, confirman la verdad que el señor Amunátegui se propone rectificar.[80]
José Victorino Lastarria abogaría por la eliminación de los legados coloniales aun pervivientes en la Iglesia católica luego de la independencia, y la defensa de la libre iniciativa y expresión individual.[81] Ya fuese como diputado, senador o ministro (siendo él fundador del Partido Liberal), o mediante la publicación de numerosos escritos políticamente comprometidos, Lastarria realizó una apología abiertamente liberal,[82] muy en línea con el ideal civilizatorio propio de la Ilustración:[83]
La América i la Europa, aunque en general estan pobladas de distinta jente, de condiciones sociales profundamente diversas, tienen sin embargo tradiciones, sentimientos i costumbres procedentes de un mismo oríjen, i sobre todo se encaminan a un mismo fin social. Ambos continentes estan al frente de la civilización moderna i ambos son enteramente solidarios en la empresa de propagar esa civilización i de realizarla hasta sus últimos resultados.
La Ilustración, ya fuera de corte católico o laico, colaboró en la gesta independentista y en el desarrollo de una identidad nacional chilena, a la vez que tuvo un rol central en la polémica sobre la secularización del país.[88][89] Si hubiera que caracterizar este periodo, lo correcto sería decir que hubo una continuidad del integrismo católico hispano, edulcorado con la filosofía ilustrada anglo-francesa: "El pensamiento filosófico, después de las luchas por la Independencia hasta el advenimiento del positivismo, se ha desenvuelto fundamentalmente en tres cauces: enciclopedismo francés, pensamiento católico y empirismo de la escuela escocesa".[90]
Periodo positivista
A partir de la segunda mitad del sigloXIX, buena parte de los países de América Latina vivieron el auge del positivismo, movimiento asociado a la obra de Auguste Comte[91][92] cuyo arribo coincidió con la naciente ola de anticlericalismo en el país,[93] fungiendo como herramienta de crítica contra la importarte influencia que la Iglesia católica mantenía en la sociedad chilena. El positivismo proponía una noción del progreso de la realidad, elemento clave dentro de su proyecto filosófico.[94]
El positivismo sirvió como base filosófica para los pensadores anticlericales a la hora de descartar la etapa "teológica" como un estado primitivo en la evolución de la humanidad en favor del advenimiento de las etapas "metafísica" y "científica". Esto implicaba el fin de la influencia religiosa. El positivismo fue, a grandes rasgos, la evolución de la labor intelectual previa, viéndose impulsado por la mayor parte de los intelectuales liberales del sigloXIX, ahora positivistas. Tal fue el caso del principal defensor temprano del positivismo, José Victorino Lastarria, quien abdicó de sus compromisos liberales por su "justificación metafísica", defendiendo que la ciencia era la herramienta más efectiva para dar solución a los problemas que asolaban a la sociedad chilena. Con esto en mente, crearía en 1873 la Academia de Bellas Letras, una agrupación de intelectuales liberales y radicales que tuvo como propósito el cultivo de la literatura como expresión de la verdad.[95] No fue la única de su clase. A partir de 1870, el número de instituciones positivistas se contaban por montones:
Entre las entidades positivistas aparecidas en Chile figuran: La Academia de las Bellas Letras (1873), la Sociedad de la Ilustración (1872) y el Círculo Positivista (1870‒1874), cuyos exponentes se encargaron de la difusión del positivismo como eje teórico que persigue las reformas en los tópicos mencionados, y como instrumento ideológico, político y moral para la modernización del estado‒nación. Además, como reservorio ético para la renovación moral de la sociedad chilena. En dichas corporaciones se realizaban lecturas y comentarios de las obras de los representantes del positivismo francés e inglés: Augusto Comte, Emile Littré y John Stuart Mill. Pero también se crearon corporaciones para estudiar y difundir el positivismo en otras regiones, tales como: La Sociedad del Progreso, en Valparaíso, o la Sociedad Escuela Augusto Comte, en Copiapó, en 1882.[96]
La reacción negativa de los conservadores no se haría esperar, llevando a importantes polémicas contra los positivistas. Diego Barros Arana mantuvo duros combates con la intelectualidad católica de la época.
Volviendo sobre la Academia, integrantes de este círculo tendrían un alto impacto en el plano educativo. El historiador liberal Diego Barros Arana realizó importantes reformas del plan de estudios en el Instituto Nacional, orientadas hacia el establecimiento de una educación de base científica y laica,[97] al igual que Miguel Luis Amunátegui, quien, en calidad de Ministro de Educación, introdujo formalmente en 1879 la enseñanza de la ciencia en las escuelas públicas.[98]
La figura positivista más significativa del periodo fue Valentín Letelier. Estudioso de las obras de Auguste Comte, Victor Cousin y Herbert Spencer, su Filosofía de la educación (1892) sirvió de base para una profunda reorientación de los estudios filosóficos en Chile. Frente a autores previos, la obra de Letelier conjugaba sistematicidad y un compromiso político claro, adhiriendo a un "socialismo reformista, moderado, evolutivo";[99] estableciendo una clasificación de los regímenes fundamentales de enseñanza y una defensa de la educación positivista. Por contraste a la religión de la humanidad planteada por el último Comte (y abrazada por sus connacionales, los hermanos Juan Enrique Lagarrigue, Jorge Lagarrigue y Luis Lagarrigue), este papel podía ser cumplido por las ciencias. Letelier creía que el instrumento para alcanzar esta etapa superior era la lógica, que introdujo con éxito en el plan educativo de 1893, a expensas de la ética y la teodicea.[100]
En esta misma línea, Juan Serapio Lois, quien más tarde sería reconocido como el padre de la psicología científica en Chile,[101] publicaría los Elementos de filosofía positiva, el tratamiento más completo de la lógica desde una perspectiva comtiana, en la que se aplica el análisis lógico a la metodología de múltiples ciencias. Lois fundaría en Copiapó la Sociedad Escuela Augusto Comte y de ella nacería el periódico de divulgación El Positivista.
Aunque menos influyente, en paralelo a esta vertiente científica y liberal del positivismo, el positivismo mesiánico fue encarnado por los hermanos Lagarrigue y su adscripción a la religión de la humanidad, quienes fundaron en 1892 la Sociedad Positivista de Chile (cerró sus puertas en 1949).[102] Si bien esta postura sobrevivió hasta muy entrado el sigloXX, su influencia fue escasa en el campo de la filosofía.[103] A nivel político, no obstante, destacó por su alineamiento con la administración de José Manuel Balmaceda, un gobierno marcado por el conflicto y el cariz autoritario. El positivismo mesiánico de los hermanos Lagarrigue llegó a asociarse con el autoritarismo, situación que llevaría a su descrédito y decadencia:
Irónicamente, la religión que Jorge Lagarrigue quería para toda la humanidad sólo encontró unos pocos adeptos en Chile. Su propio hermano Juan Enrique se unió a él en esta nueva creencia sólo después de mucho trabajo en 1881. Ambos escribieron mucho y podrían haber tenido una mayor influencia en el país de no haber sido por su apoyo al asediado gobierno de José Manuel Balmaceda (1886-1891). Balmaceda fue un firme defensor de muchas de las reformas deseadas por los positivistas, como la secularización de la sociedad y el control estatal de la educación. Además, era buen conocedor de la doctrina, que aprendió en la Academia de Bellas Letras. Como presidente de la República, y especialmente durante la última parte de su gobierno, Balmaceda actuó supuestamente sin preocuparse demasiado por la opinión del Congreso. Los hermanos Lagarrigue, que condenaban el parlamentarismo y aprobaban las tendencias autoritarias de Comte, echaron su suerte con el asediado Balmaceda en un momento en que el presidente era objeto de oposición por abusar de las prerrogativas del poder ejecutivo.[104]
De entre los tres hermanos, Jorge Lagarrigue, junto con José Victorino Lastarria y Ricardo Passi García, son los más importantes traductores de textos positivistas en el Chile decimonónico.[105]
La filosofía desarrollada al calor del ideario positivista adquirió un carácter filo-científico, con un énfasis especial en la psicología experimental, en aras de comprender adecuadamente el origen de las ideas y las bases de las acciones humanas. Su mayor mérito histórico fue ayudar a consolidar el estudio de la filosofía tanto en el nivel superior, mediante la fundación en 1889 del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, como a nivel de la enseñanza media, pasando a ser esta una asignatura de estudio obligatorio.
La filosofía subyacente a la historiografía también se vería afectada por el positivismo de Letelier y los hermanos Lagarrigue, siendo uno de sus representantes mayúsculos Francisco Encina, quien dirigió su atención al tratamiento de la historia nacional (reflejado en su Historia de Chile desde la Prehistoria hasta 1891) y a desarrollar una crítica a la idiosincrasia chilena, siendo uno de los rostros más reconocibles en lo que se conoce como la Crisis del Centenario. Para Encina, la decadencia de la élite blanca dirigente se originó con el triunfo de los liberales y la imposición de las políticas anti-estatistas del economista libertario Jean Gustave Courcelle-Seneuil (cuya influencia perdura hasta hoy)[106][107] que consistían en rebajar los aranceles y permitir el ingreso de productos y empresas extranjeras, con lo cual se produjo la decadencia del espíritu empresarial nacional y la entrega del país a las grandes empresas extranjeras.[108] En Encina abundan fuertes componentes eugenistas, de superioridad racial y darwinismo social fruto de las "lecturas de derecha" de Charles Darwin,[109] las cuales podemos encontrar en las obras de Herbert Spencer, Joseph Arthur de Gobineau, Gustave Le Bon y Georges Vacher de Lapouge.
Ejemplo de ello es la fundación en 1908 del Laboratorio de Psicología Experimental (dirigido por Guillermo Mann), en el que se buscaró dar solución a ciertos problemas educacionales en Chile mediante el método científico. Esta labor tuvo su continuación en el tiempo gracias a personajes como Darío Salas Díaz, Luis Tirapegui, Martín Burnster, Lloyd N. Jepsen, Jorge Schneider, José Flores, Óscar Bustos Aburto y Moisés Mussa, entre otros.[114] El Congreso Nacional de Industria, celebrado en 1908, marca el final de la influencia positivista y el inicio del auge de la espiritualidad filosófica chilena.[115]
Propiamente tal, la revuelta filosófica contra el positivismo en Chile sería liderada por el educador y filósofo Enrique Molina Garmendia, siendo este un estudiante egresado del Instituto Pedagógico, institución de clara inspiración positivista.[116] Molina encontró el estudio de la filosofía académica estancado, viendo como un lastre intelectual el énfasis en la ciencia que esta mantenía.[117] Luego de un breve periodo de afabilidad hacia el proyecto positivista, la lectura de William James y Henri Bergson le llevaron a abrazar la idea de establecer la metafísica como la filosofía primera. A su juicio, el criterio positivista de "progreso" se vio reducido al mero avance tecnológico.[118] En De lo espiritual en la vida humana (1937), argumenta que la ciencia y la tecnología no han resultado ser de gran ayuda a la hora de promover la felicidad humana, y es en razón de ello que obtiene sentido reivindicar el desarrollo de la vida espiritual como meta teórico-práctica de la filosofía, apelando a valores ajenos a los de la dimensión estrictamente material. En términos políticos, la tesis de Molina entroncaba con el rechazo de los sectores conservadores y liberales hacia el marxismo, el cual se encontraba en pleno florecimiento nacional durante la primera mitad del sigloXX,[119][120] siendo visto como una propuesta filosófica cuya inclinación materialista colaboraba con el desencantamiento del mundo y la deshumanización de los individuos:
En el Chile de las décadas centrales del siglo XX, el marxismo había hecho importantes incursiones en el país, y Molina formó parte de una generación de filósofos alarmados por la amenaza que representaba la ideología marxista. Su respuesta fue la promoción de ideas filosóficas que situaban la metafísica en la cima de una jerarquía de campos. Se propuso entonces reorientar el estudio de la filosofía en el país a través de sus escritos y actividades institucionales, incluido el rectorado de la Universidad de Concepción, que fundó en 1919.[121]
Esta giro metafísico de la filosofía chilena resonaría tanto en filósofos católicos declarados, al estilo de Clarence Finlayson;[122][123] como en intelectuales seculares, donde tendría especial protagonismo la figura de Jorge Millas, cuya Idea de la individualidad (1943) está depurada del discurso positivista y centra su atención en establecer la noción de libertad individual como eje del quehacer filosófico e instancia superior inalienable de la vida humana. No en vano, la propuesta millasiana ha sido caracterizada como una "antropología filosófica centrada en la individualidad".[124] Estos nuevos aires tuvieron su correlato institucional, expresado en la paulatina incorporación a los planes de estudio de filosofía de nuevas escuelas de pensamiento, como lo eran la fenomenología, el existencialismo y el neotomismo.[125][126][127] Tal envergadura alcanzaría el estudio de estas corrientes que existen voces que sostienen que el campo estaba, de facto, dividido entre tomistas y heideggerianos, siendo la "tercera opción" filosófica todo lo que quedara por fuera de estos dos enfoques.[128] No obstante, cabe señalar que, a diferencia de la fenomenología, el neotomismo presentó algunos obstáculos para asentarse en el país en sus primeros años. Aquí es cuando la influencia de la filosofía escocesa precedente se hace valer:
Las dificultades para aceptar el tomismo en Chile provienen de la mentalidad chilena que tiende a eludir la especulación y dirigirse más derechamente a conocimiento a través del empirismo, en nuestro caso lo que podríamos llamar la Filosofía del sentido común chileno y la Metafísica quedó circunscrita a los filósofos tomistas, y a la expresión poética, siempre destacada en Chile.[129]
Roberto Escobar Budge
En 1922, por iniciativa de monseñorAlfredo Silva Santiago, se comienza a ofertar un curso superior de Filosofía en la Pontificia Universidad Católica de Chile. A partir de este hito, se sucederían varias instancias fundacionales al interior de la universidad: la fundación de la Academia de Filosofía (1923) y de la Facultad de Filosofía (1924), y la creación de la Escuela de Pedagogía dentro de la Facultad de Filosofía y Letras (1943), que posteriormente se pasará a llamar Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación; ofreciendo cursos sobre ontología, teodicea y ética.[130] A nivel de discusión filosófica, se centró en el estudio y crítica de las tendencias contemporáneas de la filosofía católica. Destacaron en esta labor figuras como Clarence Finlayson, Agustín Martínez, Eduardo Escudero, Enrique Valenzuela, Pascual Defossez, Eduardo Rosales, y el exiliado boliviano Roberto Prudencio, entre otros. Además de su originalidad (especialmente en el caso de Finlayson, quien incorporaba al tomismo ideas del escotismo y del existencialismo), resulta notable su colaboración a la actualización de los debates filosóficos y teológicos en Chile mediante la recepción y crítica de pensadores como Maurice Blondel, Étienne Gilson, Jean-Paul Sartre, Jacques Maritain y Max Scheler. Otros pensadores católicos dignos de mención, especialmente por sus obras de corte humanista o sus aportes en filosofía del derecho, son Armando Roa, Roberto Peragallo Silva, Carlos Hamilton, Rafael Gandolfo, Jorge Hübner, Francisco Vives y Julio Jiménez.
En 1929 se crea un Centro de Estudios Filosóficos en la Universidad de Chile, siendo este un proyecto impulsado por Pedro León Loyola, y en 1935 introduciría el Curso Especial para la Formación de Profesores de Filosofía en el Instituto Pedagógico. En 1942, mediante la Ley Orgánica que creó la Universidad de Chile, se fundaría la Facultad de Filosofía y Humanidades.[131] Loyola, además, sería la vía de entrada al país del espiritualismo francés de Jules Lagneau, Émile Boutroux, Jules Lachelier y Henri Bergson. Sus discípulos serían, futuramente, catedráticos en esta misma universidad. Entre ellos podemos destacar a Jorge Millas, Roberto Munizaga Aguirre, Luis Oyarzún, Eugenio González Rojas, Pedro Zuleta Guerrero, Marcos Flores y Mario Ciudad.
Fue en estas primeras décadas donde las teorías educativas más importantes del país vieron su nacimiento y aplicación. El caso de los seguidores de John Dewey es tal vez uno de los más reseñables, entre los que se cuentan Darío Salas Díaz, Amanda Labarca, Hernán Vera, Alberto Hurtado, Roberto Murizaga Aguirre, Irma Salas Silva y Mario Leyton Soto.[133] Para la década de los 30, un nutrido grupo de autores ya destacaba en esta área:
Los mejores trabajos sobre estas materias que posee la literatura científica chilena contemporánea se deben a escritores y profesores como Amanda Labarca (Nuevas orientaciones de la enseñanza), Enrique Molina (Filosofía americana, De California a Harvard, Yugau y Bergdo, Los valores espirituales), Maximiliano Salas Marchant (Tendencias de la educación norteamericana), Darío Salas (El problema nacional), Luis Galdames (Educación económica, Temas pedagógicos) y Pedro León Loyola (Curso de Filosofía, Introducción a la Filosofía).[134]
Durante la década de 1940 tomarían lugar la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial, eventos históricos que llevaron a que muchos filósofos viajaran rumbo a Chile en calidad de refugiado, espesando aún más la creciente variedad de preocupaciones filosóficas.[135][136] El aumento de la actividad filosófica se tradujo en la creación de la Sociedad Chilena de Filosofía en 1948, y el lanzamiento de la Revista de Filosofía al año siguiente.[137] Asistida por el patrocinio de las grandes universidades del Chile, nació con la finalidad de impulsar los estudios filosóficos a nivel nacional.
El periodo antipositivista en Chile sirvió para la instauración de un modo de practicar la filosofía que la comprende como una actividad amparada institucionalmente y un esfuerzo académico altamente especializado, en el que elementos externos como los compromisos políticos no tienen cabida salvo marginalmente. Se entró en una fase de normalidad filosófica, caracterizada por establecer como meta vital de los filósofos la obtención de cargos académicos de nivel universitario, aparecer en publicaciones en revistas especializadas, participar en conferencias y congresos nacionales o internacionales, pasar por períodos de enseñanza en instituciones extranjeras y establecer una fuerte división entre el quehacer filosófico y las preocupaciones sociales y políticas.[138] Por estas fechas, el principal interés a la hora de enseñar filosofía en las instituciones de educación superior era preparar profesores para la enseñanza secundaria de la disciplina.
La academia filosófica chilena floreció en la década de 1950 como resultado de las actividades de la Sociedad Chilena de Filosofía (presida por Enrique Molina Garmendia), la publicación regular de la Revista de Filosofía de la Universidad de Chile y la internacionalización de la comunidad filosófica chilena.[140] La Sociedad Chilena de Filosofía fue reconocida por la Inter-American Federation of Philosophical Societies, el Institut International de Philosophie y la Fedération International des Sociétés de Philosophie.[2]
El acontecimiento que consagró la reputación de la academia filosófica chilena fue el Congreso Interamericano de Filosofía de 1956. Entre el 8 al 15 de julio de 1956 tomaría lugar en Santiago el primer congreso internacional de la Sociedad Interamericana de Filosofía, siendo este, a su vez, el cuarto de los congresos interamericanos. Este evento contó con la presencia de señeros intelectuales nacionales e internacionales, repartidos en numerosas mesas temáticas.[142]
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Secciones del Congreso
Temáticas
Nombre de los autores, nación que representa y título de las ponencias
Sesiones plenarias
"¿Ha habido progreso en la Filosofía en su Historia"
"Significado de la Filosofía en la cultura de América"
Miguel Reale (BrasilBrasil): "Dos planos e ambitos do conhecimiento do Dereito".
Jorge Millas (ChileChile): "Sobre los fundamentos reales del orden lógico-formal del Derecho".
Luis Recasens (MéxicoMéxico): "Situación del presente y proyección del futuro de la Filosofía Jurídica".
Luis Fuentealba Weber (ChileChile), Tulio Lagos Valenzuela (ChileChile) y Pedro Zuleta Guerrero (ChileChile): "La enseñanza de la Filosofía en la Educación Secundaria".
Agustín Álvarez Villablanca (ChileChile): "La idea de hombre como punto de partida en la Filosofía de la Educación".
Eduardo García Máynez (MéxicoMéxico): "Los principios generales del Derecho y la distinción entre principios normativos y no normativos".
Jorge Hübner (ChileChile): "Aspectos Filosóficos del Sufragio Universal".
Francisco Ayala (EspañaEspaña): "Reflexiones sobre el estado actual de la Filosofía Política".
Ladislao Tarnoi (VenezuelaVenezuela): "Los límites negativos del Derecho".
Entre los participantes de la primera comisión del Congreso, cabe destacar la presencia de importantes figuras de fama internacional como Quine, y la de jóvenes promesas como Bunge (quien hizo su debut internacional en este encuentro).[143]
La fenomenología fue una de las grandes corrientes filosóficas que se asentaron en Chile durante el sigloXX. Resulta meritorio el trabajo realizado por Raúl Velozo Farías, traductor e intérprete de Edmund Husserl y cuyos textos han aparecido en la Husserliana (en la serie HusserlianaDokumente),[150] y el caso de Jorge Eduardo Rivera, reconocido internacionalmente por su traducción de Ser y tiempo de Martin Heidegger,[151] contando además con multitud de textos en los que se ahonda en su pensamiento (ya fuese en solitario o en diálogo con autores de la tradición fenomenológica como Hans-Georg Gadamer o Xavier Zubiri).
En 1964, por indicación de Director de la Escuela de Ingeniería Enrique D'Etigny Lyon y con Carla Cordua y Roberto Torretti como principales agentes instigadores, se fundó el Departamento de Estudios Humanísticos de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, con motivo de incentivar la formación humanista de los estudiantes de ingeniería, el cual resultaría fundamental para la difusión del pensamiento filosófico, especialmente en el área de la filosofía contemporánea (departamento que se mantendría en funcionamiento hasta 2004).[152][153] Entre sus integrantes más destacados encontramos a Patricio Marchant, Ricardo Morales, José Echeverría, Marcos García de la Huerta, Ronald Kay, Cástor Narvarte, entre otros.
Lo que marcó filosófica y universitariamente la década de 1960 fue su resistencia a las presiones que la sociedad de masas depositaba sobre las instituciones de educación superior. Intelectuales como Félix Martínez Bonati y Juan de Dios Vial Larraín secundaron esta posición, enfatizando el papel de la universidad en la formación de una élite intelectual al calor de los objetivos sublimes de la filosofía. Como marca de este periodo, el quehacer filosófico y el debate político eran instancias lógicamente diferenciables, pero agencialmente imbricadas y conjugadas:
Estos debates sobre la naturaleza de la enseñanza superior y la responsabilidad de los filósofos se fusionaron con la competición política dentro de las universidades más importantes del país. Los filósofos que se declaraban apolíticos o que se oponían a la invasión de la política en los campus universitarios se convirtieron paradójicamente en parte de debates abiertamente políticos. En la segunda mitad de la década de 1960 se introdujeron importantes reformas universitarias, pero los debates sobre la naturaleza de la enseñanza superior y los objetivos de la filosofía no disminuyeron.[155]
La voz cantante dentro del campo profesionalista la llevó Jorge Millas quien, deudor del elitismo intelectual y cultural de José Ortega y Gasset,[156] fue un fuerte crítico de la sociedad de masas, reiterando la afirmación de que la espiritualidad ocupaba un lugar más alto que el materialismo en la práctica filosófica (siendo su avatar filosófico y político en ese momento el marxismo).[157]
Sin embargo, no todos se hallaron conformes en concebir al modelo profesional como el único posible o, incluso, el más apropiado para las necesidades existentes en el país.[158] El encerramiento y la endogamia académica podían traer consigo graves consecuencias, y estas fueron ampliamente discutidas. Algunos filósofos provenían de áreas por demás variadas (e.g., Schwartzmann era sociólogo, Manuel Atria estudió ingeniería, Humberto Giannini fue marino antes de introducirse a la filosofía), lo que los volvió escépticos de un modelo de actividad filosófica que parecía estar casi omnímodamente subordinado a las corrientes de pensamiento internacionales (principalmente europeas), corriéndose el riesgo de caer en la irrelevancia de cara a las necesidades del país. El compromiso de los críticos, por oposición a los profesionalistas, puede ser entendido en los siguientes términos:
Con esto no queremos decir (muy necio sería) que se deba prescindir del poderoso y decisivo impacto que ha tenido y que sigue teniendo la filosofía europea entre nosotros, lo que criticamos es su uso exclusivo y la no atención de los elementos propios, de los esfuerzos particulares que se han hecho, del ciclo específico de generaciones que se ha dada en Iberoamérica, determinando en cierta medida el desenvolvimiento y los caracteres de nuestra filosofía.[159]
Carlos Ossandón Buljevic
En 1967 se produjo una transformación significativa de la idea tradicional de universidad a través del movimiento de reforma universitaria, liderado principalmente por estudiantes marginados del gobierno universitario. No obstante, este movimiento estaba gestándose desde antes (desde 1918 como mínimo),[160] con críticas al modelo jerárquico y elitista que la universidad traía desde el sigloXIX, y que el sigloXX se encargó de profundizar. La reforma universitaria de 1967 representó el clímax de este proceso de transformación, evidenciando un cambio en la construcción identitaria de las instituciones educativas:
La universidad se proyecta a todo Chile, la universidad va a los lugares de trabajo, a las minas, a las fábricas, es decir, respira un aire nuevo. Porque la Reforma Universitaria también plantea la necesidad de vincularse con el resto de la sociedad y ponerse al servicio del país y al servicio también de ese derecho sagrado que tiene cada ser humano, a educarse. Y a educarse conforme sus capacidades para llegar a los más altos niveles, no sólo limitarlo a la escuela primaria para que luego algunos de ellos se conviertan en analfabetos por desuso.[161]
La nueva visión de universidad buscaba una conexión directa con la sociedad, participando activamente en los procesos que marcaban la realidad chilena de la época. Se cuestionaba la idea tradicional de universidad como mero espacio de conocimiento y se abogaba por una institución más abierta y participativa socialmente, a la vez que menos clasista. La "nueva identidad" buscada para la universidad implicaba salir de los campus, abandonar la exclusividad en la búsqueda del conocimiento y comprometerse activamente con la sociedad.[162] Esta crítica general a la educación superior alcanzó a la academia filosófica. Particular es el caso de Juan Rivano, quien realizó una crítica devastadora hacia los niveles de abstracción que se manejaban dentro de comunidad filosófica, muchos de ellos siendo mera sofística a la que no se le debía ningún respeto;[163] llegando a cuestionar rudamente la distancia de sus colegas con las preocupaciones materiales reales de la nación. Siendo matemático y lógico de formación, Rivano cuestionó la falta de consistencia y el uso laxo del aparato conceptual de la disciplina entre sus pares. Fue un difusor temprano de la obra de neohegelianos como Francis Herbert Bradley[164][165] y Harold Henry Joachim,[166] más pronto pasó al estudio directo de Hegel y Karl Marx.[167][168] Rivano defendería una filosofía contextualmente situada y comprometida, que fuera crítica de las condiciones socioeconómicas y que atendiera los complejos acontecimientos que tenían lugar en Chile y América Latina.
Posiciones como las de Rivano y compañía generarían polémica y rechazo por parte de ciertos sectores tradicionalistas de la universidad chilena, particularmente de parte del movimiento gremialista.[169] Especial mención merece el Movimiento Gremial de la Universidad Católica de Chile, fundado en 1967 por el entonces estudiante Jaime Guzmán, bajo el alero del sacerdote y filósofoOsvaldo Lira. Guzmán acusaba a los reformistas de responder a intereses políticos partidistas (concretamente, democratacristianos y marxistas), lo que le llevó a liderar la resistencia a la ocupación de la universidad por parte de la FEUC, intentando tomarse a su vez el establecimiento para revertir la Reforma, aunque sin éxito. No obstante, una posterior baja en la participación de los reformistas en las elecciones estudiantiles, así como la rearticulación de los grupos conservadores, permitió al movimiento gremialista alcanzar victorias electorales en la federación. Todo esto toma lugar en un Chile convulsionado políticamente: "La rápida expansión del electorado, el surgimiento de fuertes partidos de izquierda y la expansión de las matrículas de educación superior introdujeron presiones para la reforma universitaria a las que los defensores del profesionalismo filosófico se resistieron".[155]
Para finales de la década de 1960, el nivel de producción filosófica en Chile se encontraba en números rojos, situación que se mantendría durante los años de gobierno del presidente Salvador Allende, con una publicación mínima de textos de filosofía. Jorge Millas fue de los pocos filósofos que logró hacer pública una gran obra durante estos años conflictivos. En concreto, Idea de la filosofía (en dos volúmenes), publicada en 1970. La Revista de Filosofía dejó de publicarse ese mismo año (permaneciendo inactiva hasta 1977).[170] La convulsión social alcanzó con rudeza las universidades, viéndose las clases interrumpidas con frecuencia, mientras que la comunidad filosófica alcanzó grados de división insalvables como resultado de la agitación política y las disputas sobre los objetivos de la universidad:
Yo no tenía claro hasta dónde iba la UP, si iba a resultar todo esto. Yo era bastante crítico. No era posible entenderse. No había ni siquiera unidad en cuanto a los propósitos inmediatos de las propias fuerzas políticas. Yo viví en un lugar bastante conflictivo: la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile. Todos contra todos. Los socialistas no se miraban con los comunistas. Estaba Rivano y otra gente, enemigos encarnizados de los comunistas. Había una persecución al Partido Comunista dentro de la misma Unidad Popular. Entonces uno miraba, yo miraba con un poco de terror esta imposibilidad de entenderse.[171]
En 1973 tomaría lugar en Chile un golpe de Estado, acción militar llevada a cabo por las Fuerzas Armadas de Chile y encabezada por el general Augusto Pinochet, del cual emergería un régimen dictatorial cívico-militar establecido en el país entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de marzo de 1990; en el que una Junta Militar de Gobierno asumiría el poder fáctico de la nación. En este periodo, varios filósofos se convirtieron en opositores y defensores de la dictadura militar, situación que les valió a estos últimos la persecución, el ostracismo y el exilio por un lado, mientras que los primeros sacaron partido de la situación a nivel académico y político.[172][173][174]
El objetivo de la Junta Militar fue, en el papel, restablecer el orden social tras los caóticos años del gobierno de Salvador Allende. Sin embargo, resultaron evidentes sus pretensiones de transformar la realidad política del país, mediante acciones autoritarias como la clausura del Congreso, la prohibición de ciertos partidos políticos y la elaboración de una nueva carta magna: la Constitución Chilena de 1980, ratificada mediante un plebiscito nacional sin registros electorales.[175][176]
El intervencionismo militar revirtió años de autonomía universitaria, gestionando directamente la administración de las institucuones de educación superior: "nombró rectores a militares en servicio activo, cerró varias escuelas y facultades y depuró a académicos y estudiantes considerados disidentes o potenciales opositores".[177] Se reforzaron los fundamentos del profesionalismo filosófico, aumentando la distancia entre el trabajo de los profesionales al interior de las universidades y las demandas de la sociedad en general. Durante el proceso, la Junta Militar contó además con un importante número de colaboradores civiles, particularmente de los sectores más conservadores y próximos a la extrema derecha chilena, sobre la base de una lucha patriótica contra el marxismo y el freno de su avance en la nación:
El marxismo es el desorden de la humanidad vestido con ropajes de justicia. Pero son los marxistas los que acusan al resto del mundo - empezando por la Iglesia Católica - de favorecer la injusticia.
El partido comunista, que es quien realiza el marxismo, es el que despoja al hombre de toda propiedad privada. Pero es él quien acusa de ladrones, a todos los que viven bajo el sistema capitalista.
Son los soviéticos los que invaden territorios neutrales y los aplastan bajo su yugo. Pero acusan a Estados Unidos, de "haber pretendido" intervenir países soberanos.
Es el partido comunista el que ordena la violencia para derrocar los Estados que viven en libertad. Pero es él mismo el que impone el Estado más tiránico del orbe.
Los verdaderos derechos humanos, son todos violados por los gobiernos comunistas. Pero son ellos los que reclaman falsos derechos para quienes viven bajo otros regímenes.
Son los comunistas los que instalaron sus armas nucleares apuntando al mundo libre. Pero ellos acusan a Occidente de poner la paz en peligro.
Chile vivió tres años en los umbrales del comunismo, pero Dios permitió que nos liberáramos.[178]
Si alguien tenía la intención de seguir carrera como esta [Filosofía], no había más opciones. La Universidad de Chile, en el ámbito de las humanidades, tenía los mejores profesores de filosofía que había en el país. Eran un lujo, la gente incluso abusaba porque la carrera se terminaba en cinco años, pero todos nos quedábamos un poco más, tomando ramos. Seguíamos entusiasmados con los temas y autores. Yo de hecho, no pude salir nunca más de la Universidad de Chile, hasta ahora, aquí estoy.
La escuela de filosofía era un espacio maravilloso, incluso después, en las épocas más duras, no diré en la época siniestra de la dictadura, sino antes, esa época previa conflictiva que vivimos a principios de los años 70`, cuando se politizó el ambiente de una manera extrema, por muchas razones que había que analizar. Había muchas discusiones, a viva voz, sobre casi cualquier tema, sin embargo, era hermoso todo eso. Había un dinamismo, un deseo de vida, de transformación. Yo creo que la experiencia de Cuba unos años antes fue la que desató en toda América esta necesidad de cambio, incluso esa exasperación por el cambio. Y eso, claro, fue duro en la Universidad de Chile, generó un ambiente muy tenso. Pero incluso en ese momento era hermoso.[181]
Entre 1973 y 1976, los militares golpistas tomaron el control de la Universidad de Chile, colocándola bajo su tutela y nombrando rectores de su más absoluta confianza. Se la utilizó como una plataforma para transmitir y legitimar mediáticamente su proyecto refundacional, aprovechándose del prestigio y la visibilidad de la institución.[182] Esto quedó especialmente transparentado tras el discurso que el rector delegado por la Junta Militar, el General de Brigada Aérea Agustín Rodríguez Pulgar, dio ante la televisión nacional durante la celebración del 132° aniversario de la Universidad de Chile, en noviembre de 1974:
Estamos ahora atravesando la importante etapa de reconstrucción moral y material del país y de nuestra institución. Hemos debido limpiar el terreno de sus ruinas para reedificar nuestra Universidad sobre sólidos cimientos que felizmente no fueron alcanzados, gracias a la resistencia heroica y tenaz de ustedes, a la presión avasalladora de la inmensa mayoría de los chilenos contra el marxismo, y a la oportuna y eficaz intervención de nuestras Fuerzas Armadas.[183]
Agustín Rodríguez Pulgar
El maniqueísmo metafísico de los nacionalistas católicos chilenos implicaba la necesidad de un ataque frontal al marxismo, ya que este, al ser ateo en su seno, comprende al ser humano solamente bajo una "naturaleza material", negando la esfera espiritual y, en el camino, a Dios. Esto explica que, bajo la bandera del antimarxismo, pudieran verse unidas figuras políticas de la derecha chilena como Eduardo Frei Montalva, Jaime Guzmán o Agustín Edwards Eastman, entre otros.[184]
Habiendo depurado a los estudiantes y profesores críticos de la dictadura, parecía obvio que se buscaría como aliados a los profesionalistas. Pero, en lugar de confiar en aquellos que se habían opuesto a la reforma universitaria, decidieron colocar en los puestos académicos y administrativos a los "filósofos oficialistas": intelectuales poco conocidos y cómplices del régimen.[185] Por supuesto, hubo intelectuales que apoyaron el golpe. Véase el caso de Juan Antonio Widow, discípulo de Osvaldo Lira (mentor también de Jaime Guzmán), quien justificó filosóficamente el golpismo (mediante el tomismo y el integrismo católico hispano), aduciendo a la idea de que existe un "derecho a la rebelión"y el deber, en algunos casos, de ejercer dicho derecho.[186] Como él, también colaboraron filósofos como el propio Osvaldo Lira, Joaquín Barceló Larraín y Bruno Rychlowski, entre otros; siendo en su mayoría afines al pensamiento católico antiliberal.[187][188]
Juan de Dios Vial Larraín fue un caso notable de simpatía y colaboración con el régimen, ocupando varios cargos académicos durante ese período. Desde 1979 hasta 1981 fue Director del Departamento de Estudios Humanísticos en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile. A partir de 1981, se desempeñó como Director del Instituto de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Chile. En 1982, Vial Larraín fundó la Facultad de Filosofía en la Pontificia Universidad Católica, que incluía el Instituto de Filosofía y el Departamento de Estética; siendo su Decano. Desde 29 de octubre de 1987 al 15 de enero de 1990, fue designado por el Gobierno Militar como Rector de la Universidad de Chile.[187][189]
Poco a poco, el bando profesionalista se fue distanciando del régimen, llegando en algunos casos a ser directamente opositores. Millas es ejemplo de esto último. Originalmente fue optimista con respecto a los militares, confiando en que estos respetarían la autonomía de las universidades. Para 1976, no obstante, el panorama resultaba adverso, con una universidad chilena servil a los poderes fácticos. Millas atacó, mediante sus escritos de opinión, la intervención universitaria y su condición tutelada, convertida esta en una institución "bajo vigilancia". Así lo podemos leerle en una columna de 1976 en El Mercurio:
La universidad vigilada no es, en efecto, superior a la universidad comprometida. Tanto da para la libre investigación científica y para la acción creadora y educativa de la razón, que se asedie por el “compromiso” impuesto por unos como por la desconfianza que se empeña en comprometer a la universidad de otra manera: comprometerla, por ejemplo en la acción antimarxista. Porque en uno y en otro extremo se saca de sus quicios al pensamiento. La universidad, si ha de ser tal (y, por cierto, ella puede sobrevivir institucionalmente como un simulacro) sólo admite un compromiso: servir a la nación por medio de la ciencia, en todos los sentidos —el estricto y el lato— del nobilísimo vocablo. Este es el punto de apoyo de la palanca espiritual de la vieja institución. Todo lo demás es resultado de la potencia así conseguida. No se requiere de ningún antimarxismo programado, fomentando y metido en la universidad a macha martillo, para que ella se defienda del secuestro marxista del espíritu. Basta con que se le aseguren las condiciones de dignidad, de paz interior, de libre expresión de inteligencia, de disciplina, de racionalidad institucional. Con inquietante reiteración y no con menos inquietante ligereza retórica, comienza a emplearse la palabra “depuración” para dar rumbo a la acción pública frente a la universidad. (…) No siempre se sabe qué pureza se busca con las depuraciones, ni siquiera quienes son los hombres puros que las llevarán a cabo. “Depuración” es un término ampuloso y vago, aún preciso como “antimarxista”. Su indeterminada latitud puede dar alas a las peores formas del prejuicio, de la pacatería, de la intolerancia y hasta el miedo.[190]
Progresivamente fue cediendo mayor atención al estudio filosófico de la violencia y su ejercicio, preocupación que quedó patente en su texto La violencia y sus máscaras: dos ensayos de filosofía (1978), escrito junto a Edison Otero, siendo la reimpresión de su ensayo aparecido en la revista Dilemas en 1976 bajo el título Las Máscaras Filosóficas de la Violencia; colaboración que supondría un acercamiento entre profesionalistas y críticos. Blanco de la censura y el ostracismo, en 1975 Millas renunció a sus clases de Filosofía del Derecho en la Universidad de Chile. Partiría a la Universidad Austral de Chile, situada en Valdivia, donde tempranamente sería bien acogido, llegando a ejercer como Decano de la Facultad de Filosofía y Letras. Sin embargo, en 1981 terminaría renunciando por persecución política. Ese mismo año, Millas publicaría Idea y Defensa de la Universidad, defendiendo la condición de la institución como un espacio destinado a la investigación y la reflexión crítica. A su juicio, resulta imperativo defender la autonomía universitaria y rechazar tajantemente cualquier forma de intervencionismo que busque sofocar el librepensamiento y la creatividad; y permitir que los militares intervengan en estos recintos es condenar a la sociedad a la ignorancia y al silencio, erosionando los cimientos mismos de una nación libre y democrática. Vetado socialmente y víctima de la enfermedad, moriría a los 65 años en 1982. La vida agónica que Millas llevó hasta el final de sus días lo consagraron como uno de los más importantes defensores de la universidad y un mártir de la filosofía chilena:
Desde su muerte en 1982, y con decidida fuerza en los últimos años, diversos intelectuales han puesto de relieve la labor intelectual y política de Jorge Millas durante la dictadura militar. En esta labor se ha destacado, entre otros hechos, su participación en la primera Comisión de Derechos Humanos en 1978. También su intervención oral, junto al ex presidente Eduardo Frei Montalva, en el Teatro Caupolicán de Santiago, en vísperas del plebiscito a la Constitución en 1980. Junto con ello, se ha señalado –acaso como su gesto de mayor fuerza o repercusión– su defensa de las universidades frente a la intervención cívico-militar, y su crítica al proyecto de hacer de las mismas entidades competitivas en clave mercado. Éstos y otros sucesos, han llevado a presentar a Millas como uno de los principales intelectuales críticos de la dictadura.[191]
Cristóbal Friz
Por contraposición a Millas, la mayoría de filósofos que aún permanecían en el país y con presencia en las universidades adoptaron un perfil más discreto, aunque esporádicamente dejaban entrever su descontento con el régimen, expresado muchas veces de forma críptica (como fue el caso de Pancho Sazo y la letra de las canciones del álbum Terra Incógnita).
Los colectivos de mujeres se organizaron durante la época de dictadura como grupos de resistencia contra la represión política.[192]
En paparelo a la academia, la filosofía se mantuvo viva a través de los movimientos sociales. El movimiento feminista en Chile es ejemplo de ello. Como grupo articulado, surgió a fines de los años 70 y se masificó en los 80, en línea con el auge del feminismo a nivel latinoamericano y mundial.[193][194] En marzo de 1983, las feministas chilenas reclamaban "Democracia en el país y en la casa", condensando un posicionamiento en lo público que incorporaba la polítización de lo privado. Ese mismo año fue creado el movimiento Mujeres por la vida, que nació como resistencia a la dictadura.[195] Durante ese tiempo, la casa de Elena Caffarena se transformó en un lugar de encuentro y debate.[196] Además de reclamar por los derechos de las mujeres, el feminismo buscó dar voz a los sectores oprimidos de la población, a la vez que denunciaban los problemas de la identidad sexual y de los géneros que afectaban de los sectores sociales.[197] Este tipo de análisis de amplio alcance social vieron su consumación teórica, política y artística en las obras de figuras como Julieta Kirkwood,[198][199]Lotty Rosenfeld[200][201] y Fanny Pollarolo,[202] entre otras.
Esta oposición finalmente apareció en autoridades de los propios departamentos de filosofía. Tal fue el caso del historiador Mario Góngora, quien fuera Decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile entre 1976 y 1978. Tempranamente encuadrado con la dictadura militar, terminó desencantado producto de los excesos en que había incurrido el régimen, descontento que hizo público, aunque muy disimuladamente, en su discurso de inauguración del año 1976:
La docencia humanística debe ser rescatada del rango subalterno a que ha sido relegada en Chile, recientemente, por obra de la inmadurez y del cientificismo, volviendo a darle su sentido de formación.
(…) Nuestra mayor ambición debe ser demostrar que las instituciones culturales chilenas están, a pesar de todo, en marcha hacia una realización excelente de sus propios fines. En rigor, tanto la enseñanza de la Filosofía como de las disciplinas humanísticas, pueden existir fuera de la Universidad y han vivido fuera en épocas en que ellas se han petrificado; pero la Universidad representa, en todo caso, una tentativa organizada para el estímulo de la vida cultural. Para realizar en la más alta medida posible esa tentativa, es que pido, al iniciar este año académico, la colaboración de todos los señores profesores y estudiantes, en un ambiente de dignidad y de libertad universitaria.[203]
Tras 16 años y medio de dictadura, aquellos filósofos que se mostraban hostiles a la política y su conexión con el quehacer filosófico abrazaron la democracia, rompiendo la división fuerte entre críticos y profesionalistas que caracterizó el panorama filosófico chileno en el sigloXX. El clima hostil presente en la universidades durante este periodo llevó a muchos a buscar formas de practicar la filosofía al margen de las mismas, colaborando con centros de investigación independientes, como el Centro de Estudios Públicos (teniendo entre sus fundadores a Óscar Godoy)[204] o la Academia de Humanismo Cristiano (antes de pasar a ser la Universidad Academia de Humanismo Cristiano en 1988);[205] conectando la filosofía con otros espacios de discusión.
Transformaciones institucionales y defensa de la disciplina
Desde el fin de la dictadura, la alta proliferación de universidades privadas ha colaborado con la ampliación y especialización del campo, quitando a las universidades tradicionales su condición de baluartes de la disciplina, especialmente en el área de las publicaciones.[226] Buenos ejemplos de ello son el Departamento de Filosofía de la Universidad Alberto Hurtado y el Instituto de Filosofía de la Universidad Diego Portales.[227][228] Persisten iniciativas independientes —realidad facilitada aún más gracias al auxilio del internet—, aunque no es muy numerosa, producto del fuerte anclaje institucional. Véase a Lucy Oporto como ejemplo de investigadora autónoma; y a Pablo Striano y Arturo Fontaine Talavera como ejemplos de licenciados en filosofía cuya actividad filosófica está ligada más al mundo del arte que al mundo académico.
La propia existencia de la enseñanza de la filosofía ha sido cuestionada, siendo su expresión más álgida el intento en 2018, por parte del Consejo Nacional de Educación, de eliminar la filosofía del plan común de estudios de la enseñanza media, en tanto que no parecía haber evidencia que respaldase la pertinencia de que esta fuera parte del Plan de Formación General Común para los estudiantes de formación científico-humanista, técnico-profesional y artística; hecho condenado públicamente por la ciudadanía y el gremio filosófico.[229][230][231] El fallo de esta medida producto de la presión social se transformó en un hito contemporáneo en la defensa pública de la disciplina.
Continuidades generacionales y lazos con la poesía
Integrantes de la generación anterior han continuado publicando un importante número de obras originales desde 1990 hasta el presente, además de realizar una buena cantidad de colaboraciones, traducciones y ediciones de obras clásicas y contemporáneas. Asimismo, tomaron lugar durante estos años la publicación de las obras póstumas de Jorge Millas, Juan Rivano y Humberto Giannini.[232][233][234][235]
La especialización de la filosofía en Chile ha dado como frutos diversos programas de investigación, apuestas con interés diversos y no necesariamente mancomunados entre sí. Ya sea como autores solitarios o como grupos coordinados de trabajo, la actividad ejercitada en la actualidad muestra el panorama filosófico chileno como uno diverso y con un porte instuticional cada vez más afianzado (en contraposición con el periodo inmediatamete anterior).
Recepciones, traducciones y hermenéuticas
La filosofía chilena del sigloXX se afianzó —en buena parte— en una impronta doxográfica, recepcionista y hermenéutica que, al calor de la institucionalización universitaria del método Grassi, tendió a organizar la enseñanza y la investigación en torno a una lectura histórica de las doctrinas, una atención prioritaria al texto y su tradición, y una reconstrucción interpretativa de los problemas antes que su reformulación sistemática propia. La matriz grassiana —con su énfasis en el comentario, la glosa, la contextualización retórico-filológica y la cartografía de fuentes— consolidó prácticas de canonización, traducción y exégesis que privilegiaron la recepción rigurosa de corrientes europeas por sobre la experimentación conceptual autónoma. En Chile existen egregios representantes de esta tendencia:
Jorge Eduardo Rivera Cruchaga (†2017): fue uno de los especialistas hispanos más importantes en Heidegger.[260][261][262] Resultan de particular interés los tres volúmenes de su Comentario a Ser y tiempo de Martin Heidegger, coescritos con María Teresa Stuven.[263][264][265]
Aunque tuvo desarrolladores tempranos como Bogumił Jasinowski, Desiderio Papp Pollack, Gerold Stahl, Elemer Nemesszeghy, Juan Rivano y Roberto Torretti, el cultivo del análisis filósofico y de la filosofía general de las ciencias en Chile fue un campo que tardó en constituirse. Ocurrido el Golpe de Estado en Chile de 1973, el poco andar de ambos programas entró en dique seco. No obstante aquello, durante ese periodo y, luego, durante los primeros años de la recobrada democracia y hasta el presente, un enorme número de filósofos realizaron estudios de posgrado en el extranjero con un foco próximo a la filosofía de las ciencias y la tradición analítica (muchas veces entremezcladas entre sí, aunque habiendo espacio también para la así llamada "filosofía continental de la ciencia");[273] hecho tras el cual retornaron para integrarse a los planteles de las principales universidades chilenas y trabajar sus distintas ramas y temáticas:
Felipe Álvarez: es especialista en epistemología social (con foco en epistemología del testimonio).[384][385][386]Logo de las Jornadas Rolando Chuaqui Kettlun, uno de los encuentros de filosofía analítica de las ciencias más importantes en el contexto hispano-luso.
Es relevante señalar que el creciente interés en la filosofía de las ciencias entre los intelectuales chilenos —la cual no ha parado de ir al alza desde el retorno a la democracia— se refleja en la organización de encuentros filosóficos multitudinarios y de talla internacional como lo son las Jornadas Rolando Chuaqui Kettlun[404] y el Coloquio Lenguaje y Cognición;[405] hecho que resalta el afiatamiento y consolidación de la filosofía analítica en el país. Lo anterior no quita, sin embargo, que aun existen tratamientos heterodoxos de la continuidad entre filosofía y ciencia desde la teoría crítica y los estudios poshumanistas.
Cecilia Sánchez: su obra se centra en el análisis crítico de la relación entre lengua, escritura, literatura y política en América Latina, explorando cómo estos elementos configuran la cultura y la identidad de la región.[432] Además, investiga la institucionalización de la filosofía en Chile, reflexionando sobre su desarrollo y consolidación en el ámbito universitario.[433] Sánchez también aborda la relación entre cuerpo y política, aplicando teorías de género y diferencia sexual para explorar las tensiones entre lo corporal y lo político.[434] Sus escritos están altamnete influenciados por Michel Foucault, Hannah Arendt y Luce Irigaray.
Willy Thayer: se especializa en el estudio de la universidad moderna, explorando su crisis desde una perspectiva que cuestiona las estructuras y fundamentos no modernos que la sostienen.[435][436] Thayer aborda también la relación entre tecnología y crítica, investigando cómo las tecnologías influyen en la producción y recepción del conocimiento crítico.[437] Otro tema recurrente en su trabajo es lo siniestro,[438] explorado en sus ensayos el impacto de esta noción en la cultura y el arte. Además, Thayer se interesa en la reflexión sobre la imagen y la violencia, la "facticidad neoliberal",[439] así como en la crítica cultural, con especial énfasis en la obra del cineasta Raúl Ruiz.
José Solís Opazo: es autor de La derrota de lo cotidiano. Elementos para una ontología política del diseño contemporáneo (2013),[492] una propuesta original en términos de filosofía del diseño; siendo además un teórico de la arquitectura.[493]
Jaime Williams Benavente: fue de los primeros en hacer revisiones históricas de la filosofía del derecho en Chile.[513][514] Su trabajo versa principalmente sobre fundamentos del derecho,[515][516]axiología jurídica[517] y civismo.[518]
Joaquín García-Huidobro: su trabajo cubre la relación entre la ética y el derecho,[540][541][542] así como la expresión política de los compromisos religiosos católicos.[543][544]
Mauro Basaure: es especialista en teoría social y filosofía política de la postdictadura, fenómenos que aborda desde una perspectiva que mezcla el pensamiento de Michel Foucault, la teoría crítica y el psicoanálisis.[549][550][551]
Nicole Darat Guerra: su especialidad es la teoría política feminista, siendo el foco de su crítica al universalismo liberal, la dicotomía entre ciudadanía/contraciudadanía y democracia desde una óptica feminista.[572][573]
La filosofía chilena, por su proximidad a las instituciones académicas, se ha articulado importantemente a través de revistas. Existen publicaciones dedicadas en exclusiva a la filosofía, mientras que otras son revistas generalistas de temas humanísticos o científicos. Las revistas, casi siempre, están auspiciadas por instituciones de educación superior.
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