Odisea (Canto I)
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El Canto I de la Odisea de Homero, titulado tradicionalmente «Los dioses deciden en asamblea el retorno de Odiseo» (o en la versión de Segalá, 1910: «Concilio de los dioses. Exhortación de Minerva a Telémaco»),[1] marca el inicio del poema épico y sirve de exposición fundamental para toda la obra. Comienza con la invocación a la Musa —un rasgo distintivo de la épica griega—[2] y presenta a Odiseo como polýtropos (πολύτροπος), «de muchos recursos»,[2] anticipando su carácter astuto y adaptable.
Forma parte de la llamada Telemaquia (Cantos I-IV), que se centra en la maduración del joven Telémaco y en la crisis de Ítaca durante la larga ausencia de Odiseo, antes de que el héroe protagonista entre en escena de forma directa. La narración arranca in medias res, es decir, «en medio de la acción»: han pasado diez años desde la caída de Troya (tema central de la Ilíada) y aproximadamente ocho desde que Odiseo desapareciera tras sus periplos. Atenea informa a Zeus que el héroe, rey de Ítaca, permanece retenido en Ogigia por la ninfa Calipso —figura que simboliza la tentación del olvido—.[3] Mientras, en su hogar en Ítaca los pretendientes acosan a Penélope, la esposa fiel, y devoran sus bienes en una situación de hybris que viola las leyes de la hospitalidad (xenía) —colapso del orden legítimo y social— preparando el terreno para el retorno y venganza de Odiseo.
Este canto anuncian los ejes centrales de la obra: el regreso (nostos) del héroe, la lealtad frente a la usurpación y el viaje interior tanto de Odiseo como de su hijo Telémaco.
La acción del Canto I se desarrolla en dos escenarios principales: el Olimpo y el palacio de Odiseo en Ítaca.
En el Olimpo, los dioses celebran asamblea en ausencia de Poseidón que está entre los etíopes. Zeus reflexiona sobre la responsabilidad humana mediante el ejemplo de Egisto. Atenea intercede por Odiseo y propone un plan en dos frentes: enviar a Hermes para que Calipso libere a Odiseo, y descender ella misma a Ítaca para infundir valor en Telémaco.
En Ítaca, Atenea llega disfrazada de Mentes y es recibida hospitalariamente por Telémaco, mientras los pretendientes de Penélope banquetean, juegan a los dados y consumen los bienes de la casa. En conversación privada, exhorta al joven a convocar una asamblea y emprender un viaje en busca de noticias de su padre (cantos III y IV).
Penélope desciende al salón conmovida por el canto del aedo Femio, pero Telémaco la envía de regreso a sus labores, mostrando por primera vez autoridad. Finalmente, Telémaco confronta a los pretendientes y Atenea parte, dejando en el joven una nueva determinación.
Estructura y contenido
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Homero hace una invocación:
Musa, dime [n. 1] del hábil varón [n. 2] que en su largo extravío,
tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya,
conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes.
Muchos males pasó por las rutas marinas luchando
por sí mismo y su vida y la vuelta al hogar de sus hombres;
pero a éstos no pudo salvarlos con todo su empeño,
que en las propias locuras hallaron la muerte. ¡Insensatos!
Devoraron las vacas del Sol Hiperión e, irritada
la deidad, los privó de la luz del regreso. Principio
da a contar donde quieras, ¡oh diosa nacida de Zeus!
Homero, Odisea (Pabón 1982)[5]
Preocupa el destino de Odiseo que aún no logró retornar a su patria:
... solamente Ulises, que tan gran necesidad sentía de restituirse a su patria y ver a su consorte, hallábase detenido en hueca gruta por Calipso, la ninfa veneranda, la divina entre las deidades, que anhelaba tomarlo por esposo.Odisea, I [1]
Las deidades celebran consejo en el palacio de Zeus Olímpico, con la única ausencia de Poseidón —permanentemente «airado contra el divinal Ulises»— que había ido a una hecatombe en el país de los etíopes.
Zeus toma la palabra reflexionando sobre las penalidades que acosan el destino de los hombres:
«¡De qué modo culpan los mortales a los númenes! Dicen que las cosas malas les vienen de nosotros, y son ellos quienes se atraen con sus locuras infortunios no decretados por el destino. Así ocurrió con Egisto, que, oponiéndose a la voluntad del hado, casó con la mujer legítima del Atrida y mató a este héroe cuando tornaba a su patria, no obstante que supo la terrible muerte que padecería luego. Nosotros mismos le habíamos enviado a Mercurio, el vigilante Argicida, con el fin de advertirle que no matase a aquél, ni pretendiera a su esposa; pues Orestes Atrida tenía que tomar venganza no bien llegara a la juventud y sintiese el deseo de volver a su tierra. Así se lo declaró Mercurio; mas no logró persuadirlo, con ser tan excelente el consejo, y ahora Egisto lo ha pagado todo junto.»Odisea, I [1]
Atenea, la deidad de los brillantes ojos, asiente, pero no puede olvidar a Odiseo, retenido por Calipso en su isla de Ogigia:
... «Aquél yace en la tumba por haber padecido una muerte muy justificada. ¡Así perezca quien obre de semejante modo! Pero se me quiebra el corazón por el prudente y desgraciado Ulises, que, mucho tiempo ha, padece penas lejos de los suyos, en una isla azotada por las olas, en el centro del mar...»Odisea, I [1]
Zeus se muestra comprensivo, si bien señala la culpa por la que está pagando justo castigo:
«¡Hija mía! ¡Qué palabras se te escaparon del cerco de los dientes! ¿Cómo quieres que ponga en olvido al divinal Ulises, que por su inteligencia se señala sobre los demás mortales y siempre ofreció muchos sacrificios á los inmortales dioses que poseen el anchuroso cielo? Pero Neptuno, que ciñe la tierra, le guarda vivo y constante rencor porque cegó al cíclope, al deiforme Polifemo [n. 3]… Desde entonces Neptuno, que sacude la tierra, si bien no se ha propuesto matar a Ulises, hace que vaya errante lejos de su patria»Odisea, I [1]
La asamblea decide que ya es suficiente: Odiseo debe regresar. Hermes lleva el mensaje a Calipso, la ninfa de hermosas trenzas; y Atenea viaja a Ítaca, calzando los áureos divinos talares que la llevaban sobre el mar y sobre la tierra inmensa con la rapidez del viento, y llega a la morada de Odiseo tomando la forma de Mentes, rey de los Tafios.[n. 4] Los soberbios pretendientes estaban allí: unos jugaban a los dados, otros, trinchaban carne en abundancia.
Mientras Telémaco lleva a Atenea a una estancia apartada, los orgullosos pretendientes se afanan en comer y beber, y una vez saciados se aprestan al canto y al baile, los ornamentos del convite, al son de la cítara de Femio.
Telémaco se desahoga con Atenea:
¡Caro huésped! ¿Te enojarás conmigo por lo que voy a decir? Éstos sólo se ocupan en cosas tales como la cítara y el canto; y nada les cuesta, pues devoran impunemente la hacienda de otro, la de un varón cuyos blancos huesos se pudren en el continente por la acción de la lluvia o los revuelven las olas en el seno del mar. Si le vieran aportar a Ítaca, preferirían tener los pies ligeros a ser ricos de oro y de vestidos. Mas aquél ya murió, víctima de su aciago destino, y no hay que esperar en su tornada... Pero, ea, habla y responde sinceramente: ¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y tus padres?... ¿Vienes ahora por vez primera o has sido huésped de mi padre?...Odisea, I [1]
Atenea le responde que vino porque le aseguraron que su padre estaba de vuelta en la población, mas sin duda lo impiden las deidades y le revela que no estará largo tiempo fuera de su patria, aunque lo sujeten férreas vínculos; antes hallará algún medio para volver, ya que es ingenioso en sumo grado. Telémaco continúa descorazonado:
... desapareció sin fama, arrebatado por las Harpías... Y no me lamento y gimo únicamente por él, que los dioses me han enviado otras funestas calamidades. Cuantos próceres mandan en las islas, en Duliquio, en Same y en la selvosa Zacinto, y cuantos imperan en la áspera Ítaca, todos pretenden a mi madre y arruinan nuestra casa. Mi madre ni rechaza las odiosas nupcias, ni sabe poner fin a tales cosas; y aquellos comen y agotan mi hacienda, y pronto acabarán conmigo mismo.Odisea, I [1]
La diosa da instrucciones muy concretas a Telémaco. Debe aprestar una embarcación con veinte remeros e ir a preguntar por su padre: trasládate primeramente a Pilos e interroga al divinal Néstor; y desde allí endereza los pasos a Esparta, al rubio Menelao. E infunde valor al joven: sé fuerte para que los venideros te elogien.
... fuese la diosa, volando como un pájaro, después de infundir en el espíritu de Telémaco valor y audacia, y de avivarle aún más el recuerdo de su padre...Odisea, I [1]
Por primera vez Telémaco se siente con fuerzas ante aquellos pretendientes alborotadores y envalentonados que deseaban acostarse con Penélope en su mismo lecho y se enfrenta a ellos: quizás muráis en este palacio sin que nadie os vengue.
Y Telémaco, bien cubierto de un vellón de oveja, pensó toda la noche en el viaje que Atenea le había aconsejado.Odisea, I [1]
Temas y comentarios
El canto funciona como exposición: presenta el conflicto (crisis en Ítaca; retención de Odiseo), pone en marcha las dos tramas paralelas (retorno de Odiseo y viaje de Telémaco) y anuncia el tono moral de la epopeya. Sus temas establecen las bases ideológicas y narrativas de toda la Odisea.
- La intervención divina en los asuntos humanos El regreso de Odiseo depende del permiso de Zeus y la ayuda de Atenea que actúa como protectora y guía del héroe y de su linaje. Los dioses no son indiferentes, pero actúan a través de consejos y estímulos más que por intervención milagrosa constante.
- Responsabilidad humana del propio destino Los compañeros de Odiseo perecieron «por sus propias locuras» al devorar las vacas del Sol (vv. 1-10). Y Zeus expone el caso de Egisto para ejemplificar que son los mortales mismos «quienes se atraen con sus locuras infortunios no decretados por el destino» (vv. 32-43). Los dioses están ahí, advierten, pero los hombres eligen y afrontan las consecuencias. El libre albedrío, no el hado (del latín fatum),[n. 5] determina el curso de la vida.
- La hospitalidad (xenía) Valor sagrado en la Grecia antigua que se presenta por contraste en este canto:
- Buen ejemplo: Telémaco recibe con honores a Mentes (Atenea disfrazada), ofreciéndole asiento apartado, aguamanos, comida y conversación privada antes de preguntarle quién es.
- Mal ejemplo: los pretendientes abusan de la hospitalidad de la casa de Odiseo, consumiendo sus bienes de forma insolente y egoísta.
- Insolencia (hybris) de los pretendientes Se comportan con arrogancia: ocupan altaneros el palacio, devoran la hacienda y presionan a Penélope. En ausencia del legítimo rey cunde el desorden y la falta de respeto. Se sientan las bases del castigo divino y la venganza de Odiseo.
- El ingenio (mētis) de Odiseo Desde el primer verso se presenta a Odiseo como «varón de multiforme ingenio» (polýtropos). Su prudencia y astucia lo distinguen; Atenea destaca su inteligencia superior. Tema que recorrerá toda la epopeya: el ingenio vence donde la fuerza sola fracasa.
- Nostalgia del hogar y retorno (nostos) Odiseo es el único de los héroes de Troya que no ha regresado. El retorno es emoción central de la obra: anhelo de la patria, hogar, familia y orden restaurado.
- Justicia divina y piedad Los dioses compadecen a Odiseo (excepto Poseidón, por la ceguera de Polifemo), y la justicia existe, aunque se demore: los impíos (como Egisto o los pretendientes) acaban pagando por sus culpas.
La invocación a la Musa
El Canto I se abre con la tradicional invocación a la Musa,[4] fórmula característica de la poesía épica griega arcaica. Homero pide: Andra moi ennepe, Mousa, polytropon..., «Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio...» (versos 1-10 en la traducción de Segalá)[1]
Según versiones:
- Musa, dime del hábil varón que en su largo extravío... (Pabón 1982)[6]
- Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio... (Segalá 1910)[1]
En la épica griega [7] arcaica el aedo es un mero intermediario entre lo divino y lo humano, de modo que el auditorio escucha los versos como una revelación de lo sagrado. Él no inventa historias: transmite la gloria o fama inmortales (κλέος, kléos) que la Musa (generalmente identificada con Calíope, «la de bella voz», musa de la poesía épica) le revela y que sobrevive a la muerte gracias al canto. De ahí el imperativo ἔννεπε, énnepe:
- ἔννεπε Μοῖσα, énnepe Móisa: «transmite/proclama en canto, Musa»
La Musa es la que posee el conocimiento verdadero de los hechos del pasado y su invocación convierte lo que dice el aedo en una revelación que transforma los hechos en kléos:
- El canto no es mero adorno ni entretenimiento, sino verdad histórica garantizada por testigos divinos; en una sociedad de tradición fundamentalmente oral, las Musas funcionan como depositarias y guardianas infalibles de la memoria colectiva, equivalentes a unos «archivos vivos» de todo cuanto merece ser recordado.
- Para un héroe griego, la única forma de «vencer» a la muerte es que su nombre sea cantado. Sin este canto, el sufrimiento de Odiseo habría sido en vano, pues nadie lo recordaría.
Desde el punto de vista narrativo:
- La invocación a la Musa introduce desde el primer verso el carácter de Odiseo como polýtropos (de multiforme ingenio). La Ilíada comienza de forma similar: «Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles;[n. 6] cólera funesta que causó infinitos males á los aqueos…» (Ilíada I, vv. 1-7)[8] Sin embargo, en la Odisea, la invocación es más amplia pues no sólo pide el canto, sino que además adelanta el carácter singular del héroe y el tono general de la epopeya (aventura, sufrimiento e ingenio).
- Resume brevemente el argumento de la obra: el largo extravío, los sufrimientos en el mar y el deseo de retorno tras la destrucción de Troya. Desde el primer momento conocemos:
- Odiseo estuvo en la guerra de Troya
- Él y sus hombres peregrinaron «larguísimo tiempo … en su navegación por el ponto» para retornar a la patria («Apólogos»).
- No lo lograron porque, habiendo comido «las vacas del Sol, hijo de Hiperión» (Canto XII), el dios impide que logren pisar Ítaca.
- Con todo, se había ido aplacando la ira de los dioses, con la excepción de Poseidón, «constantemente airado» con Odiseo (vv. 11-21) —no se nos dice el motivo; será el propio Zeus quien lo haga, un poco más adelante—.
- Odiseo permanece retenido por Calipso en Ogigia para tomarlo por esposo (Canto V).
Asamblea de los Dioses
La Asamblea de los Dioses en el Canto I funciona como el motor narrativo que pone en marcha la acción de la Odisea. Es el momento en que el destino de Odiseo deja de ser un sufrimiento pasivo y se convierte en un plan activo de los dioses.[9] [10]
La asamblea tiene lugar en un momento propicio: Poseidón, el gran antagonista de Odiseo por haber cegado a su hijo Polifemo (Canto IX), se encuentra lejos, entre los «etíopes»,[n. 7] participando en un banquete. Atenea aprovecha su ausencia para interceder ante Zeus a favor de su protegido, sabiendo que no encontrará una oposición inmediata por parte del dios del mar.
Zeus abre la sesión reflexionando sobre el caso de Egisto, que fue asesinado por Orestes tras ignorar las reiteradas advertencias de los dioses. Este discurso establece uno de los principios morales centrales de la Odisea: los hombres tienden a culpar a los dioses de sus desgracias, cuando en realidad la mayoría de sus males provienen de su propia atásthalaia (ἀτασθαλίαι), es decir, de su insensatez, imprudencia o desmesura —el libre albedrío humano y la responsabilidad personal frente al destino—[9] [11]
Sin embargo, mientras Egisto representa al hombre que por su hybris elige el crimen y recibe el castigo merecido, Odiseo encarna al héroe que sufre enormemente, pero no por culpa propia, sino por el destino y la ira de Poseidón, manteniendo intacta su piedad y su deseo de restaurar el orden en Ítaca.
Atenea no se limita a pedir ayuda, sino que despliega una retórica de la compasión. Le recuerda a Zeus los abundantes sacrificios que el «prudente y desgraciado» Odiseo le ofreció en Troya y cuestiona con ironía por qué el padre de los dioses está tan odyssámenos (ὀδυσσάμενος) «enojado» —«airado» en la versión de Segalá— con él, jugando con la etimología misma del nombre de Odiseo en lo que los filólogos denominan un juego etimológico o etymologia:[11] Odysseus (Ὀδυσσεύς) está relacionado con ὀδύσσομαι (odýssomai), «guardar rencor», «causar dolor», «estar airado», convirtiendo el nombre del héroe en cifra de su propio destino.[12] El juego de palabras de Atenea —una paronomasia— suaviza su petición a Zeus y muestra su mḗtis como protectora del ingenioso Odiseo:
Odisea I, 44-62 [1]
Zeus atiende la súplica de Atenea —«ea, tratemos de la vuelta del mismo y del modo como haya de llegar a su patria; y Neptuno depondrá la cólera»— y explica el porqué del enfado de Poseidón (vv. 63-79): Odiseo había cegado a su hijo Polifemo (Canto IX).
Atenea expone su plan: enviar a Hermes a la isla de Ogigia para que ordene a Calipso la inmediata liberación de Odiseo. Mientras, ella misma descenderá a Ítaca para infundir valor y prudencia en Telémaco —que debe convocar a los aqueos en el ágora y echar a los pretendientes del palacio—, guiarlo en la búsqueda de noticias sobre su padre y prepararlo para su propia maduración como héroe (vv. 80-95).
El ejemplo de Egisto como prefiguración de la justicia restauradora
El discurso de Zeus en el Canto I establece un principio moral fundamental: los humanos son responsables de sus propias desgracias, y no pueden culpar a los dioses por ellas.
«¡Oh dioses! ¡De qué modo culpan los mortales a los númenes! Dicen que las cosas malas les vienen de nosotros, y son ellos quienes se atraen con sus locuras infortunios no decretados por el destino...»Odisea I, 32-34 [1]
Al mismo tiempo, con el ejemplo de Egisto prefigura, desde el el inicio de la Odisea, el principio de justicia restauradora que regirá el desenlace.[9] Egisto encarna el modelo del usurpador en la épica homérica: seduce a Clitemnestra, esposa del rey ausente; asesina a traición a Agamenón a su regreso de Troya; e intenta consolidar un poder ilegítimo. Su crimen reúne las tres transgresiones más graves en la cosmovisión homérica: la violación de la fidelidad conyugal, el regicidio y la apropiación ilegítima del oikos (casa, patrimonio y autoridad) ajeno.[13]
Este esquema presenta un paralelismo estructural con la situación en Ítaca: los pretendientes ocupan el palacio del rey ausente, devoran sus bienes, cortejan a Penélope y traman la muerte de Telémaco. El caso de Egisto actúa como un espejo de la conducta de éstos: así como él ignoró las advertencias de Hermes —«Nosotros mismos le habíamos enviado a Mercurio, el vigilante Argicida,[n. 9] con el fin de advertirle que no matase a aquél [Agamenón] ni pretendiera a su esposa… (vv. 32-43)[1]—, los pretendientes desoirán los presagios y las palabras de Telémaco (Canto II). Por ello, el destino fatal de Egisto a manos de Orestes valida de antemano —como exemplum narrativo— la matanza que ejecutará Odiseo (Canto XXII), presentándola no como mera venganza personal, sino como un acto de justicia legítima; si Orestes restauró el honor de su padre matando al usurpador, Odiseo deberá aspirar a lo mismo para restablecer el orden.[14]
Con este ejemplo, Zeus establece desde el primer momento un principio de justicia retributiva divina: la hybris contra el orden familiar, social y político no queda impune. Los dioses no sólo permiten, sino que —como muestra Zeus en su discurso— respaldan moralmente la restauración violenta del orden genuino. La futura matanza de los pretendientes, no será un acto de venganza personal descontrolada, sino el restablecimiento de la díkê (justicia) en Ítaca.[14]
El recuerdo de Egisto revela una de las estrategias narrativas de Homero: ya en la asamblea inaugural de los dioses, se está preparando el terreno éticamente para el desenlace de la epopeya. No se oculta la violencia que sucederá; al contrario, se presenta desde el principio dentro de un marco de justicia divina —Zeus declara (v. 34) que los hombres traen sus males por su propia «insensatez»[n. 10] (atásthalaia)—[14]
El inicio de la maduración de Telémaco
La llegada de Atenea a Ítaca, disfrazada de Mentes, rey de los tafios, marca el punto de partida de la Telemaquia y el comienzo del proceso de maduración de Telémaco.
Hasta ese momento, Telémaco aparece pasivo y apesadumbrado ante la situación de su casa. Los pretendientes se han enseñoreado del palacio, jugando a los dados sin recato, comiendo y bebiendo a su antojo mientras esperan impertinentes que Penélope elija un nuevo esposo. La diosa da al joven consejos prácticos —convocar la asamblea y emprender viaje a Pilos y Esparta en busca de noticias sobre su padre— y le infunde coraje —le recuerda a Orestes que vengó a su padre Agamenón—, prudencia y una nueva autoridad.
El cambio de actitud es inmediato: Telémaco ordena a su madre que regrese a sus aposentos y se enfrenta públicamente a los pretendientes por primera vez:
«¡Pretendientes de mi madre, que os portáis con orgullosa insolencia!… cesen vuestros gritos»Odisea, I [1]
Les anuncia que al romper el alba se reunirán en el ágora para escuchar de su propia boca que en adelante no pisarán el palacio y comerán de lo suyo en sus casas. Aún más: amenaza con invocar la justicia divina si no refrenan la hybris —«quizás muráis en este palacio sin que nadie os vengue»—. Los pretendientes se sorprenden de su audacia; sólo Antínoo y Eurímaco responden con preguntas vanas y burlas.
La escena muestra el efecto de la protección divina sobre el joven. La partida de Atenea en forma de pájaro y la sospecha de Telémaco de haber conversado con una divinidad subrayan el carácter sobrenatural de este despertar. Así, el Canto I presenta el momento inicial de su transformación: aquel muchacho doliente y silencioso empieza a asumir con decisión y dignidad su condición de legítimo heredero de Odiseo.
| La Odisea, de Homero |
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