Odisea (Canto IV)
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El Canto IV de la Odisea de Homero subtitulado «Lo de Lacedemonia» (traducción en prosa de Luis Segalá y Estalella),[1] también conocido como «Telémaco en Esparta» o «Menelao y Helena» según otras versiones, constituye la culminación de la llamada Telemaquia, la primera gran sección del poema (cantos I-IV). En él se completa el viaje iniciático de Telémaco en busca de noticias sobre su padre Odiseo, al tiempo que se ofrece un cuadro vívido de la hospitalidad (xenía) en la corte espartana y se introducen recuerdos clave de la guerra de Troya y del difícil regreso (nostos) de los héroes aqueos.
En el canto se alterna la narración en Esparta —el recibimiento fastuoso de Menelao y Helena— con dos breves escenas paralelas: la conjura de los pretendientes en Ítaca para asesinar a Telémaco y la intervención divina de Atenea para consolar a Penélope.
El canto concluye con una doble tensión narrativa: Telémaco ha obtenido una noticia esperanzadora pero vaga sobre su padre, mientras el peligro se cierne sobre él y sobre el hogar en Ítaca; y Penélope —apenada por la ausencia de Odiseo y abrumada por la impertinencia de los pretendientes— queda angustiada por el posible destino que acecha a su hijo. Sirve así de cierre de la Telemaquia y de preámbulo para la narración del regreso efectivo de Odiseo a partir del Canto V.

El canto se inicia con la llegada de Telémaco y Pisístrato (hijo de Néstor) a la opulenta morada de Menelao en Lacedemonia, donde el rey celebra simultáneamente las bodas de sus hijos Megapentes y Hermíone. Menelao, en medio de un banquete, acoge hospitalariamente a los jóvenes sin preguntarles aún su identidad.
Tras el baño ritual y la comida, Menelao evoca con nostalgia y dolor a los compañeros caídos en Troya, especialmente a Odiseo, lo que provoca el llanto contenido de Telémaco. Helena, que entra en la sala acompañada de sus doncellas y portando lujosos presentes egipcios, reconoce inmediatamente al joven por su parecido físico con Odiseo y lo nombra. Pisístrato confirma la identidad y explica el motivo del viaje: buscar noticias del padre de Telémaco.
Para aliviar la tristeza del momento, Helena vierte en el vino un fármaco (phármakon) de Egipto que mitiga el dolor y hace olvidar las desgracias. A continuación, relata un episodio de la guerra de Troya: cómo reconoció a Odiseo disfrazado de mendigo en Troya, lo lavó y ungió, juró no traicionarlo y le permitió matar a varios troyanos antes de regresar con información valiosa a los aqueos (vv 235-264).[1] Menelao responde con otra anécdota que resalta la astucia de Helena y la prudencia de Odiseo: cómo, en el vientre del Caballo de Troya, Helena (acompañada de Deífobo) intentó hacer salir a los héroes aqueos imitando las voces de sus esposas, pero Odiseo evitó que respondieran, conteniéndolos y tapando la boca de Anticlo para no descubrir el engaño (vv 265-289).[1]
Al día siguiente, Telémaco expone abiertamente la situación en Ítaca: los pretendientes devoran su hacienda y presionan a su madre Penélope. Menelao relata entonces su propio nostos: cómo, retenido en Egipto, consiguió del dios marino Proteo (el Viejo del Mar) que le profetizara el destino de los aqueos. Proteo le anunció la muerte de Agamenón a manos de Egisto y de Clitemnestra, y le reveló que Odiseo vivía, pero retenido por la ninfa Calipso en una isla remota y sin medios para regresar (vv 435-569).[1]
Mientras tanto, en Ítaca, los pretendientes se enteran del viaje de Telémaco y planean tenderle una emboscada a su regreso en el estrecho entre Ítaca y «Samos» [n. 2] (vv 663-672).[1] En el palacio, Penélope, angustiada por la ausencia de su hijo, recibe en sueños la visita de Atenea bajo la figura de Iftima, «hija del magnánimo Icario», quien la consuela asegurándole que Telémaco está protegido por los dioses y que regresará sano y salvo (vv 795-807).[1]
Estructura y contenido
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Continúa el viaje hasta Esparta, la vasta y cavernosa Lacedemonia. Se detienen ante el vestíbulo «del gran palacio de elevada techumbre» de Menelao, que está celebrando el banquete de la doble boda de su hijo el fuerte Megapentes con una hija de Aléctor, y de su hija Hermione con Neoptólemo, hijo de Aquiles.
Ellos caminaban absortos viendo el palacio del rey, alumno de Júpiter; pues resplandecía con el brillo del sol o de la luna la mansión excelsa del glorioso Menelao. Después que se saciaron de contemplarla con sus ojos, fueron a lavarse en unos baños muy pulidos. Y una vez lavados y ungidos con aceite por las esclavas, que les pusieron túnicas y lanosos mantos, acomodáronse en sillas junto al Atrida Menelao. Una esclava dióles aguamanos, que traía en magnífico jarro de oro y vertió en fuente de plata...Odisea, IV [1]
Los huéspedes no salen de su asombro por las riquezas y lujo que ven, el resplandor del bronce en el sonoro palacio; y también el del oro, del electro, de la plata y del marfil. Menelao les dice que preferiría poseer sólo la tercera parte de lo que tiene a cambio de que se hubiesen salvado los que perecieron en la vasta Troya, lejos de Argos, la criadora de corceles. De entre todos los ausentes se apesadumbra especialmente por uno de ellos, Odiseo:
... por nadie vierto tal copia de lágrimas ni me aflijo de igual suerte como por uno, y en acordándome de él aborrezco el dormir y el comer, porque ningún aqueo padeció lo que Ulises hubo de sufrir y pasar: para él habían de ser los dolores y para mí una pesadumbre continua e inolvidable a causa de su prolongada ausencia y de la ignorancia en que nos hallamos de si vive o ha muerto...Odisea, IV [1]

Sale Helena de su perfumada estancia de elevado techo, semejante a Diana; enseguida reconoce en el forastero a Telémaco, a quien dejara recién nacido en su casa cuando los aqueos fuisteis por mí, cara de perra, a empeñar rudos combates con los troyanos. Asiente el rubio Menelao y a todos les invade la añoranza y el dolor por los ausentes, hasta que el rey ordena poner fin al duelo: tornemos a acordarnos de la cena, y dennos agua a las manos.
Helena dispone que echen en la crátera la droga contra el llanto de la egipcia Polidamna, mujer de Ton. Escancian el vino y evoca serena cómo Odiseo había entrado en Troya con ardides:
Infirióse vergonzosas heridas, echóse a la espalda unos viles harapos, como si fuera un siervo, y se entró por la ciudad de anchas calles donde sus enemigos habitaban... Todos se dejaron engañar y yo sola le reconocí e interrogué, pero él con sus mañas se me escabullía.Odisea, IV [1]
El rey corrobora:
Odisea, IV [1]
Telémaco se duele de cuanto oye porque cree a su padre muerto: ... más doloroso es que sea así, pues ninguna de estas cosas le libró de una muerte deplorable. Fatigado, ruega a Menelao disponga ir al lecho para regalarse con el dulce sueño. A la mañana siguiente Menelao, parecido a un Dios, llama a Telémaco para conocer el real motivo de su visita: ¿Es un asunto del pueblo o propio tuyo? Dímelo francamente. Por fin, Telémaco se desahoga:
He venido por si me pudieres dar alguna nueva de mi padre. Consúmese todo lo de mi casa y se pierden las ricas heredades: el palacio está lleno de hombres malévolos que, pretendiendo a mi madre y portándose con gran insolencia, matan continuamente las ovejas de mis copiosos rebaños y los flexípedes [n. 4] bueyes de retorcidos cuernos. Por tal razón vengo a abrazar tus rodillas, por si quisieras contarme la triste muerte de aquél, ora la hayas visto con tus ojos, ora la hayas oído referir a algún peregrino...Odisea, IV [1]
El rey se indigna y comienza a narrar lo sucedido:
En verdad que pretenden dormir en la cama de un varón muy esforzado aquellos hombres tan cobardes. Así como una cierva puso sus hijuelos recién nacidos en la guarida de un bravo león y fuese a pacer por los bosques y los herbosos valles, y el león volvió a la madriguera y dio a entrambos cervatillos indigna muerte; de semejante modo también Ulises les ha de dar a aquéllos vergonzosa muerte.
... Los dioses me habían detenido en Egipto, a pesar de mi anhelo de volver acá, por no haberles sacrificado hecatombes perfectas... Allí me tuvieron los dioses veinte días, sin que se alzaran los vientos favorables que soplan en el mar... Ya todos los bastimentos se me iban agotando y también menguaba el ánimo de los hombres; pero me salvó una diosa que tuvo piedad de mí: Idotea, hija del fuerte Proteo...Odisea, IV [1]
Aconsejado por Idotea, Menelao pudo lograr de Proteo la verdad del destino de Odiseo:
Odisea, IV [1]
Mientras tanto, en el palacio de Ulises en Ítaca, los pretendientes continuaban con sus insolencias tirando discos y jabalinas en el labrado pavimento. Noemón pregunta a Antínoo, hijo de Eupeites,[n. 1] si sabe cuando regresará Telémaco de la arenosa Pilos porque necesita su nave, que le dejó. Quedaron todos atónitos; creían que el joven estaba con las ovejas en el campo. Dejaron sus juegos preocupados y cundió la indignación entre ellos. Antínoo, con las negras entrañas llenas de cólera y los ojos parecidos al relumbrante fuego toma la palabra:
... ¡Gran proeza ha realizado orgullosamente Telémaco con ese viaje! ¡Y decíamos que no lo llevaría a efecto! Contra la voluntad de muchos se fue el niño... De aquí adelante comenzará á ser un peligro para nosotros... proporcionadme ligero bajel y veinte compañeros, y le armaré una emboscada cuando vuelva, acechando su retorno en el estrecho que separa a Ítaca de la escabrosa Samos, a fin de que le resulte funestísima la navegación...Odisea, IV [1]
Medonte corre a contar a Penélope el complot urdido para matar a su hijo. Ella que ni sabía que Telémaco se había ido en busca de su padre sintió desfallecer sus rodillas y su corazón, estuvo un buen rato sin poder hablar. Euriclea la nodriza se sincera:
Yo lo supe todo y di a Telémaco cuanto me ordenara... pero hízome prestar solemne juramento de que no te lo dijese hasta el duodécimo día o hasta que te aquejara el deseo de verle u oyeras decir que había partido, a fin de evitar que lloraras...Odisea, IV [1]
Penélope desesperada implora a Minerva que salve a su hijo de los ”perversos y ensoberbecidos pretendientes y cae en dulce sueño. La diosa, bajo la forma de Iftima, la calma: tu hijo aún ha de volver, que en nada pecó contra las deidades.
Los pretendientes dirigidos por Antínoo [n. 1] ya navegaban en una negra embarcación maquinando la muerte de Telémaco en la pedregosa Ásteris, magnífica isla para emboscarlo.
Temas y comentarios
- Hospitalidad (xenía) — La espléndida acogida de Menelao y Helena a Telémaco y Pisístrato ejemplifica la xenía ideal (protegida por Zeus Xenios) con baño, banquete y regalos. Contrasta con la violación de esta norma por los pretendientes en Ítaca, subrayando su importancia como pilar social griego.
- Memoria y nostalgia de la guerra de Troya — Los relatos de Helena y Menelao evocan episodios troyanos (disfraz de Odiseo como mendigo; el caballo de Troya con la imitación de voces por Helena y la prudencia de Odiseo), reviviendo el trauma colectivo y resaltando la astucia (mêtis) de los héroes.
- El elixir egipcio y el olvido del dolor — El phármakon (descrito como nepenthes, «sin pena», en griego original) que Helena vierte en el vino permite mitigar el llanto y olvidar desgracias temporalmente. Simboliza el poder de la sabiduría egipcia en farmacología y magia, y sirve narrativamente de transición entre el duelo y la narración heroica.
- El nostos (regreso) y la profecía — Menelao narra su propio regreso dificultoso y la captura de Proteo (el Viejo del Mar), quien revela el destino de los aqueos: muerte de Agamenón y supervivencia de Odiseo, si bien retenido por Calipso. Introduce esperanza incierta y el tema central del poema: el difícil retorno al hogar.
- Madurez iniciática de Telémaco — Telémaco pasa de la pasividad a la acción, madurando como heredero. El viaje culmina con el reconocimiento de él por su parecido con Odiseo y la obtención de noticias.
- Intervención divina y protección — Atenea consuela a Penélope en sueños, reforzando el protagonismo de los dioses como guardianes de los justos frente al caos humano.
Memoria de la guerra de Troya: relatos troyanos, trauma revivido y exaltación de la mêtis

Los relatos de Helena y Menelao en el banquete espartano (vv. 235-289)[1] reviven episodios clave de la guerra de Troya, evocados con nostalgia. Helena narra cómo reconoció a Odiseo disfrazado de mendigo en Troya —«Infirióse vergonzosas heridas, echóse a la espalda unos viles harapos, como si fuera un siervo»—, lo ungió con aceite y guardó su secreto, permitiéndole obtener información valiosa y matar troyanos antes de regresar al campamento aqueo (vv. 235-264).[1]
Tras la reina Menelao recuerda el episodio del caballo de Troya: Helena, acompañada de Deífobo, rodeó el caballo imitando las voces de las esposas de los héroes para hacerlos salir, pero Odiseo, con su prudencia legendaria, contuvo a los aqueos y tapó la boca de Anticlo para evitar el desastre —«Odiseo tapóle la boca con sus robustas manos y salvó a todos los aqueos»— (vv. 265-289).[1]
Estas evocaciones mantienen viva la memoria del trauma troyano —que mueve al llanto colectivo por los caídos, por Odiseo especialmente—, a la vez que resaltan la astucia e inteligencia práctica (mêtis) como virtud suprema de los héroes aqueos:
- El Odiseo mendicante anticipa la misma argucia de la que se servirá en su regreso a Ítaca (Odisea XIII).
- Su prudencia y moderación en el caballo ejemplifican el control racional frente al impulso emocional (hȳbris).
Ese llanto tiene un contrapunto en el phármakon nepenthes de Helena, que mitiga las lágrimas y el duelo (permitiendo narrar sin quebranto total) sin borrar la memoria; al contrario, la canaliza hacia el consuelo y la hospitalidad. La nostalgia dolorosa es vehículo de maduración para Telémaco, que reconoce la grandeza de su padre.
El phármakon egipcio de Helena: el olvido temporal del dolor
Uno de los episodios más célebres y comentados del Canto IV es la intervención de Helena, quien, al percibir la tristeza colectiva provocada por los recuerdos de la Guerra de Troya y la incertidumbre sobre Odiseo, vierte en el vino un 'fármaco' (φάρμακον, phármakon) traído de Egipto por la egipcia Polidamna, esposa de Ton (vv. 219-234).[1] Este brebaje mitiga el llanto, la cólera y el pesar, haciendo olvidar temporalmente todas las desgracias: quien lo bebe no derrama una sola lágrima en todo el día, aunque vea morir ante sus ojos a su madre, padre, hermano o hijo degollado por el bronce. Es una de las menciones más antiguas y famosas en la literatura occidental anticipando el concepto moderno de sustancia psicotrópica.
Homero describe Egipto como tierra fértil (zeídōros ároura,[n. 5] literalmente «tierra dadora de trigo» o «campo fecundo de cereales»; expresión homérica que resalta la abundancia agrícola y la prosperidad civilizada) que produce muchísimas plantas, unas benéficas cuando se mezclan y otras nocivas; y presenta a sus habitantes como expertos en remedios medicinales, descendientes del dios sanador Peón (Paiēōn), figura homérica precursora de Asclepio y médico de los dioses en la Ilíada. Esta idealización refleja la percepción griega arcaica de Egipto como cuna de sabiduría antigua en farmacología y magia herbal.
En el texto original, el phármakon [2] se califica como nepenthes [n. 6] adjetivo descriptivo que significa literalmente «sin pena y sin cólera» (de ne- «no» + penthos «dolor», y ácholos «sin ira»). Así, es un remedio que disipa el sufrimiento emocional y el recuerdo de las desgracias, permitiendo que el banquete continúe y los relatos heroicos —el disfraz de Odiseo en Troya y el episodio del Caballo— fluyan sin interrupción por el duelo. En tradiciones posteriores nepenthes se convierte en el nombre propio del brebaje.
El pasaje resalta la ambigüedad inherente al phármakon griego («remedio» o «veneno»), si bien aquí es puramente benéfico y funcional: mantiene la hospitalidad (xenía) y permite que avance la narración. Se ha especulado con su posible base real en sustancias como opio de adormidera, mandrágora, hierbas egipcias o incluso un placebo poético, aunque Homero lo presenta como elemento mítico sin especificar su composición.
Este episodio ha tenido una notable influencia posterior: inspiró el concepto de «nepenthe» (olvido de las penas) en la literatura romántica (Allan Poe lo usa como bálsamo contra el dolor),[4] y ha sido analizado en filosofía moderna, especialmente por Jacques Derrida en su ensayo sobre el phármakon (a través del Fedro de Platón) [5] como figura de ambigüedad entre cura y perjuicio, escritura y olvido.
El fármaco nepenthes ha inspirado denominaciones populares como «vino de las penas», «vino del olvido» o «vino que hace olvidar las penas». Aunque el texto homérico no lo nombra así su efecto de olvido transitorio de las desgracias ha dado pie a esas metáforas poéticas en interpretaciones románticas y modernas.
En Botánica, existe un género de plantas carnívoras llamado Nepenthes.
La emboscada de los pretendientes: xenía pervertida y el peligro acechante al retorno de Telémaco
Antínoo,[n. 1] con «las negras entrañas llenas de cólera y los ojos parecidos al relumbrante fuego» (vv. 661-662), pide que se le proporcione un ligero bajel y veinte compañeros para acechar a Telémaco en su vuelta de Pilos; lo emboscará en el estrecho que separa a Ítaca de «la escabrosa Samos» [n. 2] (VV. 663-672), el estrecho de Ítaca. La trampa se sitúa en el islote pedregoso de Ásteris (actual Daskalio), «con puertos de doble entrada» (vv. 844-847).
El complot de los pretendientes liderado por Antínoo cierra el episodio con la inversión del ideal de hospitalidad que domina en la primera parte del canto en Esparta. A diferencia de Menelao y Helena que acogen a Telémaco con banquetes, regalos y relatos compartidos, los pretendientes en Ítaca —que ya venían violando sistemáticamente las normas de la hospitalidad aprovechándose de la hacienda de Odiseo— planean asesinar al heredero para perpetuar su dominio.
La violación de la xenía por los pretendientes no sólo los caracteriza como antagonistas insolentes, sino que justifica su futura destrucción: al pervertir el código social divino (protegido por Zeus Xenios), invocan su propio castigo.
El retorno (nostos) iniciático de Telémaco se pone en riesgo y, por extensión, el nostos definitivo de Odiseo. Al dulce beneficio del phármakon de Helena (que disipa el llanto y permite narrar sin quebrantos) se contrapone el complot con su dolor inminente y real: la muerte que acecha al heredero en el umbral del hogar.
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