Odisea (Canto I)

primer canto de la Odisea From Wikipedia, the free encyclopedia

El Canto I [n. 1] de la Odisea de Homero, titulado tradicionalmente «Los dioses deciden en asamblea el retorno de Odiseo» (o en la versión de Segalá, 1910: «Concilio de los dioses. Exhortación de Minerva a Telémaco»),[1] marca el inicio del poema épico y sirve de exposición fundamental para toda la obra. Comienza con la invocación a la Musa —un rasgo distintivo de la épica griega—[2] y presenta a Odiseo como polýtropos (πολύτροπος), «de muchos recursos»,[2] anticipando su carácter astuto y adaptable.

Calíope, en un fresco pompeyano.

Forma parte de la llamada Telemaquia (Cantos I-IV), que se centra en la maduración del joven Telémaco y en la crisis de Ítaca durante la larga ausencia de Odiseo, antes de que el héroe protagonista entre en escena de forma directa. La narración arranca in medias res, es decir, «en medio de la acción»: han pasado diez años desde la caída de Troya (tema central de la Ilíada) y aproximadamente ocho desde que Odiseo desapareciera tras sus periplos. Atenea informa a Zeus que el héroe, rey de Ítaca, permanece retenido en Ogigia por la ninfa Calipso —figura que simboliza la tentación del olvido—.[3] Mientras, en su hogar en Ítaca los pretendientes acosan a Penélope, la esposa fiel, y devoran sus bienes en una situación de hybris que viola las leyes de la hospitalidad (xenía) —colapso del orden legítimo y social— preparando el terreno para el retorno y venganza de Odiseo.

Este canto anuncian los ejes centrales de la obra: el regreso (nostos) del héroe, la lealtad frente a la usurpación y el viaje interior tanto de Odiseo como de su hijo Telémaco.

Argumento

La acción del Canto I se desarrolla en dos escenarios principales: el Olimpo y el palacio de Odiseo en Ítaca.

En el Olimpo, los dioses celebran asamblea en ausencia de Poseidón que está entre los etíopes. Zeus reflexiona sobre la responsabilidad humana mediante el ejemplo de Egisto. Atenea intercede por Odiseo y propone un plan en dos frentes: enviar a Hermes para que Calipso libere a Odiseo, y descender ella misma a Ítaca para infundir valor en Telémaco.

En Ítaca, Atenea llega disfrazada de Mentes y es recibida hospitalariamente por Telémaco, mientras los pretendientes de Penélope banquetean, juegan a los dados y consumen los bienes de la casa. En conversación privada, exhorta al joven a convocar una asamblea y emprender un viaje en busca de noticias de su padre (cantos III y IV).

Penélope desciende al salón conmovida por el canto del aedo Femio, pero Telémaco la envía de regreso a sus labores, mostrando por primera vez autoridad. Finalmente, Telémaco confronta a los pretendientes y Atenea parte, dejando en el joven una nueva determinación.

Estructura y contenido

  1. Invocación a la Musa (vv. 1-31)   Sin nombrarla, Homero invoca a Calíope,[4] musa de la poesía épica «Háblame, Musa»[n. 2] exhortándola a que hable de Odiseo. Presentación de Odiseo (polýtropos) y resumen del argumento.
  2. Asamblea de los dioses   Ausencia de Poseidón. Discurso de Zeus sobre Egisto. Atenea habla de Odiseo, retenido por Calipso; anhela retornar a Ítaca. Zeus está conforme y Atenea propone su plan: Mercurio le llevará a la ninfa la orden de liberarlo, mientras que ella viajará a Ítaca para reunirse con Telémaco e infundirle valor (ménos) [n. 3] en el pecho para enfrentarse a los pretendientes de su madre Penélope.
  3. Atenea en Ítaca (disfrazada de Mentes)   Llegada al palacio, conversación con Telémaco, exhortación y partida.
  4. Presencia de Penélope   Baja al salón y es enviada de vuelta por Telémaco.
  5. Telémaco se encara a los pretendientes   Telémaco les exige abandonar el palacio.
  6. Fin de la jornada   Los pretendientes vuelven a la danza y cantos. Telémaco sube a su aposento acompañado de su fiel sirvienta Euriclea, pensando «toda la noche en el viaje que Minerva le había aconsejado»


Homero hace una invocación:

Musa, dime [n. 2] del hábil varón [n. 4] que en su largo extravío,
tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya,
conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes.
Muchos males pasó por las rutas marinas luchando
por sí mismo y su vida y la vuelta al hogar de sus hombres;

pero a éstos no pudo salvarlos con todo su empeño,
que en las propias locuras hallaron la muerte. ¡Insensatos!
Devoraron las vacas del Sol Hiperión e, irritada
la deidad, los privó de la luz del regreso. Principio
da a contar donde quieras, ¡oh diosa nacida de Zeus!

Homero, Odisea (Pabón 1982)[5]

Preocupa el destino de Odiseo que aún no logró retornar a su patria:

... solamente Ulises, que tan gran necesidad sentía de restituirse a su patria y ver a su consorte, hallábase detenido en hueca gruta por Calipso, la ninfa veneranda, la divina entre las deidades, que anhelaba tomarlo por esposo.
Odisea, I [1]

Las deidades celebran consejo en el palacio de Zeus Olímpico, con la única ausencia de Poseidón —permanentemente «airado contra el divinal Ulises» que había ido a una hecatombe en el país de los etíopes.

Zeus toma la palabra reflexionando sobre las penalidades que acosan el destino de los hombres:

«¡De qué modo culpan los mortales a los númenes! Dicen que las cosas malas les vienen de nosotros, y son ellos quienes se atraen con sus locuras infortunios no decretados por el destino. Así ocurrió con Egisto, que, oponiéndose a la voluntad del hado, casó con la mujer legítima del Atrida y mató a este héroe cuando tornaba a su patria, no obstante que supo la terrible muerte que padecería luego. Nosotros mismos le habíamos enviado a Mercurio, el vigilante Argicida, con el fin de advertirle que no matase a aquél, ni pretendiera a su esposa; pues Orestes Atrida tenía que tomar venganza no bien llegara a la juventud y sintiese el deseo de volver a su tierra. Así se lo declaró Mercurio; mas no logró persuadirlo, con ser tan excelente el consejo, y ahora Egisto lo ha pagado todo junto.»
Odisea, I [1]

Atenea, «la deidad de los brillantes ojos», asiente, pero no puede olvidar a Odiseo, retenido por Calipso en su isla de Ogigia:

«Aquél yace en la tumba por haber padecido una muerte muy justificada. ¡Así perezca quien obre de semejante modo! Pero se me quiebra el corazón por el prudente y desgraciado Ulises, que, mucho tiempo ha, padece penas lejos de los suyos, en una isla azotada por las olas, en el centro del mar...»
Odisea, I [1]

Zeus se muestra comprensivo, si bien señala la culpa por la que está pagando justo castigo:

«¡Hija mía! ¡Qué palabras se te escaparon del cerco de los dientes! ¿Cómo quieres que ponga en olvido al divinal Ulises, que por su inteligencia se señala sobre los demás mortales y siempre ofreció muchos sacrificios á los inmortales dioses que poseen el anchuroso cielo? Pero Neptuno, que ciñe la tierra, le guarda vivo y constante rencor porque cegó al cíclope, al deiforme Polifemo [n. 5]Desde entonces Neptuno, que sacude la tierra, si bien no se ha propuesto matar a Ulises, hace que vaya errante lejos de su patria»
Odisea, I [1]

La asamblea decide que ya es suficiente: Odiseo debe regresar. Hermes llevará el mensaje a Calipso, «la ninfa de hermosas trenzas» y entretanto Atenea irá a Ítaca junto a Telémaco:

«… instigaré vivamente a su hijo, y le infundiré valor en el pecho [n. 3] para que llame al ágora a los aqueos de larga cabellera y prohíba la entrada en el palacio a todos los pretendientes, que de continuo le degüellan muchísimas ovejas y flexípedes bueyes de retorcidos cuernos. Y le llevaré después a Esparta y a la arenosa Pilos para que, preguntando y viendo si puede adquirir noticias de su padre, consiga ganar honrosa fama entre los hombres»
Odisea, I [1]

Dicho esto la diosa de encaminó al palacio de Ítaca:

… detúvose en el vestíbulo de la morada de Ulises, en el umbral que precedía al patio: Minerva empuñaba la broncínea lanza y había tomado la figura de un extranjero, de Mentes, rey de los tafios.[n. 6]
Odisea, I [1]

Los pretendientes se habían hecho con el lugar: unos jugaban a los dados, otros comían en abundancia. Telémaco, en medio entre ellos «con el corazón apesadumbrado» fue el primero en advertir la presencia de la diosa:

«¡Salve, huésped! Entre nosotros has de recibir amistoso acogimiento. Y después que hayas comido, nos dirás si necesitas algo»
Odisea, I [1]

En la estancia domina el tumulto de los presentes, afanados en comer, beber y solazarse con cantos y bailes al son de la cítara de Femio.

Telémaco se desahoga con Atenea:

«¡Caro huésped! ¿Te enojarás conmigo por lo que voy a decir? Éstos sólo se ocupan en cosas tales como la cítara y el canto; y nada les cuesta, pues devoran impunemente la hacienda de otro, la de un varón cuyos blancos huesos se pudren en el continente por la acción de la lluvia o los revuelven las olas en el seno del mar. Si le vieran aportar a Ítaca, preferirían tener los pies ligeros a ser ricos de oro y de vestidos. Mas aquél ya murió, víctima de su aciago destino, y no hay que esperar en su tornada... Pero, ea, habla y responde sinceramente: ¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y tus padres?... ¿Vienes ahora por vez primera o has sido huésped de mi padre?»
Odisea, I [1]

Atenea le responde que vino porque le aseguraron que su padre estaba de vuelta en la población, «mas sin duda lo impiden las deidades» y le revela que «no estará largo tiempo fuera de su patria, aunque lo sujeten férreas vínculos; antes hallará algún medio para volver, ya que es ingenioso en sumo grado». Telémaco continúa descorazonado:

«desapareció sin fama, arrebatado por las Harpías... Y no me lamento y gimo únicamente por él, que los dioses me han enviado otras funestas calamidades. Cuantos próceres mandan en las islas, en Duliquio, en Same y en la selvosa Zacinto, y cuantos imperan en la áspera Ítaca, todos pretenden a mi madre y arruinan nuestra casa. Mi madre ni rechaza las odiosas nupcias, ni sabe poner fin a tales cosas; y aquellos comen y agotan mi hacienda, y pronto acabarán conmigo mismo»
Odisea, I [1]

La diosa da instrucciones muy concretas a Telémaco. Debe aprestar una embarcación con veinte remeros e ir a preguntar por su padre: «trasládate primeramente a Pilos e interroga al divinal Néstor; y desde allí endereza los pasos a Esparta, al rubio Menelao». E infunde valor (ménos) [n. 3] al joven: «sé fuerte para que los venideros te elogien».

... fuese la diosa, volando como un pájaro, después de infundir en el espíritu de Telémaco valor y audacia, y de avivarle aún más el recuerdo de su padre...
Odisea, I [1]

Por primera vez Telémaco se siente con fuerzas ante aquellos pretendientes alborotadores y envalentonados que «deseaban acostarse con Penélope en su mismo lecho» y se enfrenta a ellos: «quizás muráis en este palacio sin que nadie os vengue». Más el joven necesita descansar y se retira atendido por su fiel nodriza Euriclea: [n. 7]

… y se fue derecho a la cama, meditando en su espíritu muchas cosas. Acompañábale, con teas encendidas en la mano, Euriclea, hija de Ops Pisenórida, la de castos pensamientos; a la cual comprara Laertes en otra época, apenas llegada a la pubertad, por el precio de veinte bueyes; y en el palacio la honró como a una casta esposa, pero jamás se acostó con ella a fin de que su mujer no se irritase. Aquélla, pues, alumbraba a Telémaco con teas encendidas, por ser la esclava que más le amaba y la que le había criado desde niño; y, en llegando, abrió la puerta de la habitación sólidamente construida. Telémaco se sentó en la cama, desnudóse la delicada túnica y diósela en las manos a la prudente anciana; la cual, después de componer los pliegues, la colgó de un clavo que había junto al torneado lecho, y de seguida salió de la estancia, entornó la puerta, tirando del anillo de plata, y echó el cerrojo por medio de una correa. Y Telémaco, bien cubierto de un vellón de oveja, pensó toda la noche en el viaje que Atenea le había aconsejado.
Odisea, I [1]

Temas y comentarios

El canto funciona como exposición: presenta el conflicto (crisis en Ítaca; retención de Odiseo), pone en marcha las dos tramas paralelas (retorno de Odiseo y viaje de Telémaco) y anuncia el tono moral de la epopeya. Sus temas establecen las bases ideológicas y narrativas de toda la Odisea.

  1. La intervención divina en los asuntos humanos   El regreso de Odiseo depende del permiso de Zeus y la ayuda de Atenea que actúa como protectora y guía del héroe y de su linaje. Los dioses no son indiferentes, pero actúan a través de consejos y estímulos más que por intervención milagrosa constante.
  2. Responsabilidad humana del propio destino   Los compañeros de Odiseo perecieron «por sus propias locuras» al devorar las vacas del Sol (vv. 1-10). Y Zeus expone el caso de Egisto para ejemplificar que son los mortales mismos «quienes se atraen con sus locuras infortunios no decretados por el destino» (vv. 32-43). Los dioses están ahí, advierten, pero los hombres eligen y afrontan las consecuencias. El libre albedrío, no el hado (del latín fatum),[n. 8] determina el curso de la vida.
  3. La hospitalidad (xenía)   Valor sagrado en la Grecia antigua que se presenta por contraste en este canto:
    1. Buen ejemplo: Telémaco recibe con honores a Mentes (Atenea disfrazada), ofreciéndole asiento apartado, aguamanos, comida y conversación privada antes de preguntarle quién es.
    2. Mal ejemplo: los pretendientes abusan de la hospitalidad de la casa de Odiseo, consumiendo sus bienes de forma insolente y egoísta.
  4. Insolencia (hybris) de los pretendientes   Se comportan con arrogancia: ocupan altaneros el palacio, devoran la hacienda y presionan a Penélope. En ausencia del legítimo rey cunde el desorden y la falta de respeto. Se sientan las bases del castigo divino y la venganza de Odiseo.
  5. El ingenio (mētis) de Odiseo   Desde el primer verso se presenta a Odiseo como «varón de multiforme ingenio» (polýtropos). Su prudencia y astucia lo distinguen; Atenea destaca su inteligencia superior. Tema que recorrerá toda la epopeya: el ingenio vence donde la fuerza sola fracasa.
  6. Nostalgia del hogar y retorno (nostos)   Odiseo es el único de los héroes de Troya que no ha regresado. El retorno es emoción central de la obra: anhelo de la patria, hogar, familia y orden restaurado.
  7. Justicia divina y piedad   Los dioses compadecen a Odiseo (excepto Poseidón, por la ceguera de Polifemo), y la justicia existe, aunque se demore: los impíos (como Egisto o los pretendientes) acaban pagando por sus culpas.

La invocación a la Musa

El Canto I se abre con la tradicional invocación a la Musa,[4] fórmula característica de la poesía épica griega arcaica. Homero pide: Andra moi ennepe, Mousa, polytropon..., «Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio...» (versos 1-10 en la traducción de Segalá)[1]

Según versiones:

Musa, dime del hábil varón que en su largo extravío... (Pabón 1982)[7]
Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio... (Segalá 1910)[1]

En la épica griega [8] arcaica el aedo es un mero intermediario entre lo divino y lo humano, de modo que el auditorio escucha los versos como una revelación de lo sagrado. Él no inventa historias: transmite la gloria o fama inmortales (κλέος, kléos) que la Musa (generalmente identificada con Calíope, «la de bella voz», musa de la poesía épica) le revela y que sobrevive a la muerte gracias al canto. De ahí el imperativo ἔννεπε, énnepe:

ἔννεπε Μοῖσα, énnepe Móisa: «transmite/proclama en canto, Musa»

La Musa es la que posee el conocimiento verdadero de los hechos del pasado y su invocación convierte lo que dice el aedo en una revelación que transforma los hechos en kléos:

  1. El canto no es mero adorno ni entretenimiento, sino verdad histórica garantizada por testigos divinos; en una sociedad de tradición fundamentalmente oral, las Musas funcionan como depositarias y guardianas infalibles de la memoria colectiva, equivalentes a unos «archivos vivos» de todo cuanto merece ser recordado.
  2. Para un héroe griego, la única forma de «vencer» a la muerte es que su nombre sea cantado. Sin este canto, el sufrimiento de Odiseo habría sido en vano, pues nadie lo recordaría.

Desde el punto de vista narrativo:

  1. La invocación a la Musa introduce desde el primer verso el carácter de Odiseo como polýtropos (de multiforme ingenio). La Ilíada comienza de forma similar: «Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles;[n. 9] cólera funesta que causó infinitos males á los aqueos…» (Ilíada I, vv. 1-7)[9] Sin embargo, en la Odisea, la invocación es más amplia pues no sólo pide el canto, sino que además adelanta el carácter singular del héroe y el tono general de la epopeya (aventura, sufrimiento e ingenio).
  2. Resume brevemente el argumento de la obra: el largo extravío, los sufrimientos en el mar y el deseo de retorno tras la destrucción de Troya. Desde el primer momento conocemos:
    1. Odiseo estuvo en la guerra de Troya
    2. Él y sus hombres peregrinaron «larguísimo tiempo … en su navegación por el ponto» para retornar a la patria («Apólogos»).
    3. No lo lograron porque, habiendo comido «las vacas del Sol, hijo de Hiperión» (Canto XII), el dios impide que logren pisar Ítaca.
    4. Con todo, se había ido aplacando la ira de los dioses, con la excepción de Poseidón, «constantemente airado» con Odiseo (vv. 11-21) —no se nos dice el motivo; será el propio Zeus quien lo haga, un poco más adelante—.
    5. Odiseo permanece retenido por Calipso en Ogigia para tomarlo por esposo (Canto V).

Asamblea de los Dioses

La Asamblea de los Dioses en el Canto I funciona como el motor narrativo que pone en marcha la acción de la Odisea. Es el momento en que el destino de Odiseo deja de ser un sufrimiento pasivo y se convierte en un plan activo de los dioses.[10] [11]

La asamblea tiene lugar en un momento propicio: Poseidón, el gran antagonista de Odiseo por haber cegado a su hijo Polifemo (Canto IX), se encuentra lejos, entre los «etíopes»,[n. 10] participando en un banquete. Atenea aprovecha su ausencia para interceder ante Zeus a favor de su protegido, sabiendo que no encontrará una oposición inmediata por parte del dios del mar.

Zeus abre la sesión reflexionando sobre el caso de Egisto, que fue asesinado por Orestes tras ignorar las reiteradas advertencias de los dioses. Este discurso establece uno de los principios morales centrales de la Odisea: los hombres tienden a culpar a los dioses de sus desgracias, cuando en realidad la mayoría de sus males provienen de su propia atásthalaia (ἀτασθαλίαι), es decir, de su insensatez, imprudencia o desmesura —el libre albedrío humano y la responsabilidad personal frente al destino—[10] [12]

Sin embargo, mientras Egisto representa al hombre que por su hybris elige el crimen y recibe el castigo merecido, Odiseo encarna al héroe que sufre enormemente, pero no por culpa propia, sino por el destino y la ira de Poseidón, manteniendo intacta su piedad y su deseo de restaurar el orden en Ítaca.

Atenea no se limita a pedir ayuda, sino que despliega una retórica de la compasión. Le recuerda a Zeus los abundantes sacrificios que el «prudente y desgraciado» Odiseo le ofreció en Troya y cuestiona con ironía por qué el padre de los dioses está tan odyssámenos (ὀδυσσάμενος) «enojado» —«airado» en la versión de Segalá— con él, jugando con la etimología misma del nombre de Odiseo en lo que los filólogos denominan un juego etimológico o etymologia:[12] Odysseus (Ὀδυσσεύς) está relacionado con ὀδύσσομαι (odýssomai), «guardar rencor», «causar dolor», «estar airado», convirtiendo el nombre del héroe en cifra de su propio destino.[13] El juego de palabras de Atenea —una paronomasia— suaviza su petición a Zeus y muestra su mḗtis como protectora del ingenioso Odiseo:

«¿Y á ti, Júpiter Olímpico, no se te conmueve el corazón? ¿No te era acepto Ulises, cuando sacrificaba junto a los bajeles de los argivos? ¿Por qué así te has airado contra él, oh Jove?»[n. 11]
Odisea I, 44-62 [1]

Zeus atiende la súplica de Atenea —«ea, tratemos de la vuelta del mismo y del modo como haya de llegar a su patria; y Neptuno depondrá la cólera»— y explica el porqué del enfado de Poseidón (vv. 63-79): Odiseo había cegado a su hijo Polifemo (Canto IX).

Atenea expone su plan: enviar a Hermes a la isla de Ogigia para que ordene a Calipso la inmediata liberación de Odiseo. Mientras, ella misma descenderá a Ítaca para infundir valor y prudencia en Telémaco —que debe convocar a los aqueos en el ágora y echar a los pretendientes del palacio—, guiarlo en la búsqueda de noticias sobre su padre y prepararlo para su propia maduración como héroe (vv. 80-95).

El ejemplo de Egisto como prefiguración de la justicia restauradora

El discurso de Zeus en el Canto I establece un principio moral fundamental: los humanos son responsables de sus propias desgracias, y no pueden culpar a los dioses por ellas.

«¡Oh dioses! ¡De qué modo culpan los mortales a los númenes! Dicen que las cosas malas les vienen de nosotros, y son ellos quienes se atraen con sus locuras infortunios no decretados por el destino...»
Odisea I, 32-34 [1]

Al mismo tiempo, con el ejemplo de Egisto prefigura, desde el inicio de la Odisea, el principio de justicia restauradora que regirá el desenlace.[10] Egisto encarna el modelo del usurpador en la épica homérica: seduce a Clitemnestra, esposa del rey ausente; asesina a traición a Agamenón a su regreso de Troya; e intenta consolidar un poder ilegítimo. Su crimen reúne las tres transgresiones más graves en la cosmovisión homérica: la violación de la fidelidad conyugal, el regicidio y la apropiación ilegítima del oikos (casa, patrimonio y autoridad) ajeno.[14]

Este esquema presenta un paralelismo estructural con la situación en Ítaca: los pretendientes ocupan el palacio del rey ausente, devoran sus bienes, cortejan a Penélope y traman la muerte de Telémaco. El caso de Egisto actúa como un espejo de la conducta de éstos: así como él ignoró las advertencias de Hermes —«Nosotros mismos le habíamos enviado a Mercurio, el vigilante Argicida,[n. 12] con el fin de advertirle que no matase a aquél [Agamenón] ni pretendiera a su esposa… (vv. 32-43)[1], los pretendientes desoirán los presagios y las palabras de Telémaco (Canto II). Por ello, el destino fatal de Egisto a manos de Orestes valida de antemano —como exemplum narrativo— la matanza que ejecutará Odiseo (Canto XXII), presentándola no como mera venganza personal, sino como un acto de justicia legítima; si Orestes restauró el honor de su padre matando al usurpador, Odiseo deberá aspirar a lo mismo para restablecer el orden.[15]

Con este ejemplo, Zeus establece desde el primer momento un principio de justicia retributiva divina: la hybris contra el orden familiar, social y político no queda impune. Los dioses no sólo permiten, sino que —como muestra Zeus en su discurso— respaldan moralmente la restauración violenta del orden genuino. La futura matanza de los pretendientes, no será un acto de venganza personal descontrolada, sino el restablecimiento de la díkê (justicia) en Ítaca.[15]

El recuerdo de Egisto revela una de las estrategias narrativas de Homero: ya en la asamblea inaugural de los dioses, se está preparando el terreno éticamente para el desenlace de la epopeya. No se oculta la violencia que sucederá; al contrario, se presenta desde el principio dentro de un marco de justicia divina —Zeus declara (v. 34) que los hombres traen sus males por su propia «insensatez»[n. 13] (atásthalaia)—[15]

El inicio de la maduración de Telémaco

La llegada de Atenea a Ítaca, disfrazada de Mentes, rey de los tafios, marca el punto de partida de la Telemaquia y el comienzo del proceso de maduración de Telémaco.

Hasta ese momento, Telémaco aparece pasivo y apesadumbrado ante la situación de su casa. Los pretendientes se han enseñoreado del palacio, jugando a los dados sin recato, comiendo y bebiendo a su antojo mientras esperan impertinentes que Penélope elija un nuevo esposo. La diosa da al joven consejos prácticos —convocar la asamblea y emprender viaje a Pilos y Esparta en busca de noticias sobre su padre— y le infunde coraje (ménos) [n. 3] —le recuerda a Orestes que vengó a su padre Agamenón, prudencia y una nueva autoridad.

El cambio de actitud es inmediato: Telémaco ordena a su madre que regrese a sus aposentos y se enfrenta públicamente a los pretendientes por primera vez:

«¡Pretendientes de mi madre, que os portáis con orgullosa insolencia!… cesen vuestros gritos»
Odisea, I [1]

Les anuncia que al romper el alba se reunirán en el ágora para escuchar de su propia boca que en adelante no pisarán el palacio y comerán de lo suyo en sus casas. Aún más: amenaza con invocar la justicia divina si no refrenan la hybris «quizás muráis en este palacio sin que nadie os vengue». Los pretendientes se sorprenden de su audacia; sólo Antínoo y Eurímaco responden con preguntas vanas y burlas.

La escena muestra el efecto de la protección divina sobre el joven. La partida de Atenea en forma de pájaro y la sospecha de Telémaco de haber conversado con una divinidad subrayan el carácter sobrenatural de este despertar. Así, el Canto I presenta el momento inicial de su transformación: aquel muchacho doliente y silencioso empieza a asumir con decisión y dignidad su condición de legítimo heredero de Odiseo.

El ménos (μένος) o fuerza vital

En el Canto I de la Odisea, Atenea (disfrazada de Mentes) impulsa a Telémaco infundiéndole valor y determinación (afines al «ménos»), marcando así el inicio de su maduración heroica:

«…instigaré vivamente a su hijo, y le infundiré valor en el pecho para que llame al ágora a los aqueos de larga cabellera y prohíba la entrada en el palacio a todos los pretendientes» (vv. 80-95)

«…fuese la diosa, volando como un pájaro, después de infundir en el espíritu de Telémaco valor y audacia» (vv. 319-324)
Odisea, I [1]

En la épica homérica ménos (en griego antiguo: μένος) [16] designa el impulso vital o energía activadora, tanto física como mental, que impulsa al héroe a la acción particularmente en el combate o en momentos de decisión crucial: los mortales no sólo actúan por propia iniciativa sino que pueden hacerlo promovidos por fuerzas divinas externas.

Bajo la influencia del ménos el héroe no ve anulada su identidad sino que siente intensificadas sus propias capacidades de vigor, resolución e ímpetu; sin embargo sí puede sentir nublado su juicio.[17]

El ménos destaca especialmente en la Ilíada; allí, Atenea otorga a Diomedes un impulso extraordinario que intensifica su capacidad heroica hasta el punto de permitirle enfrentarse incluso a Afrodita y Ares:

Entonces Palas Minerva infundió a Diomedes Tidida [n. 14] valor y audacia, para que brillara entre todos los argivos y alcanzase inmensa gloria, e hizo salir de su casco y de su escudo una incesante llama parecida al astro que en otoño luce y centellea después de bañarse en el Océano. Tal resplandor despedían la cabeza y los hombros del héroe, cuando Minerva le llevó al centro de la batalla, allí donde era mayor el número de guerreros que tumultuosamente se agitaban… (Ilíada V, 1-8) [18])

… agilitóle los miembros todos y especialmente los pies y las manos, y poniéndose a su lado pronunció estas aladas palabras:
— «Cobra ánimo, Diomedes, y pelea con los teucros; pues ya infundí en tu pecho el paterno intrépido valor del jinete Tideo, agitador del escudo, y aparté la niebla que cubría tus ojos para que en la batalla conozcas a los dioses y a los hombres […] si se presentara en la lid Venus, hija de Jove, hiérela con el agudo bronce» (Ilíada V, 121-126) [18]

… el hijo del magnánimo Tideo, calando la afilada pica, rasguñó la tierna mano de la diosa: la punta atravesó el peplo divino, obra de las mismas Gracias, y rompió la piel de la palma. Brotó la sangre divina, o por mejor decir, el icor; que tal es lo que tienen los bienaventurados dioses, pues no comen pan ni beben vino negro, y por esto carecen de sangre y son llamados inmortales… (Ilíada V, 330-351) [18]

Otros conceptos en psicología homérica

En la épica de Homero, la vida psíquica no se articula como una mente unificada o un «yo» interior coherente en sentido moderno. En su lugar, el ser humano se describe mediante una pluralidad de funciones o instancias relativamente autónomas —como el «thymós», el «noos», la «psyché» o el «ménos» que intervienen de manera diferenciada en la experiencia, la emoción y la acción.[19]

  • Thymós (θυμός):[20] centro de las emociones, impulsos y motivaciones del individuo (ira, valor, deseo, tristeza). El thymós puede ser activado o desbordado por la energía intensa del ménos —a menudo de origen divino— especialmente en situaciones de combate.[21] [22]
Levantóse al punto el poderoso héroe Agamenón Atrida, afligido, con las negras entrañas llenas de cólera [n. 15] y los ojos parecidos al relumbrante fuego… (Ilíada I, 101-105) [9]
  • Nóos/noos (νόος) Representa en la antropología homérica [23] la facultad intelectual y perceptiva: la capacidad de comprender, interpretar, deliberar y planificar estratégicamente. A diferencia del θυμός (thymós), asociado a los impulsos emocionales, y del μένος (ménos), ligado a la energía explosiva y al ímpetu combativo, el nóos designa una inteligencia lúcida, consciente y reflexiva.[21] Por ello aparece estrechamente vinculado a Odiseo, cuyo rasgo distintivo es la μῆτις (mētis) —la astucia inteligente, adaptable y pragmática más que la fuerza heroica directa. En contraste, la Ilíada privilegia el thymós y el ménos guerrero, [24] encarnados paradigmáticamente por Aquiles.
vio las poblaciones y conoció las costumbres [n. 16] de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación'… (Odisea I, 1-10) [1]
  • Psyché (ψυχή): en Homero designa el soplo vital o principio de vida más que una conciencia activa o un «alma» en sentido posterior. [22] Durante la existencia corporal apenas interviene en las funciones mentales conscientes —atribuidas principalmente al nóos, thymós, ménos y adquiere relevancia sobre todo en el momento de la muerte, cuando abandona el cuerpo y desciende al Hades. [25] Allí persiste como un εἴδωλον (eidolon): una sombra tenue, espectral [25] y privada de vitalidad plena. [24]
(Odiseo) Después de haber rogado con votos y súplicas al pueblo de los difuntos … al instante se congregaron, saliendo del Érebo, las almas de los fallecidos … agitábanse todas con grandísimo clamoreo … y, al verlas, enseñoreóse de mí el pálido terror (Odisea XI, 23-50) [26]
Apenas (Patroclo) acabó de hablar, la muerte le cubrió con su manto: el alma voló de los miembros y descendió al Orco, llorando su suerte porque dejaba un cuerpo vigoroso y joven (Ilíada XVI, 855-858) [27]
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Término Núcleo semántico Carácter
ménos (μένος) fuerza vital activadora, ímpetu, energía dinámica explosivo y transitorio
thymós (θυμός) sede de las emociones, impulsos y afectos emocional y afectivo
nóos (νόος) inteligencia, percepción y comprensión estratégica frío y lúcido
psyché (ψυχή) soplo vital, principio de vida vital (durante la vida) y espectral (tras la muerte; la sombra, eidolon, que desciende al Hades)
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La Odisea, de Homero
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Véase también

Notas

  1. En la tradición homérica (y en ediciones antiguas), la Odisea se divide en 24 rapsodias, que desde la época helenística se llaman cantos o libros (por la división en volúmenes de las ediciones antiguas). Véase: Odisea (Estructura del poema).
  2. Sobre las exhortaciones en el poema véase en Comentarios: «Invocaciones y exhortaciones»: «háblame Musa».
  3. ménos (mένος): «fuerza vital», tanto en lo físico, mental como emocional. Es un concepto destacado en el ámbito homérico.
  4. Sobre los distintos epítetos de Odiseo en el poema véase en Comentarios (epítetos y atributos): «de multiforme ingenio».
  5. La lucha entre Odiseo y Polifemo se relata en el «CANTO IX. Relatos a Alcínoo - Ciclopea. Traducción de Luis Segalá y Estalella (vía Wikisource)
  6. Mentes (Μέντης / Méntēs): rey de los tafios (Τάφιοι), habitantes de las islas de Tafos (Τάφος). En tiempos de Eurípides, esas islas eran identificadas con la Equínadas. En el poema homérico, Atenea, haciéndose pasar por Mentes, viejo amigo de Ulises, cuenta a Telémaco que va de viaje a Temesa para obtener cobre.
  7. Se mencionará a Euriclea por segunda vez en el Canto XVI (vv. 146-153): [6] ella trasladará a Laertes la noticia de la llegada de Telémaco a Ítaca.
  8. En griego mοῖρα (moîra), 'parte' o 'porción': el «destino individual». Plural, mοῖραι (moîrai), las tres diosas del destino: Cloto —hila las hebras de la vida con su rueca: preside los nacimientos—, Láquesis —decide la longitud del hilo de cada una de las vidas— y Átropos —termina con la vida de cada mortal cortando su hebra con sus tijeras—.
  9. Pelida Aquiles: «Aquiles, el hijo de Peleo». Pelida —en griego antiguo Pēleḯdēs (Πηληΐδης)— es un patronímico derivado del nombre del padre terminado en el sufijo -ides/-iadēs que indica descendencia o filiación. Es un recurso frecuente en la épica homérica: «Atrida», hijo de Atreo, por Agamenón o Menelao; «Laertíada», hijo de Laertes, por Odiseo; «Tidida», hijo de Tideo, por Diomedes.
  10. En Homero los «etíopes», Aithíopes (Αἰθίοπες) son un pueblo semimitológico que vive en «Etiopía» en los confines del mundo (tanto al este como al oeste, junto al Océano). Se les describe como piadosos, justos y favoritos de los dioses (por eso Poseidón va a banquetear con ellos).
  11. Segalá utiliza los nombres latinos Júpiter, Jove y Ulises en lugar de los griegos: Zeus y Odiseo. Esto era la norma en las traducciones académicas de su tiempo, que veían a Grecia a través del filtro de Roma. En cuanto al empleo del término «bajeles» —naves propias de los siglos XVI al XVIII— se trata de un anacronismo intencionado del traductor.
  12. Argicida: latinización del griego Ἀργειφόντης (Argifonte), epíteto de Hermes que significa «matador de Argos». Según la mitología, Hermes recibió de Zeus el encargo de matar a Argos Panoptes, el gigante de los cien ojos, guardián de Ío.
  13. En la versión de Segalá (1910) citada se traduce como «locuras».
  14. Diomedes Tidida: Diomedes, «hijo de Tideo».
  15. «con las negras entrañas llenas de cólera»: el thymós en la versión literaria de Segalá.
  16. «las costumbres»: el nóos en la versión de Segalá.

Referencias

Bibliografía adicional

Enlaces externos

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