Odisea (Canto XII)
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El Canto XII [n. 1] de la Odisea de Homero, subtitulado «Las Sirenas, Escila, Caribdis, las Vacas del Sol» en la traducción clásica en prosa de Segalá,[1] es el libro que concluye el largo relato en primera persona de los Apólogos de Odiseo (apologoi) ante los feacios (cantos IX-XII); cantos que a su vez continúan y completan el relato en tercera persona iniciado en el Canto V.
Los Apólogos constituyen un extenso retroceso temporal o analepsis que cronológicamente empieza y termina en Ogigia, la isla de la ninfa Calipso. Odiseo había llegado allí como náufrago solitario tras la destrucción de su última nave por la profanación de las vacas de Helios y siete años después continúa en el mismo lugar retenido contra su voluntad por la ninfa. Esta estructura crea un marco circular en torno a la estancia en Ogigia.
El episodio culmina en una hibris colectiva por la transgresión del ordenamiento divino —los compañeros sacrifican las vacas del Sol— que desata la ira del dios y naufraga la nave, quedando Odiseo como único superviviente.
En este canto, Odiseo y sus compañeros afrontan las últimas pruebas marítimas detalladas pormenorizadamente por Circe:
- Las Sirenas, que encantan a cuantos hombres van a encontrarlas (vv 37-54). Circe explica a Odiseo qué hacer para resistir su canto seductor.
- Después se verán ante el paso marítimo entre las Erráticas (Rocas Errantes, planktai) a un lado —de imposible navegación sin ayuda divina; sólo Jasón, protegido por Hera, lo logró en su nave Argo— y Escila y Caribdis al otro (vv 55-126). Odiseo elegirá el mal menor.
- La isla Trinacria, donde pacen las vacas y ovejas sagradas de Helios (el Sol), que deben respetarse estrictamente (vv. 127-141). Impulsados por el hambre y la arrogancia, los compañeros desoirán las advertencias de Tiresias y Circe —si les causares daño, desde ahora te anuncio la perdición de la nave y la de tus amigos— y sacrificarán el ganado prohibido.
El episodio plantea tres importantes cuestiones:
- La tentación del conocimiento vano que ha de enfrentarse con autodominio intelectual y emocional (Sirenas).
- La existencia de lo inexorable que obliga a elegir entre males sin que quepa victoria ni derrota (Erráticas; Escila y Caribdis).
- La necesidad de atenerse a la ley respetando el orden frente a lo meramente instintivo (isla Trinacria).
Estructura y contenido
- Exequias de Elpénor. Vaticinios de Circe Elpénor, que había quedado insepulto, recibe honras fúnebres. Circe alecciona detalladamente a Odiseo frente a los retos y peligros que vendrán.
- Las Sirenas Odiseo sigue el plan: cera en los oídos de la tripulación y él atado al mástil. Oye el canto seductor pero pasa de largo.
- Escila y Caribdis En el estrecho imposible [n. 2] eligen el mal menor —pasar cerca de Escila— que se llevará a seis compañeros. De ese modo evitan ser todos aniquilados por Caribdis.
- Las vacas de Helios Llegan a Trinacria. Odiseo cae en un sueño profundo. Hibris colectiva: Euríloco convence a todos de matar algunas de las vacas de Helios a pesar de la prohibición.
Exequias de Elpénor. Vaticinios de Circe
1. Regreso a la isla de Circe y exequias de Elpénor Tras salir del Hades, llegan a la isla Eea. Al amanecer envían compañeros a por el cadáver de Elpénor para celebrar sus exequias. — 2. Banquete y hospitalidad de Circe Circe aparece y les ofrece un banquete. Por la noche le pregunta a Odiseo por su viaje al Orco y le ofrece su ayuda. — 3. Circe previene y aconseja a Odiseo Circe describe uno a uno las peligros que les acechan: las Sirenas; las Rocas Errantes (Planktai); Escila y Caribdis; la isla Trinacria con las vacas del Sol. — 4. Partida Al amanecer, Circe se va. Odiseo ordena embarcar. |
Dejan atrás la tierra de los cimerios para retornar a los dominios de Circe:
—«Tan luego como la nave, dejando la corriente del río Océano, llegó a las olas del vasto mar y a la isla Eea —donde están la mansión y las danzas de la Aurora, hija de la mañana, y el orto del Sol—[2] la sacamos a la arena, después de saltar a la playa, nos entregamos al sueño, y aguardamos la aparición de la divinal Aurora»Odisea, XII [1]
Por la mañana traen el cadáver del difunto Elpénor, aquel joven muerto en un accidente absurdo al despertar de una borrachera, que había quedado insepulto en la isla sin que nadie lo apercibiera entonces.[3] Ahora celebran sus exequias en el lugar más eminente de la orilla. Queman el cadáver y las armas del difunto:
—«...le erigimos un túmulo, con su correspondiente cipo, y clavamos en la parte más alta el manejable remo»Odisea, XII [1]
Entretanto Circe llega muy presto con criadas que traían pan, mucha carne y vino rojo, de color de fuego, ofreciéndoles hospitalidad y ayuda:
—... quedaos aquí, y comed manjares y bebed vino, todo el día de hoy; pues así que despunte la aurora volveréis a navegar, y yo os mostraré el camino y os indicaré cuanto sea preciso para que no padezcáis, a causa de una maquinación funesta, ningún infortunio ni en el mar ni en la tierra firme.Odisea, XII [1]
Comen y beben en abundancia. Cuando sobreviene la noche y descansan tranquilos, la veneranda Circe toma aparte a Odiseo para advertirle de los peligros que lo acechan. En primer lugar, las Sirenas: aquél que imprudentemente oye su voz ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos:
—Pasa de largo y tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda, previamente adelgazada, a fin de que ninguno las oiga; mas si tú deseares oírlas, haz que te aten en la velera embarcación de pies y manos, derecho y arrimado a la parte inferior del mástil y que las sogas se liguen al mismo; y así podrás deleitarte escuchando a las Sirenas. Y en el caso de que supliques o mandes a los compañeros que te suelten, átente con más lazos todavía.Odisea, XII [1]
Tras las Sirenas se verán ante una disyuntiva: pasar junto a las Rocas Errantes (Πλαγκταί, Planktai) o cruzar entre Escila y Caribdis. La primera opción está absolutamente desaconsejada:
—A un lado se alzan peñas prominentes, contra las cuales rugen las inmensas olas de la ojizarca Anfitrite: llámanlas Erráticas los bienaventurados dioses... Ninguna embarcación, en llegando allá, pudo escapar salva... Por allí no pasan las aves sin peligro, ni aun las tímidas palomas que llevan la ambrosía al padre Zeus... Tan sólo logró doblar aquellas rocas una nave, surcadora del ponto, Argos, por todos tan celebrada, al volver del país de Eetes; y también a ésta habríala estrellado el oleaje contra las grandes peñas, si Hera no la hubiese hecho pasar, por su afecto a Jasón.Odisea, XII [1]
La otra opción, aunque temible, permitirá el paso, si bien pagando un alto precio: perderá a seis de sus hombres.
—Al lado opuesto hay dos escollos. El uno alcanza al anchuroso cielo con su pico agudo... En medio del escollo hay un antro sombrío que mira al ocaso, hacia el Érebo... Allí mora Escila, que aúlla terriblemente, con voz semejante a la de una perra recién nacida, y es un monstruo perverso... sumida hasta la mitad del cuerpo en la honda gruta, saca las cabezas fuera de aquel horrendo báratro y, registrando alrededor del escollo, pesca delfines, perros de mar, y también, si puede cogerlo, alguno de los monstruos mayores que cría en cantidad inmensa la ruidosa Anfitrite...
—El otro escollo es más bajo... Hay allí un cabrahigo [4] grande y frondoso, y a su pie la divinal Caribdis sorbe la turbia agua. Tres veces al día la echa afuera y otras tantas vuelve a sorberla de un modo horrible. No te encuentres allí cuando la sorbe, pues ni Neptuno, que sacude la tierra, podría librarte de la perdición. Debes, por el contrario, acercarte mucho al escollo de Escila y hacer que tu nave pase rápidamente; pues mejor es que eches de menos a seis compañeros que no a todos juntos[5]Odisea, XII [1]
Aún queda una última prueba:
—Llegarás más tarde a la isla de Trinacria, donde pacen las muchas vacas y pingües ovejas del Sol... Si las dejares indemnes, ocupándote tan sólo en preparar tu regreso, aún llegaríais á Ítaca, después de pasar muchos trabajos; pero, si les causares daño, desde ahora te anuncio la perdición de la nave y la de tus amigos. Y aunque tú escapes, llegarás tarde y mal a la patria, después de perder todos los compañerosOdisea, XII [1]
Acabado el coloquio la divina entre las diosas se internó en la isla; mientras, Odiseo y sus compañeros embarcan en la nave y parten con viento favorable que les envía Circe, la de lindas trenzas, deidad poderosa, dotada de voz.[6] Mientras, a bordo Odiseo hace saber a sus compañeros qué deben hacer al oír las Sirenas:
—«Nos ordena ante todo rehuir la voz de las divinales Sirenas y el florido prado en que éstas se hallan. Manifestóme que tan sólo yo debo oirlas; pero atadme con fuertes lazos, de pie y arrimado a la parte inferior del mástil y las sogas líguense al mismo. Y en el caso de que os ruegue o mande que me soltéis, atadme con más lazos todavía...»Odisea, XII [1]
El canto de las Sirenas
1. Aproximación y preparativos El viento cesa cerca de la isla. Amainan velas, reman. Odiseo parte la cera y tapa los oídos de sus compañeros. Ellos le atan firmemente al mástil con sogas. — 2. Oyen los dulces cantos sin dejarse seducir Pasan cerca de ellas que cantan seductoras, prometiéndoles conocimiento (de Troya y todo lo que ocurre en la tierra). Odiseo suplica que lo suelten gesticulando con las cejas, pero Euríloco [7] y Perimedes lo atan aún más y reman más rápido. La nave pasa de largo, los cantos se apagan en la lejanía. Desatan a Odiseo. Están a salvo. |
Lectura alegórica Las Sirenas ofrecen conocimiento absoluto y fácil, quimérico —basta detenerse con ellas que cantan con dulce voz para «aprender mucho»—. Odiseo se opone con inteligencia, y también astucia, haciéndose atar al mástil de la embarcación. No cede a la curiosidad desmedida, un riesgo en sí mismo para el individuo racional que quiere 'conocer' realmente. Con otra perspectiva: el conocimiento puede ser peligroso si no se domina, si no está comprendido y asimilado. En sentido más amplio, las sirenas representan la seducción del placer frente al deber. Por el contrario, en el «mito de Er» (Platón)[8] las Sirenas son las portavoces de la armonía celestial a cuyo son las Parcas rigen el destino humano (pasado, presente, futuro) en perfecta sintonía con el orden cósmico. |

Cuando alcanzan la isla de las Sirenas cesó el viento —«algún numen adormeció las olas»—. Odiseo taponó con cera los oídos de sus compañeros y después se hizo atar al mástil. De la orilla provenía un dulce canto:
—¡Ea, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos! Acércate y detén la nave para que oigas nuestra voz. Nadie ha pasado en su negro bajel sin que oyera la suave voz que fluye de nuestra boca; sino que se van todos después de recrearse con ella y de aprender mucho; pues sabemos cuantas fatigas padecieron en la vasta Troya argivos y teucros, por la voluntad de los dioses, y conocemos también todo cuanto ocurre en la fértil tierra.Odisea, XII [1]
Odiseo pedía insistentemente con sus cejas que lo liberaran, mas fue atado con más fuerza aún:
Odisea, XII [1]
Eso los salvó a todos de las Sirenas y pasaron indemnes:
«Cuando dejamos atrás las Sirenas y ni su voz ni su canto se oían ya, quitáronse mis fieles compañeros la cera con que tapara sus oídos y me soltaron las ligaduras»Odisea, XII [1]
Escila y la horrenda Caribdis
1. Aproximación al estrecho: Odiseo anima a los compañeros recordando las advertencias de Circe. Guarda silencio sobre Escila. No se arma (sigue consejo de Circe). Ven el humo y olas de Caribdis, terror general. — 2. Escila se cobra sus víctimas: Para evitar Caribdis llevan la nave pegada Escila que arrebata seis compañeros (los mejores) con sus cabezas. Gritan pidiendo ayuda, Odiseo ve horrorizado cómo los devora en lo alto.
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Lectura alegórica Frente a algunas decisiones hay que asumir pérdidas inevitables como mal menor. Odiseo arrumba a Escila aunque sabe que va a perder seis compañeros, porque la alternativa —Caribdis— los llevaría a la muerte a todos ellos. El mito está asimilado por la cultura popular —bien directamente de Homero, bien indirectamente— en las paremias «caer en Escila, deseando evitar Caribdis» y «estar entre Escila y Caribdis».[9] San Agustín también recoge el mito en uno de sus Soliloquios, si bien con el sentido de 'evitar uno y otro peligro': «Permítenos, Señor, dirigirnos por el medio entre Escila y Caribdis de forma que, evitando uno y otro peligro lleguemos seguros a puerto con nuestra nave, y la mercancía a salvo» (Soliloquios del alma a Dios, 35)[9] |
Al poco de dejar atrás la isla de las Sirenas percibieron fuerte estruendo de ingentes olas que amedrentaron a los hombres.
«Los míos, amedrentados, hicieron volar los remos que cayeron con gran fragor en la corriente; y la nave se detuvo porque ya las manos no batían los largos remos»Odisea, XII [1]
Odiseo los arenga:
—«¡Amigos! No somos novatos en padecer desgracias y la que se nos presenta no es mayor que la sufrida cuando el Cíclope, valiéndose de su poderosa fuerza, nos encerró en la excavada gruta. Pero de allí nos escapamos también por mi valor, decisión y prudencia... Ea, hagamos todos lo que voy a decir... batid con los remos las grandes olas del mar... Y a ti, piloto, voy a darte una orden que fijarás en tu memoria, puesto que gobiernas el timón de la cóncava nave. Apártala de ese humo y de esas olas, y procura acercarla al escollo: no sea que la nave se lance allá, sin que tú lo adviertas, y a todos nos lleves a la ruina»Odisea, XII [1]
Estaban cruzando un espantoso estrecho marino. A un lado, la monstruosa Escila de seis cabezas con bocas de tres filas de dientes; y al otro la horrible Caribdis, que tres veces al día «sorbía de horrible manera la salobre agua del mar» y después la vomitaba dejando oír «sordo murmurio, revolviéndose toda como una caldera que está sobre un gran fuego».
Circe había sido muy clara: Escila devoraría a seis de sus hombres, pero Caribdis los destruiría a todos. Odiseo no tenía otra opción que acercarse a la primera:[5]
«No les hablé de Escila, plaga inevitable, para que los compañeros no dejaran de remar... y subí al tablado de proa, lugar desde donde esperaba ver primeramente a la pétrea Escila que iba a producir tal estrago en mis compañeros»
«El pálido temor se enseñoreó de los míos, y mientras contemplábamos a Caribdis, temerosos de la muerte, Escila me arrebató de la cóncava embarcación los seis compañeros que más sobresalían por sus manos y por su fuerza... y allí, en la entrada de la cueva, devorábalos Escila mientras gritaban y me tendían los brazos en aquella lucha horrible. De todo lo que padecí, peregrinando por el mar, fue este espectáculo el más lastimoso que vieron mis ojos»Odisea, XII [1]
Las vacas del Sol. Hibris de Euríloco. Odiseo, náufrago y solo
1. Desembarco en Trinacria Odiseo quiere evitar la isla —recuerda las profecías de Tiresias y de Circe— pero sus compañeros están exhaustos y piden desembarcar. Una tormenta los obliga a quedarse un mes entero en una cueva. Odiseo les hace jurar que no tocarán las vacas sagradas de Helios. — 2. La tentación y el sacrilegio. Hibris de Euríloco Ya sin provisiones, Odiseo se aleja a orar y los dioses lo sumen en un sueño profundo. Euríloco [7] convence a los demás para sacrificar las mejores vacas de Helios y comer. Hacen un sacrificio "formal" y prometen construir un templo al dios después. Aparecen prodigios: las pieles se arrastran, la carne cruda muge en los espetones. — 3. La ira divina y el castigo. Odiseo único superviviente La ninfa mensajera Lampetia avisa a Helios, que amenaza a Zeus con no salir más si no hay venganza. Zeus promete destruir la nave y lo hace. Envía un rayo y todos mueren salvo Odiseo que improvisa una balsa con quilla y mástil. |
Tras pasar aquel espantoso estrecho flanqueado por Escila y la «horrenda Caribdis» llegan a la isla de Trinacria —nombre griego de Sicilia—, «donde estaban las hermosas vacas de ancha frente, y muchas pingües ovejas del Sol, hijo de Hiperión»:[10]
—«Desde el mar, en la negra nave, oí el mugido de las vacas encerradas en los establos y el balido de las ovejas, y me acordé de las palabras del vate ciego Tiresias el tebano, y de Circe de Eea, la cual me encargó muy mucho que huyese de la isla del Sol, que alegra a los mortales»Odisea, XII [1]
Con corazón afligido, Odiseo revela a sus compañeros el oráculo de Tiresias, que Circe le recordara. Durante el viaje de Odiseo a las fronteras del Hades (Canto XI), la Nekyia, «el eximio vate» Tiresias había advertido a Odiseo que «... si las dejares indemnes [a las vacas del Sol], ocupándote tan sólo en preparar tu vuelta, aún llegaríais a Ítaca, después de soportar muchas fatigas; pero, si les causares daño, desde ahora te anuncio la perdición de la nave y la de tus amigos»
Deben huir de allí donde les aguarda «el más terrible de los infortunios»:
—... «Por tanto, encaminad el negro bajel por fuera de la isla»
«Así les dije. A todos se les quebraba el corazón...»
Pero Euríloco [7] se opone enérgico, respondiéndole con estas «odiosas palabras»:
—«Eres cruel, oh Odiseo, disfrutas de vigor grandísimo, y tus miembros no se cansan, y debes de ser de hierro, ya que no permites a los tuyos, molidos de la fatiga y del sueño, tomar tierra en esa isla azotada por las olas... ¿Adónde iremos, para librarnos de una muerte cruel, si de súbito viene una borrasca suscitada por el Noto o por el impetuoso Céfiro... Obedezcamos ahora a la obscura noche y aparejemos la comida junto a la velera nave; y al amanecer nos embarcaremos nuevamente para lanzarnos al dilatado ponto»Odisea, XII [1]
«Conocí entonces que algún dios meditaba causarnos daño»:
—«Gran fuerza me hacéis, porque estoy solo. Mas, ea, prometed todos con firme juramento que si encontráremos una manada de vacas o una hermosa grey de ovejas, ninguno de vosotros matará, cediendo a funesta locura, ni una vaca tan sólo, ni una oveja...»
«Así les hablé; y en seguida juraron, como se lo mandaba»Odisea, XII [1]
En plena noche se desata una «tempestad deshecha». Durante un mes entero soplan incesantemente el Euro y el Noto —vientos del este y sur, respectivamente— que los obliga a refugiarse en «una profunda cueva, donde las Ninfas tenían asientos y hermosos lugares para las danzas».
Agotados todos los víveres, Odiseo se interna en la isla para implorar ayuda:
- «.. oré a todos los dioses que habitan el Olimpo, los cuales infundieron en mis párpados dulce sueño...»
Fue entonces cuando sus compañeros instigados por Euríloco [11] echaron mano a las más excelentes vacas del Sol «de retorcidos cuernos y ancha frente»:
—Todas las muertes son odiosas a los infelices mortales, pero ninguna es tan mísera como morir de hambre y cumplir de esta suerte el propio destino. Ea, tomemos las más excelentes de las vacas del Sol y ofrezcamos un sacrificio a los dioses que poseen el anchuroso cielo... Y si, irritado a causa de las vacas de erguidos cuernos, quisiera el Sol perder nuestra nave y lo consintiesen los restantes dioses, prefiero morir de una vez, tragando el agua de las olas, a consumirme con lentitud, en una isla inhabitada.Odisea, XII [1]
Degollaron las reses y las desollaron; cortaron sus muslos, los pringaron con gordura por uno y otro lado e hicieron libaciones mientras asaban los intestinos; y, dividiendo lo restante en pedazos muy pequeños, lo espetaron en los asadores.
«...huyó de mis párpados el dulce sueño... llegó hasta mí el suave olor de la grasa quemada y, dando un suspiro, clamé de este modo a los inmortales dioses:
—«¡Padre Júpiter, bienaventurados y sempiternos dioses! Para mi daño, sin duda, me adormecisteis con el cruel sueño; y mientras tanto los compañeros, quedándose aquí, han consumado un gran delito»Odisea, XII [1]
Lampetia fue a decirle «al Sol, hijo de Hiperión» que habíamos dado muerte a sus vacas. Inmediatamente el Sol, «con el corazón airado», habló a los inmortales pidiéndoles castigar a los compañeros de Ulises Laertíada o, de lo contrario, descendería a la morada de Plutón para «alumbrar a los muertos». Si no hay castigo, Helios amenaza con dejar de salir con su carro solar y el mundo de los vivos quedará permanentemente a oscuras, sin luz ni calor, sin día. Un caos total para la humanidad y la naturaleza.
«Y Júpiter, que amontona las nubes, le respondió diciendo: ¡Oh Sol! Sigue alumbrando a los inmortales y a los mortales hombres que viven en la fértil tierra; pues yo despediré el ardiente rayo contra su velera nave, y la haré pedazos en el vinoso ponto»
—«Esto me lo refirió Calipso, la de hermosa cabellera, y afirmaba que se lo había oído contar a Mercurio, el mensajero»Odisea, XII [1]
Odiseo, presa de profundo temor, se siente impotente. Suceden «prodigios»:
—«Llegado que hube a la nave y al mar, reprendí a mis compañeros —acercándome ora a éste, ora a aquél— mas no pudimos hallar remedio alguno, porque ya las vacas estaban muertas. Pronto los dioses les mostraron varios prodigios: los cueros serpeaban, las carnes asadas y las crudas mugían en los asadores, y dejábanse oír voces como de vacas»Odisea, XII [1]
Durante seis días celebraron banquetes. EL séptimo día cesó la violencia del vendaval y se hicieron de nuevo a la mar. No anduvo la embarcación largo rato, cuando Zeus desató su ira:
... «despidió un trueno y simultáneamente arrojó un rayo en nuestra nave: ésta se estremeció, al ser herida por el rayo de Zeus, llenándose del olor del azufre; y mis hombres cayeron en el agua. Llevábalos el oleaje alrededor del negro bajel y un dios les privó de la vuelta a la patria»
«Toda la noche anduve a merced de las olas, y al salir el sol llegué al escollo de Escila y a la horrenda Caribdis que estaba sorbiendo la salobre agua del mar; pero yo me lancé al cabrahigo y me agarré como un murciélago»
«Desde aquel lugar fuí errante nueve días y en la noche del décimo lleváronme los dioses a la isla Ogigia donde vive Calipso, la de lindas trenzas, deidad poderosa, dotada de voz; la cual me acogió amistosamente y me prodigó sus cuidados»Odisea, XII [1]
Y Odiseo concluye su largo relato al rey Alcínoo:
—«Mas, ¿a qué contar el resto? Os lo referí ayer en esta casa a ti y a tu ilustre esposa, y me es enojoso repetir lo que se ha explicado claramente»Odisea, XII [1]
Temas y comentarios
El Canto XII desarrolla varios temas fundamentales de la épica homérica:
- Inteligencia y autodominio (métis)
Las Sirenas representan la tentación de lo fácil. El héroe demuestra su astucia al hacerse atar al mástil: puede experimentar la tentación sin sucumbir a ella. - Elección entre males: asumir pérdidas inevitables
El episodio de Escila y Caribdis plantea un dilema. Odiseo debe elegir entre perder seis compañeros (Escila) o morir todos (Caribdis). Acepta el mal menor, una decisión que requiere madurez moral y liderazgo. - Transgresión de las normas y castigo
El sacrificio de las vacas sagradas de Helios es un acto de hibris colectiva por instigación de Euríloco. El castigo (némesis) es inmediato y proporcional: Zeus destruye la nave y sólo Odiseo sobrevive. - Destino y responsabilidad humana
Aunque Tiresias y Circe habían advertido sobre las vacas de Helios, los compañeros eligen libremente desobedecer. El poema equilibra el destino inexorable con la acción humana: Odiseo está destinado a regresar a Ítaca, pero el camino depende de sus decisiones y las de sus hombres.
Lo inexorable y la necesidad de elegir el mal menor
Ante fuerzas inevitables (destino, naturaleza, dioses) la condición humana se ve abocada a dilemas sin salida clara en los que en todo caso no hay victoria sin sacrificio. Las Rocas Errantes son un obstáculo absoluto, imposible, que obliga a Odiseo a encarar una disyuntiva: pasar navegando cerca de Escila o de Caribdis. Circe presenta esta elección como un límite insuperable para mortales sin intervención divina, donde la ruta de las Planktai equivale a destrucción inmediata (vv. 59-72), forzando al héroe a optar por el "mal menor" en el estrecho.
Las «Errantes» (Planktai) enfatizan el tema de los límites humanos sobrepasados. En ese caso la mētis no basta sino que hay que contar además con la intervención de los dioses —sólo Jasón logró pasar junto a ellas porque contó con el favor de Hera (Juno en traducciones romanas) explica Circe—. El héroe homérico no es omnipotente: incluso Odiseo, paradigma de astucia, debe aceptar que ciertos peligros (como las Planktai) trascienden la capacidad humana y requieren favor divino, de modo similar a cómo los Argonautas superaron obstáculos míticos.
El dilema se resuelve con una decisión pragmática: Odiseo elige pasar cerca de Escila, sacrificando a seis compañeros para salvar al resto de la destrucción total por Caribdis (vv. 234-259). En contraste con la hibris colectiva que se vivirá en Trinacria, aquí Odiseo asume la realidad sin arrogancia reconocido los límites impuestos por el destino y los dioses, y acepta el sacrificio inevitable de algunos de sus hombres ante Escila para salvar al resto. Sin culpar a los dioses ni a la tripulación acepta el sufrimiento como parte del liderazgo. El héroe no puede cambiar el mundo; sólo elegir dentro de lo dado para vivir en él con dignidad.
La disyuntiva de Odiseo pasó al lenguaje en la frase proverbial «estar entre Escila y Caribdis»,[12] en referencia a situaciones de gran peligro o dilemas sin salida fácil donde evitar un mal lleva inevitablemente a caer en otro mal igual o peor. Son expresiones equivalentes «estar entre la espada y la pared» o «entre dos fuegos». La expresión ya aparece en latín clásico (como inter Scyllam et Charybdim) en autores romanos (Cicerón, Plinio, Séneca), y pasa al español medieval y moderno a través de la tradición clásica y renacentista.[13]
Hibris de Euríloco y Odiseo
Las vacas de Helios, sagradas e intocables, simbolizan los límites morales o divinos que deben ser respetados. El episodio alecciona sobre la soberbia, la falta de autodominio y el respeto a lo divino, temas centrales en la ética homérica.
Euríloco es el demagogo que justifica la transgresión de lo sagrado con argumentos "razonables" para el grupo. Los compañeros representan al hombre común que antepone lo puramente instintivo —hambre, supervivencia— a los límites de lo permitido y al respeto de lo sagrado y lo divino. Todos ellos caen en una hibris colectiva.
En cuanto a Odiseo, él previno de que no se tocara el ganado de Helios, pero se durmió sin haber tomado medidas preventivas más estrictas para evitar el sacrilegio. Su hybris se manifiesta en el exceso de confianza en su autoridad. No participó directamente pero fue negligente.
La violación del orden acarrea la némesis divina en proporción con la gravedad del delito: destrucción total de nave y tripulación, excepto Odiseo.
| La Odisea, de Homero |
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