Odisea (Canto XIII)

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Odiseo recién llegado a Ítaca, junto a Atenea: «… y el paciente divinal Ulises se alegró, holgándose de su tierra, y besó el fértil suelo…»

El Canto XIII de la Odisea de Homero, subtitulado Partida de Ulises del país de los feacios y su llegada a Ítaca según la versión en prosa de Luis Segalá y Estalella (1910),[1] es el último de los cuatro cantos [2] o libros (VI al VIII y XIII) que conforman el «Episodio de los feacios». También puede considerarse como el inicio de la tercera parte tradicional del poema: «La venganza en Ítaca».

El canto funciona como puente entre el mundo fantástico y utópico de las aventuras relatadas por el propio Odiseo y la realidad dura que ahora enfrenta: acabar con los pretendientes de su esposa Penélope (cantos XIII-XXIV). Se desgranan temas como la hospitalidad, la astucia —tanto de Odiseo como de la propia Atenea— o el contraste entre el lujo mítico de Esqueria y la sencillez austera de Ítaca.

Tras un espléndido banquete en el palacio del rey Alcínoo, los remeros feacios transportan mágicamente a Odiseo dormido desde Esqueria hasta su patria; al despertar desorientado por la niebla creada por Atenea, el héroe recela inicialmente de haber sido engañado, pero tras el reencuentro con la diosa ambos trazan el plan para recuperar su palacio disfrazado de mendigo.

Estructura y contenido

  1. Despedida de los feacios   Banquete en Esqueria. Discursos de Alcínoo y Odiseo. Partida nocturna.
  2. Viaje mágico de Odiseo   Traslado sobrenatural por los remeros. Despertar de Odiseo en Ítaca. Castigo de Poseidón a los feacios. Fin de la hospitalidad incondicional feacia.
  3. Atenea se muestra a Odiseo   Recelo y suspicacias de Odiseo. Diseño del plan contra los pretendientes. Odiseo transformado en un anciano mendigo.

Despedida. De Esqueria a Ítaca

1. Festín de despedida   Regalos de los feacios a Odiseo: trípodes, calderas, oro, telas. Discurso del rey Alcínoo: promete a Odiseo nave y remeros para regresar a Ítaca. Deferencia especial de Odiseo hacia la reina Arete: le entrega la copa y desea felicidad y juventud eternas. — 2. Odiseo zarpa en la noche   Embarca y cae en sueño profundo.

El largo relato de Odiseo en primera persona a los feacios de cuanto le había sucedido desde que arribara a la tierra de los cícones (Canto IX) acaba de concluir. Los presentes enmudecen asombrados.

Tal fue lo que Odiseo contó. Enmudecieron los oyentes y, arrobados por el placer de escucharle, se quedaron silenciosos en el obscuro palacio...
Odisea, XIII [1]

El rey Alcínoo rompe el silencio. Le promete a Odiseo que regresará a Ítaca:

«¡Oh Odiseo! Pues llegaste a mi mansión de pavimento de bronce y elevada techumbre, creo que tornarás a tu patria sin tener que vagar más, aunque sean en tan gran número los males que hasta ahora has padecido...»
Odisea, XIII [1]

Además Alcínoo quiere entregar a Odiseo presentes de valor para lo que hace una colecta entre los nobles y el pueblo:

—«...Y dirigiéndome a vosotros todos, los que siempre bebéis en mi palacio el negro vino de honor y oís al aedo, he aquí lo que os encargo: ya tiene el huésped en pulimentada arca vestiduras y oro labrado y los demás presentes que los consejeros feacios le han traído; ea, démosle sendos trípodes grandes y calderos; y reunámonos después para hacer una colecta por la población, porque nos sería difícil a cada uno de nosotros obsequiarle con tal regalo, valiéndonos exclusivamente de nuestros recursos»
Odisea, XIII [1]

El rey promueve una colecta que involucra a toda la comunidad feacia —desde la nobleza al pueblo—, no sólo para repartir el gasto, sino sobre todo para reforzar la participación colectiva en la hospitalidad (xenía) hacia Odiseo.

Le regalarán trípodes grandes y calderos de bronce, objetos muy valiosos en la época por su elevado simbolismo de prestigio social [3] [4] muy en relación con el propio valor que tenía el bronce. La Antigua Grecia obtenía cobre de sus propias minas, principalmente en Chipre —cuyo nombre Kýpros está ligado al del metal—, Eubea, la Argólida y también en las minas de Laurion en el Ática, donde además de plata y plomo se hallaba cobre. Pero respecto al segundo componente del bronce, el estaño, los yacimientos locales —especialmente cerca de Delfos y en Tracia no aseguraban un suministro suficiente por lo que llegaba a Grecia desde regiones lejanas, como las islas británicas (Cornualles y Devon) o el oeste de Europa, transportado por rutas comerciales del Mediterráneo.[5] [6]

A la mañana siguiente, así que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, Alcínoo personalmente depositó los presentes bajo los bancos de los remeros en la nave feacia que puso a disposición de Odiseo. Ya en palacio se ocuparon en aparejar el banquete. Alcínoo sacrificó un buey a Zeus, el dios de las sombrías nubes. Celebraron espléndido festín y cantó el aedo Demódoco. Reina la alegría y cordialidad, mas Odiseo volvía a menudo la cabeza hacia el sol resplandeciente, con gran afán de que se pusiera, pues ya anhelaba irse a su patria.

Odiseo toma la palabra exultante porque se le ha asegurado el retorno a Ítaca; «vosotros quedad con alegría», dice agradecido y feliz a los feacios:

—«¡Rey Alcínoo, el más esclarecido de todos los ciudadanos! Ofreced las libaciones, despedidme sano y salvo, y vosotros quedad con alegría. Ya se ha cumplido cuanto mi ánimo deseaba: mi conducción y las amistosas dádivas; hagan los dioses que éstas sean para mi dicha y que halle en mi palacio á mi irreprochable consorte e incólumes á los amigos.
Odisea, XIII [1]

Hace votos por sus bienhechores —«jamás a esta población le sobrevenga mal alguno»— tras lo cual Alcínoo dispone unas libaciones a fin de que, después de orar al padre Júpiter, enviemos al huésped a su patria tierra. Odiseo, entonces, pone una copa en manos de la reina Arete

—«Sé constantemente dichosa, oh reina, hasta que vengan la senectud y la muerte, de las cuales no se libran los humanos. Yo me voy. Tú continúa holgándote en esta casa con tus hijos, el pueblo y el rey Alcínoo»
Odisea, XIII [1]

Tales fueron las últimas palabras de Odiseo ante los feacios, para Arete, aquélla de la que Atenea le hablara a Odiseo: «es honrada de sus hijos, del mismo Alcínoo y de los ciudadanos, que la contemplan como á una diosa y la saludan con cariñosas palabras cuando anda por la ciudad. No carece de buen entendimiento y dirime los litigios de las mujeres por las que siente benevolencia, y aun los de los hombres. Si ella te fuere benévola, ten esperanza de ver a tus amigos y de llegar a tu casa de elevado techo y a tu patria tierra» (Odisea VII.48).   La reina había sido la primera persona a quien Odiseo se dirigiera al entrar en palacio: «¡Arete, hija de Rexénor, que parecía un dios! Después de sufrir mucho, vengo a tu esposo, a tus rodillas…» (Odisea VII.146).   Y fue también ella la que al verlo reconoció las ropas que llevaba prestadas por su hija Nausícaa, interesándose enseguida por su identidad: «¡Huésped! Ante todo quiero preguntarte yo misma: ¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Quién te dio esos vestidos? ¿No dices que llegaste vagando por el ponto?» (Odisea VII.236-237).   Homero la presenta como figura de sabiduría, respeto y poder discreto. Su nombre Ἀρήτη (Arêtê), areté, significa "excelencia" o "virtud" en griego homérico (bravura, efectividad, bondad): encarnación de la excelencia moral y social, especialmente en la xenía. Los feacios son el pueblo modelo en hospitalidad, con Arete protagonista discreta.

Acabadas las despedidas Odiseo traspone el umbral al atardecer yendo a la velera nave, a la orilla del mar. Alcínoo le hace acompañar por un heraldo, y Arete de algunas esclavas que portaban un manto muy limpio y una túnica; cual, una sólida arca; y cual otra, pan y rojo vino. Esta vez el crepúsculo es preludio de un amanecer distinto a todos cuantos lleva vivido errante; el nuevo día lo vivirá al fin en Ítaca.

Los marineros feacios embarcan en la cóncava embarcación los presentes, víveres y bebida. Tienden una colcha en la popa para que Odiseo pueda dormir profundamente. Acostóse en silencio. Los marineros liberan la barca de la piedra agujereada que la amarra y zarpan de noche:

...e inclinándose, azotaron el mar con los remos; mientras caía en los párpados de Odiseo un sueño profundo, suave, dulcísimo, muy semejante a la muerte.
Odisea, XIII [1]

Viaje mágico de Odiseo. Llegada a Ítaca

1. Navegación sobrenatural de la nave feacia   Sus naves llegan solas a cualquier destino. — 2. Arriban al puerto de Forcis en Ítaca   El olivo. La gruta de las Náyades. Odiseo dormido. — 3. Regreso de los feacios a Esqueria

Los remeros impulsan la nave «como caballos de una cuadriga que se lanzan a correr en un campo», tanto, que ni un gavilán la habría alcanzado. Entretanto Odiseo cae en «un sueño profundo, suave, dulcísimo, muy semejante a la muerte... dormía plácidamente, olvidado de cuanto padeciera».

Los feacios, descendientes de Poseidón, dios del mar, son el pueblo marinero ideal que Homero presenta como expertos absolutos en la navegación. «Amantes de manejar los remos» impulsan sus naves mágicas sobre las que Alcínoo había dicho a Odiseo (Odisea VIII-536) que «no están provistas de timones como los restantes barcos, sino que ya saben ellas los pensamientos y el querer de los hombres, conocen las ciudades y los fértiles campos de todos los países, atraviesan rápidamente el abismo del mar, aunque cualquier vapor o niebla las cubra... Poseidón nos mira con malos ojos porque conducimos sin recibir daño a todos los hombres».   Son como barcos inteligentes y autónomos, naves que llegan solas a cualquier destino sin riesgo de naufragio, símbolo de la cercanía de los feacios con los dioses y de su tecnología marítima superior. Un trayecto que en el mundo normal llevaría días, ellos lo hacen en una sola noche, sin incidentes, mientras el pasajero duerme.

Al fin, cuando salía la más rutilante estrella, la que de modo especial anuncia la luz de la Aurora, hija de la mañana, [7] la nave toca tierra en la isla de Ítaca: «A este sitio, que ya con anterioridad conocían [...] y varó en la playa, saliendo del agua hasta la mitad. ¡Tales eran los remeros por cuyas manos era conducida!».

Desembarcan en el puerto de Forcis:

... formado por dos orillas prominentes y escarpadas que convergen hacia las puntas y protegen... Al cabo del puerto está un olivo de largas hojas y muy cerca una gruta agradable, sombría, consagrada a las ninfas que Náyades se llaman... Dos puertas tiene el antro: la una mira al Bóreas y es accesible á los hombres; la otra, situada frente al Noto,[8] es más divina, pues por ella no entran los humanos, siendo el camino de los inmortales.
Odisea, XIII [1]

Los salientes que se proyectan al mar crean un puerto seguro de aguas tranquilas, protegido por promontorios naturales donde las naves pueden fondear sin necesidad de amarras. Al fondo del puerto crece un olivo frondoso de largas hojas, árbol sagrado de Atenea y símbolo de paz y victoria. Muy cerca está la gruta de las Náyades,[9] con dos entradas —una para mortales y otra para inmortales— que la convierte en un lugar de encuentro entre lo humano y lo divino. Homero dice que los feacios ya conocían este sitio con anterioridad. La identidad colectiva feacia estaba ligada a la acogida de extranjeros que después devolvían sanos y salvos a sus patrias, incluso en lugares lejanos, con sus naves casi mágicas; no debía ser la primera vez que arribaban a Ítaca.

Apenas han saltado a tierra firme los remeros dejan a Odiseo todavía dormido sobre la colcha en la arena, junto al olivo en la orilla del puerto, muy cerca de la gruta. Depositan allí los presentes y riquezas que traen de Esqueria —algo apartadas del camino: no fuera que algún viandante se acercara a las mismas en tanto que Odiseo dormía y le hurtara algo— y retornan a su país.

Poseidón castiga a los feacios

1. Malestar de Poseidón   la hospitalidad feacia ha interferido en demasía en sus designios respecto a Odiseo. Se queja comedido a Zeus. — 2. Zeus asiente   Poseidón puede actuar según crea conveniente. La nave feacia es petrificada. — 3. Alcínoo recapacita   Le recuerda a su pueblo una antigua profecía; en adelante cuidarán no estorbar la voluntad de los dioses. Ofrece desesperado doce toros a Poseidón para aplacar su ira.

Poseidón, que sacude la tierra, no había olvidado sus amenazas a Odiseo. Se siente humillado:

¡Padre Zeus! Ya no seré honrado nunca entre los inmortales dioses, puesto que no me honran en lo más mínimo ni tan siquiera los mortales, los feacios, que son de mi propia estirpe. No dejaba de figurarme que Odiseo tornaría a su patria, aunque padeciendo multitud de infortunios, pues nunca le quité del todo que volviese por considerar que con tu asentimiento se lo habías prometido; mas los feacios, llevándole por el ponto en velera nave, lo han dejado en Ítaca, dormido, después de hacerle innumerables regalos: bronce, oro en abundancia, vestiduras tejidas, y tantas cosas como nunca sacara de Troya si volviese indemne y habiendo obtenido la parte que del botín le correspondiera.
Odisea, XIII [1]

El dios considera que la ayuda tan directa de los feacios ha sido un favor excesivo. El vagar de Odiseo en medio de dificultades trazado por el dios se acabó abruptamente; y no sólo eso sino que además lo dejan provisto de riquezas —bronce, oro en abundancia, vestiduras tejidas— y tantas cosas como si volviese indemne de Troya con su botín. La espléndida hospitalidad feacia desbarató los designios de Poseidón. Zeus, el que amontona las nubes, atiende su queja:

... ¡Qué dijiste! No te desprecian los dioses, que sería difícil herir con el desprecio al más antiguo y más ilustre... está en tu mano tomar venganza. Obra, pues, como quieras y a tu ánimo le agrade.
Odisea, XIII [1]

Poseidón espera en Esqueria el regreso de la nave feacia, que se acercó con rápido impulso y entonces, saliéndole al encuentro, la tornó un peñasco y con un golpe de su mano inclinada hizo que echara raíces en el suelo. Este prodigio explica la «roca petrificada» que los habitantes de Corfú (identificados desde la antigüedad con Esqueria) mostraban en la costa occidental como reliquia mítica.

Alcínoo, temiendo que Poseidón vaya aún más allá con su ira privando a la ciudad del acceso al mar, toma una decisión: en adelante se cuidarán mucho de que su hospitalidad interfiera los designios de las divinidades:

... Poseidón nos miraba con malos ojos porque conducíamos sin recibir daño a todos los hombres; y aseguraba que el dios haría naufragar en el obscuro ponto una hermosísima nave de los feacios, al volver de llevar a alguien, y cubriría la vista de la ciudad con una gran montaña. Ea, hagamos lo que voy a decir. Absteneos de conducir los mortales que lleguen a nuestra población y sacrifiquemos doce toros escogidos a Poseidón, para ver si se apiada de nosotros y no nos cubre la vista de la ciudad con la enorme montaña.
Odisea, XIII [1]

Atenea se muestra a Odiseo

1. La niebla de Atenea   Odiseo despierta envuelto en niebla — 2. Atenea se presenta   Ítaca, tierra áspera

Entretanto, en Ítaca, Atenea había envuelto la tierra en una niebla para proteger a Odiseo. Ya despierto de su sueño no sabe dónde está, cree que los feacios lo engañaron y abandonaron en tierra extraña.

¡Ay de mí! ¿Qué hombres deben de habitar esta tierra a que he llegado? ¿Serán violentos, salvajes e injustos, u hospitalarios y temerosos de los dioses? ¿Adónde podré llevar tantas riquezas?... Mas, ea, contaré y examinaré estas riquezas: no se hayan llevado alguna cosa en la cóncava nave cuando de aquí partieron.

Contó los trípodes, los calderos, el oro y las hermosas vestiduras tejidas; no faltaba nada, pero lloraba por su patria. Entonces se le acerca Atenea bajo la apariencia de un joven pastor de ovejas:

—«¡Amigo! Ya que eres el primer hombre a quien encuentro en este lugar, ¡salud!, y ojalá no vengas con mala intención para conmigo; antes bien, salva estas cosas y sálvame a mí mismo, que yo te lo ruego como a un dios y me postro a tus rodillas...dime con verdad para que yo me entere: ¿Qué tierra es ésta? ¿Qué pueblo? ¿Qué hombres hay en la comarca?»

¡Forastero! Eres un simple o vienes de lejos cuando me preguntas por esta tierra, cuyo nombre no es tan obscuro... Es, en verdad, áspera e impropia para la equitación; pero no completamente estéril, aunque pequeña, pues produce trigo en abundancia y también vino; nunca le falta ni la lluvia ni el fecundo rocío; es muy a propósito para apacentar cabras y bueyes; cría bosques de todas clases, y tiene abrevaderos que jamás se agotan. Por lo cual, oh forastero, el nombre de Ítaca llegó hasta Troya, que, según dicen, está muy apartada de la tierra aquiva.[10]
Odisea, XIII [1]

Metis de Odiseo: su falsa historia

Odiseo sigue recelando de cuanto ve y oye. A pesar de que muy bien podría pensar que ya estaba en Ítaca conforme a la promesa de Alcínoo de llevarlo allí, le cuenta a la diosa una elaborada historia entremezclando verdades con falsedades: dice ser un hombre rico —he llegado ahora con estas riquezas. Otras tantas dejé a mis hijos—, hijo menor de un cretense, que ha tenido que huir de su isla por haber matado a Orsíloco, hijo del rey Idomeneo:

— ... «voy huyendo porque maté al hijo querido de Idomeneo, a Orsíloco, el de los pies ligeros, que aventajaba en la ligereza de sus pies a los hombres industriosos de la vasta Creta»...
Odisea, XIII [1]

Odiseo está justificando su presencia en "aquel lugar" con riquezas, a la vez que enaltece su arrojo y valor. Dice que tuvo que matar a Orsíloco —al que 'presta' el epíteto «el de los pies ligeros» (ποδάρκης, podárkēs) que corresponde a Aquiles porque deseó quitarle el botín de Troya por el que tantas fatigas padeciera, ya combatiendo con los hombres, ya surcando las temibles ondas. Lo acechó de noche junto a un camino y lo alanceó con el agudo bronce. Seguidamente, huyó y se embarcó con unos fenicios ilustres, a quienes dio parte del botín para que lo llevaran a Pilos o a Élide, donde ejercen su dominio los epeos, pero el viento los extravió y llegaron a esta tierra. Con mucho esfuerzo de remos arribaron al puerto y se echaron en la playa. Mientras él, cansadísimo, caía en un dulce sueño los fenicios desembarcaron sus riquezas, las dejaron en la arena y partieron a Sidón, quedando él aquí con el corazón triste.

Odiseo transformado en mendigo

Atenea, la deidad de los brillantes ojos, que lo había escuchado todo regocijada, le halagó con la mano y, transfigurándose en una mujer hermosa y alta le habló:

Astuto y falaz habría de ser quien te aventajara en cualquier clase de engaños, aunque fuese un dios el que te saliera al encuentro. ¡Temerario, artero, incansable en el dolo! ¿Ni aun en tu patria habías de renunciar a los fraudes y a las palabras engañosas, que siempre fueron de tu gusto?
Odisea, XIII [1]

La diosa de la sabiduría se complace divertida ante un mortal que está pretendiendo engañarla:

Mas, ea, no se hable más de ello, que ambos somos peritos en las astucias; pues si tú sobresales mucho entre los hombres por tu consejo y tus palabras, yo soy celebrada entre todas las deidades por mi prudencia y mis astucias.
Odisea, XIII [1]

Y le desvela quién es y porqué está allí con él:

Pero aún no has reconocido en mí a Palas Atenea, hija de Zeus, que siempre te asisto y protejo en tus cuitas e hice que les fueras agradable a todos los feacios. Vengo ahora a forjar contigo algún plan, a esconder cuantas riquezas te dieron los ilustres feacios por mi voluntad e inspiración cuando viniste a la patria, y a revelarte todos los trabajos que has de soportar fatalmente en tu morada bien construida...
Odisea, XIII [1]

Odiseo la reconoce y le pregunta ansioso por su tierra:

—... «Difícil es, oh diosa, que un mortal al encontrarse contigo logre conocerte, aunque fuere muy sabio, porque tomas la figura que te place... Ahora por tu padre te lo suplico —pues no creo haber arribado á Ítaca, que se ve de lejos, sino que estoy en otra tierra y que hablas de burlas para engañarme— dime si en verdad he llegado á mi querida tierra.»
Odisea, XIII [1]

Atenea le asegura que sí lo es: ea, voy a mostrarte el suelo de Ítaca para que te convenzas ... Éste es el puerto de Forcis... aquél, el olivo de largas hojas que existe al cabo del puerto; cerca del mismo se halla la gruta deliciosa, sombría, consagrada a las ninfas que Náyades se llaman: aquí tienes la abovedada cueva donde sacrificabas a las ninfas gran número de perfectas hecatombes; y allá puedes ver el Nérito,[11] el frondoso monte.

Odiseo, se alegra holgándose de su tierra y ora a las ninfas; mas Atenea tiene otras preocupaciones mucho más de este mundo: asegurar las riquezas y presentes que trajo Odiseo —el oro, el bronce, las vestiduras—; y así lo hicieron, guardándolas en el fondo de la cueva.

Sentados en las raíces del olivo deliberaron sobre el exterminio de los orgullosos pretendientes que ya llevan tres años ocupando el palacio. Atenea promete su ayuda a Odiseo. Traza un plan:

Te asistiré ciertamente, sin que me pases inadvertido cuando en tales cosas nos ocupemos, y creo que alguno de los pretendientes que devoran tus bienes manchará con su sangre y sus sesos el extensísimo pavimento.
Odisea, XIII [1]

En primer lugar transformará la apariencia de Odiseo para hacerlo irreconocible:

—... voy hacerte incognoscible para todos los mortales: arrugaré el hermoso cutis de tus ágiles miembros, raeré de tu cabeza los blondos cabellos, te pondré unos harapos que causen horror al que te vea y haré sarnosos tus ojos, antes tan lindos, para que les parezcas un ser despreciable a todos los pretendientes y a la esposa y al hijo que dejaste en tu palacio...
Odisea, XIII [1]

Después Odiseo debe ir en busca de Eumeo:[12]

—... Llégate ante todo al porquerizo, al guardián de tus puercos, ... los cuales pacen junto a la roca del Cuervo, en la fuente de Aretusa, comiendo abundantes bellotas ... e interrógale sobre cuanto deseares...
Odisea, XIII [1]

Dicho esto, tocándolo con una varita lo transformó en un pordiosero vagabundo provisto de un palo y un zurrón astroso lleno de agujeros.

Y la diosa emprendió su camino en busca de Telémaco:

Después de deliberar así, se separaron, yéndose Minerva a la divinal Lacedemonia donde se hallaba el hijo de Odiseo.
Odisea, XIII [1]

Temas y comentarios

Son temas principales;

  1. La hospitalidad (xenía) ideal de los feacios y sus consecuencias negativas al irritar a Poseidón.
  2. La astucia (metis) de Odiseo y Atenea.
  3. El contraste entre el mundo fantástico de los viajes anteriores relatado por el propio héroe (encuentros con Calipso, los cíclopes, Circe...) con la realidad dura de la rocosa Ítaca.
  4. El disfraz: abre la puerta a una intriga que culminará en la matanza de los pretendientes o mnesterofonía.[13]

La roca petrificada: mito y tradición local

La isla Pontikonisi, en primer plano.

Poseidón, furioso por la ayuda de los feacios a Odiseo, pide permiso a Zeus para castigarlos (vv. 128-164). Una vez concedido, el dios se acerca a la nave que regresa vacía al puerto de Esqueria y la transforma en una roca inamovible: «La nave, surcadora del ponto, se acercó con rápido impulso y el dios que sacude la tierra, saliéndole al encuentro, la tornó un peñasco y con un golpe de su mano inclinada hizo que echara raíces en el suelo…» (vv. 159-164)[1] Los feacios contemplan atónitos el prodigio: la nave se petrifica frente al puerto, convertida en un peñasco arraigado al fondo marino. Alcínoo reconoce en ello el cumplimiento de una antigua profecía de su padre Nausítoo (que advertía del enojo divino si seguían prestando auxilio a mortales), y el pueblo ofrece doce toros en sacrificio para aplacar a Poseidón, jurando no volver a ayudar a extraños (vv. 170-183).[1]

La expresión «roca petrificada» no es propiamente una redundancia, sino un juego etimológico que enfatiza poéticamente el proceso de transformación. En griego antiguo, el verbo πετρωθῆναι (petrōthēnai), infinitivo aoristo pasivo de πετρόω (petróō), significa «convertir en piedra» o «petrificar». Lingüísticamente, deriva de la raíz πέτρ- (petr-), de πέτρος (pétros, «piedra, roca»), con el sufijo -όω (-óō) para formar un denominativo causativo: «hacer de piedra». La voz pasiva aorista añade el sentido de acción completa: «ser hecho piedra» o «ser petrificado».[14]

La tradición antigua identifica esta «roca petrificada» con una formación rocosa real en Corfú, la roca Kolovri, en la bahía de Palaiokastritsa, en la costa noroeste de la isla a unos 25 kilómetros de la ciudad de Corfú. La bahía se considera el lugar donde desembarcó Odiseo y se encontró con Nausícaa (Canto VI), mientras que la petrificación de la nave feacia se asocia con la roca Kolovri, visible emergiendo del mar a unos escasos doscientos metros del litoral. Los corcireos, antiguos habitantes de Corcyra (Corfú), mostraban esta roca como reliquia tangible, reforzando su orgullo náutico y herencia feacia.[15] Hoy, es un sitio turístico popular, con leyendas locales y visitas guiadas que perpetúan el mito.

Una tradición más popular y turística identifica la nave petrificada con Pontikonisi (la Isla Ratón),[16] una pequeña isla rocosa en la laguna de Chalikiopoulos (lado este de Corfú, cerca del aeropuerto y del monasterio de Vlacherna). Su forma alargada evoca una nave varada, y es la que aparece en casi todas las postales y guías de la isla como «petrified ship». Ambas formaciones (Kolovri y Pontikonisi) compiten por el mito, con raíces perdidas en el tiempo, pero Pontikonisi domina la iconografía contemporánea de Corfú.[17]

La roca petrificada —la nave feacia— es un mito etiológico (explicación del origen mediante una transformación por intervención divina) comparable con otros mitos de metamorfosis: Níobe, transformada en roca que llora (manantial en el monte Sípilo); Aracne, convertida en araña (explica por qué las arañas tejen); Dafne, transformada en laurel (explica el árbol sagrado de Apolo); Narciso (flor del narciso); Jacinto (flor del jacinto); la ninfa Eco (fenómeno acústico del eco); Calisto, la cazadora (constelación Osa Mayor).

Simbólicamente, el mito representa el castigo divino por hospitalidad indiscriminada y sin límites: los feacios, ideales en su xenía (hospitalidad sagrada), ayudan a Odiseo pero incurren en la ira de Poseidón, dios del mar y ancestro fundador de Esqueria (padre de Nausítoo y abuelo de Alcínoo). La petrificación de la nave —inmovilización definitiva de los antaño mágicos marinos— simboliza el fin de su era dorada: de pueblo navegante y conectado al mundo pasan a ser uno aislado y cauteloso.

El episodio cierra el arco feacio (del Canto V al XIII): la ayuda de Alcínoo y Nausícaa culmina en castigo, marcando la transición de Odiseo del mundo mítico al real (Ítaca).

Ítaca, isla austera de vida sencilla y dura

Homero describe Ítaca como una isla modesta y rocosa, no lujosa ni exuberante, en contraste con lugares míticos como el jardín de Alcínoo o la isla de Calipso. Es una tierra que no destaca por riquezas agrícolas espectaculares, sino por sustentar una vida sencilla y dura. Isla áspera, no apta para caballos, pero fértil en trigo, vino, pastos para cabras y vacas; y agua abundante.

No hay grandes ríos, pero sí numerosas fuentes que no se secan. Las islas Jónicas y amplias zonas de Sicilia reciben precipitaciones suficientes para el abastecimiento natural de una población modesta de economía agrícola de secano (trigo, cebada, vid, olivo) y pastoril (cabras, ovejas, cerdos) como la homérica. La lluvia se infiltra rápidamente en el terreno kárstico predominante, circula subterráneamente y emerge en numerosos manantiales perennes (fuentes kársticas), incluso en verano seco.

Su bosque típico era el esclerófilo mediterráneo: árboles perennes de hojas duras, adaptados a veranos secos.

Había robledales densos y caducifolios como el famoso de Folói asociado a los centauros y dríadas (monte Erimanto, Peloponeso occidental), y otros, en montañas medias y altas, más húmedas (como el Parnaso o el Pelión). Los encinares predominaban en zonas bajas y medias (600-800 m), en laderas secas, costas y colinas con suelos pobres y calizos.

En las islas abundaba un paisaje de pinares abiertos, encinares aclarados y matorrales (lentisco, mirto, madroño, algarrobo, brezo), con olivares en las zonas bajas.

Aunque Atenea no lo menciona, los olivos estaban por todas partes, tanto silvestres en las laderas como cultivados en terrazas. El olivo era el árbol por excelencia del que se obtenía abundante aceite, esencial en la Grecia antigua como alimento, ungüento e iluminación.

Ítaca era una tierra sometida al ciclo natural: dependía de la lluvia, el rocío y el esfuerzo humano; no había magia que hiciera fructificar eternamente. Era pobre pero noble, donde el valor residía en la gente y no en la opulencia.

En cambio Esqueria se presentaba como un lugar mítico, idealizado (Odisea VI, VII y VIII): el palacio de Alcínoo era suntuoso, con un jardín de perfección sobrenatural de árboles altos y florecientes (perales, granados, manzanos, higueras y verdes olivos); fruta perenne que nunca faltaba, ni en invierno ni en verano; siempre había flores y frutos maduros al mismo tiempo, gracias al soplo constante del Céfiro (viento oeste) que hacía germinar y madurar; viñedos con uvas eternas, parte secándose al sol y parte recolectándose; huertos con toda clase de verduras, fuentes dobles (una para el jardín, otra para la ciudad).

Ítaca era el hogar humilde y áspero que forjaba el carácter austero de sus habitantes, como el del astuto y resistente Odiseo.

Las mentiras de Odiseo

La fabulación de Odiseo es la primera de sus mentiras cretenses, unas narraciones fingiendo ser otro hombre para ocultar su identidad y evaluar la situación.

En ésta Odiseo se presenta arrogante y valiente. Es un hombre audaz que no dudó en matar a otro por honor y codicia heroica. No se victimiza: él es el agresor y como tal se muestra ante Atenea que lo desenmascara y elogia por su astucia.

Para que su mentira sea más creíble introduce personas reales y algunas verdades:

  1. Idomeneo, nieto de Minos, era el rey de Creta.
  2. Orsíloco sí era hijo de Idomeneo, pero no le correspondía el epíteto de «el de los pies ligeros»; éste es Aquiles —o Hermes el mensajero de los dioses—: ποδάρκης Ἀχιλλεύς (podárkēs Achilléus). La palabra ποδάρκης proviene de πούς (pies) y ἀρκέω (ayudar, acudir rápidamente); se interpreta como "el que acude con los pies", es decir, el que llega velozmente, ya sea al combate o en auxilio de otro.
  3. Luchó en Troya: es cierto. Odiseo participó en la Guerra de Troya, como se narra en la Ilíada y en su propio relato a los feacios. Esta parte de la mentira está arraigada en su experiencia real.
  4. Tiene riquezas. Efectivamente —escondidas en la gruta del puerto de Forcis— pero no proceden del botín de Troya sino que Alcínoo, rey de los feacios, de las había regalado antes de su regreso a Ítaca (oro, bronce, ropa fina).
        También posee las riquezas de su palacio de Ítaca; pero, en todo caso, esos bienes no se "los dejó" a nadie sino que había partido a Troya para luchar esperando regresar; y menos aún "a sus hijos" —tiene un único hijo, Telémaco.

Astucia compartida de Atenea y Odiseo

Atenea nace de la cabeza de Zeus tras devorar este a su primera esposa Metis (Μῆτις), deidad primordial personificación de la inteligencia y astucia. Así, Atenea hereda y perfecciona su inteligencia polimorfa: flexible, cambiante, estratégica. Ella misma lo dice explícitamente: «Yo soy celebrada entre todas las deidades por mi prudencia y mis astucias» (XIII, 291-311)[1]

En el canto XIII Homero subraya la simetría entre Atenea y Odiseo:

  1. Ambos son πολύμητις (polymētis),[18] epíteto homérico que significa "de muchas artimañas", "de gran astucia" o "de múltiples recursos".
  2. Ambos usan del disfraz, la mentira y la paciencia en vez de fuerza bruta.

La transformación de Odiseo en un anciano mendigo es exponente de la astucia que comparte con la metis divina de Atenea. El héroe renuncia al prestigio heroico —se mostrará como un humilde mendigo— a cambio de observar sin ser observado, probar la lealtad de los suyos y preparar la venganza en secreto. Esta humillación voluntaria y calculada demuestra que la verdadera superioridad de Odiseo no reside en la fuerza, sino en la capacidad de controlar el tiempo, la información y las apariencias, incluso en su propia casa. Su dominio de sí mismo evitará un enfrentamiento directo prematuro con los pretendientes, quienes con su hȳbris al desafiar las leyes de la hospitalidad (xenía) despreciando al "mendigo", precipitarán su caída. El disfraz es el triunfo de la astucia (mētis) sobre la arrogancia (hȳbris).

El disfraz de mendigo impuesto por Atenea a Odiseo en Ítaca repite la misma estrategia empleada con éxito durante la guerra de Troya. Helena lo relata en Odisea IV (235-265):[19] Odiseo, para entrar en la ciudad, se azotó y vistió con harapos como un siervo haciéndose pasar por un pordiosero miserable. Nadie lo reconoció salvo la propia Helena, que lo interrogó sin que él revelara su identidad. Tras cumplir su misión —obtener información y matar a varios troyanos—, regresó sano al campamento griego.

Este precedente subraya la continuidad de la metis odiseica: la humillación voluntaria y el disfraz son estrategias de infiltración y observación que resultaron decisivas en Troya y vuelven a serlo ahora en su propia casa. Atenea, conocedora perfecta del héroe, recupera y perfecciona una táctica que forma parte de su repertorio.

La Odisea, de Homero

Referencias

Bibliografía

Véase también

Enlaces externos

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