Odisea (Canto II)
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El Canto II de la Odisea de Homero subtitulado «Ágora de los itacenses. Partida de Telémaco» (traducción en prosa de Luis Segalá y Estalella),[1] o también «Telémaco reúne en asamblea al pueblo de Itaca» o «La asamblea de los itacenses», forma parte de la Telemaquia (Cantos I-IV).
El Canto II marca un punto de inflexión crucial: aquí, Telémaco da su primer paso de la adolescencia a la madurez y el inicio de su propia odisea en busca de noticias sobre su padre. Tras el Canto I —la larga ausencia de Odiseo, la asamblea divina y la intervención de Atenea—, este canto muestra al joven héroe tomando la iniciativa. Han pasado casi veinte años desde que Odiseo partió a Troya, y en Ítaca, Penélope y Telémaco sufren la invasión de los pretendientes, que, creyéndolo muerto, devoran sus bienes y presionan a la reina para que elija nuevo esposo. Su viaje a Pilos (Canto III) no es sólo físico: es un rito de paso, el comienzo de su formación como hombre y futuro rey.
Al amanecer, Telémaco, impulsado por Atenea, se levanta, se arma y convoca mediante heraldos una asamblea en el ágora de los itacenses. Atenea lo adorna con gracia divina, haciendo que el pueblo lo mire con admiración. Se sienta en el trono de su padre.
Los pretendientes regresan al palacio a banquetear. Telémaco, en la playa, ora a Atenea. La diosa, disfrazada de Méntor, lo anima, promete ayudarle y le ordena preparar provisiones en secreto. Telémaco regresa al palacio, rechaza la falsa oferta de los pretendientes de ayudarle con la nave y amenaza con matarlos.
Instruye en secreto a Euriclea (su nodriza) para que prepare vino y harina sin que Penélope lo sepa; ella jura silencio y llora por el peligro. Mientras, Atenea (como Méntor) consigue una nave de Noemón y reúne compañeros. Al anochecer, la diosa induce sueño en los pretendientes, y Telémaco embarca con sus provisiones. La nave parte con viento favorable, haciendo libaciones, y navega toda la noche hacia Pilos.
Este canto cierra con la partida secreta de Telémaco, preparando el terreno para su encuentro con Néstor (Canto III) y Menelao (Canto IV), mientras los pretendientes quedan en Ítaca tramando contra él.
Estructura y contenido
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Al amanecer, no bien se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, Telémaco mandó convocar en el ágora a los aqueos de larga cabellera a quienes expone su doble desgracia: perdió a su padre y su palacio está invadido por decenas de pretendientes que creyendo a Odiseo muerto buscan la mano de su esposa Penélope:
Los pretendientes de mi madre, hijos queridos de los varones más señalados de este país, la asedian á pesar suyo... viniendo todos los días a nuestra morada, nos degüellan los bueyes, las ovejas y las pingües cabras, celebran banquetes, beben locamente el vino tinto y así se consumen muchas cosas, porque no tenemos un hombre como Ulises, que fuera capaz de librar a nuestra casa de tal ruina.
... Participad vosotros de mi indignación, sentid vergüenza ante los vecinos circunstantes y temed que os persiga la cólera de los dioses, irritados por las malas obras. Os lo ruego por Júpiter Olímpico y por Temis...Odisea, II [1]
Nadie se atreve a contestar a Telémaco, salvo Antínoo,[n. 1] altivo y amenazante:
... ¿Qué has dicho para ultrajarnos? Tú deseas cubrirnos de baldón. Mas la culpa no la tienen los aqueos que pretenden a tu madre, sino ella, que sabe proceder con gran astucia... A todos les da esperanzas, y a cada uno en particular le hace promesas y le envía mensajes; pero son muy diferentes los pensamientos que en su inteligencia revuelve. Y aún discurrió su espíritu este otro engaño: Se puso a tejer en el palacio una gran tela sutil e interminable, y a la hora nos habló de esta guisa: «¡Jóvenes, pretendientes míos! Ya que ha muerto el divinal Odiseo, aguardad, para instar mis bodas, que acabe este lienzo a fin de que tenga sudario el héroe Laertes [n. 2] en el momento fatal de la aterradora muerte. ¡No se me vaya a indignar alguna de las aqueas del pueblo, si ve enterrar sin mortaja á un hombre que ha poseído tantos bienes!» Así dijo, y nuestro ánimo generoso se dejó persuadir. Desde aquel instante pasaba el día labrando la gran tela, y por la noche, tan luego como se alumbraba con las antorchas, deshacía lo tejido. De esta suerte logró ocultar el engaño y que sus palabras fueran creídas por los aqueos durante un trienio; mas, así que vino el cuarto año y volvieron a sucederse las estaciones, nos lo reveló una de las mujeres, que conocía muy bien lo que pasaba, y sorprendimos a Penélope destejiendo la espléndida tela. Así fue como, mal de su grado, se vio en la necesidad de acabarla.[n. 3] Oye, pues, lo que te responden los pretendientes, para que lo sepa tu espíritu y lo sepan también los aqueos todos. Haz que tu madre vuelva a su casa, y ordénale que tome por esposo a quien su padre le aconseje y a ella le plazca. Y si atormentare largo tiempo a los aqueos, confiando en las dotes que Minerva le otorgó en tal abundancia —ser diestra en labores primorosas, gozar de buen juicio, y valerse de astucias que jamás hemos oído decir que conocieran las anteriores aquivas Tiro, Alcmena y Micene, la de hermosa diadema, pues ninguna concibió pensamientos semejantes a los de Penélope— no se habrá decidido por lo más conveniente, ya que tus bienes y riquezas serán devorados mientras siga con el propósito que los dioses le infundieron en el pecho. Ella ganará ciertamente mucha fama, pero a ti te quedará tan sólo la añoranza de los copiosos bienes que hayas poseído; y nosotros ni tornaremos a nuestros negocios, ni nos llegaremos a otra parte, hasta que Penélope no se haya casado con alguno de los aqueos… que lo sepa tu espíritu y lo sepan también los aqueos todos.Odisea, II [1]
Telémaco le respondió con firmeza:
¡Antínoo! No es razón que eche de mi casa, contra su voluntad, a la que me dió el ser y me ha criado. Mi padre quizás esté vivo en otra tierra, quizás haya muerto; pero me será gravoso haber de restituir a Icario muchísimas cosas si voluntariamente le envío mi madre. Y entonces no sólo padeceré infortunios a causa de la ausencia de mi padre, sino que los dioses me causarán otros; pues mi madre, al salir de la casa, imprecará las odiosas Furias, y caerá sobre mí la indignación de los hombres. Jamás, por consiguiente, daré yo semejante orden. Si os indigna el ánimo lo que ocurre, salid del palacio, disponed otros festines y comeos vuestros bienes, convidándoos sucesiva y recíprocamente en vuestras casas. Pero si os parece mejor y más acertado destruir impunemente los bienes de un solo hombre, seguid consumiéndolos; que yo invocaré a los sempiternos dioses por si algún día nos concede Júpiter que vuestras obras sean castigadas, y quizás muráis en este palacio sin que nadie os vengue.Odisea, II [1]
Entonces, Zeus reafirma las palabras de Telémaco enviando un presagio:
… y el longividente Júpiter envióle dos águilas que echaron a volar desde la cumbre de un monte. Ambas volaban muy juntas, con las alas extendidas, y tan rápidas como el viento; y al hallarse en medio de la ruidosa ágora, giraron velozmente, batiendo las tupidas alas, miráronles a todos a la cabeza como presagio de muerte, desgarráronse con las uñas la cabeza y el cuello, y se lanzaron hacia la derecha por cima de las casas y a través de la ciudad. Quedáronse todos los presentes muy admirados de ver con sus propios ojos las susodichas aves, y meditaban en su espíritu qué fuera lo que tenía que suceder…Odisea, II [1]
Ante el prodigio, el anciano Haliterses Mastórida, «el único que se señalaba sobre los de su edad en conocer los augurios y explicar las cosas fatales», advierte a la asamblea:
Oíd, itacenses, lo que os voy á decir, aunque he de referirme de un modo especial a los pretendientes. Grande es el infortunio que a éstos les amenaza, porque Ulises no estará mucho tiempo alejado de los suyos, sino que ya quizás se halla cerca y les apareja a todos la muerte y el destino; y también les ha de venir daño a muchos de los que moran en Ítaca, que se ve de lejos. Antes de que así ocurra, pensemos cómo les haríamos cesar de sus demasías, o cesen espontáneamente, que fuera lo más provechoso para ellos mismos. Pues no lo vaticino sin saberlo, sino muy enterado; y os aseguro que al héroe se le ha cumplido todo lo que yo le declarara, cuando los argivos se embarcaron para Ilión y fuése con ellos el ingenioso Ulises. Díjele entonces que, después de pasar muchos males y de perder sus compañeros, tornaría a su patria en el vigésimo año sin que nadie le conociera; y ahora todo se va cumpliendo.Odisea, II [1]
Disuelta el ágora Telémaco se dirige a la playa e implora la ayuda de Atenea después de lavarse las manos en el espumoso mar; la diosa se presenta bajo la forma de Méntor y le dice estas aladas palabras:
¡Telémaco! No serás en lo sucesivo ni cobarde ni imprudente, si has heredado el buen ánimo que tu padre tenía para llevar a su término acciones y palabras; si así fuere, el viaje no te resultará vano, ni quedará por hacer.Odisea, II [1]
Telémaco regresa a palacio donde los pretendientes que desollaban cabras y asaban puercos cebones en el recinto del patio se mofan y burlan de él. Antínoo le dice riéndose:
¡Telémaco altílocuo, incapaz de moderar tus ímpetus! No revuelvas en tu pecho malas acciones o palabras, y come y bebe conmigo como hasta aquí lo hiciste. Y los aqueos te prepararán todas aquellas cosas, una nave y remeros escogidos, para que muy pronto vayas a la divina Pilos en busca de nuevas de tu ilustre padre.Odisea, II [1]
Telémaco participa a su ama Euriclea de sus planes de hacer un viaje a Esparta y a la arenosa Pilos en busca de su padre. La obliga a jurar que no dirá nada a su madre hasta pasados once o doce días de la partida para evitar que llore y dañe así su hermoso cuerpo. Entretanto Atenea con la forma del propio Telémaco consiguió una velera nave que aparejó, echó al mar y dotó de tripulación:
...embarcóse Telémaco, precedido por Atenea que tomó asiento en la popa y él a su lado... Atenea, la de los brillantes ojos, envióles próspero viento: el fuerte Céfiro, que resonaba por el vinoso ponto...Odisea, II [1]
Hicieron libaciones a los sempiternos inmortales dioses y la nave continuó su rumbo toda la noche y la siguiente aurora. Había comenzado el viaje en busca de Odiseo.
Temas y comentarios
El Canto II de la Odisea se centra en el crecimiento de Telémaco y la crisis política en Ítaca.
- La maduración de Telémaco Por primera vez en la Telemaquia, el hijo de Odiseo toma la iniciativa y convoca la asamblea para denunciar formalmente la situación en su casa. Homero llama a Telémaco «el hijo de Ulises» para subrayar que está empezando a heredar el carácter, la autoridad y el liderazgo de su padre; ya no es un muchacho pasivo, sino un heredero activo (aner)[n. 4] que reclama su identidad y aspira a su propio kleos (fama). Este es su primer discurso público y su primer acto de rebeldía organizada, un verdadero rito de paso hacia la adultez. Todo ello cuenta con el apoyo decisiva de Atenea, que le infunde coraje y, adoptando su figura, recorre la ciudad para reunir tripulación y asegurar una nave (vv. 382-388).
- Insolencia de los pretendientes (hybris) Se expone el conflicto con los nobles aqueos que, aprovechando la ausencia de Odiseo, agotan los recursos del palacio en Ítaca (comiendo y bebiendo sin reciprocidad ni permiso) y presionan a Penélope para casarse con ella por fuerza, interés político o ambición de poder.
Su insolencia no es solo material, sino también verbal; responden a la denuncia de Telémaco con desprecio, burlas y amenazas directas: Antínoo [n. 1] lo llama «altílocuo, incapaz de moderar tus ímpetus» (v. 85), lo acusa de ultrajarlos y le ordena callar y seguir comiendo con ellos como antes; Eurímaco se mofa del presagio del anciano Haliterses —«en estas cosas sé yo vaticinar harto mejor que tú mismo»— y le aconseja que ordene a su madre casarse, ignorando su autoridad (vv. 161-207).
Esta hybris subraya su arrogancia nobiliaria y su desprecio por el orden social, la xenía y la jerarquía legítima, anticipando su némesis futura. - Astucia (mētis) de Penélope A través del discurso del pretendiente Antínoo, se revela el engaño del sudario: Penélope prometió elegir un nuevo esposo una vez terminara de tejer un gran lienzo fúnebre para Laertes (el suegro), pero durante tres años deshacía de noche lo tejido durante el día, ganando tiempo y manteniendo viva la esperanza del regreso de Odiseo.
Este acto de mētis (astucia ingeniosa, inteligencia práctica) es presentado por Antínoo [n. 1] como un «engaño malicioso» y una prueba de que Atenea le otorgó en exceso cualidades como buen juicio, destreza en labores y pensamientos astutos que superan incluso a las mujeres aqueas del pasado.
Sin embargo, el engaño de Penélope es una estrategia de fidelidad y resistencia pasiva frente a la hybris de los pretendientes: con inteligencia —en lugar de la fuerza física— preserva el oikos y su autonomía. La treta, descubierta por una esclava desleal en el cuarto año (vv. 93-110), fuerza su final, pero resalta su fama (kleos) como mujer prudente y leal. - Inacción y crisis de la comunidad Telémaco apela directamente al pueblo (dêmos)[n. 5] de Ítaca en la primera asamblea convocada desde la partida de Odiseo (vv. 1-14), exponiendo su soledad frente a los pretendientes (aristoi)[n. 5] y suplicando ayuda para expulsarlos, invocando a Zeus y Temis (vv. 68-69). La asamblea muestra una sociedad paralizada por el miedo o la indiferencia ante la ausencia de su rey. El pueblo queda conmovido y en silencio ante las lágrimas de Telémaco, pero nadie interviene ni apoya su causa contra los nobles pretendientes —movióse a piedad el pueblo, y todos callaron; sin que nadie se atreviese a contestar a Telémaco con ásperas palabras…— (vv. 80-84).
Méntor (Atenea disfrazada) reprocha duramente al dêmos [n. 5] esa inacción: se indigna no tanto contra los pretendientes (que arriesgan sus cabezas al abusar), sino contra el pueblo mismo que, siendo numeroso, permanece «sentado y en silencio» y no reprime con palabras «a los pretendientes que son pocos» (vv. 229-241). Leócrito responde con arrogancia —antes (vv. 85-128) lo había hecho Antínoo [n. 1]— ridiculizando la idea de oposición popular (vv. 242-256).
El fracaso de la asamblea —que termina disuelta sin resolución (vv. 257 ss.)— subraya la crisis política: sin rey legítimo, la autoridad se diluye, la xenía y el orden social se corrompen, y el dêmos [n. 5] carece de cohesión o valor para restaurar la justicia (díkê). Telémaco se ve forzado a emprender su viaje en solitario (hacia Pilos y Esparta), hito de su maduración y contraste entre la comunidad ideal homérica (ágora como lugar de consejo y acción colectiva) y la realidad de Ítaca. - La intervención divina y los presagios Inmediatamente después de que Telémaco respondiera al altivo Antínoo [n. 1] advirtiéndole sobre la cólera divina por los abusos (vv. 129-145), Zeus responde con un presagio inequívoco: envía dos águilas que vuelan juntas desde la cumbre de la montaña, llegan al centro de la asamblea, giran batiendo sus alas, miran a todos «como presagio de muerte», se desgarran con las uñas la cabeza y cuello, y se lanzan hacia la derecha a través de la ciudad (vv. 146-160).
Los presentes, admirados, «meditaban en su espíritu qué fuera lo que tenía que suceder» y entonces el anciano adivino Haliterses Mastórida (experto en augurios y presagios entre los itacenses) interpreta el signo «con benevolencia»: una gran desgracia amenaza a los pretendientes —el violento regreso de Odiseo, portador del destino y muerte de ellos— y los urge a detener los abusos antes de que sea tarde; apoya sus palabras recordándoles su antigua profecía de «cuando los argivos se embarcaron para Ilión y fuese con ellos el ingenioso Ulises»: Odiseo sufriría males, perdería compañeros y regresaría al vigésimo año desconocido de todos, «y ahora todo se va cumpliendo» (vv. 157-176 aprox.).
Los pretendientes, en boca de Eurímaco, rechazan el augurio con burlas y amenazas: acusan a Haliterses de profetizar por interés y amenazan con multas o males si sigue incitando a Telémaco (vv. 177-207).
El presagio funciona como advertencia divina directa, refuerza el tema de la xenía violada e introduce tensión narrativa: los dioses ya están actuando, aunque los mortales (especialmente los arrogantes) lo ignoren o rechacen.[2] - Hospitalidad corrompida El comportamiento de los pretendientes representa una violación de la xenía (leyes sagradas de hospitalidad griegas, protegidas por Zeus Xenios): consumen sin permiso —'huéspedes' no invitados en el palacio de Odiseo— ni reciprocidad los bienes ajenos (ganado, vino, provisiones) en banquetes excesivos y diarios que agotan la hacienda familiar —denunciado por Telémaco (vv. 40-79): «nos degüellan los bueyes, las ovejas y las pingües cabras, celebran banquetes, beben locamente el vino tinto…»—.
El ideal de la xenía (respeto mutuo, regalos, protección) degeneró en explotación y abuso. Telémaco invoca la cólera divina por esta transgresión (vv. 40-79) —«sentid vergüenza ante los vecinos circunstantes y temed que os persiga la cólera de los dioses, irritados por las malas obras. Os lo ruego por Júpiter Olímpico y por Temis…»—, y el presagio de Zeus confirma que tales violaciones atraerán a Némesis.
El tema subraya la decadencia moral en ausencia del rey legítimo: los aristoi [n. 5] degeneran en tiranos; el dêmos [n. 5] queda paralizado.
Proyección del Canto II en el poema completo: hybris y restauración del orden
El Canto II presenta de forma nítida la hybris de los pretendientes como uno de los principales focos dramáticos de la Odisea. Antínoo [n. 1] y Eurímaco no son simples personajes secundarios: encarnan la corrupción colectiva de una élite nobiliaria que, ante el vacío jerárquico —Odiseo ausente—, transforma la xenía en explotación, la asamblea en burla y la autoridad en abuso de poder. Su engreimiento y demasía —los insultos a Telémaco, el desprecio hacia el presagio de Zeus y la amenaza al adivino Haliterses— no sólo humillan al joven heredero, sino que sellan su propio destino trágico —anticipo de la masacre en el Canto XXII: Antínoo muere primero, atravesado por una flecha—.
La demasía en comportamientos y actitudes humanas resuena a lo largo de toda la obra como uno de sus hilos conductores:
- Los cortejadores de Penélope lo exhiben a menudo: cantos I, II, y XVII al XXII.
- Polifemo, el cíclope: viola brutalmente las leyes de hospitalidad al devorar a los huéspedes en lugar de ofrecerles protección y regalos (Canto IX, vv. 252-306).[3]
- Odiseo: se niega a huir rápidamente de la isla del cíclope por curiosidad y deseo de gloria a pesar de las advertencias de sus compañeros: «Los compañeros empezaron a suplicarme que nos apoderásemos de algunos quesos y nos fuéramos… Mas yo no me dejé persuadir… con el propósito de ver a aquél y probar si me ofrecería los dones de la hospitalidad… (Canto IX, vv. 224-230).[3]
- Odiseo: revela su nombre a Polifemo por orgullo y deseo de gloria (tras cegarlo y escapar): «¡Cíclope! Si alguno de los mortales hombres te pregunta la causa de tu vergonzosa ceguera, dile que quien te privó del ojo fue Ulises, el asolador de ciudades, hijo de Laertes, que tiene su casa en Ítaca» (Canto IX, vv. 502-505).[3]
Esta hybris es un momento clave: provoca la ira de Poseidón, de la que Odiseo logrará redimirse con su mêtis, pero sufriendo durante su largo regreso. - La tripulación, navegando, con Ítaca ya a la vista: mientras Odiseo duerme, sus hombres, desconfiados y codiciosos, abren la bolsa de los vientos que Eolo había encerrado en un cuero de un buey de nueve años [n. 6] (Canto X, vv. 1-27):[4] «… desatando mis amigos el odre, escapáronse con gran ímpetu todos los vientos. En seguida arrebató las naves una tempestad y llevólas al ponto…» (Canto X, vv. 46-55)[4]
- La tripulación en la isla Trinacia: degüellan las vacas sagradas de Helios y las comen (Canto XII, vv. 320-388) pese a las advertencias de Tiresias (Canto XI, vv. 100-137)[5] y Circe (Canto XII, vv. 127-141).[6] La ninfa Lampetia avisa a Helios, quien se queja a Zeus exigiendo castigo, que envía: «… Y Júpiter, que amontona las nubes, le respondió diciendo: ¡Oh Sol! Sigue alumbrando a los inmortales y a los mortales hombres que viven en la fértil tierra; pues yo despediré el ardiente rayo contra su velera nave, y la haré pedazos en el vinoso ponto»
Legado literario

Los 'pretendientes arrogantes' son uno de los arquetipos de la literatura occidental como símbolo del abuso de poder en ausencia de autoridad legítima, estableciendo un esquema narrativo que se repetirá a lo largo de la historia:
- Ausencia o debilidad de la autoridad legítima.
- Usurpación del espacio de poder por una élite depredadora que corrompe el orden social.
- Necesidad de una respuesta violenta para restablecer la justicia (díkê).
Este esquema encuentra un paralelismo notable en la Orestíada de Esquilo, donde la ausencia de Agamenón permite a Egisto hacerse con el trono y la propia reina, generando corrupción y violencia que sólo termina con la venganza restauradora de Orestes. Homero utiliza esta historia como advertencia explícita en la Odisea:[7]
- Vacío de poder: el rey Agamenón se ausenta durante largo tiempo (la guerra de Troya y el posterior nostos).
- Una pareja corrompida se hace dueña de la situación: Egisto usurpa el trono y el lecho de Agamenón en Argos, imponiendo un régimen de miedo y silencio junto a Clitemnestra —esposa del rey ausente y amante del usurpador—.
- Restauración violenta de la justicia: el heredero legítimo debe actuar para restablecer el orden; Orestes regresa y ejecuta la venganza contra Egisto y su propia madre.
De forma análoga:
- En el teatro renacentista, el esquema reaparece con especial claridad en Hamlet de William Shakespeare.[8] El rey Hamlet muere en circunstancias sospechosas; su hermano Claudio asciende al trono y se casa con Gertrudis, la reina viuda.
El vacío de poder es ocupado mediante traición y asesinato. Claudio consolida su dominio en medio del silencio y complicidad de una corte corrompida. Finalmente, el príncipe Hamlet, el heredero legítimo, se ve obligado a ejecutar una venganza sangrienta para restaurar el orden moral y político perturbado.
Claudio no sólo pervierte el trono, sino que mancilla el oikos real y genera una atmósfera de decadencia que sólo puede resolverse con la violencia. - En la novela realista del siglo XIX, el esquema se traslada al ámbito doméstico y familiar. En obras de Henrik Ibsen y Honoré de Balzac, así como en Cumbres Borrascosas de Emily Brontë, aparecen figuras que ocupan el vacío dejado por una autoridad paterna o moral debilitada o ausente.
El patriarca opresor o el intruso ambicioso se apoderan del hogar y de la herencia, ejerciendo un control tiránico sobre la familia y destruyendo o humillando a los herederos legítimos.
Heathcliff (Cumbres Borrascosas) encarna esa figura con especial intensidad: llega como un extraño, se apropia progresivamente de la casa y las tierras, y somete a los miembros de la familia legítima a su dominación.
Figuras parecidas aparecen en las novelas de Balzac —Félix Grandet, el avaro y tiránico personaje de Eugenia Grandet; Goriot, de papá Goriot, antiguo fabricante de pastas que vive en la miseria tras haber dado toda su fortuna a sus dos hijas ingratas; y otros, mostrados en la Comedia humana— y en los dramas familiares de Ibsen (el Torvald Helmer de Casa de muñecas), donde el patriarca opresor convierte el oikos familiar en un espacio de opresión económica y emocional
En estos casos, la restauración del orden suele ser dolorosa y conflictiva, aunque no siempre tan abiertamente violenta como en la épica o la tragedia: requiere del desenmascaramiento del déspota, la rebelión de los oprimidos y su huida, o bien, en algunos casos, un enfrentamiento destructivo que deja profundas heridas en la familia.
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