Odisea (Canto VIII)
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El Canto VIII de la Odisea de Homero, subtitulado Presentación de Ulises a los feacios según la versión en prosa de Luis Segalá y Estalella (1910),[1] o Los juegos de los feacios, es el tercero de los cuatro cantos (o libros) [n. 1] que conforman el «episodio de los feacios» (cantos VI al VIII y XIII). En él se muestra la civilización feacia: un pueblo navegante, próspero y refinado, que valora por encima de todo la hospitalidad (xenía), el banquete, la música, el deporte y el arte del canto.
Odiseo, huésped aún desconocido, es agasajado en el palacio de Alcínoo. A través de los cantos del aedo Demódoco sobre Troya, los juegos atléticos y la confrontación con Euríalo, se revela gradualmente el doloroso pasado del héroe, preludio de la revelación de su identidad y de su narración autobiográfica (Apólogos).
El rey Alcínoo, impresionado por la presencia majestuosa del extranjero (embellecido en secreto por Atenea), convoca una asamblea para organizar el regreso de su huésped a Ítaca, su patria. Se prepara una nave y se celebra un gran banquete en su honor, amenizado por el divino aedo ciego Demódoco, símbolo del poder de la poesía para evocar gloria y dolor.
La evocación de Demódoco despierta en Odiseo emociones reprimidas: el héroe llora ocultando su rostro bajo el manto. Para distraerlo, Alcínoo convoca unos juegos atléticos (carreras, lucha, salto, lanzamiento de disco) en los que los jóvenes feacios brillan por su fuerza y habilidad. Cuando invitan al huésped a participar y el feacio Euríalo lo menosprecia, Odiseo —provocado— demuestra su fuerza legendaria con un lanzamiento prodigioso.
El banquete culmina con una danza, nuevos regalos para el extranjero —Odiseo aún no se ha presentado— y un tercer canto de Demódoco sobre los amores de Ares y Afrodita. El rey, advirtiendo el dolor que los cantos troyanos causan al huésped, ordena que cesen e insta al visitante a revelar su identidad.
Estructura y contenido
1. Introducción y asamblea de los feacios Atenea embellece a Odiseo en sueños. El rey Alcínoo convoca la asamblea de los nobles feacios y resuelve que llevará al huésped a su patria en una nave que se aparejará antes del banquete. Entre los jóvenes más excelentes se elegirán cincuenta y dos remeros. 2. El banquete y el primer canto de Demódoco Llegada al palacio, disposición de los convidados. Demódoco canta la disputa entre Aquiles y Odiseo en Troya. 3. Los juegos atléticos Alcínoo propone juegos para honrar al huésped. Euríalo lo provoca con dureza. Odiseo, indignado, toma el disco más pesado y lo lanza mucho más lejos que todos. 4. Danza de los jóvenes feacios y segundo canto de Demódoco Nuevos regalos para Odiseo. Odiseo pide a Demódoco que cante el episodio del caballo de Troya. 5. Alcínoo pregunta al huésped su identidad El rey feacio detiene los cantos troyanos —nota el dolor que causan al huésped— e inquiere: ¿quién eres?, ¿de dónde vienes?, ¿por qué lloras? |

Al día siguiente así que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos Alcínoo y los demás se encaminan al ágora mientras Atenea, transformada en heraldo del rey, recorre la ciudad anunciando que ha llegado el forastero, un varón que se asemeja por su cuerpo a los inmortales. El rey arenga al pueblo:
¡Oídme, caudillos y príncipes de los feacios, y os diré lo que en el pecho mi corazón me dicta! Este forastero, que no sé quién es, llegó errante a mi palacio y nos suplica con mucha insistencia que tomemos la firme resolución de llevarlo a su patria... Ea, pues, botemos al mar divino una negra nave sin estrenar y escójanse de entre el pueblo los cincuenta y dos mancebos que hasta aquí hayan sido los más excelentes. Y, atando bien los remos a los bancos, salgan de la embarcación y aparejen en seguida un convite en mi palacio... festejemos en la sala a nuestro huésped. Nadie se me niegue. Y llamad a Demódoco, el divino aedo a quien los númenes otorgaron gran maestría en el canto para deleitar a los hombres, siempre que a cantar le incita su ánimo.Odisea, VIII [1]
Se cumplieron las disposiciones del rey y quedó preparada convenientemente la nave.
... inmoló Alcínoo doce ovejas, ocho puercos de albos dientes y dos flexípedes bueyes: todos fueron desollados y preparados, y aparejóse una agradable comida... Compareció el heraldo con el amable aedo a quien la Musa quería extremadamente y le había dado un bien y un mal: privóle de la vista y concedióle el dulce canto... Todos echaron mano a las viandas que tenían delante. Y apenas saciado el deseo de comer y de beber, la Musa excitó al aedo á que celebrase la gloria de los guerreros con un cantar cuya fama llegaba entonces al anchuroso cielo: la disputa de Odiseo y del Pelida Aquiles,[n. 2] quienes en el espléndido banquete en honor de los dioses contendieron con horribles palabras, mientras el rey de hombres Agamenón se regocijaba en su ánimo al ver que reñían los mejores de los aqueos...Odisea, VIII [1]
El canto de Demódoco hace llorar a Odiseo, que se cubre la cabeza con el gran manto de color púrpura. A todos le pasó inadvertido menos a Alcínoo, que sentado junto a él dice a los feacios, «amantes de manejar los remos»:
... Como ya hemos gozado del común banquete y de la cítara, que es la compañera del festín espléndido, salgamos a probar toda clase de juegos; para que el huésped participe a sus amigos, después que se haya restituido a la patria, cuánto superamos a los demás hombres en el pugilato, la lucha, el salto y la carrera.Odisea, VIII [1]
... y «encamináronse todos al ágora, seguidos de una turba numerosa, inmensa; y allí se pusieron en pie muchos y vigorosos jóvenes»... Homero detalla la nómina de los participantes en los juegos, los jóvenes feacios más excelentes (aristoi):
... Empezaron por probarse en la carrera... descollaba mucho en el correr el eximio Clitoneo... Probáronse otros en la fatigosa lucha, y Euríalo venció a cuantos en ella sobresalían. En el salto fué Anfíalo superior a los demás; en arrojar el disco señalóse Elatreo sobre todos; y en el pugilato, Laodamante, el buen hijo de Alcínoo.Odisea, VIII [1]
Laodamante, el hijo del rey, pide a Odiseo que también él participe en los juegos pues no hay gloria más ilustre para el varón en esta vida, que la de campear por las obras de sus pies o de sus manos. Odiseo se resiste pues ocúpase en sus penas, que son muchísimas las que he padecido y soportado. Euríalo le contesta echándole en cara que no parece un varón instruído en juegos sino un capitán de marineros traficantes. Odiseo, con torva faz, le responde irritado:
... Mal hablaste y me pareces un insensato. Los dioses no han repartido de igual modo a todos los hombres sus amables presentes: hermosura, ingenio y elocuencia... Así tu aspecto es irreprochable y un dios no te habría configurado de otra suerte; mas tu inteligencia es ruda... No soy ignorante en los juegos, como tú afirmas... Ahora me encuentro agobiado por la desgracia y las fatigas, pues he tenido que sufrir mucho... Pero aun así, me probaré en los juegos: tus palabras fueron mordaces y me incitaste al proferirlas.Odisea, VIII [1]
Y Odiseo asombra con un gran lanzamiento de disco y reta furioso a los presentes:
... a quien le impulse el corazón y el ánimo a probarse conmigo venga acá —ya que me habéis encolerizado fuertemente— pues en el pugilato, la lucha ó la carrera, a nadie recuso de entre todos los feacios a excepción del mismo Laodamante, que es mi huésped: ¿quién lucharía con el que le acoge amistosamente?... El único que lograba vencerme, cuando los aqueos nos servíamos del arco allá en el pueblo de los troyanos, era Filoctetes; mas yo os aseguro que les llevo gran ventaja a todos los demás, a cuantos mortales viven actualmente y comen pan en el mundo... sólo en el correr temería que alguno de los feacios me superara, pues me quebrantaron de deplorable manera muchísimas olas, no siempre tuve provisiones en la nave, y mis miembros están desfallecidos.Odisea, VIII [1]
Todos enmudecieron. Interviene el rey calmando los ánimos:
... ningún mortal que pensara razonablemente pondría reproche a tu bravura... ea, danzadores feacios, salid los más hábiles a bailar... Y vaya alguno en busca de la cítara y tráigala presto Demódoco.Odisea, VIII [1]
El aedo Demódoco cantó los amores de Marte y Venus, y cómo se unieron a hurto y por vez primera en casa de Vulcano.[n. 3] Después bailaron Halio y Laodamante, pues con ellos no competía nadie:
Al momento tomaron en sus manos una linda pelota de color de púrpura, que les hiciera el habilidoso Pólibo; y el uno, echándose hacia atrás, la arrojaba a las sombrías nubes, y el otro, dando un salto, la cogía fácilmente antes de volver a tocar con sus pies el suelo. Tan pronto como se probaron en tirar la pelota rectamente, pusiéronse a bailar en la fértil tierra, alternando con frecuencia.Odisea, VIII [1]
Atónito me quedo al contemplarlos, exclamó Odiseo. El rey alegróse: ... Paréceme el huésped muy sensato... asista a la cena con el corazón alegre. Y apacígüelo Euríalo con palabras y un regalo, porque no habló de conveniente modo. Así hizo Euríalo: ... Si alguna de mis palabras le ha molestado, llévensela cuanto antes los impetuosos torbellinos....
Restablecida la armonía se dispusieron a iniciar el banquete cuando Nausícaa, a quien las deidades habían dotado de belleza dice estas aladas palabras:
Salve, huésped, para que en alguna ocasión, cuando estés de vuelta en tu patria, te acuerdes de mí; que me debes antes que a nadie el rescate de tu vida.Odisea, VIII [1]
Odiseo corta «una tajada del espinazo de un puerco de blancos dientes» que ofrece a Demódoco: «Yo te alabo más que a otro mortal cualquiera, pues deben de haberte enseñado la Musa, hija de Júpiter, o el mismo Apolo, a juzgar por lo primorosamente que cantas...». El aedo corresponde con un canto sobre la guerra de Troya que hace llorar a Odiseo. El rey ordena que cese el canto e invita al huésped a hablar de sí mismo, de su identidad:
— [...] Dime el nombre con que en tu población te llamaban tu padre y tu madre, los habitantes de la ciudad y los vecinos de los alrededores [...]Odisea, VIII [1]
El rey quiere saber cuál es su país para poder llevarlo allí en sus mágicas naves:
— [...] Nómbrame también tu país, tu pueblo y tu ciudad, para que nuestros bajeles, proponiéndose cumplir tu propósito con su inteligencia, te conduzcan allá; pues entre los feacios no hay pilotos, ni sus naves están provistas de timones como los restantes barcos, sino que ya saben ellas los pensamientos y el querer de los hombres, conocen las ciudades y los fértiles campos de todos los países, atraviesan rápidamente el abismo del mar, aunque cualquier vapor o niebla las cubra, y no sienten temor alguno de recibir daño o de perderse [...]Odisea, VIII [1]
Alcínoo quiere que Odiseo hable para poder ayudarlo, aunque sabe muy bien que están amenazados por Poseidón; el dios está descontento con los feacios:
— [...] oí decir a mi padre Nausítoo que Poseidón nos mira con malos ojos porque conducimos sin recibir daño a todos los hombres, y afirmaba que el dios haría naufragar en el obscuro ponto un bien construido bajel de los feacios, al volver de conducir a alguien, y cubriría la vista de la ciudad con una gran montaña. Así se expresaba el anciano; mas el dios lo cumplirá o no, según le plegue. Ea, habla y cuéntame sinceramente por dónde anduviste perdido y a qué regiones llegaste [...]Odisea, VIII [1]
Odiseo debe contarlo todo:
Odisea, VIII [1]
Temas y comentarios
- La hospitalidad sagrada (xenía) Es el tema estructurador del canto. Los feacios representan el modelo perfecto de hospitalidad:
— Se reúnen en asamblea colectiva para decidir el regreso del huésped.
— Celebran un banquete abundante con regalos generosos (mantos, oro) y garantizan al huésped el transporte a su país sin preguntar nombre ni origen.
— Alcínoo reitera varias veces que el extranjero será llevado a casa «aunque viva más lejos que Eubea» - El poder del arte y la poesía. Función del aedo Demódoco, el cantor ciego inspirado por la Musa, entona tres canciones ante la corte de los feacios: una sobre la disputa entre Odiseo y Aquiles en Troya, otra sobre el engaño de Ares y Afrodita y una tercera sobre el caballo de Troya. Al escucharlas, Odiseo llora, se conmueve. El arte tiene poder transformador: la poesía no sólo entretiene, sino que evoca recuerdos, dolor y sentido de identidad.
Demódoco actúa como un reflejo del propio Homero, destacando el rol del poeta en la tradición oral griega:[2] portavoz de los dioses, guardián de la memoria colectiva y mediador entre el héroe y su legado.[3] - La memoria dolorosa y el sufrimiento del héroe (nostos y kleos) Odiseo llora cada vez que oye las hazañas troyanas porque revive sus propias glorias y pérdidas. Homero compara sus lágrimas con las de una viuda troyana arrastrada por el vencedor. El canto muestra la cara oculta del kleos (gloria): la fama eterna conlleva un dolor eterno. El nostos (regreso) no es sólo un viaje físico, sino un proceso de reconexión con un pasado que duele, pero que define su identidad. Las lágrimas de Odiseo son, por tanto, un acto de memoria y reconocimiento: el precio de la gloria es el sufrimiento.
- El orgullo heroico y la excelencia física (areté) Los juegos atléticos destacan la destreza de los feacios (carrera, danza), pero también la de Odiseo. Cuando Laodamante invita a Odiseo a participar, este se niega al principio, abrumado por el dolor. Pero Euríalo lo insulta, diciéndole que no parece un atleta, sino un capitán de marineros traficantes. Esto despierta su areté guerrera. Odiseo, ofendido, lanza el disco más lejos que todos, demostrando su superioridad física. Atenea refuerza su gesta —«En este juego puedes estar tranquilo, que ninguno de los feacios llegará a tu golpe y mucho menos logrará pasarlo»— y el héroe desafía a cualquiera en cualquier competencia. Este acto no es sólo exhibición: es una afirmación de identidad heroica. A través del cuerpo, Odiseo reclama su lugar como héroe, complementando lo emocional (llanto ante el canto) con la excelencia física y el valor.
Ante el alarde de Odiseo, Alcínoo le responde reconociendo que los feacios destacan más en navegación y danza que en atletismo pesado, marcando diferencias culturales. - La identidad oculta y el momento de la revelación Odiseo sigue sin decir su nombre, pero su reacción emocional al canto de Demódoco y su proeza física en los juegos atléticos lo delatan indirectamente como un héroe épico.
— Al llorar cuando Demódoco canta la disputa entre Aquiles y él en Troya, muestra una conexión personal con los hechos que despierta sospechas.
— Luego, al superar a todos los feacios en el lanzamiento de disco, demuestra una excelencia (areté) que sólo un gran guerrero como él podría poseer.
El canto culmina con las preguntas directas de Alcínoo: «¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Por qué lloras al oír de Troya?»
Estos momentos configuran un proceso de revelación progresiva: su identidad se va descubriendo no por palabras, sino por acciones y emociones, preparando el momento en que finalmente se revele en el Canto IX: «Soy Odiseo, hijo de Laertes, tan conocido de los hombres por mis astucias de toda clase; y mi gloria llega hasta el cielo. Habito en Ítaca, que se ve a distancia: en ella está el monte Nérito, frondoso y espléndido...» - Civilización ideal (Esqueria) en contraposición al mundo real (Ítaca) Esqueria es una sociedad utópica:[4]
— Paz y armonía social: sin guerras, con justicia y hospitalidad perfecta.
— Abundancia natural: jardines eternos donde las cosechas maduran todo el año.
— Naves mágicas que navegan sin timonel, pues «ya saben ellas los pensamientos y el querer de los hombres».
— Excelencia cultural: música, danza y juegos atléticos que reflejan orden y belleza.
Por el contrario, Ítaca es la realidad dura del hogar. La casa de Odiseo está invadida por pretendientes que consumen sus bienes. Su familia está en peligro: Penélope es acosada y Telémaco, amenazado.
Las naves mágicas de los feacios
Alcínoo revela a Odiseo la naturaleza sobrenatural de sus naves que navegan sin necesidad de pilotos, pues ellas mismas conocen «los pensamientos y el querer de los hombres» y surcan las aguas «sin temor alguno de recibir daño o de perderse»
El rey pinta una utopía náutica de naves «inteligentes» guiadas por la mente, rápidas como el pensamiento y que siempre llegan a puerto «aunque cualquier vapor o niebla las cubra»
Sin embargo Alcínoo también añade que la sombra de una antigua profecía de su padre Nausítoo pende sobre ellos, los feacios. Poseidón (Neptuno) los castigará por su ayuda ilimitada a los mortales: convertirá una de sus naves en piedra y ocultará Esqueria tras una montaña —«mas el dios lo cumplirá o no, según le plegue»—, advertencia premonitoria de lo que efectivamente sucede en el canto decimotercero.
Cincuenta y dos remeros
En el momento en que Alcínoo, rey de los feacios, decide facilitar el regreso del huésped (Odiseo) a su patria, ordena que se apareje una nave «sin estrenar», dotada de una tripulación de cincuenta y dos remeros.
En la epopeya homérica, los barcos griegos, como la pentecóntera,[n. 4] eran embarcaciones impulsadas por 50 remeros dispuestos en una sola fila de 25 por costado. Se usaron para combate, transporte y comercio durante la época arcaica (776–499 a. C.). La superioridad náutica de los griegos se consolidó posteriormente con el desarrollo de embarcaciones más avanzadas, como el trirreme, que incorporaba una organización más compleja y una mayor capacidad de maniobra.
Los 52 hombres de la nave feacia pudiera incluir a los remeros más dos oficiales o ayudantes. Son seleccionados entre los que «hasta aquí hayan sido los más excelentes», los mejores de la ciudad, elegidos por su estatus noble, fuerza y habilidad. En el Canto XIII, cuando la nave ya lleva a Odiseo dormido hacia Ítaca, Homero alaba de nuevo su fuerza confirmando que son estos mismos cincuenta y dos jóvenes los que hicieron posible el viaje prodigioso:
- «... y la embarcación andaba velozmente y varó en la playa, saliendo del agua hasta la mitad. ¡Tales eran los remeros por cuyas manos era conducida!» (v. 113)
Los feacios son una excepción mítica, y ese número de tripulantes refuerza su naturaleza idealizada, no un hecho histórico o técnico sobre los barcos aqueos. Su función es más simbólica que práctica, ya que la nave feacia, dotada de inteligencia divina, realiza el viaje sin esfuerzo.
Nave negra
El rey feacio dispone que se ponga a disposición de Odiseo «una nave negra sin estrenar». Expresiones como «nave negra» (μέλαινα ναῦς, mélaina naûs), «de vientre negro» o «casco negro» son epítetos homéricos repetidos sistemáticamente en la Ilíada y la Odisea para referirse a las naves griegas. Constituían expresiones que encajan en el hexámetro dactílico, facilitando la composición oral improvisada.
Las naves eran construidas de madera, generalmente pino, abeto, roble o cedro. Para impermeabilizarlas y protegerlas del agua salada se calafateaban (sellaban las juntas) con brea, sustancia negra y pegajosa derivada del alquitrán de pino (brea de pino) o de resinas vegetales.[5] Aunque algunos barcos podían pintarse con colores vivos (como púrpura o rojo) para efectos decorativos, el negro predominaba por la brea, lo que justifica su mención constante. El pecio de Uluburun,[6] [7] del Bronce tardío, transportaba resinas y aceites en recipientes probablemente sellados con materiales impermeables, como el betún bituminoso procedente del Golfo Pérsico o del Mar Muerto, común en el comercio del momento. En el pecio de cabo Gelidonya, se han encontrado restos de brea o betún utilizados para impermeabilizar tinajas y carenas de barcos.
El poder catártico del canto de Demódoco

El canto de Demódoco no solo entretiene, sino que actúa como catalizador de la catarsis emocional en Odiseo. El aedo, inspirado por la Musa, revive las hazañas troyanas —la disputa entre Aquiles y Odiseo, y especialmente la estratagema del caballo de madera— provocando en el héroe lágrimas que Homero compara con las de una viuda troyana arrastrada por el vencedor (vv. 523-531).[1] La fama eterna (kleos) conlleva sufrimiento, ya que el recuerdo de las pérdidas (compañeros muertos, patria lejana) se reabre con cada narración. Odiseo, el héroe que ha reprimido su emotividad durante años, se derrumba ante la narración, mostrando que el arte poético tiene el poder de acceder a lo más íntimo del alma.
Demódoco, como figura del poeta homérico, encarna la función terapéutica del canto: sus tres intervenciones —la disputa entre Aquiles y Odiseo, el adulterio de Ares y Afrodita, y la caída de Troya— estructuran un proceso emocional que va del duelo al reconocimiento, preparando el camino para que Odiseo revele su identidad.[8]
Así, el canto no es mero entretenimiento, sino un acto ritual de purificación y reafirmación de la identidad heroica (véase: Perspectiva moderna de la narración como terapia catártica).
Disputa entre Aquiles y Odiseo
El primer canto de Demódoco narra un episodio legendario de la guerra de Troya: la disputa verbal entre Odiseo y Aquiles durante un espléndido banquete sacrificial en honor de los dioses (vv. 75-82).[1] En este festín ritual, los héroes contendieron con «horribles palabras», y Agamenón se regocijó al ver cumplirse una profecía de Apolo en Delfos sobre el inicio de las calamidades en la contienda entre «teucros y dánaos» por designio de Zeus.
Esta disputa se sitúa en un momento clave del décimo año de una guerra que llevaba nueve años estancada en asedio y escaramuzas,[n. 5] sin resolución decisiva hasta la intervención del caballo de Troya (Odisea VIII, 487-520).
Agamenón, como comandante supremo, ve esto como un presagio positivo: aunque la profecía anuncia calamidades para ambos bandos, él lo entiende como el inicio del fin de la guerra. La discordia entre Odiseo —símbolo de la astucia— y Aquiles —de la fuerza— marca el punto de inflexión hacia la victoria aquea, aunque sea a costa de más sufrimiento para los suyos.
Mientras Demódoco canta este episodio en el palacio de Alcínoo, Odiseo (aún anónimo como huésped) se cubre el rostro con el manto y llora en silencio (vv. 83-92) conmovido por la nostalgia de su gloria pasada y el dolor acumulado de la contienda. El rey nota el llanto, pero lo disimula deteniendo el canto y pasando a los juegos atléticos.
Este primer llanto inicia la catarsis progresiva del héroe,[8] donde el arte del aedo revive la fama heroica (kleos) conjuntamente con el trauma reprimido.
Amores de Ares y Afrodita
El segundo canto de Demódoco (vv. 266-366) narra los amores adúlteros de Ares y Afrodita, la diosa «de bella corona»,[n. 6] y cómo fueron descubiertos y atrapados por Hefesto, el esposo engañado. El aedo canta esta historia durante la danza en la plaza, después de los juegos atléticos donde Odiseo destaca lanzando el disco, y los feacios se deleitan con la narración.
Hefesto, el dios cojo y artesano divino, forja una red invisible e irrompible que tiende sobre su lecho matrimonial. Ares y Afrodita se unen a escondidas en su palacio, pero Helios, el Sol, lo ve todo y avisa al esposo. Éste, «al oir la punzante nueva», se encaminó a su fragua y fabricó unos lazos irrompibles. Después fue a la habitación en que Ares tenía el lecho y extendió los lazos en círculo y por todas partes «como tenues hilos de araña que nadie hubiese podido ver, aunque fuera alguno de los bienaventurados dioses». Seguidamente fingió que se encaminaba a Lemnos. Los amantes caen en la trampa y quedan inmovilizados.
El herrero convoca a los dioses al Olimpo para que contemplen la vergüenza y se lamenta de que Afrodita lo infama porque es cojo. Hefesto quiere que se le restituya la dote que entregó a Zeus «por su hija desvergonzada». Los inmortales estallan en risas incontenibles ante el espectáculo; Hermes incluso bromea con Apolo sobre cambiar de lugar con Ares —«¡Envolviéranme triple número de inextricables lazos, y vosotros los dioses y aun las diosas todas me estuvierais mirando, con tal que yo durmiese con la dorada Venus!»— mientras Poseidón intercede para que Hefesto libere a los adúlteros a cambio de una multa por adulterio. Ares huye a Tracia y Afrodita a Pafos en Chipre, su santuario.
Este episodio, el más extenso de los tres cantos de Demódoco, contrasta con la seriedad heroica de los otros dos: es una comedia divina donde los dioses exhiben pasiones humanas (celos, deseo, venganza ingeniosa) y ríen de su propia inmoralidad. Odiseo y los feacios «holgábanse de oirlo» (v. 367).
Mientras el primer canto despierta nostalgia y dolor reprimido, este segundo ofrece alivio a través de la risa y la proyección de sí mismo. Odiseo, que lleva años angustiado por la posible infidelidad en su casa (los pretendientes asediando a Penélope), ve en la historia un espejo invertido donde el engañado (Hefesto, el "débil" pero astuto) se venga con mêtis (ingenio) y ridiculiza a los amantes. La risa colectiva de los dioses y feacios actúa como válvula de escape emocional antes del clímax del tercer canto.[8]
Tercer canto: el caballo de madera
Hasta aquí, el huésped del rey había pasado de un llanto discreto en el primer canto de Demódoco —disputa entre Odiseo y Aquiles (vv. 75-82)— a risas en el segundo —amores de Ares y Afrodita atrapados en la red de Hefesto (vv. 266-366)—. Alcínoo percibe que el forastero aún guarda un dolor profundo. Por eso, pide al aedo un tercer relato: «... ea, pasa a otro asunto y canta cómo estaba dispuesto el caballo de madera construido por Epeo con la ayuda de Minerva; máquina engañosa que el divinal Odiseo llevó a la acrópolis, después de llenarla con los guerreros que arruinaron a Troya». Odiseo mismo, sin revelar su identidad, lo solicita: anhela revivir su propia astucia, aunque le cueste lágrimas.
Entonces Demódoco, guiado por la Musa, entona la escena culminante de la guerra (vv. 499-521): los aqueos, fingiendo retirada, construyen el enorme caballo de madera con la ayuda de Atenea y lo dejan en la playa como ofrenda aparente. Los troyanos, reunidos en asamblea, debaten si destruirlo con hachas de bronce y arrojarlo al mar o subirlo a la acrópolis como voto a los dioses:
El caballo estaba en pie y los teucros,[n. 7] sentados a su alrededor, decían muy confusas razones y vacilaban en la adopción de uno de estos tres pareceres: hender el vacío leño con el cruel bronce, subirlo a una altura y despeñarlo o dejar el gran simulacro como ofrenda propiciatoria a los dioses.Odisea, VIII [1]
Optan por la decisión de introducirlo en la ciudad, que resultó fatal, para lo que incluso no dudan en romper sus murallas. De noche, los guerreros griegos salen del vientre hueco, abren las puertas a sus compañeros y se desata la matanza «devastando la excelsa urbe». El «deiforme Menelao» —que había sostenido un «terrible combate, del cual alcanzó victoria»— y Odiseo tomaron el camino de la casa de Deífobo.
Al oír cantada su propia hazaña, Odiseo llora con un dolor profundo, que Homero compara con el de una viuda troyana «abrazada a su marido que cayó delante de su población y de su gente» (vv. 521-536). El vencedor, astuto artífice del engaño, sufre como una de las víctimas de su victoria. El recuerdo de la gloria (kleos) pasada se acompaña del dolor por su pérdida.
Alcínoo, sentado al lado del extranjero, ve su llanto. Con gentileza hospitalaria interrumpe al aedo: «Cese Demódoco de tocar la melodiosa cítara, pues quizá lo que canta no les sea grato a todos los oyentes» (v. 536 y ss). Luego insta con firmeza al huésped a que hable de sí mismo, a que desvele quién es realmente. A partir de este momento el llanto se transforma en palabra: el caballo de madera no sólo cierra el ciclo troyano en la Odisea, sino que precipita la revelación de Odiseo y el inicio de su gran narración autobiográfica, los Apólogos (cantos IX al XII).
Este tercer canto muestra el poder catártico de la poesía homérica:[9] Demódoco, como un eco del propio Homero,[2] evoca la metis triunfante del héroe, pero también el dolor que arrastra su recuerdo. En el banquete feacio contrasta la utopía de hospitalidad y paz con el recuerdo de la guerra, generando una emoción compartida entre los presentes.
Catálogo de los mejores jóvenes feacios
Tras el banquete y los cantos de Demódoco, el rey Alcínoo convoca juegos atléticos para honrar al huésped desconocido (Odiseo). Homero introduce entonces una nómina de los participantes: los jóvenes más excelentes (aristoi) de los feacios, seleccionados por su fuerza, belleza y linaje, lo que refuerza el estatus de su sociedad ordenada, aristocrática y centrada en la areté (virtud) no bélica, sino atlética y estética.
Homero construye aquí un catálogo épico al estilo de los que abundan en su obra, similar al Catálogo de las Naves de la Ilíada (Canto II)[10] —de carácter guerrero—. Sin embargo en el Canto VIII de la Odisea el catálogo se refiere al mundo feacio, cuya excelencia se exhibe en juegos pacíficos y en la navegación —navegación mágica—: no presenta a guerreros sino a los mejores jóvenes de nombres que evocan la náutica (proa, popa, remo, mar, velocidad sobre las olas). La utopía feacia es la de un pueblo rico, hospitalario y sin guerras, donde la areté es estética, atlética y marinera, no heroica en el sentido ilíádico.[11]
La lista completa (vv. 110-119)[1] nombra a diecisiete jóvenes, de los que tres son los hijos del rey: Clitoneo, Laodamante y Halio —élite familiar y política—. Los dos últimos también son bailarines: su danza acrobática con una pelota púrpura dejará al héroe profundamente admirado.
... Levantáronse Acróneo, Ocíalo, Elatreo, Nauteo, Primneo, Anquíalo, Eretmeo, Ponteo, Proreo, Toón, Anabesíneo y Anfíalo, hijo de Políneo Tectónida; levantóse también Euríalo, igual á Marte, funesto a los mortales, y Naubólides, el más excelente en cuerpo y hermosura de todos los feacios después del intachable Laodamante; y alzáronse, por fin, los tres hijos del egregio Alcínoo: Laodamante, Halio y Clitoneo, parecido a un dios...Odisea, VIII [1]
Catálogo de los nombres náuticos
Homero emplea con frecuencia nombres significativos,[n. 8] es decir, nombres propios cuya etimología literal «habla» o evoca características del personaje y su función, o bien del contexto narrativo;[11] son nombres cargados de etimologías náuticas [12] —remador, proel, popa, marinero, marino, rápido en el mar— elegidos para reforzar la identidad de los feacios como pueblo marítimo ideal: expertos en navegación pacífica, hospitalarios y ajenos a la guerra.[11]
- Acróneo (Ἀκρόνεως, /akhróneōs/), de ἄκρος (akros, «punta, extremo, alto») y ναῦς (naus, «nave»): «el de la proa alta», «el de la punta de la nave», «el que va en la proa elevada».
- Ocíalo (Ὠκύαλος, /ōkýalos/), de ὠκύς (ōkys, «rápido, veloz») y ἅλς (hals, «mar, sal»): «el rápido en el mar», «veloz sobre las olas», «el que corre por el mar».
- Elatreo (Ἐλατρεύς, /elatreús/), de ἐλατήρ o ἐλαύνω (elatēr / elaunō, «impulsor, conductor, remador») y relacionado con ἔλασις o ἐλατρεύς (elasis / elatreus, «remar, impulsar»): «el remador», «el impulsor de la nave», «el que empuja o mueve el barco».
Destaca en el lanzamiento de disco. - Nauteo (Ναυτεύς, /nauteús/), de ναύτης (nautēs, «marinero, navegante») o ναῦς (naus, «nave»): «el marinero», «el navegante», «el que pertenece a la nave».
- Primneo (Πρυμνεύς, /prymneús/), de πρύμνη (prymnē, «popa, parte trasera de la nave»): «el de la popa», «el que está en la popa», «el popel» o «el timonel de popa».
- Anquíalo (Ἀγχίαλος, /ankʰíalos/), de ἄγχι (anchi, «cerca, próximo») y ἅλς (hals, «mar, sal»): «el que está cerca del mar», «cercano al mar», «el vecino del mar» o «el ribereño».
- Eretmeo (Ἐρετμεύς, /erētméus/), de ἐρετμός (eretmos, «remo») o ἐρέττω (erettō, «remar»): «el remero», «el que maneja los remos», «el remero».
- Ponteo (Ποντεύς, /ponteús/), de πόντος (pontos, «mar abierto, alta mar, ponto»): «el del mar», «el marino», «el que pertenece al ponto» o «el navegante de alta mar».
Ponteo es un nombre significativo de raíz náutica pura y directa. Πόντος (pontos) es el término homérico por excelencia para el mar profundo y abierto, no el mar costero o salobre como ἅλς (hals), sino el vasto océano navegable. - Proreo (Πρωρεύς, /prōreús/), de πρῷρα (prōra, «proa, parte delantera de la nave»): «el proel», «el que está en la proa», «el vigía de proa» o «el de la proa».
Nombre significativo [n. 8] de raíz náutica complementaria a Primneo (Πρυμνεύς, /prymneús/ «el que está en la popa»).
Con Proreo, Elatreo y Primneo, Homero dibuja un esquema completo de la estructura de la embarcación: proa, remo, popa. - Toón (Θόων, /thóōn/), de θοός (thoós, «rápido, veloz, ágil») o relacionado con θέω (theō, «correr, fluir»): «el veloz», «el rápido», «el que corre» o «el ágil».
En el contexto náutico del catálogo, evoca una nave o un marinero veloz, capaz de "correr" sobre las olas como la flota feacia que viaja como el viento, sin esfuerzo ni peligros. - Anabesíneo (Ἀναβησίνεως, /anabēsinéōs/), de ἀναβαίνω (anabainō, «subir, embarcar») y ναῦς (naus, «nave»): «el que sube a la nave», «el que embarca», «el embarcado» o «el que asciende a bordo».
- Anfíalo (Ἀμφίαλος, /ampʰíalos/), de ἀμφί (amphi, «alrededor, por ambos lados») y ἅλς (hals, «mar, sal»): «el que rodea el mar», «rodeado por el mar», «el marino por ambos lados» o «el que está envuelto en el mar».
En el catálogo, cierra la serie de nombres con ἅλς (hals), como Ocíalo y Anquíalo, reforzando el tema marítimo dominante. Homero lo destaca como hijo de Políneo Tectónida, y más adelante gana en el salto.
Las etimologías náuticas de estos nombres están confirmadas en diccionarios etimológicos:
- Dictionnaire étymologique de la langue grecque: Histoire des mots [13] de Pierre Chantraine.
- Etymological Dictionary of Greek [14] de Robert Beekes.
Catálogo de otros nombres
Aunque el catálogo náutico inicial se centra en doce jóvenes con nombres puramente marítimos, otros participantes destacados en los juegos y la corte de Alcínoo presentan etimologías que combinan rasgos heroicos o de liderazgo con ecos náuticos, reforzando su estatus aristocrático en la utopía feacia.
- Euríalo (Εὐρύαλος / Eurýalos), de εὐρύς (eurýs, «ancho, amplio») y ἅλς (hals, «mar, sal»): «de amplios mares» o «el de los amplios surcos marinos». Su nombre evoca la vastedad del mar.
«Igual a Marte, funesto a los mortales», gana en la lucha pero su gesta se ve ensombrecida por su insulto hacia Odiseo, a quien acusa de ser un mercader vulgar, despreciando su apariencia y condición. Su desprecio provoca la reacción del héroe, que, ofendido, demuestra su fuerza sobresaliente al lanzar el disco más lejos que nadie, revelando su identidad como un guerrero de élite. - Laodamante (Λαοδάμας / Laodámas), de λαός (laós, «pueblo, gente») y δαμάζω (damázō, «domar, someter»): «domador de pueblos» o «el que somete a la gente».
Nombre heroico típico de líderes, que subraya su rol como hijo del rey, ganador en pugilato. Figura hospitalaria, invita a Odiseo a competir, reconociendo su apariencia noble y fuerte —«no tiene mala presencia a juzgar por su desarrollo, por sus muslos, piernas y brazos, por su robusta cerviz y por su gran vigor; ni le ha desamparado todavía la juventud»—, lo que desencadena la demostración de habilidad del héroe. - Halio (Ἁλίος / Halios), de ἅλς (hals, «mar, sal»): «marino», «del mar» o «el salado». Nombre directamente náutico, coherente con la identidad feacia; destaca como excelente bailarín junto a su hermano Laodamante.
- Clitoneo (Κλυτόνηος / Klytoneos), de κλυτός (klytós, «famoso, renombrado») y νόος (noos, «mente»): «famoso en gloria», «el de mente renombrada» o «el ilustre».
«Parecido a un dios» (v. 119)[1] no tiene rival en la carrera: «... y cuan largo es el surco que abren dos mulas en campo noval,[n. 9] tanto se adelantó a los demás que le seguían rezagados...» Resalta la areté atlética de la élite. - Naubólides (Ναυβολίδης) de ναῦς (naûs, «nave») y βολή/βόλλω (bolé/bolló, «lanzar»): «el lanzador de naves». Es mencionado como «el más excelente en cuerpo y hermosura de todos los feacios después del intachable Laodamante» (v. 119)[1]
La danza de Halio y Laodamante
La danza acrobática de Halio y Laodamante (vv. 370-380)[1] muestra la armonía y refinamiento de la cultura de los feacios, una sociedad cohesionada que Alcínoo presenta superior en artes pacíficas —navegación, carrera, baile y canto— más que en combate. Frente al desgarro y soledad del héroe, Esqueria destaca como una utopía casi divina, ajena al sufrimiento humano.
Esta escena de armonía y refinamiento feacio está precedida por tensiones con el forastero durante los juegos atléticos: Laodamante provoca a Odiseo a participar (instigado por Euríalo), quien interpreta la invitación como burla. Euríalo lo insulta llamándolo «capitán de marineros traficantes» y poco apto para la lucha. Odiseo responde con ira, rechaza competir con Laodamante por respeto a la hospitalidad, pero reta a los demás y lanza el disco más lejos que nadie. Alcínoo interviene para calmar los ánimos y ordena la danza, restaurando el ambiente festivo: Halio y Laodamante bailarán solos, «pues con ellos no competía nadie».
La coreografía con la pelota púrpura es precisa y sincronizada:
- Los dos jóvenes toman una pelota púrpura «que les hiciera el habilidoso Pólibo».
- Uno de ellos la lanza muy arriba, «a las sombrías nubes», mientras que el otro, dando un gran salto, la atrapa en el aire con precisión y gracia sin que toque el suelo.
- Intercambian sus papeles probándose «en tirar la pelota rectamente». Bailan «en la fértil tierra, alternando con frecuencia».
- Aplaudieron todos los jóvenes presentes, «y se promovió una fuerte gritería».
Odiseo reacciona con la admiración propia de un forastero en un mundo perfecto que no le pertenece. En su mundo humano real la fuerza física se mide en batallas y no en juegos pacíficos.
— «¡Rey Alcínoo, el más esclarecido de todos los ciudadanos! Prometiste demostrar que vuestros danzadores son excelentes y lo has cumplido. Atónito me quedo al contemplarlos»Odisea, VIII [1]
La exhibición resalta el ideal feacio de una areté centrada en la gracia, la coordinación y la belleza estética, en contraste con la destreza guerrera que Odiseo representa.
| La Odisea, de Homero |
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