Odisea (Canto VII)

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Atenea se hace la encontradiza con Odiseo.

El Canto VII de la Odisea de Homero, subtitulado Entrada de Ulises en el palacio de Alcínoo según la versión en prosa de Luis Segalá y Estalella (1910),[1] es el segundo de los cuatro cantos (o libros) [n. 1] del poema agrupados tradicionalmente bajo el nombre de «episodio de los feacios» (cantos VI al VIII y XIII).

En este episodio culmina la transición de Odiseo de náufrago vulnerable a huésped honrado por una sociedad que ejemplifica el ideal homérico de hospitalidad (xenía): el anfitrión debe proteger y agasajar al forastero antes de preguntar su identidad. La suntuosidad del palacio del rey Alcínoo, la generosidad de sus moradores y el silencio respetuoso sobre el pasado de Odiseo refuerzan la imagen de los feacios como una sociedad utópica, piadosa y civilizada.

Tras la tormenta que lo arroja a las costas de Esqueria (Canto VI), el héroe, guiado por Atenea disfrazada y siguiendo las instrucciones de Nausícaa, entra en la ciudad envuelto en una niebla protectora. Atónito ante la magnificencia de los puertos, naves, ágoras y murallas, llega al palacio resplandeciente —descrito con admiración como si brillara con el sol o la luna con sus puertas y perros guardianes de oro y plata, y jardines eternos regados por dos fuentes (vv. 78-132).

Odiseo implora hospitalidad directamente a la reina Arete, sentada junto a su esposo Alcínoo, tocando sus rodillas en súplica ritual (vv. 133-152). La reina reconoce las ropas que ella misma tejió para Nausícaa y pregunta por su procedencia. Odiseo narra brevemente su salida de Ogigia, la tormenta enviada por Poseidón y su encuentro con la princesa, sin revelar aún su identidad (vv. 240-297). Alcínoo, impresionado por su discreción y nobleza, lo acoge con honores, le ofrece asiento, comida y bebida, y promete escolta segura a su patria al día siguiente; incluso ofrece en matrimonio a su hija si lo desea, aunque Odiseo declina cortésmente (vv. 308-328).

Este canto ejemplifica el ideal homérico de la hospitalidad sagrada (xenía) bajo la protección de Zeus Xenios,[n. 2] en contraste con otros episodios como el de los pretendientes en Ítaca o el de los cíclopes (Odisea IX). Los feacios aparecen como un pueblo utópico: pacífico, próspero, navegante experto y devoto de los dioses, con una sociedad refinada donde el banquete, la música y el respeto al forastero ocupan un lugar central.

Odiseo pasa de ser náufrago en tierra extraña a huésped protegido, al que se le brinda descanso, alimento y la promesa de devolverlo seguro a su patria.

El episodio prepara para el Canto VIII, donde los juegos atléticos y los cantos de Demódoco revelan progresivamente la identidad de Odiseo y causan su catarsis emocional.

Estructura y contenido

1. Llegada a la ciudad y al palacio (vv. 1-77)   La reina Arete, personaje fundamental de la xenía feacia.
2. Écfrasis [2] del palacio de Alcínoo (vv. 78-132)   Descripción detallada del palacio y huerto.
3. La súplica a Arete y la acogida de Alcínoo (vv. 133-347)

Mientras Odiseo rogaba a Atenea en la playa (Canto VI), las mulas conducían a Nausícaa de regreso al palacio. Al llegar, sus hermanos desengancharon los animales y llevaron las ropas adentro. Nausícaa se dirigió a su habitación, donde la anciana Eurimedusa de Apira, su ama de cría y camarera, le encendía fuego y le aparejaba la cena (vv. 7-13). Eurimedusa, capturada en su juventud en Apire y traída como regalo honorífico para Alcínoo, había criado a la princesa en el palacio,

Odiseo, envuelto en una nube por Atenea emprende el camino a la ciudad. Ya en la entrada, se le aparece la diosa transfigurada en joven doncella que llevaba un cántaro, que se muestra dispuesta a guiarlo hasta el palacio del rey. No bien llegaron lo instruye para acceder al interior:

... no se turbe tu ánimo, que el hombre, si es audaz, es más afortunado en lo que emprende... Ya en la sala, hallarás primero a la reina, cuyo nombre es Arete...
Odisea, VII [1]

Atenea le explica la importancia de suplicar primero a la reina Arete «si ella te fuere benévola, ten esperanza de ver a tus amigos y de llegar a tu casa de elevado techo y a tu patria tierra». Le detalla su genealogía: hija de Rexénor (hermano de Alcínoo, muerto joven por Apolo sin hijos varones), por lo que Alcínoo la tomó por esposa (su sobrina), honrándola como a ninguna otra mujer. De esta unión nacieron Nausícaa y otros cuatro hijos. Arete es venerada por su sabiduría y prudencia, resuelve contiendas y goza de gran influencia en el palacio y la ciudad.

La mansión resplandecía con el brillo del sol o de la luna:

... a derecha e izquierda corrían sendos muros de bronce desde el umbral al fondo; en lo alto de los mismos extendíase una cornisa de lapislázuli; puertas de oro... las dos jambas eran de plata y arrancaban del broncíneo umbral... Estaban a entrambos lados unos perros de plata y de oro, inmortales y exentos para siempre de la vejez, que Vulcano había fabricado con sabia inteligencia para que guardaran la casa del magnánimo Alcínoo...Había sillones arrimados a la una y a la otra de las paredes y cubríanlos delicados tapices hábilmente tejidos... Sentábanse allí los príncipes feacios a beber y a comer, pues de continuo celebraban banquetes.

... Cincuenta esclavas tiene Alcínoo en su palacio: unas quebrantan con la muela el rubio trigo; otras tejen telas y, sentadas, hacen girar los husos, moviendo las manos cual si fuesen hojas de excelso plátano, y las bien labradas telas relucen como si destilaran aceite líquido...

... En el exterior del patio hay un gran jardín de cuatro yugadas... Allí han crecido grandes y florecientes árboles: perales, granados, manzanos de espléndidas pomas, dulces higueras y verdes olivos. Los frutos de estos árboles no se pierden ni faltan, ni en invierno ni en verano: son perennes; y el Céfiro, soplando constantemente, a un tiempo mismo produce unos y madura otros. La pera envejece sobre la pera, la manzana sobre la manzana, la uva sobre la uva y el higo sobre el higo. Allí han plantado una viña muy fructífera y parte de sus uvas se secan al sol en un lugar abrigado y llano, a otras las vendimian, a otras las pisan, y están delante las verdes, que dejan caer la flor, y las que empiezan a negrear.
Odisea, VII [1]

Contempló Odiseo admirado todo aquello y entra en la casa donde los caudillos y príncipes de los feacios ofrecían libaciones al vigilante Argicida, que era el último a quien las hacían cuando ya determinaban acostarse. Llega hasta donde estaba Arete y le implora:

¡Arete, hija de Rexénor, que parecía un dios! Después de sufrir mucho, vengo a tu esposo, a tus rodillas y a estos convidados, a quienes permitan los dioses vivir felizmente y legar sus bienes a los hijos que dejen en sus palacios así como también los honores que el pueblo les haya conferido. Mas, apresuraos a darme hombres que me conduzcan, para que muy pronto vuelva á la patria; pues hace mucho tiempo que ando lejos de los amigos, padeciendo infortunios.
Odisea, VII [1]

Dicho esto sentóse junto á la lumbre del hogar, en la ceniza; y todos enmudecieron y quedaron silenciosos; hasta que el anciano Equeneo que era el de más edad y descollaba por su elocuencia les arengó benévolamente y dijo:

¡Alcínoo! No es bueno ni decoroso para ti, que el huésped esté sentado en tierra, sobre la ceniza del hogar... Ea, pues, levántale, hazle sentar en una silla de clavazón de plata, y manda a los heraldos que mezclen vino para ofrecer libaciones á Júpiter... Y tráigale de cenar la despensera, de aquellas cosas que allá dentro se guardan.
Odisea, VII [1]

Y así hizo la sacra potestad de Alcínoo que alza a Odiseo y lo sienta en una silla espléndida que se la cede su muy querido hijo el valeroso Laodamante:

...Una esclava dióle aguamanos... puso delante de Odiseo una pulimentada mesa... la despensera trájole pan y dejó en la mesa buen número de manjares... comenzó a beber y a comer...
Odisea, VII [1]

El rey arenga a los presentes:

... Ahora, que habéis cenado, idos a acostar en vuestras casas: mañana, así que rompa el día, llamaremos a un número mayor de ancianos, trataremos al forastero como huésped en el palacio, ofreceremos a las deidades hermosos sacrificios, y hablaremos de la conducción de aquél para que pueda, sin fatigas ni molestias y acompañándole nosotros, llegar rápida y alegremente a su patria tierra, aunque esté muy lejos, y no haya de padecer mal ni daño alguno antes de tornar a su país...
Odisea, VII [1]

Odiseo le responde:

Alcínoo! Piensa otra cosa, pues no soy semejante ni en cuerpo ni en natural a los inmortales que poseen el anchuroso cielo, sino á los mortales hombres... dejadme cenar, aunque me siento angustiado; que no hay cosa tan importuna como el vientre, que nos obliga á pensar en él, aun hallándonos muy afligidos o con el ánimo lleno de pesares como me encuentro ahora, nos incita siempre a comer y a beber, y en la actualidad me hace echar en olvido todos mis trabajos, mandándome que lo sacie. Y vosotros daos prisa, así que se muestre la Aurora, y haced que yo, oh desgraciado, vuelva a mi patria, no obstante lo mucho que he padecido. No se me acabe la vida sin ver nuevamente mis posesiones...
Odisea, VII [1]

Todos aprobaron sus palabras y hechas las libaciones se recogieron en las respectivas moradas; excepto Odiseo, Arete y el deiforme Alcínoo, que conversan. La reina de interesa por el héroe: ¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Quién te dió esos vestidos? ¿No dices que llegaste vagando por el ponto?. Odiseo responde que difícil sería contar menudamente mis infortunios, pues me los enviaron en gran abundancia los dioses celestiales; mas te hablaré de aquello acerca de lo cual me preguntas é interrogas; y relata sus tribulaciones y peripecias desde que náufrago errante llegó a la isla de Ogigia hasta que Nausícaa lo acogió.

El rey, admirado, le ofrece la mano de su hija y le promete ayuda para llegar a su tierra:

... Ojalá, ¡por el padre Júpiter, Minerva y Apolo!, que siendo cual eres y pensando como yo pienso, tomases a mi hija por mujer y fueras llamado yerno mío, permaneciendo con nosotros. Diérate casa y riquezas, si de buen grado te quedaras; que contra tu voluntad ningún feacio te ha de detener...

Y desde ahora decido, para que lo sepas bien, que tu conducción se haga mañana... los compañeros remarán por el mar en calma hasta que llegues a tu patria y a tu casa, o a donde te fuere grato, aunque esté mucho más lejos que Eubea...
Odisea, VII [1]

Así conversaron.

Las esclavas preparan un lecho debajo del pórtico, lo proveen de hermosos cobertores de púrpura, extienden por encima tapetes y dejan afelpadas túnicas para abrigarse. Las doncellas salen del palacio con hachas encendidas y, acabada de hacer la cama, llaman a Odiseo: Levántate, huésped, y vete a acostar, que ya está hecha la cama

… Así dijeron, y le pareció grato dormir. De este modo el paciente divinal Ulises durmió allí, en torneado lecho, debajo del sonoro pórtico. Y Alcínoo se acostó en el interior de la excelsa mansión, y a su lado la reina, después de aparejarle lecho y cama.
Odisea, VII [1]

Temas y comentarios

El Canto VII nos introduce en el ideal mundo feacio. Odiseo está en la antesala de su catarsis que veremos en el banquete y juegos de Esqueria.

  1. Xenía ideal   Zeus Xenios es el patrón de la hospitalidad y a la vez el garante de su cumplimiento.
  2. Atenea protectora   La diosa cuida atentamente a Odiseo y lo guía.
  3. La reina Arete   Persona de buen entendimiento que dirime litigios. Benevolente. Honrada y respetada. Personaje central en la sociedad feacia, junto al rey.
  4. Utopía feacia   A la hospitalidad se añade la maravilla del esplendor arquitectónico. Ekphrasis [2] del palacio de Alcínoo.
  5. Ritos   Súplica ritual y discreción de Odiseo ante la reina Arete: le ruega tocando sus rodillas.

La descripción del palacio de Alcínoo como recurso literario

La descripción detallada del palacio y jardines de Alcínoo (vv. 81-132) es una de las primeras y más influyentes écfrasis [2] en la literatura occidental, comparable a la que el propio Homero hace del escudo de Aquiles [3] en la Ilíada (XVIII, 478-608).[3]

La narración se interrumpe para describir el palacio del rey como exponente de la utopía feacia:

La ekphrasis del palacio de Alcínoo hace de transición entre dos momentos dispares del periplo de Odiseo: antes, los episodios de naufragio, aislamiento y amenaza existencial (Cantos V y VI); después, la eutopía [n. 3] feacia con su abundancia perenne, perfección técnica y armonía social que restauran temporalmente la hospitalidad (xenía) y civilización en la vida de Odiseo.[4]

Odiseo plenamente humano

Tras la cena y la súplica de Odiseo a Arete, Alcínoo despide a los príncipes feacios y anuncia la asamblea del día siguiente para tratar al forastero como huésped (vv. 186-226). En un determinado momento (vv. 201-206 aprox.), el rey especula sobre la identidad de Odiseo, sugiriendo que podría ser un dios disfrazado bajado del cielo, pues los feacios están acostumbrados a que los inmortales se aparezcan sin disfraz cuando reciben sacrificios espléndidos.

Alcínoo afirma que su pueblo es muy cercano a los dioses por linaje (descendientes de Poseidón y emparentados con razas míticas como Cíclopes y Gigantes), lo que explica su trato cotidiano con lo divino y su sociedad utópica protegida.

Homero establece que los feacios descienden de Nausítoo, hijo de Poseidón y Peribea, hija de Eurimedonte, rey de los Gigantes. Por tanto, están emparentados por linaje con los Gigantes. Además, Polifemo, el Cíclope, es también hijo de Poseidón y de la ninfa Toosa, lo que establece un vínculo indirecto entre los feacios y los Cíclopes a través del mismo padre divino.

Los feacios, civilizados y hospitalarios, comparten un abuelo divino —Poseidón— con los Cíclopes, salvajes y sin leyes.

Odiseo responde negando divinidad alguna (vv. 207-225), presentándose como mortal vulnerable, marcado por sufrimientos y penalidades sin fin. Los feacios, medio divinos (descendientes de Poseidón, trato directo con inmortales, protección mágica y utopía aislada), contrastan con Odiseo, totalmente humano, náufrago suplicante dependiente de la xenía.

La humanidad de Odiseo queda reforzada por su petición pragmática (vv. 215-221): pide que le dejen cenar, reconociendo que el vientre es el más importuno de los tiranos, capaz de obligar a comer y beber incluso en medio del mayor dolor o aflicción:

... Mas dejadme cenar, aunque me siento angustiado; que no hay cosa tan importuna como el vientre, que nos obliga a pensar en él, aun hallándonos muy afligidos o con el ánimo lleno de pesares como me encuentro ahora, nos incita siempre a comer y a beber, y en la actualidad me hace echar en olvido todos mis trabajos, mandándome que lo sacie.
Odisea, VII [1]

Frente a la imagen idealizada de los feacios (cercanos a los dioses, con banquetes eternos) se subraya la humanidad vulnerable de Odiseo: el hambre y las necesidades corporales vencen al sufrimiento épico y al duelo del héroe.

La Odisea, de Homero

Notas

Referencias

Bibliografía

Véase también

Enlaces externos

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