Odisea (Canto XIV)

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… y Eumeo se fue a acostar en la concavidad de una elevada peña, donde los puercos de blanca dentadura dormían al abrigo del Bóreas

El Canto XIV de la Odisea de Homero (titulado «Conversación de Ulises con Eumeo» en la versión de Segalá, 1910),[1] forma parte de la sección conocida como «La venganza en Ítaca» o tercera parte tradicional del poema (cantos XIII al XXIV), tras la Telemaquia (cantos I-IV) y las aventuras narradas por el propio héroe en la corte de los feacios (cantos V-XII). En este canto, Odiseo, ya desembarcado en Ítaca con la ayuda de los feacios y disfrazado por Atenea como un anciano mendigo harapiento, se dirige a la majada del porquerizo Eumeo, uno de sus siervos más fieles.

El episodio marca el inicio de la fase de reconocimiento y preparación de la venganza contra los pretendientes de Penélope. Se sitúa en un entorno rústico y pastoril, en contraste con los escenarios palaciegos o marítimos anteriores, y enfatiza temas como la xenía (hospitalidad), la mētis (astucia) de Odiseo y la fidelidad de los servidores leales frente a los usurpadores en el palacio. El canto transcurre casi íntegramente como un diálogo entre Odiseo (disfrazado) y Eumeo, con intervenciones mínimas de Atenea, y sirve de transición hacia el reencuentro con Telémaco en los cantos XV y XVI.

Tras desembarcar en Ítaca (Canto XIII) y recibir de Atenea el consejo de no revelarse inmediatamente, Odiseo abandona el puerto y asciende por un sendero escarpado y boscoso hacia las colinas, donde se encuentra la majada que Eumeo, el porquerizo, ha construido para cuidar los cerdos del ausente señor. La descripción detalla la sólida construcción de la majada —edificada con piedras, coronada de espino y rodeada de una empalizada— como símbolo de la diligencia y lealtad del siervo.

Eumeo recibe al desconocido mendigo con hospitalidad ejemplar, a pesar de su propio estado de tristeza por la larga ausencia de Odiseo, a quien cree muerto. Le ofrece asiento sobre una piel de cabra, comida (carne de cerdo) y vino, lamentándose de la situación en el palacio: los pretendientes consumen impunemente los bienes de Odiseo, mientras Penélope y Telémaco sufren. Eumeo expresa su profundo afecto y fidelidad hacia su antiguo amo, a quien describe con nostalgia, y manifiesta su temor de que Telémaco, que ha partido en busca de noticias, pueda caer en una emboscada tendida por los pretendientes.

Odiseo, manteniendo su disfraz, entabla una larga conversación con el porquerizo. Le asegura que Odiseo aún vive y regresará pronto para vengarse de los usurpadores. Para ganarse la confianza de Eumeo y sonsacarle información sin descubrirse, el héroe inventa una extensa historia falsa sobre su origen: se presenta como un cretense de noble linaje que luchó en Troya, acumuló riquezas en expediciones a Egipto, sufrió naufragios y esclavitud, y terminó como mendigo errante. Este relato mentiroso o pseudología,[2] que ocupa gran parte del canto, es ejemplo de la astucia odiseica.

Eumeo, aunque conmovido y hospitalario, no cree del todo en el presagio de un rápido regreso de su señor y expresa escepticismo ante las promesas del mendigo. La conversación revela el carácter noble de Eumeo —un siervo que, pese a su humilde condición, encarna valores aristocráticos de lealtad y piedad— y contrasta con la conducta desleal de otros servidores y de los pretendientes.

El canto concluye con Odiseo y Eumeo compartiendo la velada en un ambiente de sencilla hospitalidad, hasta que ambos se disponen para el sueño: Odiseo, junto al fuego; Eumeo «en la concavidad de una elevada peña, donde los puercos de blanca dentadura dormían al abrigo del Bóreas» (vv. 523 y ss.)[1]

Estructura y contenido

El canto se desarrolla en un único escenario principal (la majada de Eumeo).

  1. Llegada y recepción (vv. 1-114)   Odiseo asciende a la majada; descripción de la construcción; acogida hospitalaria de Eumeo.
  2. Lamentos y conversación inicial (vv. 115-190)   Eumeo expresa su dolor por Odiseo y la situación del palacio; menciona la posible emboscada a Telémaco.
  3. Relato ficticio de Odiseo (vv. 191-445)   El extenso pseudos [2] cretense, que incluye aventuras inventadas en Troya, Egipto y otros lugares, destinado a probar la credibilidad y obtener información.
  4. Respuesta de Eumeo y cierre (vv. 446-final)   Eumeo mantiene su escepticismo respecto al regreso de Odiseo. Noche en la majada.

Llegada y recepción

Odiseo acosado por los perros de Eumeo

Atenea había transformado a Odiseo en un anciano harapiento (final del Canto XIII): «… le arrugó el hermoso cutis en los ágiles miembros, le rayó de la cabeza los blondos cabellos, púsole la piel de todo el cuerpo de tal forma que parecía la de un anciano, hízole sarnosos los ojos, antes tan bellos; vistióle unos harapos y una túnica, que estaban rotos, sucios y manchados feamente por el humo; le echó encima el cuero grande, sin pelambre ya, de una veloz cierva; y le entregó un palo y un astroso zurrón lleno de agujeros, con su correa retorcida.» [3]

Así disfrazado emprendió «áspero camino por lugares selvosos» en busca del porquerizo al que halló sentado frente a la majada que él mismo había construido:

… empleando piedras de acarreo y cercándola con un seto espinoso. Puso fuera de la majada, acá y allá, una larga serie de espesas estacas, que había cortado del corazón de unas encinas; y construyó dentro doce pocilgas muy juntas en que se echaban los puercos…
Odisea XIV [1]

La majada estabulaba a 960 puercos en doce pocilgas: 600 hembras paridas —50 por pocilga— y 360 machos. Cuatro perros, «semejantes a fieras», hacían la guardia. Eumeo, el porquerizo, era asistido por cuatro pastores. A la sazón, tres de ellos estaban con las piaras mientras que «el cuarto había sido enviado a la ciudad por Eumeo a llevarles a los orgullosos pretendientes el obligado puerco que inmolarían para saciar con la carne su apetito».

Estaba Eumeo cortando un cuero de buey para hacerse unas sandalias cuando los perros ven aproximarse a Odiseo y lo acosan. Eumeo los detiene a tiempo:

«¡Oh anciano! Poco faltó para que los perros te despedazaran súbitamente, con lo cual me habrías causado gran oprobio. Ya los dioses me tienen dolorido y me hacen gemir por una causa bien distinta; pues mientras lloro y me angustio, pensando en mi señor, igual a un dios, he de criar estos puercos grasos para que otros se los coman; y quizás él esté hambriento y ande peregrino por pueblos y ciudades de gente de extraño lenguaje, si aún vive y contempla la lumbre del sol»
Odisea XIV [1]

Sin dudarlo un instante Eumeo brinda su hospitalidad al desconocido —«no me es lícito despreciar al huésped que se presente, aunque sea más miserable que tú»— recordando agradecido a Odiseo:

… «las deidades atajaron sin duda la vuelta del mío, el cual, amándome sobre todo extremo, me hubiese proporcionado una posesión, una casa, un peculio y una mujer hermosa; todo lo cual da un amo benévolo a su siervo, cuando ha trabajado mucho para él y las deidades hacen prosperar su obra como hicieron prosperar ésta en que me ocupo. Grandemente me ayudara mi señor, si aquí envejeciese; pero murió ya: ¡así hubiera perecido completamente la estirpe de Helena, por la cual a tantos hombres les quebraron las rodillas! Que aquél fue a Troya, la de hermosos corceles, para honrar a Agamenón combatiendo contra los teucros»
Odisea XIV [1]

Lamentos y conversación inicial

Eumeo sirve comida y vino al desconocido, sin poder evitar lamentarse del abuso de los pretendientes de Penélope en Ítaca:

…«muy tranquilos consumen los bienes orgullosa e inmoderadamente. En ninguno de los días ni de las noches, que proceden de Zeus, se contentan con sacrificar una víctima, ni dos tan sólo; y agotan el vino, bebiéndolo sin tasa alguna»
Odisea XIV [1]

A pesar de la cuantiosa hacienda de su amo —vacadas, greyes de ovejas, piaras de cerdos, manadas y hatos de cabras— el porquerizo ve con preocupación el abuso de los nobles en Ítaca pues todos los días les envía una res, una cabra y el mejor de los puercos.

Odiseo escucha en silencio mientras come, «maquinando males contra los pretendientes». Al terminar, en su papel de forastero desconocido, pregunta a Eumeo quién es ése su amo «tan opulento y poderoso»:

… «Nómbramelo por si en alguna parte hubiese conocido a tal hombre. Zeus y los dioses inmortales saben si lo he visto y podré darte alguna nueva, pues anduve perdido por muchos pueblos»
Odisea XIV [1]

Eumeo no duda de que su querido amo ha muerto:

… «ya los perros y las veloces aves han debido de separarle la piel de los huesos, y el alma le habrá dejado; o quizás los peces lo devoraron en el ponto y sus huesos yacen en la playa, dentro de un gran montón de arena. De tal suerte murió aquél y nos ha dejado pesares a todos sus amigos y especialmente a mí, que ya no hallaré un amo tan benévolo en ningún lugar a que me encamine, ni aun si me fuere a la casa de mi padre y de mi madre donde nací y ellos me criaron. Y lloro no tanto por los mismos, aunque deseara verlos con mis ojos en la patria tierra, como porque me aqueja el deseo del ausente Ulises; a quien, oh huésped, temo nombrar, no hallándose acá, pues me amaba mucho y se preocupaba por mí en su corazón, y yo le llamo hermano del alma por más que esté lejos»
Odisea XIV [1]

El 'desconocido' le asegura categórico que Odiseo volverá —«Ulises vendrá aquí este mismo año; al terminar el corriente mes y comenzar el otro volverá a su casa, y se vengará de quien ultraje a su mujer y a su preclaro hijo»—. Lo afirma el desconocido, que había dicho aborrecer a quien «refiere embustes» —y precisamente él está siendo un embustero con su disfraz de mendigo—.

Eumeo se reafirma en su seguridad de que Odiseo no volverá jamás —«bebe tranquilo, cambiemos de conversación y no me traigas tal asunto a la memoria; que el ánimo se me aflige en el pecho cada vez que oigo mentar a mi venerable señor»— y se interesa por conocer quién es el 'anciano':

«Ea, anciano, refiéreme tus cuitas, y dime la verdad de esto para que yo me entere: ¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y tus padres? ¿En cuál embarcación llegaste? ¿Cómo los marineros te trajeron a Ítaca? ¿Quiénes se precian de ser? Pues no me figuro que hayas venido andando»
Odisea XIV [1]

Relato ficticio de Odiseo

El 'anciano' desconocido refiere su historia (vv. 191-359):[1]

Es un cretense de origen noble pero ilegítimo.
— «Por mi linaje, me precio de ser natural de la espaciosa Creta, donde tuve por padre un varón opulento. Otros muchos hijos le nacieron también y se criaron en el palacio, todos legítimos, de su esposa, mientras que a mí me parió una mujer comprada que fue su concubina; pero guardábame igual consideración que a sus hijos legítimos»

— «Diéronme Marte y Minerva audacia y valor para destruir las huestes de los contrarios […] era quien primero mataba con la lanza al enemigo que no me aventajase en la ligereza de sus pies. De tal modo me conducía en la guerra. No me gustaban las labores campestres, ni el cuidado de la casa que cría hijos ilustres, sino tan solamente las naves con sus remos, los combates, los pulidos dardos y las saetas»

— «Ya antes que los aqueos pusieran el pie en Troya, había capitaneado nueve veces hombres y navíos de ligero andar contra extranjeras gentes, y todas las cosas llegaban a mis manos en gran abundancia […] fui poderoso y respetado entre los cretenses»
Tras luchar en la guerra de Troya, dice que había organizado una expedición a Egipto capitaneada por él junto con Idomeneo, uno de los pretendientes de Helena de Troya.
— «cuando dispuso el longividente Júpiter aquella expedición odiosa, en la cual a tantos varones les quebraron las rodillas, se nos mandó a mí y al perínclito Idomeneo que fuéramos capitanes de los bajeles que iban a Ilión,[4] y no hubo medio de negarse por el temor de adquirir mala fama entre el pueblo. Allá peleamos los aqueos nueve años y al décimo, asolada por nosotros la ciudad de Príamo, partimos en las naves hacia nuestras casas…»

— «…luego llevóme el ánimo a navegar hacia Egipto, preparando debidamente los bajeles con los compañeros iguales a los dioses. Equipé nueve barcos y pronto se reunió la gente necesaria. Seis días pasaron mis fieles compañeros celebrando banquetes […] Al séptimo subimos a los barcos y, partiendo de la espaciosa Creta, navegamos al soplo de un próspero y fuerte Bóreas […] En cinco días llegamos al río Egipto, de hermosa corriente, en el cual detuve las corvas galeras. Entonces, después de mandar a los fieles compañeros que se quedasen a custodiar las embarcaciones, envié espías a los lugares oportunos para explorar la comarca»
En Egipto sus hombres saquearon el país y fueron derrotados. Él se salvó suplicando al rey egipcio y vivió allí siete años acumulando riquezas.
— … «los míos, cediendo a la insolencia por seguir su propio impulso, empezaron a devastar los hermosos campos de los egipcios; y se llevaban las mujeres y los niños, y daban muerte a los varones. No tardó el clamoreo en llegar a la ciudad […] el campo se llenó de infantería, de jinetes y de reluciente bronce; Júpiter, que se huelga con el rayo, envió a mis compañeros la perniciosa fuga […] Allí nos mataron con el agudo bronce muchos hombres, y a otros se los llevaron para obligarles a trabajar en pro de los ciudadanos. A mí el mismo Júpiter púsome en el alma esta resolución […] al instante me quité de la cabeza el bien labrado yelmo y de los hombros el escudo, arrojé la lanza lejos de las manos y me fui hacia los corceles del rey a quien abracé por las rodillas, besándoselas. El rey me protegió y salvó; pues, haciéndome subir al carro en que iba montado, me condujo a su casa mientras mis ojos despedían lágrimas. Acometiéronme muchísimos con sus lanzas de fresno e intentaron matarme, porque estaban muy irritados; pero aquél los apartó, temiendo la cólera de Júpiter hospitalario […] Allí me detuve siete años y junté muchas riquezas entre los egipcios, pues todos me daban alguna cosa»
Luego se unió a un fenicio que lo traicionó con la intención de venderlo como esclavo. Una tormenta hundió el barco.
— [al octavo año] «presentóse un fenicio muy trapacero y falaz, que ya había causado a otros hombres multitud de males; y, persuadiéndome con su ingenio, llevóme a Fenicia donde se hallaban su casa y sus bienes. Estuve con él un año entero […] urdió otros engaños y me llevó a la Libia en su nave, surcadora del ponto, con el aparente fin de que le ayudase a conducir sus mercancías; pero en realidad, para venderme allí por un precio cuantioso. Tuve que seguirle, aunque ya sospechaba algo, y me embarqué en su bajel. Corría éste por el mar al soplo de un próspero y fuerte Bóreas, a la altura de Creta; y en tanto meditaba Júpiter cómo a la perdición lo llevaría.»

— «Júpiter colocó por cima de la cóncava embarcación una parda nube, debajo de la cual se obscureció el ponto, despidió un trueno y simultáneamente arrojó un rayo en nuestra nave: ésta se estremeció al ser herida por el rayo de Júpiter, llenándose del olor del azufre; y mis hombres cayeron en el agua. Llevábalos el oleaje alrededor del negro bajel y un dios les privó de la vuelta a la patria
Él sobrevivió al naufragio de los fenicios y llegó a la tierra de los tesprotos, donde lo acogió el rey Fidón.
— «[…] el propio Júpiter echóme en las manos el mástil larguísimo de la nave de azulada proa, para que aun entonces escapase de la desgracia. Abrazado con él fui juguete de los perniciosos vientos durante nueve días; y al décimo, en una noche obscura, ingente ola me arrojó a la tierra de los tesprotos. Allí el héroe Fidón, rey de los tesprotos, acogióme graciosamente […] me llevó a la mansión del padre, cuando ya me rendían el frío y el cansancio, y me entregó un manto y una túnica para que me vistiera»
El 'anciano' supo por el rey Fidón que el verdadero Odiseo había estado recientemente allí, había consultado el oráculo de Dodona y pronto regresaría a Ítaca.
— «Allí me hablaron de Ulises: participóme el rey que le estaba dando amistoso acogimiento y que ya el héroe iba a volver a su patria tierra; y me mostró todas las riquezas que Ulises había juntado en bronce, oro y labrado hierro, con las cuales pudieran mantenerse un hombre y sus descendientes hasta la décima generación: ¡tantos objetos preciosos tenía en el palacio de aquel monarca! Añadió que Ulises se hallaba en Dodona para saber por la alta encina la voluntad de Júpiter sobre si convendría que volviese manifiesta o encubiertamente al rico país de Ítaca, del cual habíase ausentado hacía mucho tiempo»
Fidón lo traiciona. Sus marineros, que debían llevarlo a la patria, lo apresan como esclavo. Avistando ya los campos de Ítaca, lo visten con unos harapos y lo amarran con una soga mientras ellos bajan a tierra a cenar.
— «[Fidón] juró en mi presencia, ofreciendo libaciones en su casa, que ya habían botado al mar la nave y estaban a punto los compañeros para conducirlo a su patria tierra. Pero antes despidióme a mí, porque se ofreció casualmente una nave de marineros tesprotos que iba a Duliquio, la abundosa en trigo. Mandóles que me llevasen con toda solicitud al rey Acasto; mas a ellos les plugo tomar una perversa resolución, para que aún me cayeran encima toda suerte de desgracias e infortunios. Así que la nave surcadora del ponto, estuvo muy distante de la tierra, decidieron que hubiese llegado para mí el día de la esclavitud; y, desnudándome del manto y de la túnica que llevaba puestos, vistiéronme estos miserables harapos y esta túnica, llenos de agujeros, que ahora contemplas con tus ojos. Por la tarde vinimos a los campos de Ítaca, que se ve de lejos; en llegando, atáronme fuertemente a la nave de muchos bancos con una soga retorcida, y acto continuo saltaron en tierra y tomaron la cena a orillas del mar»
… pero los dioses lo liberaron y nadando logró pisar tierra donde al fin encontró «la majada de un varón prudente», Eumeo.
— […] los propios dioses desligáronme fácilmente las ataduras; y entonces, liándome yo los harapos a la cabeza, me deslicé por el pulido timón, di a la mar el pecho, nadé con ambas manos, y muy pronto me hallé alejado de aquellos y fuera de su alcance. Salí del mar adonde hay un bosque de florecientes encinas y me quedé echado en tierra; ellos no cesaban de agitarse y de proferir hondos suspiros, pero al fin no les pareció ventajoso continuar la busca y tornaron a la cóncava nave; y los dioses me encubrieron con facilidad y me trajeron a la majada de un varón prudente porque quiere el hado que mi vida sea más larga»

Respuesta de Eumeo y cierre

Eumeo se muestra «hondamente conmovido» por cuanto padeció y erró 'el anciano' de una parte a otra. Sin embargo sigue incrédulo respecto a que Odiseo viva:

… «no me parece que hayas hablado como debieras en lo referente a Ulises, ni me convencerás con tus palabras. ¿Qué es lo que te obliga, siendo cual eres, a mentir inútilmente? Sé muy bien a qué atenerme con respecto a la vuelta de mi señor, el cual debió de serles muy odioso a todas las deidades cuando éstas no quisieron que acabara sus días entre los teucros, ni en brazos de sus amigos después que terminó la guerra; pues entonces todos los aqueos le habrían erigido un túmulo y hubiese legado a su hijo una gloria inmensa. Ahora desapareció sin fama, arrebatado por las Harpías»
Odisea XIV (360-389) [1]

El fiel sirviente no quiere escuchar más noticias sobre Odiseo ni interrogar a los recién llegados que llegan al palacio o a su majada. Está cansado y escéptico tras años de falsas esperanzas:

… «no me place escudriñar ni preguntar cosa alguna desde que me engañó con sus palabras un hombre etolo, el cual, habiendo vagado por muchas regiones a causa de un homicidio, llegó a mi morada y le traté afectuosamente. Aseguró que había visto a Ulises en Creta, junto a Idomeneo, donde reparaba el daño que en sus embarcaciones causaran las tempestades; y dijo que llegaría hacia el verano o el otoño con muchas riquezas, y juntamente con los compañeros iguales a los dioses. Y tú, oh viejo que tantos males padeciste, ya que un dios te ha traído a mi casa, no quieras congraciarte ni halagarme con embustes; que no te respetaré ni te querré por esto, sino por el temor de Júpiter hospitalario y por la compasión que me inspiras»
Odisea XIV (360-389) [1]

Estando en esta conversación fue llegando la hora de encerrar las marranas en sus pocilgas para que durmiesen. Eumeo dispuso que un «gordísimo puerco de cinco años» fuera llevado junto al hogar y lo sacrificó; a pesar de su escepticismo por la vuelta del amo pidió a los dioses «que el prudente Ulises tornara a su casa». Después repartió la carne formando siete porciones:

… ofreció una a las Ninfas y a Mercurio, hijo de Maya, a quienes dirigió votos, y distribuyó las demás a los comensales, honrando a Ulises con el ancho lomo del puerco de blanca dentadura
Odisea XIV [1]

El 'desconocido harapiento' rinde su reconocimiento:

«¡Ojalá seas, oh Eumeo, tan caro al padre Júpiter como a mí mismo, pues, aun estando como estoy, me honras con excelentes dones!»
Odisea XIV (440-441) [1]

Sin sospecharlo siquiera Eumeo está compartiendo la comida y el «negro vino» con su señor. Mesaulio repartió el pan que había comprado a unos tafios y «todos echaron mano a las viandas que tenían delante».

Declinando el día —«sobrevino una noche mala y sin luna, en la cual Júpiter llovió sin cesar, y el lluvioso Céfiro sopló constantemente y con gran furia»— el 'desconocido' se muestra locuaz por el vino —que «mueve a revelar cosas que más conviniera tener calladas»— y evoca, una vez más, el 'recuerdo' de una emboscada de 'cuando estuvo en Troya':

… «Eran sus capitanes Ulises y Menelao Atrida, y yo iba como tercer jefe, pues ellos mismos me lo ordenaron… Sobrevino una noche mala, glacial; porque soplaba el Bóreas, caía de lo alto una nieve menuda y fría, como escarcha, y condensábase el hielo en torno de los escudos. Los demás, que tenían mantos y túnicas, estaban durmiendo tranquilamente con las espaldas cubiertas por los escudos; pero yo, al partir, cometí la necedad de entregar el manto á mis compañeros… Mas, tan luego como la noche hubo llegado a su último tercio y ya los astros declinaban, toqué con el codo a Ulises, que estaba cerca y me atendió muy pronto, y díjele de esta guisa:
¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Ya no me contarán en el número de los vivientes, porque el frío me rinde. No tengo manto…
¡Calla! No sea que te oiga alguno de los aqueos.
y, estribando sobre el codo, levantó la cabeza y comenzó a hablar de esta manera:
«vaya alguno a decir al Atrida Agamenón, pastor de hombres, si nos enviará más guerreros de junto a los barcos

Tal dijo; y levantándose con presteza Toante, hijo de Andremón, arrojó el purpúreo manto y se fue corriendo hacia las naves. Me envolví en su vestido, me acosté alegremente y en seguida apareció la Aurora, de áureo trono»
Odisea XIV (462-502) [1]

El 'anciano', que ahora tiene frío como 'aquella noche', echa de menos la ayuda como entonces dice que la tuvo:

«Ojalá fuese tan joven y mis fuerzas se hallaran tan robustas como entonces, pues alguno de los porquerizos de esta cuadra me daría su manto por amistad y por respeto a un valiente; mas ahora me desprecian porque cubren mi cuerpo miserables vestidos»
Odisea XIV (503-506) [1]

Eumeo atiende hospitalario la demanda del 'viejo':

«¡Oh viejo! El relato que acabas de hacer es irreprochable, y nada has dicho que sea inútil o inconveniente: por esto no carecerás ni de vestido ni de cosa alguna que deba obtener el infeliz suplicante que nos sale al encuentro»
Odisea XIV (507-517) [1]

Dichas estas palabras preparó para el huésped una cama junto al fuego y «echóle un manto muy tupido y amplio que guardaba para mudarse siempre que alguna recia tempestad le sorprendía». Sin embargo él «se fue a acostar en la concavidad de una elevada peña, donde los puercos de blanca dentadura dormían al abrigo del Bóreas».

Temas y comentarios

  1. Importancia de la xenía incluso en ambientes humildes   Eumeo, pese a la sencillez de su modo de vida cumple rigurosamente los deberes de hospitalidad mejor que los nobles pretendientes en el palacio. La ética no depende del estatus social.
  2. Valor de la lealtad   Eumeo encarna la fidelidad absoluta al señor ausente: protege y administra con esmero los bienes de Odiseo. En contraposición, otros servidores de la casa —como el cabrero Melantio que aparecerá más adelante—[5] se han aliado con los pretendientes y contribuyen al saqueo sistemático de la hacienda.
  3. Astucia (mētis) de Odiseo   El 'anciano harapiento' (el propio héroe) elabora una intrincada mentira para presentarse a Eumeo.

Aspectos teatrales: unidad de espacio e ironía dramática

Uno de los rasgos más notables del Canto XIV es su estructura casi enteramente dialogada.[6] Excepto la narración descriptiva de los versos iniciales —llegada de Odiseo a la majada, la descripción del recinto, las pocilgas y las piaras el canto consiste esencialmente en una conversación entre Eumeo y Odiseo disfrazado de mendigo anciano. Desde el verso 53,[1] Homero desarrolla un episodio sin acción ni intervenciones divinas que contrasta con los cantos anteriores mucho más narrativos (Od. V-XII),[1] subrayando el cambio de ritmo y tono en esta fase del poema.

El diálogo destaca por su tono íntimo y realista en un entorno rural y humilde. Los parlamentos son introducidos en ocasiones con la fórmula épica característica «Y tú le contestaste así…» (vv. 55, 165, 360, 442 y 507)[1] —la voz del propio aedo, Homero—. El uso de la segunda persona como apóstrofe (apostrophē) expresa afecto a Eumeo por su lealtad.[7]

El diálogo del Canto XIV cumple una importante función dramática. Al limitar la narración a un único escenario (la majada), Homero crea una escena que anticipa técnicas propias del teatro utilizando un recurso que siglos después sería clave en el teatro griego: la unidad de espacio.[8] [9]

El canto funciona como un «drama en miniatura»[10] en el que se exploran las emociones y los valores de los personajes a través de la conversación:[11] la nostalgia y la lealtad de Eumeo, la astucia calculada de Odiseo y la tensión entre esperanza y escepticismo.

Es relevante la ironía dramática que domina todo el episodio: [6] [11] el lector sabe desde el principio que el 'mendigo harapiento' es el propio héroe, mientras que Eumeo lo ignora; ironía que añade emoción [12] y humor al diálogo:

  • Eumeo pasa todo el canto lamentando la 'pérdida' de su señor y elogiando su nobleza —diciéndoselo al propio Odiseo—
  • Trata al 'mendigo' con un respeto y una generosidad que, según él mismo dice, ofrece porque así lo querría su amo 'desaparecido' —al que le está hablando—
  • Cuenta que un mendigo etolio lo engañó con 'falsas' noticias del regreso de Odiseo —que lo tiene delante—
  • El 'anciano' le jura solemnemente a Eumeo que 'Odiseo regresará' pronto —y ya regresó—
  • El 'anciano' cuenta una historia inventada para conseguir una manta y no pasar frío. Según él, 'el Odiseo' de Troya lo había ayudado: el héroe se alaba a sí mismo y manipula a Eumeo, quien se siente orgulloso de servir a 'alguien que conoció a su señor'.

El diálogo como acción

En literatura, existen dos formas de contar: la diégesis (el narrador cuenta lo sucedido en tercera persona) y la mímesis (la acción se muestra directamente a través de las propias palabras y gestos de los personajes). Aristóteles, en su Poética, elogia a Homero precisamente por el modo mimético de su narración: a diferencia de otros poetas épicos que hablan continuamente con su propia voz, Homero se oculta en gran medida y le cede la palabra a sus personajes, haciendo que la epopeya se acerque al drama:

Homero es digno de alabanza por muchas otras razones, pero sobre todo por ser el único de los poetas que no ignora lo que debe hacer. Personalmente, en efecto, el poeta debe decir muy pocas cosas; pues, al hacer esto, no es imitador.
Ahora bien, los demás continuamente están en escena ellos mismos, e imitan pocas cosas y pocas veces. Él, en cambio, tras un breve preámbulo, introduce al punto un varón o una mujer, o algún otro personaje, y ninguno sin carácter, sino caracterizado.

El Canto XIV ejemplifica esta técnica. Tras una breve descripción inicial de la majada, la narración se reduce casi por completo al diálogo entre Eumeo y el 'mendigo' (Odiseo disfrazado). El diálogo mismo se convierte en la acción.[9] La tensión dramática surge del intento de Odiseo por ganarse la confianza del porquerizo mediante una de sus elaboradas mentiras cretenses, frente a la resistencia prudente de Eumeo que anhela el regreso de su señor pero desconfía de las falsas esperanzas que ya otros forasteros han intentado ofrecerle.

A lo largo de la conversación va cambiando la relación entre ambos personajes:

  • Eumeo, el humilde porquero, brinda al 'forastero' una hospitalidad genuina, demostrando que la nobleza es un rasgo del carácter y no sólo del linaje. Pero recibe a Odiseo por puro deber religioso. Cumple con la xenía (ley de hospitalidad) porque «todos los forasteros y pobres son de Zeus». Es una actitud fría; da de comer porque Dios le obliga.
  • Eumeo se muestra afectivamente vulnerable: habla con dolor y nostalgia de su señor ausente, de Telémaco (a quien teme que los pretendientes maten) y de cómo los pretendientes están arruinando la casa. Expresa lealtad profunda y tristeza sincera delante de un desconocido (que en realidad es su amo). Para Odiseo, este afecto es señal de que a pesar de los años transcurridos todavía tiene un hogar al que volver.
  • Odiseo, con su falsa historia exhibe la mētis (astucia) del héroe, quien adapta su relato a la psicología del interlocutor para probar su lealtad antes de descubrirse:
— Se presenta como cretense, hijo ilegítimo de un hombre rico, lo que le da un aura de aristócrata caído en desgracia.
— Dice que nunca le gustó la vida doméstica ni el trabajo del campo; siempre prefirió las naves, las batallas y el botín. De ese modo, refleja la naturaleza del propio Odiseo (guerrero y viajero), captando la atención de Eumeo.
— Afirma que luchó en Troya al mando de sus hombres (no como líder principal, pero con honor). Esto le permite hablar de Odiseo como un compañero de armas, creando cercanía a él sin sospecha.
— Después de volver de Troya, organizó una expedición a Egipto; sus hombres desobedecieron y saquearon el país; los egipcios contraatacaron y mataron o esclavizaron a casi todos; sólo él se salvó suplicando al rey egipcio y vivió allí siete años acumulando riquezas. Con ello, muestra su capacidad de supervivencia y un pasado de riqueza perdida.
— Se unió a un fenicio que lo hospedó pero planeaba venderlo como esclavo; una tormenta hundió el barco; él sobrevivió nueve días agarrado al mástil y llegó a la tierra de los tesprotos. Añade más drama con verosimilitud (los naufragios eran comunes); refuerza la imagen de un hombre que ha vivido y sufrido mucho.
— En casa del rey tesproto Fidón, le contaron que Odiseo había estado allí recientemente, había consultado el oráculo de Dodona y planeaba regresar pronto a Ítaca. El huésped 'prueba' a Eumeo con detalles concretos que su señor está vivo y volverá. Eumeo, lo anhela, pero teme las falsas esperanzas; sin embargo, recibe la noticia de alguien que parece creíble.
— Finalmente, los marineros que lo llevaban a Duliquio intentaron venderlo como esclavo; lo ataron, pero los dioses lo liberaron y escapó en Ítaca vestido de harapos. Explica su apariencia de mendigo.
  • A medida que avanza el diálogo, Eumeo pasa de la cautela al afecto. El relato falso de Odiseo (la elaborada mentira cretense) actúa como catalizador; aunque mantiene su escepticismo racional —«no me parece que hayas hablado como debieras en lo referente a Ulises, ni me convencerás con tus palabras. ¿Qué es lo que te obliga, siendo cual eres, a mentir inútilmente? Sé muy bien a qué atenerme con respecto a la vuelta de mi señor»— poco a poco su tono se suaviza: emplea expresiones más cálidas, lo llame «huésped sin ventura», se preocupa por el bienestar físico del anciano y, al final del canto, le prepara un lecho y le cede su propio manto a pesar de la lluvia y el frío.
  • Eumeo es la referencia ética que le demuestra a Odiseo que la lealtad todavía existe. La sucesión de 'confidencias' entre ambos humaniza a Odiseo antes de que se convierta en el ejecutor implacable de su venganza al final de la obra.

Esta técnica narrativa, que hace del diálogo el verdadero motor de la trama, ha sido señalada por diversos estudiosos como un elemento que anticipa recursos del teatro ático.[6]


La Odisea, de Homero

Referencias

Bibliografía

Véase también

Enlaces externos

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